Año 4 No. 6 Febrero - Junio de 2010

Überlegungen über Das Experiment filme und Zimbardo werk


Sebastián Pérez Marulanda


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Überlegungen über Das Experiment filme und Zimbardo werk

SEBASTIÁN PÉREZ MARULANDA1 

Universidad de Caldas, Colombia.

E-mail: sebastianspm1@gmail.com

RECIBIDO EL 27 DE AGOSTO DE 2009

APROBADO EL 16 DE AGOSTO DE 2010

Después de varios trabajos televisivos (no sin impresión debo confesar que entre  ellos se encuentra Kommissar Rex), el director  alemán  Oliver  Hirschbiegel   hace una película de una taquilla casi tan grande como el tema que abarca, “Das Experiment”. En ella intenta dar un nuevo aire al cine alemán en el contexto mundial, pues afirma que hasta hace muy poco sólo tenían renombre y participación en los festivales internacionales con películas muy artísticas, pero según su parecer, los films germanos, en contra de su tradición (por  lo menos los suyos, pues le parece que la firma de su estilo es precisamente esta capacidad), pueden abordar problemáticas profundas a partir de temas relevantes, adquiriendo un partidismo que permita tomar responsabilidad respecto  a  lo  que se dice, sin dejar la trama ni el suspenso,  es decir, siendo entretenido. Cuando le ofrecen la película a Hirschbiegel le   cayó como del cielo, pues deseaba hacer un film alemán, y hacía poco tiempo que había leído el libro de Mario Giordano “Das Experiment, Black Box”, del cual asegura, posee una trama endiablada, escrita al nivel de Shakespiare, tan envolvente que, en su caso, al tomarla, no pudo detenerse hasta devorarla por completo. Me parece que precisamente allí radica uno de los secretos del éxito de la película, toda vez que la primera persona que llamaron para adaptar la novela fue al mismo Giordano. Este punto fue vital, aunque seis meses después  contrataron  un  nuevo  escritor,  el norteamericano Don Bohlinger,  quien les ayudó con su gran experiencia en el formato, dando detalles que mejoraron el aspecto general, brindándole mayor fuerza y dramatismo a las situaciones, pero no lo suficiente para el director, hasta que por pura casualidad otro escritor enterado del proyecto,  Christoph   Darnstadt,   mandó su propia versión, y generaron una nueva composición juntando piezas de los tres guiones.

La película, como el libro en el que se basa, y los experimentos en los que a su vez se asienta este, trata de los efectos de la prisión en las psiques humanas, estos efectos no pasaron desapercibidos en la filmación, pues el lugar en el que grabaron -el sótano de una fábrica de concreto sólido, sin un sólo rayo de luz natural, y con el piso hecho de acero- tenía un ambiente especial que no buscaba ser para nada chic, sino brusco, agresivo, realista; tanto, que una vez cerradas las puertas, todos, incluyendo a los actores y al equipo de producción, quedaban encerrados hasta terminar las escenas, un plató rudo, para un director rudo y muy interesado en el componente visual.

La película se desarrolla pues en una prisión simulada, en la cual el  doctor  Thon monitorea los comportamientos de dos grupos de sujetos de prueba, uno que hacía las veces de carceleros, el otros de prisioneros, quienes se veían expuestos a manipulación mental y física. No todos los prisioneros son lo que parecen. Por un lado, hay un infiltrado del gobierno que pone a prueba los procedimientos del profesor, y por otro está Tarek (el gran secreto de la taquilla en Alemania, Mortiz Bleibtreu, el actor teutón favorito, el mismo de “Corre Lola corre”), el protagonista, quien trabaja como taxista y entra al experimento para vender la historia a un periódico,  en calidad de periodista encubierto. La trama se complica, pues  mientras  la  mayoría  de los internos comienzan a presentar episodios de  depresión,  somatizaciones de sus frustraciones psicológicas,  caída  en la autoanulación extrema y en la imposibilidad de interrelacionarse, los guardias, por su parte, generaron posturas opresoras, arbitrarias y degradantes. Lo peor ocurre cuando el alejamiento de los supervisores  muestra  que  nunca   estuvo en su control el experimento, y el grupo que representa a los guardias siente que el vacío de poder debe ser asumido por cada uno de ellos.

