Año 2 No. 2 Julio - Diciembre 2008

Searle: Hacia una construcción de la realidad social


Héctor Fernando Giraldo B. E-Mail: hector.giraldo@ucaldas.edu.co


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Introducción

       Uno de los problemas que ha causado controversia en la época contemporánea de la filosofía tiene que ver con el estatus científico de las ciencias sociales. Hay quienes plantean que éstas no se pueden considerar como ciencias porque implican aspectos subjetivos que hacen que su objeto de estudio sea ontológicamente subjetivo y, por tanto, no científico. Por el contrario, hay quienes dicen que sí es posible darles a las ciencias sociales el estatuto de ciencias, puesto que su objeto de estudio es ontológicamente  objetivo  y  porque  dicho  objeto  se  puede  abordar  dejando  de lado los aspectos psicológicos propios del individuo, esto es, prescindiendo de la subjetividad.

            Sin embargo, se puede considerar que en el trasfondo de la discusión hay bastantes confusiones conceptuales que no permiten una reflexión sensata de la realidad social. Por esta razón, apoyados en los planteamientos del filósofo norteamericano John R. Searle (1997), trataremos de exponer las piedras angulares de esta realidad y, con base en esto, afirmar que sí se puede tener conocimiento objetivo de los hechos sociales, a pesar de que su ontología sea subjetiva.

         La exposición la hacemos en dos partes. En la primera se exponen las distinciones fundamentales que desarrolla Searle para poder construir los componentes teóricos de la realidad social, y en la segunda abordamos estos componentes propiamente dichos.

1. Distinciones fundamentales

i) Distinción entre hechos brutos e institucionales

          La primera distinción que hace Searle, y que constituye el eje central de su argumentación, es la referente a los hechos. Él distingue claramente entre hechos brutos y hechos institucionales. Los primeros, según él, son ontológicamente independientes de los sujetos, en tanto que los segundos no. Los hechos brutos existen con independencia del sistema de creencias de los sujetos. Ejemplos de estos hechos son las montañas, los ríos, la distancia que hay entre el sol y la tierra, etc. En cambio, los hechos institucionales sí deben su existencia al sistema de creencias de los individuos y, por tanto, no pueden existir con independencia de los sujetos. Por ejemplo, para que el matrimonio o el dinero sean tales debe haber por lo menos un determinado grupo de personas que crean que “X” sea un matrimonio o que “Y” sea dinero. En otras palabras, si no hubiese estas creencias, no existirían ni el matrimonio ni el dinero.

          De esta distinción cabe concluir que la ontología objetiva de los hechos brutos es indiscutible, mientras que la de los hechos institucionales no lo es tanto. Por eso Searle dice:

He aquí, pues, el esqueleto de nuestra ontología; vivimos en un mundo compuesto enteramente de partículas físicas en campos de fuerza. Algunas de ellas están en sistemas. Algunos de esos sistemas son sistemas vivos, y algunos de esos sistemas vivos han adquirido evolucionariamente consciencia. Con la consciencia viene la intencionalidad, la capacidad del organismo para representarse objetos y estados mundanos. La cuestión es ahora: ¿cómo podemos dar cuenta de la existencia de hechos sociales dentro de esta ontología? (1997: 26-27). 

         Esta última cuestión planteada por Searle muestra una clara preocupación por dar cuenta de una ontología de los hechos socialmente construidos. Él dice que estos hechos se fundamentan en hechos brutos y que, en este sentido, los hechos brutos tienen una primacía lógica –podríamos decir también que ontológica– sobre los hechos institucionales: “Intuitivamente, parece que no hay hechos institucionales sin hechos brutos. Por ejemplo, prácticamente cualquier substancia puede ser dinero; pero el dinero tiene que existir en una u otra forma física” (1997: 52).

ii) Distinción entre lo objetivo y lo subjetivo

           La segunda distinción fundamental que hace Searle consiste en diferenciar lo objetivo y lo subjetivo. Él lo hace en dos sentidos diferentes: uno ontológico y otro epistémico. En ambos sentidos lo objetivo y subjetivo son predicados. Pero mientras que en el sentido ontológico lo objetivo y subjetivo son predicados de entidades que atribuyen modos de existencia, en el sentido epistémico lo objetivo o subjetivo son predicados de juicios (juicios que se hacen de esas entidades que existen sea objetiva o subjetivamente).

