Año 2 No. 2 Julio - Diciembre 2008

Términos para un contrato embustero. Sobre las “Memorias Póstumas de Bras Cubas” de J.M Machado de Assis


Nicolás Alberto Duque Buitrago. Universidad de Caldas E-mail: duquebuitre@gmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Es irrefutable que el hombre siempre ha mentido. A sí mismo. A los  otros.  Por  placer,  el  placer  de  ejercer  esta  facultad asombrosa de “decir lo que no es” y de crear, con su palabra, un mundo del cual es su único responsable y autor.

Ha mentido también para defenderse: la mentira es un arma. El arma preferida del inferior y del débil que, engañando al adversario, se afirma y se venga de él.

                  Alexandre Koyré.                 Reflexiones sobre la                                      Mentira.
 

La Confusión de Autores

            Sin poner algún límite a los fines de la vida, pero pareciendo completar con burlas una erudición filosófica; Bras Cubas –el que antes que nada fue un hombre público del Brasil del siglo XIX, de la polis– afirmó que El hombre es una errata pensante. No lo hizo, claro, para acentuar más nuestras consignas antropológicas: que el hombre es animal racional, bípedo sin plumas, único animal capaz de hacer promesas, junco pensante o algo así; sino para darnos noticia y constatar, el descubrimiento de una especie mendaz.

             Lo logró a un gran precio. Para ello royó su vida hasta la perversión, volviéndola confesión: confesión sincera y autobiográfica. Este brasilero en su serie de memorias de 1880 –Memorias Póstumas–, escribe con particular atino y como ninguno lo había hecho, desde la muerte. Desconocemos cómo fue posible que lo hiciera, porque Bras se niega a confesárnoslo, negándose también a reconocer que la curiosidad de saberlo sea más importante que sus memorias, lo fundamental.

            Sin embargo, sabemos lo importante que resultó, haber puesto en evidencia la embustera calidad de la sociedad y el hombre del siglo XIX, así como parangonar como existente, a una especie de esencia mendaz. ¡Ay! pero sigue siendo alarmante, ¡Un difunto autor que escribe desde la tumba!

            Para no cargar con la culpa de tan alarmante asunto y como no quiero hacer de esto una trova coja trataré de salvar la normalidad mostrando por qué sí es posible –y cómo es posible– que exista un difunto autor.

            Imaginémonos una novela que tenga dos autores –uno vivo y otro muerto– que puedan comunicarse por medio del conocido método de la metempsicosis. La sarta viscosa de autores que resulta, no es –cómo creerlo– una confusión calamitosa. Es un engaño producto de que: ¡Sólo quería burlarme un poco!, inventarme un introito, para no decir tan escuetamente que las Memorias Póstumas de Bras Cubas no son de Bras Cubas sino de J.M. Machado de Assis, y que Cubas es sólo su personaje.

            Siempre es menos divertido decir que Cubas es un narrador-autor o autor en segundo plano y más estrictamente el narrador –testigo y protagonista– de las Memorias Póstumas, mientras Machado de Assis es el inventor de Bras Cubas– un punto de vista narrativo– y el autor de las Memorias Póstumas de Bras Cubas. En vez de esta precisión lo importante es mostrar que la confusión de autores hace que Cubas parezca un autor real, o por lo menos, se siembre la impresión de que lo fuera. La confusión de autores es el genio de la novela. 

El Aliento Mendaz de la Historia

            En las Memorias Póstumas de Bras Cubas, se urde una soterrada concepción que es en el fondo graciosa: la muerte de Bras Cubas hace posible que nos confiese la naturaleza ornamental y mendaz de su vida; la muerte lo acerca a la verdad. La muerte lo deja ver la verdad.

            Póstumamente,  pues  está  muerto,  Cubas  puede  perseguir  y  revelarnos su  vida real, logrando elevar a lo visible el ornamento y el aliento mendaz que había envuelto su falsa vida terrenal. La novela está rondada por más mendacidades de las que uno supondría como parte de la confesión sincera de un difunto. Recuerdo especialmente, que Bras murió tratando de curar una enfermedad en buen grado falsa, la hipocondría.