Creo que lo más importante en la película es la manera clara en la que presenta cómo las simulaciones  reemplazan  fácilmente  la realidad. Para entender esto, además de la obra, contextualicemos: en el régimen actual es frecuente escuchar hablar de Grecia como una madre, como si el sistema de gobierno en que vivimos fuera el mismo que el de aquel pueblo; sin embargo, resulta una afirmación por completo falaz. Para empezar, no sólo no había un sistema único al cual llamar democracia (mientras en Atenas se daba lo que llamaron democracia, en Esparta se gobernaba desde una cierta oligarquía democrática), como si  eso  fuera poco, prácticas consideradas hoy como ilegales estaban institucionalizadas (paidofilia, pederasta por parte de los instructores, esclavitud, etc.), y lo más importante, se consideraban hombres libres porque sus Polis tenían gobernantes, pero ellos no; mientras en Oriente los ciudadanos eran esclavos del gran tirano de turno con afanes imperialistas (de allí que su literatura diera obras como “El libro de Job”, la historia de un vasallo sumiso hasta el final, en contraposición con el inconformismo Griego,   expresado   por   ejemplo   en   el “Prometeo  encadenado”,  el  padre  de   la altivez, el orgullo, el conocimiento, la luz, las artes, y en general, del humanismo). En Grecia se obedecía a la ley (consideraban el ciclo del mundo moral isomórfico con el ciclo de la vida), no a un déspota, lo que les hacía sentir orgullosos. Escribía Esquilo en “Los Persas”, refiriéndose a los griegos: “No son esclavos de ningún hombre, no manda en ellos ningún rey”2. En la actualidad lo que se llama democracia no es sino un circo demagogo en el cual le dan a los electores un títere preservador del status quo y los hacen consumirlo.

Este comportamiento se explica,  ya  que las personas son perezosas y odian tener que pensar, siempre es más fácil que otro tome las decisiones por ellos, determine qué es bueno y qué es malo, de qué manera vivir, y así poder descargarle cualquier forma de responsabilidad. De tal manera surge la relación de conformidad  entre  los gobernados y los gobernantes, grandes rebaños siendo pastoreados y trasquilados por su propia elección. De la influencia social (cercana al conformismo) se pasa cómodamente a la obediencia, relación en la que un individuo cambia su conducta para someterse a las órdenes de una autoridad que considera legítima. Cuando una persona se siente parte de una jerarquía entra en estado de agente, es decir, se considera parte de una estructura, se hace un subordinado de dignatarios cuyas  órdenes son la unidad de medida de lo correcto, y así, la secuencialidad de las tareas, junto con el temor a desobedecer a la autoridad, hacen que de la simple conformidad se pase a la absoluta obediencia, en la cual la influencia es mucho mayor que en la primera, al punto que la capacidad de elección personal se pierde, siendo donada al superior. Al estar ante un grupo numeroso, o ante un superior, las personas pierden esta capacidad de elección y actúan de maneras indefinidas, y con frecuencia, excesivas.