       De acuerdo con esto, un dolor de cabeza, por ejemplo, es una entidad ontológicamente subjetiva, porque sólo existe en el sujeto que lo siente; pero las montañas y el sistema solar son entidades ontológicamente objetivas, puesto que su modo de existencia no depende de los sujetos y de su sistema de creencias. Es decir, existen en el mundo independientemente de nuestras creencias, representaciones y actitudes. Ahora bien, si hablamos en un sentido epistémico, el juicio “La condena de Sócrates ha sido la más bella de la historia humana” es subjetivo, porque con él “queremos decir que su verdad o falsedad no es una simple cuestión de hecho, sino que depende de ciertas actitudes y puntos de vista de los proferidores o de los oyentes del juicio en cuestión” (1997: 27).

          En contraste, podemos decir que un juicio es epistémicamente objetivo si su verdad o falsedad es una cuestión de hecho y, en consecuencia, deja de lado las actitudes propias del que expresa el juicio o lo escucha. Un juicio epistémicamente objetivo sería: “Sócrates fue condenado a beber la cicuta en el año 399 a. de C”. Vemos aquí que este juicio es verdadero porque, independientemente de lo que pensemos o sepamos nosotros, ocurrió efectivamente el hecho de que Sócrates fue condenado a beber la cicuta en el año 399 a. de C. Es decir, nuestras actitudes y emociones nada tienen que ver con la existencia del hecho y, en consecuencia, hay un juicio epistémicamente objetivo de una entidad ontológicamente objetiva.

           Lo inmediatamente anterior podría llevarnos a concluir que sólo puede haber juicios epistémicamente objetivos de entidades ontológicamente objetivas. Pero esto no es así, ya que de la misma manera que podemos hacer juicios epistémicamente objetivos o  subjetivos  de  entidades  ontológicamente  objetivas, también  podemos  hacer juicios epistémicamente objetivos de entidades ontológicamente subjetivas: “(…) el enunciado «Ahora tengo dolor en la espalda» informa de un hecho epistémicamente objetivo en el sentido de que no lo convierte en verdadero la existencia de un hecho real que no depende de ninguna perspectiva, actitud y opinión por parte de los observadores. Sin embargo, el fenómeno mismo, el dolor real, tiene un modo subjetivo de existencia” (1997: 28).

iii) Distinción entre rasgos intrínsecos al mundo y rasgos relativos al observador

        Además de las distinciones i) y ii), Searle hace una tercera distinción, que consiste en diferenciar entre los rasgos del mundo que son intrínsecos al mundo mismo y los rasgos del mundo que son relativos al observador. Esta distinción es fundamental para comprender una de las cuestiones que más nos interesan: la realidad socialmente construida.

         Dejando de lado la distinción dualista tradicional entre mente y cuerpo, Searle sugiere la idea de que la mente es un conjunto de rasgos de nivel superior del cerebro que son no sólo mentales sino también físicos, por cuanto son causados y realizados en el cerebro. Esto está estrechamente relacionado con la solución que él plantea respecto al problema mente-cuerpo. Su argumentación muestra básicamente que es un hecho natural que los procesos neurofisiológicos causen fenómenos mentales. Para llegar a esta solución, llamada “naturalismo biológico”, Searle parte de la distinción entre un conjunto de rasgos de nivel inferior del cerebro (micronivel) y un conjunto de rasgos de nivel superior del cerebro (macronivel), en la que lo mental, como un conjunto de rasgos de nivel superior, es causado por procesos cerebrales, esto es, por el conjunto de rasgos de nivel inferior. En este sentido, lo físico es causante de lo mental. Tomada la mente así, puede mostrar que lo social está construido a partir de lo físico, es decir, que los hechos institucionales –como dijimos anteriormente– deben su ontología a los hechos brutos. Pero para hacerlo, Searle considera que es fundamental hacer una distinción entre “aquellos rasgos del mundo que existen independientemente de nosotros y aquellos que, para su existencia, dependen de nosotros” (1997: 28).