            Pero más allá del esfuerzo macaónico de Cubas para curar la hipocondría, la mendacidad tiene la perspicacia de atenerse a espectros más amplios de los que se imagina. Cubas –según cuenta en sus memorias– quiere haber muerto de neumonía, pero sabe que murió a causa de “una idea útil y grandiosa”, la idea del emplasto para hipocondríacos, idea fija de personalidad volatinera y con peculiar modo de acomodarse en un entendimiento ocioso:

En efecto, una mañana, paseando por la finca, una idea se colgó del trapecio que tenía yo en el cerebro. Ya colgada, comenzó a agitar los brazos y las piernas, a hacer las más arrojadas cabriolas de trapecista que sea dado imaginarse. Yo me dejé estar, observándola. De súbito dio un gran salto, extendiendo los miembros, adoptó la forma de una X: me descifras, o te devoro. […] Mi idea, después de tantas cabriolas, se convirtió en una idea fija. Dios te libre, lector, de una idea fija; sería preferible una paja, una viga en el ojo. (Machado de Assis, 2004: 22 y 26)

            Aquí aparece el primer drama, el drama de la idea fija. A Cubas se le pega, le insiste y lo succiona; lo lleva de un propósito a otro. Si la cura resultara, se prometía Cubas, habré aliviado la melancolía humana –enfermedad de poetas–. Pero su rictus de burgués le decía, te gozarás y mofarás en la gloria de un merecido reconocimiento público.

            Que la idea de Cubas sea fija tiene una importancia suma; si es una idea fija es intocable. Cubas en su empeño por realizar esta idea no siente ni por un instante que fuera irrelevante. Aun cuando no haya llevado a cabo su propósito no reniega de su concepción  ni declara que fuera un intento falaz. Falló, pero de su falla sólo anota que el mundo quedó eternamente hipocondríaco.

            Pues bien, yo tengo también mis ideas fijas y mis ventajas no son por esto mayores que las de Cubas; pienso que la concepción subyacente de la novela está sometida a un licuado engaño. En esta novela la farsa y el embuste alcanzan lugares que uno no sospecha con facilidad; la historia no es menos que una fábula, la historia: “la voluble historia, que da para todo”, la historia: “una eterna cortesana” con “caprichos de dama elegante”. Afirmo que la novela, tanto como lo que Cubas piensa de la historia, tiene un aliento mendaz, un escondido subterfugio de propósitos enrevesados.

            Para estirar más mi insistencia de aliento mendaz, quiero enfatizar en esa forma de hacer historia que es la genealogía. Por entre las ramas de la genealogía los Cubas devienen deliberadamente, de toneleros a colonizadores:

El fundador de mi familia fue un tal Damián Cubas, que floreció en la primera mitad del siglo XVIII. Era tonelero de oficio, natural de Río de Janeiro, donde habría muerto en la penuria y la oscuridad de haber ejercido apenas la tonelería. […] como ese mote de Cubas le oliera demasiado a tonelería, mi padre, bisnieto de Damián, alegaba que dicho apelativo había sido impuesto a un caballero, héroe en las jornadas de África, como premio a la hazaña de haber arrebatado trescientas cubas a los moros. Mi padre era hombre imaginativo; escapó de la tonelería en las alas de un calembour.

[…] conviene resaltar que sólo recurrió a la inventiva tras ensayar la falsificación; primero se entroncó en la familia de aquel mi famoso homónimo, el capitán mayor Bras Cubas, que fundo la villa de San Vicente, donde murió en 1592, y por ese motivo me dio el nombre de Bras. (Machado de Assis, 2004: 24-25)

            Aparece el papá de Bras. Bras nos dice que es un señor de calembours y autor de una esforzada genealogía que corre huyendo de un destino indeseado. Este detalle resulta pobre y desproporcionado al lado de sus últimas consecuencias. Cuando papá Cubas muere su hijo Bras nos cuenta que murió con una “fantasía convertida en conciencia”, creyendo ser en realidad el descendiente del colonizador Bras Cubas.

            Si atendemos a lo que dice el otro Bras Cubas -no el colonizador, sino el de las memorias-, su padre transformó en verdad un producto de su fantasía, convirtió en verdadera una falsa genealogía, lo que más que una curiosidad es una verificación, la verificación de un origen falso. Cubas tantea por ratos los retruécanos de la fantasía que su padre convirtió en conciencia. Se había dado cuenta que al invertir la conciencia real de su origen, su padre podía explayase en una más variopinta versión de las cosas, más valerosa, ¡tanto! que le infundía odios y le instigaba orgullo. Resulta divertido pensar que el odio que papá Cubas sintió por Napoleón era como lo llamaba Bras, “un odio puramente teórico”.