Salomón Asch experimentó con un gran grupo de aspirantes a un supuesto trabajo,  a los cuales les dio un test con dos barras iguales y una diferente, después de lo cual preguntaba cuáles eran las iguales, pero ponía a los supuestos jefes a hablar entre  sí argumentando que la barra diferente era la correcta, de tal forma que  escucharan los aspirantes. El resultado fue que la mayoría dijo la respuesta equivocada para complacer al grupo, pues es bien sabido que quien contraría a la mayoría es aislado y acosado psicológicamente hasta anularlo (desde la antigüedad el vivir sin grupo era la muerte segura ante los depredadores, de allí que en muchos pueblos el exilio fuera más vergonzoso que la muerte), pues en un pueblo de locos el cuerdo está loco. A este acoso del jefe o el grupo se le denominó mobbing. La necesidad de ser  aceptado  por el grupo lleva la obediencia al sadismo extremo,  tal  como  experimentó Milgram, quien contrató en los 60´s a cuarenta personas  que,  siendo  supervisadas   por un investigador, debían leer una lista de palabras a un sujeto de prueba, y luego hacer que las repitiera, y por cada error cometido, debían darle una descarga eléctrica, que iba aumentando de intensidad hasta un máximo de 450 voltios, rango que les advirtieron resultaba mortal. Sin embargo, el 63% de los voluntarios llegó al tope máximo sin preocupación alguna, y al terminar su test, a pesar de las evidentes pruebas de dolor, ninguno se tomó la molestia de observar qué pasó con el torturado, que en realidad estaba confabulando y no recibió descarga alguna, sólo actuó. La conclusión evidente es que la gente corriente se torna agresiva bajo órdenes de una autoridad.

En  el  régimen  actual  esta  autoridad,  que a nivel estatal impone obediencia a sus agentes, igualmente se supone que debe propender por el bien común, pero en lugar de darse a la tarea de revisar cómo generar condiciones más favorables para las personas, con lo cual puedan prevenir la criminalidad (es decir, comportamiento que se considera punible según sus patrones de medición aleatorios de lo bueno y lo malo), opta por generar un escarmiento público que castigue a posteriori y nada evite. Este escarmiento ha sido desde la horca hasta la cámara de gas, y por supuesto, las prisiones, lugar en donde se lleva a los pocos infractores de la ley que son  capturados, por un lado,    para servir de ejemplo singular a los demás (muy a la usanza infantil de quien no hace las acciones por un compromiso moral surgido de la reflexión y convicción, sino del miedo al castigo, llámese prisión o  infierno),  y  por el otro, para alejar de la sociedad a los portadores del virus del crimen  antes  de que lo puedan contagiar, pero nunca para propender por el cambio y la “redención social”, pues los castigos, como confirman los psicólogos conductuales, para nada sirven, nada cambian, e incluso la mayoría de los casos, por muchos factores, aumentan las actitudes que pretenden suprimir; pues o bien en el mejor de los casos las autoridades son totalmente ignorantes, y por ello hacen incurren en acciones que en lugar de obligar el cambio son escuelas para el abuso y el delito, o bien la autoridad, de manera arbitraria, aplica castigos que nada tienen que ver con lo que dicen pretender, cuyo único fin es amenazar para generar obediencia ciega. De esta manera el simulacro de poder, termina siendo la realidad a la cual se ven sometidos millones alrededor del mundo, sin ningún objetivo claro, como explica muy bien un fragmento de carta enviada  por un reo  de  la penitenciaría de Ohio,  aislado  durante un periodo inclemente de tiempo, al doctor Philip Zimbardo:

Recientemente se me ha liberado de la incomunicación después de treinta y siete meses aislado. Se me impuso el silencio total y el mínimo susurro al recluso de    la celda de al lado provocaba que los guardas me  pegasen,  me  rociasen  con   aerosol de defensa, me vendasen los ojos, me pisoteasen, y que me tirasen completamente desnudo en una celda donde tenía que dormir sobre un suelo de cemento, sin sábanas, mantas, lavabo, ni siquiera retrete... Sé que los ladrones deben ser castigados y no justifico el hecho de robar, aunque yo mismo sea un ladrón. Pero ahora no creo que cuando me liberen siga siendo un ladrón. No, tampoco estoy rehabilitado. El hecho es que ahora ya no pienso en robar  o llegar a rico. Ahora sólo pienso en matar, matar a aquellos que me han pegado y que me han tratado como a un perro. Espero y rezo por mi bien y el futuro de mi vida en libertad, ser capaz de superar la amargura  y el odio que diariamente corroe mi alma. Pero sé que superarlo no será fácil3.