           Los rasgos intrínsecos del mundo no se relacionan con la intencionalidad1  de los observadores. Así, por ejemplo, que el objeto X tenga un peso determinado y una composición química específica no depende de mí o de los observadores, por lo que se constituyen en rasgos que son propios, intrínsecos, del objeto X. Pero cuando tratamos este objeto X como un objeto Y, entonces dicho tratamiento es dependiente de los observadores y, por consiguiente, se constituye en un rasgo relativo al observador. Por ejemplo, si este objeto de madera que pesa dos kilogramos (X) es tratado y visto por ciertos observadores como una silla (Y), entonces podemos decir que a esos rasgos intrínsecos al objeto se le han atribuido rasgos extrínsecos a él mismo, como el rasgo de ser una silla que sirve para sentarse, y que estos rasgos existen únicamente en relación con las intenciones del observador.

          Estos rasgos están relacionados con la objetividad y la subjetividad en sentido ontológico. Los rasgos intrínsecos del objeto son ontológicamente objetivos, dada su independencia del sujeto o de los observadores, mientras que los rasgos relativos a éstos son ontológicamente subjetivos, en tanto que “existen exclusivamente en relación con la intencionalidad de los agentes” (1997: 29). Según Searle, aunque en algunas ocasiones la distinción entre rasgos intrínsecos y relativos al observador no siempre es obvia2, una manera fácil de establecerla consiste en preguntarnos si el rasgo puede existir independientemente de la existencia de seres humanos.

          Ya habíamos dicho que para Searle esta distinción es fundamental para comprender la construcción de la realidad social. El hecho de que las intenciones, intereses y fines de los sujetos jueguen un papel preponderante e influyente en la existencia de hechos sociales, no significa que no podamos tener un conocimiento objetivo de dichos hechos. En otras palabras, aunque los hechos sociales son ontológicamente subjetivos, en tanto que dependen de las acciones, creencias e intenciones humanas, pueden también estudiarse y comprenderse objetivamente. Nos parece que esta idea la tiene Searle cuando dice:

Pretendo que esta distinción parezca bastante obvia, porque resulta que la realidad social, en general, puede entenderse sólo a la luz de ella. Los rasgos relativos al observador son siempre creados por los fenómenos mentales intrínsecos a los usuarios, observadores, etc., de los objetos en cuestión. Aquellos fenómenos mentales son, como todos los fenómenos mentales, ontológicamente subjetivos; y los rasgos relativos al observador heredan esta subjetividad ontológica. Mas esa subjetividad ontológica no impide que los asertos acerca de rasgos relativos al observador sean epistémicamente objetivos. (1997: 31).

2. Componentes teóricos de la realidad social

         Después de dejar claras las distinciones fundamentales, Searle se propone componer el aparato teórico necesario para dar cuenta de la ontología de la realidad social. Él dice que para hacerlo necesita varios elementos: i) la asignación de función, ii) la intencionalidad colectiva, y iii) las reglas constitutivas.

i) Asignación de función

         Searle plantea que es una capacidad de los seres humanos, e incluso de los animales, el hecho de que les asignen funciones a los objetos. Pero estas funciones no son intrínsecas a los objetos físicos, sino que son asignadas, si se quiere impuestas, por los sujetos. Él llega a esta conclusión porque le parece inconcebible que los objetos físicos, en sí mismos, tengan funciones. Cuando decimos, por ejemplo, que “la función del árbol es dar frutos” estamos yendo más allá del árbol mismo, puesto que del hecho de que el árbol dé frutos no se sigue que ésta sea su función. La “función” del árbol ha sido impuesta, en consecuencia, a partir de un sistema de creencias aceptado por nosotros. 