            Sin embargo la enfermedad que mata a papá Cubas no es ni fantasiosa ni genealógica, no es tampoco hipocondría o alguna enfermedad teórica; muere de desesperanza moral. Su sueño de enarbolar a su hijo Bras en una noble casta, respondía al deseo de un reconociendo político, de una incursión en la polis de la sociedad brasilera de aquella época. Pero Bras Cubas fracasa en esta empresa familiar y precipita la infavorable enfermedad de su padre, vencido en la lucha por acceder al corral de la opinión pública. La fuerza de la opinión, lo mata.

            Tenemos que estar muy atentos con esta etiología: muerte por desfavorecimiento público o por fracaso político. Si nos atenemos a la evidencia, su muerte esquematiza –muy por debajo– la enfermedad mortal del hombre de una sociedad presa de la opinión pública. Como Bras Cubas no se esparce ni hace marea por algún lugar importante de la opinión pública –como no lo hizo del todo–, y más bien fracasa; su padre se diluye en la poca atención de la opinión hasta llegar a la desolación moral, y muere. Esta sería la condición que describe un tan dramático fenecimiento, y como la condición se da, el padre de Bras Cubas viaja al reino de los difuntos.

            Ahora que sabemos que el padre de Cubas murió, hagamos un balance. Si fuéramos a recoger la herencia del padre de Cubas, sumando de su lado algo importante y arrastrando lo que encontremos en medio de toda esta sarta, habría que decir que fue no menos que el patriarca de la mentira y que esa es precisamente su herencia. Pero más vale al caso dejar decir a Bras Cubas lo que exactamente recibió como herencia familiar: “vulgaridad de temperamentos, amor a las apariencias y al ruido, pobreza de voluntad, sujeción a los caprichos etc. De esta tierra y este abono nació esta flor.”

            Sólo se me ocurre decir que el grueso de un embuste de tanto plegado (la cura a una enfermedad falsa, el origen errático de una familia, la muerte a causa de una enfermedad moral, la fantasía convertida en conciencia etc.) tiene asiento en la opinión. Papá Cubas le insiste en algún momento a Bras: “piensa que hay distintos modos de valer, y que el más firme es la opinión de los otros”, Bras por sus propios medios sabe, desde luego, que los hombres graves y los hombres frívolos son las dos grandes columnas de la opinión como afirma desde el prólogo de sus memorias. 

            Acumulando todo –engaños, deslices, errores–, insisto que detrás o debajo de esta historia, lo más viscoso es una concepción de la mentira. Cubas lo sabe trágicamente. Aterra por esto, lo que anota en sus memorias sin fecha, veinte años después de una vertiginosa, voluptuosa, medio secreta, medio divulgada e ilegítima relación con Virgilia. Cuando la tiene en frente y le habla, nota que:

No había en ella una sola mirada sospechosa, un único gesto que pudiera denunciar algo; por el contrario, exhibía una rara concordancia entre palabra y espíritu, con absoluto  dominio  de  sí  misma.  Como  mencionáramos,  casualmente,  un  caso  de amores ilegítimos, medio secretos, medio divulgados, la vi hablar con desdén y cierta indignación de la mujer a la que aludíamos, por lo demás amiga suya. (Machado de Assis, 2004:32)

            La desconexión entre el lenguaje y la realidad, entre el lenguaje y el espíritu; la impasibilidad frente a un engaño que no puede ser tal, pues a quien trata de confundir conoce el secreto que se finge; se imponen cuando Bras mira a Virgilia. Bras Cubas intuye una cercana relación entre la muerte y la eliminación de la opinión: “[…] yo, próximo a dejar el mundo, sentía un placer satánico en mofarme de él, en persuadirme que no dejaba nada”. No esparcía ningún reclamo, sabiendo ya que Virgilia se engañaba a sí misma y lograba fingirse con eso, como mujer decente.