Resulta que estas cárceles son un simulacro, hasta tal punto que hay muchas en las que la puerta está trancada  simplemente  con un tornillo; sin embargo, los maltratos  a los que son sometidos los prisioneros no son simulacros, son realidades tan crueles como inútiles, que a  la  postre  deforman la comprensión de estas personas como individuos y los  hace  dependientes  de  sus captores. Muestra la película que los captores llegaron por casualidad a ese lado de la ley, sin preparación para su labor y con  una  pseudo-moral  recalcitrante,  de tal manera que una vez que se les permite estar cercanos al grupo les lleva a botar  sus represiones, todas esas palabras de reproche tragadas por mandato de un superior, llegando a extremos para agradar al grupo; allí el prisionero se hace un objeto útil para la aceptación social del títere, llamado agente, de los que están por encima en la jerarquía.

Para alguien que esté fuera de la cárcel    es imposible comprender cómo se puede vulnerar  a  una  persona  haciéndole  perder sus rasgos  propios  hasta  disolver la capacidad de elección por completo.  Las personas se sienten libres y no se pueden imaginar como  esclavos,  incluso si son forzados a actuar movidos por la motivación que da una pistola en la mano, en  cada  instante  sienten   poder   actuar de otra forma, parece entonces que el encanto de la sensación de sentido  común en la cual sentimos la existencia del libre albedrío, es aquel en el que median estados intencionales, la intención tiene como característica o componente propio el sentirse libre.

Eso se puede notar en el caso de Penfield, en el que la  estimulación  del  córtex motor produce el movimiento de alguna extremidad, sin que en el proceso medie voluntad o intencionalidad para ejercer  una acción, la acción es tal no por el simple movimiento, sino por la intención de hacerlo. Los sujetos de prueba responden que ellos no se movieron, de manera tal que sienten la experiencia del movimiento de manera pasiva, como si fuera un fenómeno del mundo. La causación intencional consiste en que una característica hace las veces de causa de otra. En esta causación, el componente mental lleva al físico, sin una necesidad de  dualismo,  por  cuanto  se trata de un mismo sistema y sus características. Es por ello que cuando a alguien, por medio de ciertos estímulos externos, como por ejemplo uno de tipo electromagnético en el córtex, le instan a que realice un movimiento sin que medie una intención, como en el experimento de Penfield, arguye que no ha sido él quien lo ha hecho, pues el movimiento no responde al componente mental, no es una acción, lo que implica la imposibilidad de causación intencional.

Quizás lo más curioso es que estas personas afirman que el movimiento no fue hecho por ellos, de manera tan vehemente como el pos-hipnotizado que pretende demostrar que “su elección” es libre. Miremos al pos- hipnotizado: es un vasallo programado para actuar como se le ordenó al recibir un estímulo de tipo auditivo, pero siente que tiene voluntad propia, parece entonces que el libre albedrío es sólo una forma de ver el mundo, si gran parte de nuestra vida fuera un experimento de Penfield a gran escala, entonces nos veríamos como esclavos, percibiríamos unas palabras que salen de nuestras bocas, sentiríamos un  sonido, pero no hablaríamos (tal como se ve en los casos de los animistas, de los místicos, de Heiddegger, entre otros), no caminaríamos, percibiríamos un cuerpo desplazándose  por  un  espacio,  tal  como   ocurre   con los secuestrados, a quienes ya se les ha programado la imposibilidad de escapar, perdiendo la posibilidad psicológica de sentir que se puede actuar de otra manera, siendo reemplazada por la tendencia a sentirse refugiados ante la presencia de su captor, por el complejo llamado Síndrome de Estocolmo, y/o sufren de estrés postraumático, de tal manera que perciben la vida en la misma dirección, la vida ya  no presenta condiciones para elegir y discernir entre varias posibilidades, usando el pensamiento práctico, sencillamente sienten ser una marioneta (con conciencia) que es manejada mientras aguarda  pasiva.

