Año 2 No. 2 Julio - Diciembre 2008

Sobre la objetividad de los juicios éticos


Andrés del Corral Salazar E-Mail: andresdelcorral@yahoo.es


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Introduccíón

            En  muchas  ocasiones  nos  encontramos  discutiendo  sobre  la  veracidad de los juicios que empleamos para justificar algo. Cuando discutimos con alguien que mantiene juicios o posiciones distintas a las nuestras, intentamos llevarlo de alguna manera hacia la objetividad del asunto y mostrarle por qué estaba equivocado. Así, por ejemplo, si discuto con alguien acerca del resultado de la lotería local, y esta persona sostiene que tal resultado es diferente al que yo defiendo o creo que es, entonces la solución es ir directamente a los hechos o a una fuente confiable que nos proporcione tal información. La información que obtengamos del resultado real de la lotería nos mostrará que uno de los dos estaba equivocado. O bien puede ser que ambos estuviéramos equivocados en caso de que nos hubiéramos referido a otras loterías, o a la lotería sobre la cual se da la discusión pero en diferentes sorteos. Como en este ejemplo, hay muchas discusiones donde la solución al problema lo da la información empírica que tengamos para justificar nuestras creencias. Sin embargo, no toda discusión se soluciona mediante la información empírica, en tanto que dichas discusiones carecen de una base objetiva que permita determinar su veracidad o falsedad. Si una madre sostiene en medio de una discusión que su dolor por la pérdida de un hijo es peor que el dolor del médico que no pudo salvarlo, realmente no hay una manera ‘objetiva’ de decidir si es cierto o no. No hay una balanza que permita sopesar ambas posiciones, ambos dolores. De donde parece entonces que la objetividad es un requisito de la discusión racional. De no ser de este modo, estaríamos perdiendo nuestro tiempo siempre que quisiéramos convencer o persuadir a alguien que creemos está cometiendo un ‘error’. Por más razones que tengamos y que creemos apuntan a la ‘verdad’ del asunto, sin una base objetiva sobre la cual juzgar, no habrá posibilidad de comprobación, demostración o análisis. De hecho, no existiría la verdad y la falsedad, y, por consiguiente, tampoco el error o el aserto. 

           No obstante, los ejemplos anteriormente citados pueden dejar la impresión de que se necesitan entidades físicas que legitimen el valor de verdad de los juicios morales. Además, también puede quedar la impresión de que sólo puede haber un auténtico y legítimo desacuerdo cuando existe una base objetiva que nos permita determinar el error. Dicho en otras palabras, sólo puede haber un desacuerdo racional cuando hablamos de descripciones. Lo primero creo que es radicalmente falso y que descansa en una concepción equivocada de la moralidad. Lo segundo, que sólo puede haber un auténtico desacuerdo racional cuando se habla de descripciones, lo mantengo. Podría parecer que lo que sostengo es una incongruencia al intentar defender la idea de la objetividad moral aceptando que no hay entidades físicas legitimadoras. Sin embargo, espero mostrar a través del texto que la supuesta incongruencia no pasa de ser una simple apariencia. El valor de verdad de un juicio moral no requiere de una entidad física que la legitime. Personalmente creo que el problema de si los juicios morales son objetivos o no, no es un problema de orden ontológico sino epistemológico.

            Por otra parte, argumentar a favor de la objetividad de los juicios morales es tanto como responder a las posibles objeciones que contra dicha idea puedan surgir. La discusión de esta idea es verdaderamente compleja y el presente texto no pretende otra cosa que informar sobre la discusión y presentar una posición, no exhaustiva, ante tal problema. Así pues, vamos a analizar específicamente la idea de los conflictos y dilemas morales genuinos, si es que estos últimos realmente existen.

         Un requisito de cualquier teoría objetiva es que sea internamente consistente. La importancia del requisito de coherencia o consistencia interna de una teoría, salta a la vista cuando nos percatamos de que un sistema de enunciados contradictorios no nos proporciona alguna información. En efecto, de una teoría inconsistente podemos deducir validamente la conclusión que nos plazca (principio de explosión). Si existen dilemas morales genuinos, existen razones suficientes para dudar de la objetividad en la moralidad.