            El aliento mendaz se profundiza tan hondamente, que Cubas admite que “es mejor engañarse a sí mismo; pues esto evita el sentimiento penoso de la humillación y el vicio funesto de la hipocresía”. Pero lo cierto del caso, es que a la verdad sólo le queda el habitar en la muerte, pues aunque en la muerte la opinión no desaparece, se atenúa o no importa. Tan pronto la errata pensante que es el hombre, logra disolverse en el más allá y respirar desde muy lejos y sólo por el recuerdo, el aliento mendaz de la historia y las condiciones de la opinión pública; puede confesarse. Más esto no quiere decir que la implacable opinión pública no lo roce, ocurre que ya no le importa.

La Estratificación Geológica de la Vida

            El hombre es una errata pensante, concluye el ensañado Bras Cubas. Los lugares a los que nos pliega tal descubrimiento (recuerden que Bras Cubas descubre una especia mendaz) no son escasos, pues el error roe hasta tan hondo, que envuelve la vida. En lo moral, la mentira, el secreto y el calembour, hacen que la apariencia de la acción humana se estratifique para soportar la ficción de la vida pública.

            Todos averiguan, en un momento o en otro, que la mentira es pública y está en la base del trato entre los hombres. Aceptan el engaño a sí mismos como un término irrenunciable; engaño, valga decir, a sí mismo como otro. Esto mismo había anticipado cuando recordé a Cubas diciendo: “es mejor engañarse a sí mismo; pues esto evita el sentimiento penoso de la humillación y el vicio funesto de la hipocresía”.

            Con las Memorias el engañarse a sí mismo, que era reconocido solamente por las patologías y por los Israelitas del Antiguo Testamento como posesión del espíritu de la mentira en boca del profeta; se vuelve condición social y término principal para un contrato embustero.

            En “Geología”, que es un capítulo sugestivo, el difunto autor levanta las rocas de la estratificación de la vida. La estratificación de la vida, olvidaba recordarlo, no es más que la moral de la errata pensante. Allí, en “Geología”, coloca al esposo de su amante, Lovo Neves, en el foco de su pluma desjuiciada, le exprime esta impresión: “Todo debe decirse: había en Lovo Neves cierta dignidad fundamental, una capa de roca que se oponía al comercio de los hombres. Las otras, las capas de encima, tierra suelta y arena, se las había llevado la vida, que es un aluvión perpetuo”.

            Desabrigando un poco a Lovo Neves de su dignidad fundamental, muestra al desnudo la estratificación de la vida pública. Pero también deja ver estratos de los personajes: la geología moral del retórico Vilaça –quien participa del almuerzo que con motivo de la caída de Napoleón, dieron los Cubas y es descubierto en escandalosa escena de amor con Eusebia–, hasta las negaciones de Cubas por morir sin haber hecho su emplasto.

            Inclusive más allá de la “Geología”, como alguien que la vive pero la piensa; aparece un hombre esporádico y profético para la novela; un hombre, que hasta el que recuerda, tiene que traer con gran esfuerzo. Se trata de un tal Jacobo Tavares que cuando llega a la memoria de Cubas, llega mintiendo –como mentiría el que no quiere recibir una mala visita– Cubas lo recuerda así:

Después del respiro, le observé a Jacobo que había mentido cuatro veces, en menos de dos horas: la primera, negándose, la segunda alegrándose con la visita, la tercera diciendo que pensaba salir, la cuarta añadiendo que con su esposa. Jacobo reflexionó un instante, y después confesó la justeza de mi comentario; pero se disculpó a sí mismo, 
diciendo que la veracidad absoluta era incompatible con un estado social adelantado, y que la paz de las ciudades sólo podía lograrse a fuerza de embustes recíprocos… […] (Machado de Assis, 2004:216)


            Este hombre, desenmascara la manera cómo funciona la sociedad en la que se urden las Memorias Póstumas de Bras Cubas. Quiero recordarles lo que dice en palabras tajantes: la veracidad absoluta es incompatible con un estado social adelantado. La paz de las ciudades sólo puede lograrse a fuerza de embustes recíprocos.

            La contundencia de los dichos de Tavares, es un apoyo para mis suposiciones de fondo pseudológico. Claro que también puede verse en ello la preparación intencional del engaño al otro. En resumen, creo que su decir es el fondo de la “Geología” de la sociedad de las Memorias de la que los personajes son también un ejemplo al que responden con todo su credo: la familia Cubas, es genealógicamente errática, como ya lo mostré, Marcela –la primera novia de Bras Cubas– se dice hija de un abogado español muerto por Napoleón, pero es hija de un hortelano. Sabina –otra novia de Cubas– era hija del secreto affaire, entre Vilaça y Doña Eusebia. Lovo Neves sabe soportar impasible, la infidelidad cortesana de Virgilia con Bras, callando por una dignidad fundamental, por un estrato geológico que imponía la sociedad y la opinión pública.