Así de simple se borra esa noción de libertad, así la cárcel borra el libre arbitrio, y ésta hace de las personas simples objetos.

Mario Giordano basó su libro “Black Box” (inspiración de la obra “das Experiment”) en los métodos de coerción psicológica, encontrados en un experimento real.

En 1971 el doctor Philip Zimbardo se plantea un estudio en el que seguiría los efectos psicológicos de ser carcelero o preso. Construyó una cárcel monitoreada en la facultad de psicología de la Universidad  de Stanford, con las posibilidades  de grabar todo sonido e imagen, para observar los efectos de esta institución sobre el comportamiento. Con un clasificado convoca  a  estudiantes  universitarios  (ojo, véase que en este caso no eran ciudadanos de a pie como en la película, eran universitarios californianos, que actuaron de manera brutal) interesados en participar dentro de un experimento de simulación ganando quince dólares diarios. Extrañamente se presentó un gran número de interesados, aún a sabiendas que en esta experiencia renunciarían temporalmente a algunos derechos fundamentales.

Zimbardo descartó a quienes tenían un historial delictivo, desordenes psicológicos o médicos, o dependencias a sustancias narcóticas. Los seleccionados fueron divididos al azar en dos grupos (resultado del cara y sello), uno que sería el de prisioneros, el otro de guardianes. Un par de días después de las pruebas, los seleccionados fueron capturados sindicados de atraco por supuestos policías con insignias y vehículos reales, siendo llevados primero a una antigua penitenciaría en desuso (ataque psicológico), allí les tomaron sus datos y luego los trasladaron a Stanford.

El primer problema de logística se  dio con el uso del baño, pues quedaba en el vestíbulo, lejos de las “celdas” y del “patio”, además, frente a la salida, por lo cual los guardias llevaban a los presos uno por uno para usarlo, con la necesidad además de cubrirles para ello el rostro, para que no descubrieran dónde se encontraban. Los procesos que  toman  un  tiempo  mayor  en una prisión real, fueron subrayados hasta el absurdo para que en apenas unas horas los estragos psicológicos de meses quedaran  patentes.

Al entrar  fueron  rociados  con  un  spray y espulgados para convencerlos de que tenían gérmenes, y que su contaminación podía ser transmisible; este es un proceso de humillación y vejación, que genera una falsa idea de superioridad y asepsia de la institución ante el sucio prisionero que puede contagiar su enfermedad (crimen).

Como se decidieron a no rasurar el cabello de los prisioneros  (según  la  usanza  de  las   organizaciones   militares   y   penales alrededor  del  mundo),  les  pusieron  en  su lugar un gorro que en realidad era un pedazo de media femenina, así mostraban la autoridad absoluta de la institución, que impone sus ridículas  reglas,  caprichosas y coartadoras, minimizando la idea de individuo, de libertad personal, e incluso, diezmando las posibilidades de verse como perteneciente a un grupo, pues el cabello ha sido entendido como una prolongación del ego, un grito de expresión individual, un rasgo de diferencia (incluso Sansón ya no era Sansón sin cabello).

Les dieron vestidos cortos femeninos sin ropa interior, con lo cual querían lograr deshonrarlos, y modificar también sus formas de interrelación y sentido de pertenencia al grupo, al hacerlos sentir afeminados, como ocurre en las cárceles reales. Con rapidez parecían tímidos, moviéndose con precaución, mujeril y amaneradamente.

Continuaron aderezando la receta con grilletes y débiles sandalias de goma, pues querían que los prisioneros  se  sintieran en la cárcel hasta en  la  cama, al  mover sus pies sonaban las cadenas, deseaban  que hypnos fuera un opresor, que sintieran la imposibilidad de escapar hasta en su material onírico. Esta degradación tenía por objeto aumentar la atmósfera de opresión absoluta.