     En definitiva, son dos los problemas que vamos a abordar: 1) sobre la posibilidad de que la moralidad sea objetiva sin necesidad de entidades físicas que la legitimen como tal y 2) la existencia o no de dilemas morales genuinos que pongan en riesgo la objetividad de la moral.

          Antes de entrar a tratar por separado dichos tópicos, se debe dejar claro qué se entiende por objetividad de los juicios  morales. La objetividad de los juicios morales consiste en la posibilidad de que éstos tengan un valor de verdad, y, además, que su veracidad o falsedad sea siempre fija y constante independientemente del periodo o época en que se emitan y de lo que cualquier persona, cultura, o sistema legal piense, desee, o decida con respecto a su valor de verdad. Creo que, de todas maneras, la justificación de la objetividad moral presenta serias dificultades pero que algunas de ellas pueden tal vez ser superadas si aclaramos algunas cuestiones básicas que pueden dar lugar a confusiones. Un juicio moral objetivo no es nunca un juicio moral absoluto. Un enunciado del tipo ‘matar es malo’, por ejemplo, no puede ser objetivo porque siempre habrá excepciones que nos permita justificar tal acción, como en el caso de defensa personal. Los juicios absolutos están por encima de las contingencias propias de cada situación y, en esa medida, exigen considerar todos los casos como iguales sin importar las implicaciones, por más absurdas que sean, que puedan deducirse de tal juicio.

        Por último, quiero llamar la atención sobre un punto que, a primera vista, puede parecer contradictorio. El relativismo moral y la objetividad moral no son excluyentes. Si lo fueran, la objetividad se contrapondría a la relatividad, sería su opuesto o contrario. El opuesto de lo objetivo es, claramente, lo subjetivo; de lo relativo, lo absoluto. De hecho, el relativismo moral implica la objetividad en algún sentido. El relativismo moral es una teoría ética, como el kantismo o el utilitarismo, que sostiene que “(…) un acto individual tiene su valoración objetiva, no obstante un acto similar podría tenerla de muchas maneras diferentes, aunque igualmente objetiva, valoración (…)” según las distintas concepciones que cada cultura tenga de la moralidad, aunque éstas sean inconciliables entre sí. Así, “(…) el relativista acerca de las valoraciones no es más escéptico sobre la objetividad de las valoraciones que el lingüista lo es sobre la verdad de una pronunciación sólo porque la misma frase proferida en otro contexto puede ser falsa” (Davidson: 1994, 60). Por ejemplo, cuando digo que ‘está lloviendo’ esta misma frase puede ser verdadera en un contexto y falsa en otro, y no por eso deja de ser objetiva.

          El campo en que se enmarca este trabajo es en el de la ‘metaética’. Por tanto, no entraré a defender o atacar teorías morales como tales, sino más bien a mirar si éstas son posibles, si la moralidad o lo moral en general es posible. Así, no diré nada de lo que es moralmente correcto o incorrecto, sí en cambio, de qué es lo que hacemos cuando juzgamos moralmente correcto o incorrecto un acto, y si la moralidad puede tener una base objetiva y, en consecuencia, no ser sólo una expresión de emoción o un sin-sentido. 