         Searle plantea que aunque el mundo físico no tenga funciones, hay cierta propensión a decir que el mundo tiene funciones. Para explicar esto, él pone el ejemplo de la práctica común en biología de hablar de funciones como si fueran propias de la naturaleza. Como cuando se dice: “La función del corazón es bombear sangre”. Según él, es un hecho indiscutible que el corazón bombee sangre, pero esto no quiere decir que la función del corazón sea bombear sangre.

           La asignación de función es un rasgo de la intencionalidad, y lo muestra el hecho de que en nuestra vida corriente constantemente estamos asignándoles funciones a objetos naturales y el hecho de que casi siempre construimos un objeto X para que sirva a una función específica. Ya habíamos dicho que es una capacidad de los seres humanos imponer funciones a objetos, ya sean naturales, ya sean construidos, para que cumplan la función en virtud de la cual fueron construidos. En este sentido, la imposición de función es un rasgo de la intencionalidad. Así, por ejemplo, es nuestro propósito construir una cama para que nos permita descansar, es nuestro deseo que el árbol sea grande para que nos dé buena sombra, etc. En estos dos ejemplos vemos claramente que asignamos funciones a objetos a partir de propiedades mentales. En el caso de la cama, la construimos con el deseo de que cumpla como función el ser un lugar de descanso; en el caso del árbol, podemos decir que es agradable en tanto que cumple la función previamente asignada por nosotros de proyectar buena sombra.

           Searle  es  enfático  al  mostrar  que  las  “funciones”  son  relativas  al  observador y no intrínsecas al mundo. Por ello dice que las atribuciones de funciones son intensionales (con s), y sabemos que la intensionalidad3  es una propiedad de los enunciados que no permite substitución de términos salva veritate. No permite esta substitución porque los enunciados intensionales versan sobre estados intencionales (con c), es decir, hacen referencia a deseos, creencias, propósitos, etc. Ahora bien, dado que los enunciados intensionales versan sobre estados intencionales, el modo en que se refieren a dichos estados afecta el valor de verdad del enunciado. En otras palabras, los enunciados intensionales no pasan pruebas de extensionalidad. La más conocida de estas pruebas es la Ley de Leibniz4, según la cual si dos expresiones son correferenciales, esto es, se refieren al mismo objeto, éstas pueden substituirse una por otra salva veritate. Aclaremos todo esto de la siguiente manera:

1)    Los enunciados extensionales posibilitan la substitución de términos correferenciales salva veritate. Ejemplo:

Enunciado i): “Miguel de Cervantes es el autor del Quijote” (V)

Enunciado ii): “El Manco de Lepanto es el autor del Quijote” (V)

          Dado que en ambos enunciados los términos “Miguel de Cervantes Saavedra” y “El Manco de Lepanto” son correferenciales, se pueden intercambiar uno por otro sin afectar el valor de verdad del enunciado.

2)      Los enunciados intensionales no permiten la substitución de términos salva veritate. Ejemplo:

Enunciado i): “Don Quijote quiere vencer a los gigantes” (V)

Enunciado ii): “Don Quijote quiere vencer a los molinos de viento” (F)

          Dado que ambos enunciados versan sobre estados intencionales, el modo en que se refieren al objeto cambia el valor de verdad del enunciado. Ya dijimos que uno de los argumentos de Searle a favor de que las asignaciones de funciones son relativas al observador consiste en decir que dichas asignaciones son intensionales. Y esto es así porque en contextos funcionales no se pueden substituir los términos correferenciales conservando el mismo valor de verdad. Al respecto dice Searle: “(…) «La función de A es hacer X» y «Hacer X es idéntico a hacer Y» no implica «La función de A es hacer Y». Por ejemplo, es trivialmente verdadero que la función de los remos es bogar, y bogar consiste en ejercer presión sobre el agua desde un fulcro fijo; pero no es el caso que la función de los remos sea ejercer presión sobre el agua desde un fulcro fijo” (1997: 37).