            Doña Plácida juega a la Celestina, con sincero interés y plácidamente; férrea en no dejar acabar la relación medio secreta de Bras y Virgilia. Llora cuando cree que Lovo Neves –esposo de Virgilia– se entera del desliz de los dos. Pero como sabemos, Lovo Neves lo sabe y lo soporta.

            Bras Cubas, por su parte, apresándolos a todos, los confiesa; trayéndolos a su subjetividad, penetra sus imágenes, los pone bajo su pesimista y risueña opinión, y luego nos los entrega, hechos memorias. Sin embargo él también es presa del mismo engaño: intenta curar una enfermedad falsa, sabe que ha sido descubierta su relación medio secreta con Virgilia pero se beneficia de los límites que impone la fama; se mofa en los lugares más elevados de la opinión pública…

            En esta novela vale lúcidamente lo del dicho: “al mentiroso más vale ser memorioso”, pero vale por la póstuma franqueza del mentiroso, que decide quitarse su máscara, proclamar que es una errata pensante y ponerse a confesar. 

Fe de Erratas

            Confesarse,  desmentirse. A veces  y  escasamente,  los  personajes  se  desnudan, saliéndose de la novela. Siempre siento que lo hacen muy agónicamente. Lovo Neves dice a Bras, casi desesperado y entrecortando el escrúpulo de la sinceridad:

Aglutiné en mí todos los motivos que impulsaban al hombre a la vida pública; sólo me faltó el gusto por la máscara. Vi el teatro desde la platea; ¡y le juro que era bonito! Soberbio escenario, vida, movimiento, gracia en la representación. Quise inscribirme; me dieron un papel que… pero, ¿por qué lo fatigo con esto? No es justo obligarle a compartir mis aflicciones. Créame, sí, que he pasado horas y días… No hay sentimientos, no hay gratitud, no hay nada… nada… nada. (Machado de Assis, 2004: 155-6)


            Cubas no se redime consigo mismo por confesar, pero muestra en la imagen de los otros –en sus relaciones públicas– la fe oculta de sus acciones y de su representación. Lo que dice de alguno respecto a lo público, vale para todos y vale escandalosamente, como en estas certísimas y crudas palabras:

Me pareció que tenía miedo; no miedo de mí, ni de él, ni de los códigos, ni de la conciencia; tenía miedo de la opinión pública. Supuse que ese tribunal anónimo e invisible, donde cada miembro acusa y juzga, era el límite impuesto a la voluntad de Lovo Neves. Tal vez ya no amara a su mujer; y, admitiendo, esa hipótesis, podría ser que su corazón fuera extraño a la indulgencia de sus últimos actos. […]

La opinión pública, esa opinión que arrastraría su vida por las calles, que abriría un minucioso expediente sobre su caso, que recogería una a una todas las circunstancias, antecedentes, inducciones, pruebas, que la narraría en las charlas de salones ociosos, esa terrible opinión, tan ávida de alcobas, impidió la disolución de su familia. Y al mismo tiempo hizo imposible la venganza, que hubiera sido una divulgación. (Machado de Assís, 2004:262-63)


            Luego de sobrevivir a tal muestra de mojigatería debo observar que la opinión resulta poniendo límites a la voluntad y a la verdad, y que darnos cuenta de ello es empezar a salir del ambiente social. Ser sincero en el reclamo, puede poner fin a una figura reluciente y a una buena vida en la sociedad; pues la vida política, lo público, la opinión, los bailes, los personajes importantes, los intelectuales y los escritores; ¡Toda la vida burguesa! Aparece como el máximo embuste. ¡Ahí se urde el engaño, ahí está y sobrevive! 

            Pero consideren ustedes que una confesión de ese talante, no puede hacerse sin ser un fementido. Por eso y por todo, es que puede concluirse pertinazmente, que la opinión es la única y más grande ciencia, llena de método, certeza y acierto. Conviene agregar que se vuelve la posibilidad misma y que su trasgresión es una ridícula divulgación.