Emotivismo o entidades físicas: un falso dilema

            Una larga tradición filosófica ha venido sosteniendo que los juicios éticos, tales como ‘matar es malo’, son equivalentes a expresiones de emoción, tales como ‘¡abajo matar!’. Quienes afirman esto son, principalmente, los filósofos que se inscriben en el proyecto del positivismo lógico. En la base de esta determinación se encuentra una caracterización de lo que es un enunciado cognoscitivo. Los neopositivistas identificaron el significado de una proposición con su método de verificación (expongo a continuación el criterio de verificación de A. J. Ayer, aunque cualquier otro criterio positivista podría servir. La diferencia entre criterios de los positivistas es más de forma que de fondo: sólo presentan diferencias de detalle). Un enunciado es verificable si y sólo si es a priori o fáctico. Así, los enunciados a priori son verdaderos o falsos en virtud de las definiciones de sus términos. Las tautologías son verdaderas; las contradicciones son falsas. En esta clase de enunciados podemos incluir los enunciados de la lógica y la matemática. Si un enunciado que pretenda ser significativo no es a priori, entonces debe ser fáctico según el positivista. Debe ser la observación empírica la que nos permita determinar su valor de verdad. Por lo tanto, concluyen los positivistas, como los enunciados éticos no son ni a priori ni fácticos, los juicios éticos no son significativos y carecen de valor de verdad. Esta conclusión da pie a lo que se conoce como emotivismo. El emotivismo es la tendencia filosófica inaugurada por los positivistas en torno a la moralidad. Según estos filósofos, si los juicios morales no son descripciones verificables, entonces son simples expresiones de sentimientos y emociones. Decir que ‘está mal asesinar por placer a un niño indefenso’ es tanto como, según el emotivista, mostrar nuestro repudio, repulsión o aborrecimiento frente a tal acción, pero no porque sea moralmente incorrecto, sino porque produce un sentimiento de fastidio o una emoción que preferiríamos evitar. Así, nuestros juicios de bueno o malo, correcto o incorrecto, no responden a evaluaciones tales como las del ejemplo de la lotería, donde existe una manera objetiva de hacer dichos juzgamientos, sino a una cantidad de factores de carácter subjetivo. ‘Está mal matar a un niño indefenso’ equivale a interjecciones tales como ‘¡acabemos con el infanticidio!’ o ‘¡abajo la violencia infantil!’. Esto implica que, como no hay una base objetiva sobre la cual determinar su veracidad o falsedad, no puede haber un auténtico desacuerdo racional que intente mostrar a alguno de los agentes que su manera de juzgar o de actuar es correcta o incorrecta. De hecho, la moralidad, y con ella las nociones de correcto e incorrecto, sería carente de sentido en la medida en que no puede juzgar ‘validamente’ una acción. Los argumentos morales no tendrían un ‘telos’ –en el sentido griego–. En síntesis, la moral no puede decirnos racionalmente cómo debemos actuar porque no hay nada en el mundo que sea lo bueno o lo malo, según el positivista y emotivista.

       Nuestras diferencias en las reacciones emocionales responden a la subjetividad de cada individuo. No podemos decirle a una persona cómo ha de reaccionar ante tal o cual situación. Aún si lo pudiéramos hacer sería excesivamente peligroso si lo analizamos desde una perspectiva política. Grandes escritores han abordado esta posibilidad desde la literatura: novelas famosas como 1984 de G. Orwell y Un Mundo Feliz de A. Huxley. Incluso, películas como Matrix examinan ésta posibilidad. Sin entrar en detalles sobre este punto, quiero examinar la idea de que los juicios valorativos, como no son a priori o fácticos, son simplemente expresiones de emoción o sentimiento. En caso de que esta idea resultara cierta, concordando con los emotivistas, la objetividad en la moralidad sería racionalmente inconcebible. A continuación evaluaremos pues, por qué dicen los positivistas que los juicios valorativos no son a priori o fácticos.

            Hemos dicho anteriormente que los enunciados fácticos son significativos, y que su valor de verdad lo determina la observación empírica. Sería muy extraño que alguien intentara justificar un juicio valorativo apelando a la observación empírica, como si los términos éticos tuvieran un referente en el mundo de nuestra experiencia. En el mundo no hay algo así como la ‘bondad’ o ‘la maldad’ que permitan legitimar la veracidad o falsedad de un juicio moral. D. Hume lo pone así:

 

Examine el crimen de ingratitud (...) Inquiera dónde está la cuestión de hecho que nosotros aquí llamamos el crimen; señálelo; determine el tiempo de su existencia; describa su ser o naturaleza; explique el sentido o facultad por la cual se descubre (...) el crimen de ingratitud no es ningún hecho particular: pero se levanta de una complicación de circunstancias que presentándose al espectador, excita el sentimiento de reproche (...) (Ibíd: 62).
 