La estimulación sensorial era casi nula, no tenía el lugar ningún medio que permitiera adivinar a los reclusos qué hora era, sin relojes ni ventanas, la distorsión del tiempo era evidente y para lograr anonimato, ninguno tenía nombre, no se podían dirigir la palabra, ni referirse a sí mismos, sino bajo el número que los identificaba.

Como también estudiaban las actitudes de los “vigilantes”, les vistieron con botas de tacones altos,cinturones gruesos con grandes hebillas metálicas, muchas insignias, y gafas para sol con alta reflexión, que actuaban como espejo en el cual los prisioneros no veían nada distinto a su propia miseria reflejada, de tal forma que los guardias anónimos parecían no tener emoción alguna. Esta vestimenta fue diseñada con base en la del film “Cool Hand Luke”.

En breve  jerarquizaron  a  los  guardias  en tres grupos: los que los trataban mal, pero seguían las normas; los más  laxos que incluso se  permitían  bromear  y  hacer favores;  y  por  último, los  hostiles y recursivos a la hora de maltratar a los reos. Eran simples  estudiantes  que,  con la estimulación adecuada, en pocos días actuaban como déspotas capaces de todo con tal de imponer su autoridad.

Estos guardias debían incomodar a los reclusos, especialmente en la madrugada, para   realizar   una  serie   de     recuentos inoficiosos, útiles aparentemente para cerciorarse que todos siguieran allí (cosa que ya era ridícula, pues la voluntad está tan diezmada que con un tornillo cierran las puertas y ni así escapan, parece allí que los muros son muy altos, y que las personas tan bajas que deberían mirar hacia arriba  si quisieran observar una lombriz), aunque realmente era para que aprendieran sus números, y sintieran quién regulaba la autoridad. 

Los  presos  (vigilados  en  cada  celda  con un intercomunicador que  grababa todas sus conversaciones, mientras era usado igualmente para darles mensajes) intentaban con bromas mostrar su individualidad, y reafirmarse como sujetos, por ello los guardias en la primera noche hicieron varios recuentos para enfrentarlos e imponerles su autoridad. La sorpresa de dicha madrugada fue que empezó un alboroto emancipatorio que los guardias aplacaron ingeniosamente, disparando chorros de un congelante dióxido de carbono con extintores de seguridad que tenían, según orden del Consejo de Investigación de Humanidades de Stanford, que se había preocupado por el peligro de incendio  (esta escena no fue incluida en el libro de Giordano, sin embargo, impactó tanto a Hirschbiegel que está en la película). Los guardias decidieron imponer el  control  por estrategias psicológicas, antes que por tortura  física,  así  que  desnudaron  a  los temblorosos reclusos, sacaron las camas de sus celdas, los separaron, y establecieron un ropero de unos 60x60 cm. como celda de castigo, donde iban los cabecillas, además de una celda de privilegio única,  que  tenía temporalmente el derecho de recibir alimentación, de tal forma que la comida  se hizo un privilegio, rompiendo cualquier antiguo lazo entre los reclusos, que ahora se veían con recelo como enemigos, esperando quién traiciona primero a quién.

En el segundo día, con varias horas de régimen, se dio el golpe final a la solidaridad, pues los guardias cambiaron sin motivo a algunos “cabecillas” a celdas de privilegio, y viceversa, con lo cual empezaron a sospechar que eran chivatos. Según se enteró Zimbardo por sus asesores, un procedimiento similar utilizaban en las cárceles reales para romper las alianzas de los reclusos, pues auspiciaban factores tales como el racismo, siguiendo el precepto: divide, et imperas. De hecho hay un análisis estadístico,matemático y psicológico, del juego llamado Tick-Tack-Toe, hecho por Anatol Rapoport, según el cual, a grandes rasgos, la colaboración sin trampas ni ataques al otro, a menos que esté justificada, es la mejor táctica de sobrevivencia, y en el sistema judicial se usa a la inversa para que se delaten los cómplices.