            Bras Cubas, como sabemos, cede póstumamente a la confesión: reconoce su sangre errática, duda si amó alguna vez, sinceramente; confiesa la raíz de su conocimiento, puramente fraseológico; se engaña a sí mismo y huye así de los delirios morales. Pero su confesión es asocial, desde la muerte, imposible de verse en la escena del mundo, excepto quizá en los delirios, las agonías o tomas de conciencias repentinas:

Multitud, cuya admiración codicié hasta la muerte: de ese modo me vengaba a veces de ti; dejaba que rumorearas en torno de mi cuerpo, sin oírte, como el Prometeo de Esquilo hacía con sus verdugos. ¡Ah! ¿Quisiste encadenarme a la roca de tu frivolidad, de tu indiferencia, acaso de tu agitación? Frágiles cadenas, amiga mía; yo las rompía, al modo de Gulliver. Fácil resulta irse a meditar al desierto. Lo voluptuoso, lo raro, es que alguien se aísle en medio de un mar de gestos y palabras, de nervios y pasiones, proclamándose ajeno, inaccesible, ausente. Dirán tal vez, cuando regrese a él mismo -es decir, cuando regrese a los otros-, que baja del mundo de la luna; pero el mundo de la luna, ese desván lumino y recatado del cerebro, ¿qué otra cosa es, sino la afirmación desdeñosa de nuestra libertad espiritual? […] (Machado de Assis, 2004: 240)


            La rareza de una toma de conciencia como la de Cubas es superlativa. Su caso no es menos que irónico: afirma el difícil término de la vida envuelta en los gestos, las palabras, los nervios, las pasiones etc. Pero él mismo es algo así. Si se asigna alguna libertad, es esa desdeñosa afirmación de la libertad personal, que lo va llevando con tranquilidad de un lugar a otro. De sí mismo hasta los otros. Bueno, confusamente, pues aquí uno mismo es los otros. Siento cómo llega esta conclusión al asco que uno tiene por estas argucias. Pero vale decir que no hay en esta sociedad algún hombre que no represente lo que es realmente y lo que es socialmente.

            Luego de las tomas de conciencia, el caso de los delirios, es de interés. Los delirios y las locuras de esta novela son siempre morales. El capítulo del delirio es una locuaz reflexión sobre la historia: reflexión pesimista y cíclica. La historia, para Cubas, se repite. Casi al final de su delirio, nos dice:

Y mientras la vida revelaba así una regularidad de calendario, se hacía la historia y la civilización, y el hombre, desnudo y desarmado, se armaba y se vestía, construía el tugurio y el palacio, la tosca aldea y la Tebas de cien puertas, creaba la ciencia, que escruta, y el arte, que arroba, hacía oradores, mecánicos, filósofos; recorría la faz del globo, bajaba al vientre de la tierra, subía a la esfera de las nubes, colaborando así en la obra misteriosa, con la que distraía las urgencias de la vida y la tristeza del desamparo. (Machado de Assis, 2004: 40)


            El delirio de Cubas –en el que es transportado hasta el principio de los tiempos por un hipopótamo, luego de haberse convertido en la Suma Teológica y treparse en el hipopótamo, ya de nuevo como hombre– mostraba cierto desespero, cierto pesimismo:

[…] y veía al amor multiplicando la miseria, y a la miseria agravando la debilidad. Acudían allí la codicia que devora, la cólera que inflama, la envidia que babea, y la azada pluma, húmeda de sudor, y la ambición, el hambre, la vanidad, la melancolía, la riqueza, el amor, y todos agitaban al hombre, como un sonajero, hasta destruirlo, como a un harapo. Eran las formas múltiples de un mal, que a veces mordía las víceras, a veces el pensamiento, y paseaba eternamente sus vestes de arlequín en torno de la especie humana. (Machado de Assis, 2004: 38-39)


            Se puede decir que: las vestes de arlequín, las filosofías, las religiones, la política; son para Bras Cubas una forma de humedecer y ablandar la dureza de la vida, pero que son infieles, pues como instituciones son mendax ab initio. Por eso la mentira es arma y armadura, como lo es la civilización, el palacio, el tugurio y la tosca aldea. Por eso al difunto autor, le enorgullece su más allá, goza de él; se siente como liberado. Hay una emocionante identidad entre muerte y posibilidad de verdad, entre la muerte y la renuncia a las excusas que ablandan la existencia.