        No obstante, creo que todos los que, como Hume lo hace aquí, intenten investigar la moralidad como un problema de realismo ontológico, mantienen una concepción equivocada de ella. Las nociones de bueno o malo no responden a entidades externas como los objetos físicos. Por otra parte, el razonamiento de Hume es una respuesta a la pretensión de considerar los términos éticos como verificables de manera empírica. Por consiguiente, si no vamos a aceptar la conclusión del emotivismo, tendremos que demostrar que los términos éticos pueden ser a priori.

            Siguiendo la distinción de Hume que dejamos entrever arriba entre hechos y valoraciones, G. E. Moore elaboró un fuerte y famoso argumento en contra de la idea de que los términos morales puedan ser definidos en términos empíricos. Dicho argumento se conoce comúnmente como el argumento de la pregunta abierta. Desde 1903, cuando G. E. Moore expuso tal argumento en su libro Principia Ethica, se ha utilizado para acusar a cualquiera que defina empíricamente un término moral de cometer la ‘falacia naturalista’. Como resultado de la aceptación del argumento de la pregunta abierta, los positivistas, y en consecuencia los emotivistas, rechazaron la posibilidad de que los términos morales fueran a priori. Si logramos hacer ver que el argumento de Moore no es sólido, los emotivistas quedarán sin piso teórico para rechazar la idea de que los términos morales pueden ser a priori. El argumento consiste en lo siguiente:

      Supongamos que hemos definido ‘bueno’ como lo que produce placer. Ahora, realicemos dos preguntas:

1.       ¿lo que produce placer es bueno?

2.       ¿lo que produce placer, produce placer?

         Si la definición de bueno en términos de lo que produce placer fuese correcta, entonces las preguntas 1 y 2 serían equivalentes, significarían lo mismo. 1 y 2 no son equivalentes. 1 admite lógicamente dos respuestas distintas: sí o no. Es abierta. 2 es una tautología y por ello sólo puede ser respondida, si no queremos caer en contradicción, con un sí. Es cerrada. Es decir, que mientras puede ser negada la primera pregunta sin caer en contradicción, la segunda no puede serlo. Por tanto, la definición de bueno como lo que produce placer es una definición inadecuada. Este argumento se generaliza cambiando el contenido de la definición por cualquier otro, de tal modo que cualquier palabra valorativa definida en términos fácticos fallecerá bajo la misma objeción, y quien intente ofrecer una definición así cometerá la denominada falacia naturalista.

        Ahora bien, a primera vista este argumento parece ser lo suficientemente sólido como para intentar derribarlo. De hecho, le da contenido fuerte a una intuición que todos tenemos: que las descripciones y las valoraciones presentan una diferencia de género, lo cual implica que es lógicamente imposible pasar de descripciones a evaluaciones siguiendo un razonamiento válido. De esta manera, si digo que ‘la esclavitud es un acto que debe ser considerado como moralmente incorrecto’, no hay evidencia empírica posible que permita hacer un razonamiento por medio del cual justifiquemos lógicamente tal enunciado. Podríamos resumir lo que nos muestra el argumento de Moore diciendo que existe un abismo insuperable o un impasse entre el es y el debe. Sin embargo, creo que hay una manera de objetar tal argumento (Thomson: 1994). Si este argumento tiene éxito nos habrá mostrado que es posible definir los términos éticos a priori.

        El argumento de Moore implica que, en sentido estricto, no puede haber razones para actuar moralmente porque no podemos saber qué es lo bueno o lo malo. O, en otras palabras, que las razones que tenemos para actuar no pueden hacer del acto un acto moral. Pero si revisamos los tipos de razones por las cuales actuamos de tal o cual manera veremos que el argumento de la pregunta abierta es insostenible. En general, siempre tenemos dos tipos de razones para actuar y, por consiguiente, dos tipos de deberes. El problema del argumento de Moore es que desconoce la diferencia entre estos tipos de razones o deberes. Moore dice que oraciones como ‘el placer es bueno’ no pueden ser analíticas porque la pregunta ¿lo que produce placer es bueno? es ‘abierta’. Sin embargo, si diferenciamos entre tipos de razones para actuar y volvemos a la pregunta veremos que es cerrada, es decir, analítica.