          Estando ya en este punto, es importante señalar que Searle distingue entre dos clases de funciones: i) las agentivas y ii) las no-agentivas. Además, que de las agentivas deriva una subclase especial de funciones. La diferencia fundamental consiste en que las funciones agentivas implican nuestros intereses y propósitos. Cuando decimos, por ejemplo, “La función de este hierro es pegar clavos”, entonces la función de pegar clavos implica que, merced a ciertos propósitos, dicho hierro sea usado como martillo. Podemos ver, pues, que la función es asignada en relación con cierto interés; pero observamos también que esa función no es natural al objeto mismo. Esto es, no es natural al hierro el que pegue clavos.

           De otro lado, encontramos las funciones no-agentivas. Estas funciones –al decir de Searle– “(…) se asignan a objetos y procesos que se dan naturalmente como parte de una explicación teórica del fenómeno en cuestión” (1997: 38). Por ejemplo, se da una función no-agentiva cuando decimos «La función del corazón es bombear sangre». En consecuencia, podríamos decir que el corazón tiene una “función”, pero ésta es no-agentiva, dado que no depende de los intereses, propósitos y usos del ser humano el que el corazón bombee sangre. Es decir, independientemente de nuestra asignación de función, es un hecho que el corazón bombea sangre. En cambio, que un hierro tenga como función pegar clavos sí depende del uso que de él haga el ser humano, y por esto la función es agentiva.

           Habíamos dicho que dentro de las funciones agentivas Searle deriva una subclase especial. En esta subclase, la función agentiva asignada es valer por o representar algún objeto, esto es, la función agentiva es la de la intencionalidad. Como cuando unas manchas de tinta valen por o representan un estado de cosas del mundo. Por ejemplo, como cuando las manchas de tinta del enunciado «El Estadio Palogrande queda en Manizales» valen por o representan el hecho de que el Estadio Palogrande queda en Manizales.

            Refiriéndose a la asignación de función en general, dice Searle: “(…) el primer rasgo que es menester observar en nuestra discusión sobre la capacidad de los agentes conscientes para crear hechos sociales es la asignación de funciones a objetos y otros fenómenos. Las funciones nunca son intrínsecas; se asignan según los intereses de los usuarios y los observadores” (1997: 37). Y con respecto a las funciones agentivas y no-agentivas plantea:

(…) hemos descubierto tres distintas categorías de asignación de funciones. En primer lugar, funciones no agentivas: por ejemplo, la función del corazón es bombear sangre. En general, esas funciones no agentivas se dan de manera natural. En segundo lugar: funciones agentivas: por ejemplo, la función de un destornillador es poner y sacar tornillos. En tercer lugar, una subclase especial de las funciones agentivas, en las que la función asignada es la de la intencionalidad: por ejemplo, la función del enunciado «La nieve es blanca» es representar, veraz o falazmente, el estado de cosas de que la nieve es blanca. (1997: 40). 

           En síntesis, podríamos decir que un hecho social existe porque hay quienes, en virtud de ciertos intereses y usos, les asignan funciones a determinados objetos físicos. Un caso claro de un hecho institucional lo constituye el dinero, pues unos trozos de papel o de cualquier otro objeto físico valen por dinero gracias a que es intención de los individuos que esos trozos de papel funcionen como dinero.

ii) Intencionalidad colectiva

          Searle considera que los hechos sociales implican intencionalidad colectiva. Por eso, este segundo componente es fundamental para dar cuenta de la realidad social, dado que sin intencionalidad colectiva es imposible la existencia de hechos sociales. Dice: “Si se quieren comprender los hechos sociales, resulta esencial comprender la intencionalidad colectiva” (1997: 42).

          La explicación que da Searle de esta intencionalidad la hace en relación con la intencionalidad individual. La intencionalidad es una propiedad de la mente que la lleva a representarse estados de cosas presentes en el mundo. En este sentido, la intencionalidad está relacionada con estados mentales y, por lo tanto, con el conjunto de deseos, creencias y propósitos de los individuos. Sin embargo, aunque la intencionalidad es un rasgo mental, y lo mental es propio de cada individuo, Searle considera que además de una intencionalidad individual, hay una intencionalidad colectiva. Él dice incluso que la intencionalidad individual de cada persona deriva de la intencionalidad colectiva, y que un elemento fundamental de ésta es el deseo o la creencia de hacer algo juntos.