Confesiones Desdeñosas del Más Allá

            Fuera de la movilidad de este siglo, en la muerte; no se encuentra el desfile placebo de la farsa. Con ella se acaba el tiempo de mentir y llega el momento para burlarse de la vida: desgraciada, pesimista; llena de mediocridad, fraseología e impasibilidad.

            No puedo dejar de decir con asombro, que la muerte es el medio que encuentra Bras Cubas, para escaparse del licuado engaño social. Luego de haberse engañado a sí mismo, llega la confesión final, y entonces él se divierte con desdén. Aunque todos tuvieron que engañarse el desdén es de Cubas. Para él la historia, no tiene la más mínima importancia de verdad; la historia todo   lo vela interesadamente: es una cortesana con orgullo de señora y caprichos de dama elegante.

            Si cabe alguna conclusión contundente y paradojal, es que aunque la historia que ve Cubas en el mundo, es una historia falsa, él nos cuenta esa historia falsa –o falsificada– con toda sinceridad, como una confesión. No cuenta otra historia falsa, pero cuenta una historia de falsedades.

            Una y otra historia, tiene que decirse, está mediada por el inigualable trecho de la muerte. Por eso a medida que la vida de Cubas avanza y se termina, como acercándose a la confesión, su sinceridad se agravaba. Recordando su agonía, se dice: “[…] yo, próximo a dejar el mundo, sentía un placer satánico en mofarme de él, en persuadirme que no dejaba nada”.

Pero, en la muerte, ¡qué diferencia!, ¡qué desahogo!, ¡qué libertad! ¡Con cuánto desenfado podemos despojarnos de la capa, arrojar al foso las lentejuelas, zafarnos, despintarnos, desengalanarnos, confesar llanamente lo que fue y lo que no fue! Pues, en suma, ya no hay vecinos, ni amigos, ni enemigos, ni conocidos, ni extraños; no hay platea. La mirada de la opinión, esa mirada aguda y judicial, pierde su fuerza en cuanto pisamos el territorio de la muerte; no digo que no se prolongue hasta acá, que no pueda examinarnos y juzgarnos; pero ya nada nos importa el examen y el juicio. Señores vivos, no hay nada tan inconmensurable como el desdén de los difuntos. (Ibíd.: Pág. 89)


            La vida que se había vestido como el arlequín, que se empeñaba en el ornato, que se sostenía en un contrato embustero; termina liberándonos a todos con la muerte.  Ya no es el turno de los trances repentinos que abandonaban el embuste de la sociedad y sobresalían de la platea, queriendo escurrir la farsa. Llega la desdeñosa confesión que escurre la vida del más acá con la inmunidad del más allá. Para llegar a esa inmunidad vayamos tras la muerte de Cubas.

            Con tiempo memorable y memorioso, Cubas prepara su edición final, como la edición de un libro, pues: “[…] cada etapa de la vida es una edición, que corrige la anterior, y que a su vez será corregida, hasta llegar a la edición definitiva, que el editor regala gratuitamente a los gusanos.”

            En “Cincuenta Años”, cuando Cubas se da cuenta que envejece, imagina que un murciélago le dice: “-Señor Bras, la juventud estaba en el salón, en los cristales, en las luces, en las sedas. Resumiendo, en los otros.” Así se empieza a desnudar el arlequín, para sorprendernos con que la muerte está más cerca de la verdad. 


            Puede que para el lector resulte explosivo escuchar otra vez que en esta novela los otros son insistentemente lo esencial, como escenario de la representación, como teatro. Que la soledad y la muerte, son en su falta de relación social, inesenciales para una errata pensante. Que la mejor manera de valer es la opinión pública, que bordea nuestra fundamental geología. La opinión pública, que nos evidencia las acciones, nos multiplica las representaciones; la opinión pública que es, en sustancia, la única ciencia, que escruta, induce, sigue huellas, se difracta; que es criterio moral: determina la voluntad, la veracidad y evita la venganza, y resulta más grande inclusive, que los códigos y las conciencias de los hombres.

            Pero, recuerde el lector que estoy sorbiendo los términos del contrato embustero. Por eso y por todo, no es exageración decir, que la única versión sin préstamo de otro, sin parte conveniente, es la de un muerto. Que la muerte desnudándonos con su desfachatez, invierte el espectro para que mofándonos, digamos: bueno, lo confesamos, era una cosa embustera.