           Las razones que tenemos para actuar pueden dividirse siempre en dos tipos: proposiciones en términos de razones concluyentes y proposiciones en términos de razones no-concluyentes. Tenemos una razón concluyente para actuar cuando en una situación no existe otra razón a la cual la primera, en la misma situación, pueda supeditarse; no podría ser posible otra acción por la cual haya una mejor o igualmente buena razón para actuar. Una razón no-concluyente, en cambio, es una razón cualquiera que se tiene para actuar en una situación. Una razón no- concluyente puede ser supeditada o abolida por otras razones mejores en las mismas circunstancias. Ahora, vamos a extender el empleo de las dos razones de actuar al argumento de la pregunta abierta de Moore, y evaluaremos si en verdad con dicha distinción la conclusión se mantiene.

     Reconstruyamos entonces, distinguiendo entre razones para actuar concluyentes y no-concluyentes o prima facie, el argumento de la pregunta abierta de Moore:

1a.     ¿Hay una razón, prima facie, para hacer lo que produce placer?

1b.     ¿Hay una razón concluyente para hacer lo que produce placer?

2.       ¿Lo que produce placer, produce placer?

           1b  está planteada en términos de razones concluyentes para actuar; 1a  en términos de razones no-concluyentes. La pregunta 1b  y 2 no son, claramente, equivalentes: la primera es abierta mientras que la segunda es cerrada. Pero las preguntas 1a  y 2 son, efectivamente, equivalentes: ambas son cerradas, la respuesta a ambas debe ser, lógicamente, sí. De esta manera, la distinción entre tipos de razones nos lleva a postular una consiguiente distinción entre deberes concluyentes y deberes no- concluyentes.

       Las definiciones de ‘deberes’ concluyentes en términos fácticos son incorrectas, como lo demuestra el argumento de Moore, porque implican la consideración de todas las acciones posibles bajo todos los aspectos posibles de una circunstancia. Implican un conjunto probablemente infinito de consideraciones, que no puede derivarse de una serie finita de descripciones1. Las definiciones de “deberes” prima facie no presentan tal problema. Estas definiciones, por el contrario, no exigen considerar todos los aspectos posibles de todas las acciones posibles en una situación para saber si tenemos un motivo para actuar. Esto explica el carácter a priori o analítico de la pregunta. Ahora bien, es analítica en virtud de que está definida en términos de los deseos e intereses de los individuos, de otra forma sería una definición absurda y seguramente no pasaría el cedazo del argumento de Moore.

             Como dije antes mi propósito no es defender una teoría ética sino examinar si éstas son posibles. Hasta ahora, vimos que la justificación de la objetividad moral no podemos encontrarla en entidades físicas que la legitimen como tal, y que tal problema no puede ser de orden ontológico sino epistemológico. Dijimos también que el emotivismo rechaza la idea de la objetividad moral con base en la aceptación del argumento de Moore, según el cual los términos morales no pueden ser a priori. Pero cuando distinguimos entre tipos de razones para actuar, el argumento, en términos prima facie, se convirtió insostenible. Así pues, si los términos morales son a priori, podemos rechazar el emotivismo.

Dilemas morales

             La existencia de dilemas morales ‘genuinos’ representa una seria amenaza contra la idea de la objetividad moral. En efecto, si una teoría implica X y –X, como en el caso de los dilemas morales, tenemos razones suficientes para abandonar tal teoría porque, como se dijo anteriormente, de una contradicción se sigue lógicamente cualquier cosa –principio de explosión–. Tendríamos en ese caso una teoría inconsistente. Parece entonces que los casos difíciles planteados por los dilemas morales no ponen en riesgo tanto el razonamiento práctico cuanto el alcance lógico de las teorías. Sin embargo, de ser posible tales dilemas, el razonamiento práctico de los individuos en esas situaciones debe igualmente verse afectado de tal manera que sea imposible decidir racionalmente entre las opciones conflictivas. Pero antes de profundizar en el tema, es importante ponernos de acuerdo en la definición de algunos conceptos: un conflicto moral es una situación en la que un agente se ve confrontado con dos obligaciones morales que le instan a actuar. Un dilema moral es una situación extrema de conflicto moral en la que el agente no puede seguir un curso de acción que sea conforme con sus dos obligaciones en conflicto. “Para que un conflicto moral tenga el carácter de ser un auténtico dilema moral y no simplemente un aparente dilema moral, ninguna de las obligaciones en conflicto es en efecto más fuerte o logra invalidar a la otra obligación” (Realpe: 2001, 83).