La agresión subió tanto que el baño se hizo un privilegio otorgado caprichosamente,  ni  qué  decir  del  trato  al  5401, promotor de la  revuelta,  fumador  empedernido  que aprendió por las malas acerca del síndrome de abstinencia. Dos  personajes de la película se basan en este reo (Tarek Fahd, el protagonista y Steinhoff, el militar infiltrado), pues al confiscarle su correo (otra de las prerrogativas de las que gozaba Zimbardo), se enteraron que era un activista radical dispuesto a desenmascarar lo que él consideraba una treta estatal para controlar estudiantes extremistas. Esto no era todo, ya le había vendido la noticia a un periódico clandestino que sólo esperaba su informe. 

Después de dos días y medio 8612 sufre un colapso, Zimbardo lo entrevistó y cree que finge, le dice que después mirará si lo deja salir o no, se propaga inmediatamente su versión: “No podemos irnos. No podemos dejarlo”.

8612 continúa tan mal que lo liberan y traen otro de la lista de espera, jurando que volvería con más gente y los  liberaría. Este rumor preocupó al grupo investigativo, que incluso los trasladaron, allí los visitó el profesor Gordon Bower,  y sacó a Zimbardo de su alucinación, reclamándole que ni siquiera tenía una variable independiente en   su   estudio, lo cual al principio le ofendió, pero posteriormente se concientizó que no era un científico con bata blanca que mira al objeto de estudio sin intervenir en nada  la muestra que mantiene bajo condiciones estándar, sino que era un carcelero, tan sádico como los de las gafas oscuras, de investigador en jefe a alcaide de prisión.

El cuarto día invitó un capellán, y los reclusos se referían a sí mismos con sus números, ya no tenían siquiera  nombre. La realidad se perdió más aún cuando habló con ellos y sus padres instándoles a conseguir un abogado y a que se portaran bien, de otro modo era impensable que salieran algún día de su encierro.

El quinto día se buscó a quienes creían  tener motivos para ser liberados, y fueron llevados uno por uno “Comisión de Libertad Condicional”. Ante la pregunta de si cambiarían su sueldo por la libertad dijeron que sí, y sin embargo, al ordenarles volver a sus celdas bajaron la cabeza y lo hicieron,  si querían  salir,  simplemente  renunciaban al experimento, y punto, pero ya estaban atrofiados y autoanulados, y sólo podían liberarse si así lo dictaban sus superiores.

El asesor de la investigación, un exconvicto, jugó a ser el jefe de la Comisión de Libertad Condicional, y se volvió un desgraciado, poco después recordó que se comportaba igual que el juez que le negó su salida durante quince años.

Sólo los prisioneros más autoritarios y dominantes lograron sobrevivir de manera normal,otros discutieron y se rebelaron,otros se volvieron esclavos serviles, mientras otros desarrollaron válvulas de escape mucho más curiosas: cuatro sufrieron crisis nerviosas, y otro sufrió de una erupción psicosomática por todo el cuerpo al rechazarle su pedido de “libertad condicional”; en todo caso ya no se veían como grupo, pues ni siquiera  se identificaban como individuos, estaban aislados, en continua introspección, obedeciendo ciegamente a los guardias.

El reemplazo fue 416, quien llegó a lo peor del experimento sin un proceso progresivo de improperios e infortunios, mientras sus “compañeros” de celda le decían que no era una simulación y jamás podrían salir. Ante estos comentarios hizo huelga de hambre,  a lo que los guardias respondieron con tres horas de incomunicación en la celda especial, pero siguió sin recibir un bocado. Los demás estaban ya tan idiotizados, tan abandonados, tan patológicos, que en lugar de verlo como su representante, lo tacharon de alborotador, lo que aprovechó un carcelero poniéndoles a elegir si querían dejarlo salir de la celda de castigo a cambio de sus sábanas, lo que no pasó de ser un simple chiste para los reos, así que pasó la noche allí.