La Novela, Las Memorias

            Aunque como novela las Memorias Póstumas de Bras Cubas, narre la muerte de su autor, no se convierte en novela trágica; nada se le despedaza ni a la novela ni a uno. Como memorias, trae del pasado, un tipo aciago de bajezas y gracias, renovando malevolencias, abocándose al pesimismo, pero nunca siendo lacrimosa.

            Como novela sus dotes narrativas y su economía lingüística resultan increíbles; Machado de Assis no se exime de reparos para reconocer sus inflexiones literarias2, pero sostiene bajo líneas y con grandes distancias, aquello en lo que insistí: la novela está cruzada por el secreto y la mentira; por los robos, las infidelidades, las genealogías erráticas, los delirios, las opiniones y las prestidigitaciones.

            Como memorias su autor es un confeso egoísta; orgulloso de cosas nombradas extrañamente: la voluptuosidad del disgusto, la idea fija, la teoría de las ediciones humanas. Un autor que aunque se burla de lo conceptuoso, lo hace de forma altisonante, hablando de cosas como: humanitismo, metafísica y ley de la equivalencia de las ventanas.

            Siendo también subjetivo se detiene y reconoce la manera como sojuzga a sus recuerdos: “[…] ahí estoy, fundiendo todos los contornos, como si esos nombres y personas no fueran más que manifestaciones de mis afectos íntimos”; lo que resulta burlesco, pues en realidad lo son. Son memorias, autobiografía, cosa personal.

            Por eso estoy seguro que todo lo mejor de las Memorias brota por completo de la farsa: el reconocimiento de la propia mediocridad y la franqueza, la ironía, la galantería que tiene que ocultar la verdad, la secreta celestina, un nombre y una familia que ocultan lo que tienen que mostrar; en fin, una novela que no nos cuenta -insisto- una historia falsa, pero sí, una historia de falsedades.

            Un novela que trata de poner ante el teatro la vigencia de una moral que parece geología o estrato, de una verdad que parece opinión, de una identidad que parece un préstamo a cuota de otro, de una sociedad con método y límite para la conciencia, y en últimas, de un tipo claro de ser: El hombre, la errata pensante, capaz de engañarse a sí mismo.

            Pero más que eso, una novela que no tiene interés en serlo, que es fundamentalmente memorias y que como memorias trágicas y decepcionantes, vencen las consecuencias tristes a lo que ello conlleva; o sea que finalmente producen más risa que espanto, más admiración que desesperanza y más placer que lágrimas.


 

 

 

Notas

1 He dejado en el texto todo el espacio que, sinceramente, se merece la intervención de la novela; por eso cito in extenso. Es una lástima que haya tenido que olvidarme, de muchas otras cosas interesantes para tratar, aunque estuvieran directamente relacionadas con el tema que analizo. Entre ellas: la figura de Quincas Borba y el Humanitismo; así como los capítulos sobre el lector y el último capítulo: De las negaciones. Creo que por esta razón, este trabajo es una mitad que sólo se completa y se confirma, leyendo la novela.
Tengo que agradecer en este lugar al Doctor Alfonso Ramírez Gómez que logró que venciera -sólo en lo posible- las no superficiales limitaciones, que nadie me señaló con anterioridad a él. Estoy seguro que le debo el impulso que me
permitió concluir esta incitación.

2 Machado de Assis remite al lector, de manera constante, a lugares especiales o reconoce sus desatinos. Es posible que se deba a la escritura en entregas. Cfr. introducción de H.M Burton, a Great Expectations, de Charles Dickens. Ed. Longmans, Green and Co Ltd, 1960; donde dice:  “At first glance it would seem inevitable that for a novelist to write in chunks, so to speak, making sure that every chunk ended on a sufficiently exciting note to compel every reader to buy the next installment, must lead to distortion, to a series of unnatural crises in a novel, and to many other faults. On the other hand the system had its advantages. The writer was provided whit a sort of barometer by which he could measure the success of his story whit his public. If the monthly sales declined it looked as though his readers were disappointed and it was time to introduce a new character or a more exciting series of situations in order to re-awaken their interest; if the sales remained steady, or even rose, then he knew that he was providing just what was wanted.”

 


Referencias

MACHADO de Assis, J.M. Memorias Póstumas de Bras Cubas. Colombia: Norma. 2004