            Antes del siglo XX, la tradición filosófica moral ha reconocido la existencia de conflictos morales, pero ha negado la existencia de dilemas morales genuinos. Familias de teorías que mantienen la objetividad de la moralidad así lo reconocen: las dos más conocidas son el kantismo y el utilitarismo. Por una parte el kantismo sostiene que hay leyes morales que no admiten excepciones. En esa medida, algunos actos con ciertas características o de cierto tipo son ‘obligatorios’ o ‘prohibidos’ en todas las situaciones, casos o circunstancias, bajo el supuesto de que una acción no puede ser considerada moralmente por más de un principio, máxima o ley. Tal máxima es un ‘imperativo categórico’ e implica que en una situación hay siempre una razón para actuar conforme a la ley moral. El utilitarismo, por otra parte, sostiene que las nociones de bueno, malo, correcto o incorrecto moralmente, dependen de lo que ellos denominan el ‘principio de utilidad’. El principio de utilidad, o sumum bonum, del utilitarismo clásico2  es la felicidad ‘total’ o ‘general’. Tal principio fue expuesto por primera vez por Jeremy Bentham. Según éste las acciones son buenas si tienden a procurar la mayor felicidad para el mayor número de personas. El filósofo John Stuart Mill en su libro El utilitarismo modificó algunos de los principios de Bentham, excepto su método para calcular el status moral de una acción:


El credo que acepta como fundamento de la moral la utilidad, o el principio de la mayor felicidad, mantiene que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas en cuanto tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entienden el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer (Mill: 1997, 45-46).

           Así, no puede haber dilemas morales porque todas las acciones posibles en una situación deben ser consideradas y organizadas jerárquicamente según el principio de utilidad.
    
         Estas teorías, el utilitarismo y el kantismo, aunque diferentes y opuestas en ciertos sentidos, comparten la idea de que siempre existe una manera racional, unívoca y concluyente de saber cómo debemos actuar. Igualmente, ambas parecen negar la posibilidad de los dilemas morales sobre la base de que sólo existe un principio moral supremo o un único valor intrínseco.

        Hemos mencionado ya que un dilema moral es una situación en la cual un agente se enfrenta a dos opciones de acción que le parecen obligatorias pero que son imposibles, ya sea lógica o empíricamente, de realizar conjuntamente. En tal situación, el agente, luego de elegir una opción, tendrá razones para el remordimiento, lamento o sentimiento de pesar por la opción que dejó de lado y, así, quedará un residuo moral. De esta manera, la noción de actuar moralmente pierde todo sentido, en tanto que cualquier curso de acción que se siga es una violación al otro ‘deber’ u ‘obligación’. De hecho, desde que realmente sentimos remordimiento cuando pasamos por alto o contravenimos una opción, admitimos la legitimidad de ambas y, por consiguiente, no puede declararse que la opción elegida es moralmente correcta o que la evaluación moral del acto sea objetivamente válida a expensas de la otra opción.

            Pero  ¿existen  realmente los  dilemas  morales?,  ¿hay  situaciones  en  las  que  un agente se ve inevitablemente conminado a decidir entre obligaciones conflictivas y excluyentes?, ¿cómo son posibles? Como vimos, el utilitarismo y el kantismo niegan la posibilidad de los dilemas morales bajo la suposición de que éstos no se pueden configurar bajo un único principio moral supremo o bajo el imperativo categórico. La tesis que acepta que sólo puede haber un único valor intrínseco o principio moral supremo se conoce como monismo moral. Así, por ejemplo, el utilitarismo mantiene que el único bien intrínseco es la felicidad total y, por ende, todos los demás valores como la justicia o la igualdad, son meramente instrumentales. Esto nos sugiere dos tipos de posibilidad de configuración de los dilemas morales. La primera es demostrando que no sólo existe un bien intrínseco y, posteriormente, que los otros principios entran en conflicto; la segunda, considerando si efectivamente el monismo moral excluye la posibilidad de los dilemas morales.