La quinta noche los visitó la profesora Christina Maslach, quien se horrorizó al ver que los “reos” eran llevados al baño en fila, encadenados y con bolsas en la cabeza. Les mostró lo salvaje de su procedimiento, lo  cual  quedó  claro  al  ver  las  cintas de seguridad, toda vez que en la noche los supuestos guardias, niños fascistas con megalomanía, se comportaban de manera compulsiva, sacando de sí toda esa basura que se habían guardado por años de frustración y represión social, haciéndose sádicos hasta sobrepasar lo pornográfico, desapareciendo a los prisioneros, como aclaró a la postre 416:

Empecé a notar que perdía mi identidad, que no era yo la persona que se llamaba Clay, la persona que se metió en ese lugar, la persona que se presentó voluntaria para ir a esa cárcel; porque fue una cárcel para mí y aún lo es. No lo considero un experimento o una simulación porque fuera una cárcel regida por psicólogos en lugar de gobernada por el Estado. Empecé a sentir que aquella identidad, la persona que yo era y que había decidido ir a la cárcel, estaba muy lejos de mí, que era un extraño, hasta que finalmente ya no era esa persona, sino que era el 416. Yo era, en realidad, un número4

El   estudio   concluyó    prematuramente el 20 de agosto de 1971, sólo seis días después de empezar, mostrando que no hay necesariamente un impulso genético que nos lleve a ser víctimas o victimarios, sino que dependiendo de las circunstancias, si está a nuestra mano, todos somos capaces de obrar de los modos más brutales con tal de agradar al grupo y/o la autoridad, mientras que si somos víctimas de esa violencia, desde la depresión y el estrés agudo llegamos a  la autoanulación y la desaparición total. Retratado impactantemente en la película, insto a quien no la haya disfrutado que la consiga inmediatamente.

La comunidad psicológica internacional  ha  prohIbído  este  tipo  de  experimentos -sólo a los científicos, por  supuesto-, pero si desea evocar las vivencias de tan memorable y recomendada película, si quiere participar del experimento, tiene  dos opciones: unirse a los vaqueros o, simplemente, siéntese, relájese y espere de cerca a la autoridad... 

Notas

1. Licenciado en Filosofía de la Universidad de Caldas. Tesista de la Maestría en Filosofía de la Universidad de Caldas.

2. ESQUILO. Los Persas. Editorial Gredos, Madrid: 1993

3. Información disponible en: http://lgoro22.blogspot. com/2006/10/psicologa-en-la-carcel.html. Resulta semejante lo que se ha producido con el castigo a través de la historia, mentira socialmente aprobada, repulsa, pero no cambio alguno, un ejemplo típico se dio en la inquisición, vamos esta confesión: “afirma que el día antes había visto cómo llevaban a la hoguera a cincuenta y cuatro hermanos de la Orden porque no habían querido confesar los mencionados errores, y que había oído decir que los habían quemado, y que él, no estando seguro de poder resistir en caso de que lo quemaran, confesaría, por miedo a la muerte, en presencia de los señores comisarios y de cualquier otra persona, si lo interrogaban, que todos los errores imputados a la Orden eran ciertos, y que él, si se lo pedían, también habría confesado que había matado a nuestro Señor”. Declaraciones de Aimery de Villiers le Duc, 13 de mayo de 1310. En: ECO, Umberto. El péndulo de Foucault. Bogotá: Círculo de Lectores, 1990

4. ZIMBARDO, Phillip G. A Simulation Study of the Psychology of Imprisonment Conducted at Stanford University [en línea]. Disponbiel en internet: www.prisonexp.org/>