         Searle propone que la intencionalidad colectiva, componente fundamental para la creación de hechos sociales, es irreductible a la intencionalidad individual. Quienes piensan que, por el contrario, la intencionalidad colectiva sí se puede reducir a la intencionalidad individual, parten de la idea de que “si intentamos hacer algo juntos, eso consiste en el hecho de que yo lo intento hacer en la creencia de que tú lo intentarás también; y tú lo intentas en la creencia de que yo lo intentaré” (1997:42). Así concebida, la intencionalidad colectiva queda reducida a la intencionalidad individual, dado que se piensa que “(…) puesto que toda intencionalidad existe en las cabezas de los seres humanos individuales, la forma de esa intencionalidad sólo puede referirse a los individuos en cuyas cabezas existen” (1997: 43). Searle refuta esta reducción cuando dice: 

Es verdad que toda mi vida mental está dentro de mi cerebro, y que toda la vida mental de ustedes está dentro de su cerebro, y lo mismo vale para todo el mundo. Pero de aquí no se sigue que toda mi vida mental tenga que ser expresada en la forma de una frase nominal singular referida a mí. La forma que mi intencionalidad colectiva puede tomar es simplemente ésta: «nosotros intentamos», o «estamos haciendo esto y lo otro», etc. En esos casos, yo intento sólo como parte de nuestro intento. La intencionalidad que existe en cada cabeza individual tiene la forma «nosotros intentamos» (1997: 43).

          De acuerdo con esto, podemos concluir que la «Nosotros intencionalidad» es irreductible a la «Yo intencionalidad», porque la «Yo intencionalidad» deriva de la «Nosotros intencionalidad». Por ejemplo, si es nuestra intención tratar estos trozos de papel como dinero, de ahí se sigue que yo trate esos trozos de papel como dinero. No al contrario: si la «Yo intencionalidad» trata estos trozos de papel como dinero, esto no implica que la «Nosotros intencionalidad» los trate igual. Como podemos ver, los hechos sociales –como el dinero, por ejemplo– introducen en lo más hondo y llevan dentro de sí la intencionalidad colectiva.

          Para Searle, gracias a esta intencionalidad colectiva, se puede pasar de lo natural a lo social, ya que gracias a ella es posible imponer funciones a entidades que, en virtud de sus propiedades meramente físicas, no pueden cumplir. Por eso dice: “El trecho central en el puente que va de la física a la sociedad está constituido por la intencionalidad colectiva, y el movimiento decisivo, en el tránsito de creación de realidad social a lo largo de este puente, es la imposición intencional colectiva de función a entidades que no pueden cumplir la función sin esa imposición” (1997: 58). Éste es el caso del dinero. En virtud de sus rasgos meramente físicos no puede ser dinero. Sólo es un conjunto de propiedades químicas que posee una forma y un peso determinados. Pero cuando en virtud de la intencionalidad colectiva le imponemos a ese conjunto de propiedades químicas con una forma y un peso determinados la función de dinero, entonces esa entidad física pasa a ser un hecho social e institucional.

iii) Las reglas constitutivas

        Para Searle la forma de las reglas constitutivas es «X cuenta como Y en C». Esta forma de las reglas constitutivas implica los otros dos elementos del aparato teórico que nos permite dar cuenta de la realidad social: i) la asignación o imposición de función, y ii) la intencionalidad colectiva. Además, implica lo que en un principio de este capítulo llamamos “distinciones fundamentales”. 