           Consideremos pues, la primera posibilidad. Tomemos por caso el utilitarismo clásico.
          ¿Podemos imaginarnos una situación donde lo más importante, o lo único, no sea la felicidad total?: 

 

Imaginemos dos mundos, ambos con el mismo nivel total de felicidad; pero en uno la felicidad está distribuida equitativamente, mientras que en el otro hay unas pocas personas que son muy felices y muchas otras que son infelices. ¿Hay alguna razón para pensar que el primer mundo es mejor que el segundo? Sí: que hay más igualdad en el primer mundo. Esto parece implicar que la igualdad es un valor intrínseco que puede competir con la felicidad (Thomson G.).

 

       Esta es una situación en la que, claramente, la felicidad no es el factor determinante en lo que se refiere a elegir el mejor mundo. La igualdad no parece poder ser reducida o subordinada a la felicidad. En este caso, la igualdad no sería un bien instrumental sino un bien intrínseco, tal como la felicidad. De ser cierto el ejemplo de Thomson, tendríamos que rechazar el monismo moral del utilitarismo y adoptar una posición pluralista de la moralidad que probablemente nos conduciría a casos de dilema moral. La posibilidad de que los auténticos dilemas morales puedan darse depende de que cada uno de los valores nos dé una razón, prima facie, igualmente fuerte para actuar, y que ambas acciones sean excluyentes. Ronald Dworkin, por ejemplo, ha intentado conciliar los ideales políticos de ‘libertad’ e ‘igualdad’ de tal manera que no sean excluyentes sino complementarios, porque de lo contrario:

La proposición de que algunos de nuestros ideales políticos están en conflicto con otros es significativa y preocupante porque, en caso de ser cierta, una comunidad debería tener razones para el remordimiento moral en algunas circunstancias con independencia de lo que haga. Debe elegir entre dos males. (2001, 59. Cursivas añadidas).


        La otra forma de dilema moral, es negando el supuesto que dice que la aceptación de un único principio moral supremo excluye realmente la posibilidad de los dilemas morales. Tal suposición implica que en una situación aparentemente dilemática, todas las posibles acciones pueden ser consideradas y organizadas en un orden jerárquico, siendo el acto de la cúspide aquel al que sólo puede llamársele, en sentido estricto,‘deber’. En esta medida, no pueden haber deberes conflictivos porque ninguna acción puede estar en el mismo nivel que otra; no pueden estar ambas acciones en la cúspide de la consideración. De esta manera, se procura que la teoría en cuestión, cualquiera que ésta sea, evite las inconsistencias, es decir, que excluya las situaciones en las que un agente se vea moralmente obligado a hacer ‘X’ y ‘-X’ porque sencillamente una de las dos opciones es concluyente. Con todo, parece ser posible que, aún si se tiene un único principio supremo, se configure un dilema moral genuino. Tomemos por caso el kantismo. Como lo habíamos señalado anteriormente, el imperativo categórico prescribe acciones que son obligatorias o prohibidas en todos los casos sin excepción. Si logramos ejemplificar un caso en el que dos acciones que son irremediablemente obligatorias entran en conflicto, el supuesto de que el monismo moral excluye tal posibilidad es, obviamente, falso. Un acto que según el imperativo categórico es obligatorio es ‘cumplir nuestras promesas’3. En palabras del propio Kant, cumplir las promesas, al igual que los contratos y la exigencia de no mentir, forma parte de la clase de los deberes perfectos, que no admiten excepción y están por encima de cualquier circunstancia. Imaginémonos pues, el siguiente ejemplo: un agente X se encuentra en una situación Z que le impide prever las consecuencias prácticas de realizar dos promesas incompatibles. En efecto, el agente hace las dos promesas. Aun cuando el agente desee actuar respetando la máxima de cumplir las promesas, éstas resultan imposibles de cumplir conjuntamente. Cumplir una significa incumplir la otra. No hay un rumbo de acción posible que le permita al agente salir moralmente impune de allí. Es inevitable que la situación deje un residuo moral (remordimiento, lamento, culpa, pesar, etc.).

            Por supuesto no pretendo generalizar la prueba de dilemas morales a todas las teorías éticas. Lo más que puede decirse hasta ahora es que la felicidad puede no ser el único bien intrínseco y que la teoría kantiana no excluye la posibilidad de los dilemas morales genuinos. De hecho, en la discusión sobre si los dilemas morales pueden darse o no, todavía no está dicha la última palabra4. Es difícil mantener la objetividad de los juicios morales si, a diferencia del utilitarismo y el kantismo, se cree que los dilemas morales pueden llegar a ocurrir. El utilitarismo y el kantismo intentan resolver los casos difíciles de conflicto mediante ‘reglas generales’ de acción. En general, las teorías éticas han basado sus reglas, a lo largo de la historia, en la identificación de lo que llaman el sumum bonum. Para concluir, quiero sugerir la idea de que la moralidad no puede ser reducida completamente a reglas y, con todo, ser objetiva. Davidson dice:

Estoy convencido de la objetividad de los principios morales básicos, pero creo que pueden llegar a entrar en conflictos auténticos. Con esto quiero decir que las obligaciones genuinas pueden chocar en ocasiones: puede ocurrir que estamos obligados a realizar una acción, y tambi n a abstenernos de realizarla (Davidson: 1994, 60. Cursivas añadidas).

         Quiero, por último, indicar la solución de Davidson a este problema, la cual consiste en señalar que la objetividad moral depende de sólo dos cosas: los hechos y el contenido del juicio valorativo o la proposición que está en juicio. Para que haya una disputa moral se necesita dos proposiciones conflictivas. Para que haya un verdadero conflicto, o un desacuerdo racional como habíamos dicho al comienzo, necesitamos una base objetiva, un fondo común entre las posiciones. Según Davidson, tal fondo objetivo es posible y, en consecuencia, la objetividad moral también pese a los casos de conflicto. Dicho fondo es posible en virtud del ‘principio de caridad’ que otorgamos a las personas con quien se disputa. Sin embargo, el propósito de esta segunda parte del texto era simplemente examinar la posibilidad de existencia de los dilemas morales. Concluimos que aún si estos son reales, no necesariamente demuestran la no-objetividad moral.

Notas

1 Cfr. Thomson. 1994. Pág. 8. 

2  Vale la pena recordar que el utilitarismo presenta varias versiones: de la preferencia, de la regla, total, etc. Sin embargo, el punto relevante es que en todas las versiones del utilitarismo se identifica un principio de utilidad. 

3 Esto es una consecuencia lógica de la aceptación del imperativo categórico de Kant: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (1998: 39). Realmente Kant enuncia cinco imperativos categóricos, y quizá alguien se atreva a decir que ello demuestra que no acepta un único principio moral supremo. Sin embargo, tal como el mismo Kant lo dice, todos los imperativos categóricos pueden ser deducidos del primero, referido arriba en la cita.

4 Tal vez los principales y antagónicos protagonistas de esta discusión sean Bernard Williams y Allan Donagan. El primero afirma que los auténticos dilemas morales existen apelando a los sentimientos vinculados en el conflicto; el segundo niega tal afirmación objetando que la diferenciación entre problemas de orden moral y los de orden práctico hace desvanecer la ilusión de los dilemas morales genuinos. En este texto he recogido la tesis de B. Williams. 
 


Referencias

DAVIDSON, Donald. (1994). The Objectivity of Values. En: El trabajo filosófico de hoy en el continente.Memorias del XIII Congreso Interamericano de Filosofía. Bogotá, 1994.

DWORKIN, R. (2001). “¿Entran en conflicto la libertad y la igualdad?  En: Vivir como iguales. Paul
Barrer (Comp). Madrid: Paidós.

KANT, Immanuel (1998). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. México: Porrua.

MILL, J. S. (1997). El utilitarismo. Barcelona: Altaya.

THOMSON, Garrett. (1994). La diferencia es/debe y el argumento de la pregunta cerrada. Ideas y valores. Bogotá.

REALPE, S. (2001) Dilemas morales. Estudios gerenciales. Universisas ICESI. No. 080. On line: http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/212/21208004.pdf