           La forma de la regla constitutiva «X cuenta como Y en C» “determina un conjunto de hechos y de objetos institucionales, nombrando el término Y algo más que los rasgos puramente físicos del objeto nombrado por el término X” (1997: 61). En este sentido, el término X se refiere a un objeto del mundo que en virtud de sus propiedades físicas no puede contar como Y. Para Searle, además, “(…) la locución «Cuenta como» nombra un rasgo de la imposición de un status a la que se vincula una función por medio de la intencionalidad colectiva (…)” (Ibídem). Como se dijo, esta imposición de status y la función a él vinculada va más allá de los rasgos intrínsecos del objeto.

           Para explicar mejor esto, sigamos con el ejemplo del dinero. Unos pedazos de papel (X) cuentan como dinero (Y) en Colombia (C). Los pedazos de papel (X), en virtud de sus rasgos intrínsecos, no pueden funcionar como dinero (Y). Sólo pueden funcionar como dinero si mediante la intencionalidad colectiva se le impone al objeto X un estatus al que se le vincule la función Y en un contexto determinado C. Es decir, gracias a la forma de las reglas constitutivas y a la intencionalidad colectiva que impone funciones agentivas, construimos de un hecho bruto (trozos de papel) un hecho institucional (dinero).

          A modo de conclusión podemos decir que los hechos brutos son ontológicamente objetivos, mientras que los hechos institucionales son ontológicamente subjetivos. Lo son porque para su existencia es necesaria la intencionalidad colectiva y, por tanto, no pueden existir independientemente de esa intencionalidad, como existen los hechos brutos. Por otro lado, podemos también decir que es posible el conocimiento objetivo de los hechos sociales, dado que la carga subjetiva de su ontología no implica la imposibilidad de tratarlos y conocerlos objetivamente, pues sobre entidades ontológicamente subjetivas se pueden hacer juicios epistémicamente objetivos.

Notas

1 Para Searle la intencionalidad (con c) es la propiedad de la mente que la lleva a representarse estados de cosas presentes en el mundo. Dice: “La intencionalidad con c, como hemos visto, es la propiedad de la mente por la cual esta se dirige, se refiere o alude a objetos y situaciones del mundo independientes de sí misma” (2006: 221).

2 Con respecto a este punto, Searle dice lo siguiente: “No siempre es inmediatamente obvio si un rasgo es intrínseco o relativo al observador. Los colores son un buen ejemplo. Antes del desarrollo de la física en el siglo diecisiete, la gente pensaba en los colores como en rasgos intrínsecos al mundo. Desde entonces mucha gente ha llegado a concebirlos como propiedades que existen sólo en relación con los observadores. Es intrínseco el que la luz se refracte diferencialmente cuando se refleja sobre las superficies, y es intrínseco a la gente el que tengan experiencias cromáticas subjetivas causadas por el impacto de la luz en sus sistemas visuales. Pero la ulterior atribución de propiedades cromáticas a los objetos del mundo es relativa al observador, porque sólo puede hacerse en relación con las experiencias de los observadores causadas por el impacto de la luz. No trato aquí de dirimir esta cuestión de los colores; me limito a llamar la atención sobre el hecho de que el que algo sea un rasgo intrínseco o más bien relativo del observador está lejos de ser siempre obvio” (1997: 30). 

3 Dice Searle respecto a la intensionalidad (con s): “La intensionalidad con s es lo contrario de la extensionalidad. Se trata de una propiedad de ciertas frases, enunciados y otras entidades lingüísticas por la cual estas incumplen ciertas pruebas de extensionalidad. La conexión entre ambas –se refiere a la intencionalidad con c y a la intensionalidad con s– radica en que muchas frases sobre estados intencionales, con c, son frases intensionales, con s” (2006: 221).

4 La llamada ley de Leibniz es una prueba de extensionalidad también conocida como la prueba de sustitución: “La prueba de sustitución dice que cada vez que dos expresiones se refieren a lo mismo, podemos sustituir una por otra sin cambiar el valor de verdad del enunciado en el cual hacemos la sustitución” (2006: 221-222).


Referencias

Searle, John. (1997) La construcción de la realidad social. Barcelona: Paidós.

__________. (2006) “La intencionalidad”. En: Searle, John. La mente: una breve introducción. Bogotá: Norma.