Año 1 No. 1 Julio - Diciembre de 2006

Observaciones sobre la demanda a la filósofía y al papel contemporáneo del filosófo


Leonardo García Jaramillo; Universidad de Caldas

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

This essay attempts to problematize the practical character and the social attention attributed, not without just reasons, to the philosophy by authors as Rafael Carrillo. Specifically, it is argued that behind this facade is hiden a misunderstanding, of society, about the contemporary role of the philosopher, and the philosopher, of his necessary attention to social questions. With this conception of   philosophical   activity,   the   philosophers have perpetuated a scheme of exclusion of his social relevancy with respect to the potentials contributions to     contemporary problems, witch is broached in continuous dialogue with philosophers and philosophical traditions of all the times.

Palabras Clave

Philosophical activity in Colombia,Social attention of philosophy,Philosopher’s contemporary role.

Proemio 

"Recordemos aquella célebre foto de Schopenhauer que resume de manera tan precisa nuestros  prejuicios  culturales  con  respecto  al  filósofo: melena  despeinada,  cara demacrada y una mirada que revela una fuerte sobredosis… Supongamos que de filosofía"   

Christian Schumacher

     Intelectuales dedicados en su mayor parte a los estudios jurídicos accedieron en los años treinta y cuarenta del siglo pasado al ejercicio profesional de la filosofía bajo el influjo de importantes autores como Kelsen, Ortega, Scheller, Husserl, Heidegger, Jaspers y Sartre, lo cual dio curso a la formación del Instituto de Filosofía y Letras de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia, cuyos fundadores fueron Rafael Carrillo, Danilo Cruz Vélez y Cayetano Betancourt1. La creación de este Instituto determinó tanto el inicio de la filosofía moderna en Colombia como la subsiguiente actividad filosófica intensa que se ha venido desarrollando. A juicio de Rubén Sierra Mejía2 tres obras demarcan una ruptura con la tradición neo-tomista determinando este inicio: Lógica, fenomenología y formalismo jurídico (1942) de Nieto Arteta, Nueva imagen del hombre y de la cultura (1948) de Cruz Vélez, y El ambiente axiológico de la teoría pura del derecho (1947) de Carrillo Lúquez, quien como fundador del Instituto en su discurso de inauguración, el 20 de marzo de 1946, con emotiva determinación expresó que su apertura constituye “un acto casi definitivo en la vida de la nación”, ya que por su labor “más que a través de ninguna otra institución, la universidad podrá en adelante proyectarse sobre la vida nacional”3. Si bien es cierto que, como señala Sierra Mejía4, algo nuevo surge con la aparición en nuestro medio del cultivo universitario de la filosofía y de cierta producción filosófica, nos preguntamos: ¿será que efectivamente ha cumplido la filosofía en Colombia con la influencia definitiva sobre la sociedad que le atribuyera el profesor Carrillo en su discurso?

     El examen a esta afirmación, poco más de medio siglo después, no deja de tener validez porque, de un lado, el cultivo profesional y serio de la filosofía y la producción filosófica en Colombia han ido en un ascenso constante que no da señas de detenerse y desde 1950, cuando Cayetano Betancourt fundó la revista (que ahora conocemos como) Ideas y valores, las numerosas publicaciones periódicas, seriadas y monográficas, así como las Memorias de los eventos conmemorativos, harían que el estudioso bien pudiera pasarse la vida entera tratando sólo de permanecer actualizado; pero de otro lado, se intensifica y generaliza entre la ciudadanía una imagen peyorativa de la filosofía que, como sugiere Jacques Bouveresse en su lección inaugural en el Collège de France (1995)5, parece oscilar entre una poco razonable expectativa y la desilusión completa, y la situación que ostenta junto con la de sus representantes oscila entre una gloria inmerecida y un descrédito que tampoco merece. Los filósofos, despojados eso sí de ciertos prejuicios sociales como la atención a los ‘conceptos abstractos’ o el recurso a ‘enfoques teóricos’, deberían prestar más atención a la demanda que se les dirige por parte de los ciudadanos en general, o profesionales de otras disciplinas, con respecto a que sus escritos parecen responder a meras disertaciones especulativas cerradas en sí mismas, muchas veces curiosas e interesantes, pero que no procuran articularse con la labor y las experiencias sociales.

     Precisamente por lo anterior creemos que surgen los principales problemas intrínsecos con respecto a la manera en que la filosofía es socialmente percibida, pues se le imputa a los filósofos una incapacidad para que las discusiones actuales tengan el tratamiento filosófico que les urge, y se hagan así estos responsables de su presente eliminando el desencuentro de la filosofía con las necesidades acuciantes de su tiempo al considerar las circunstancias del país, no como analistas sociales, investigadores socio-jurídicos o militantes políticos, sino precisamente en tanto que filósofos6, así como al plantear preguntas y su orientar su razonamiento, reevaluar las respuestas obtenidas y reflexionar sobre cómo funcionan nuestros conceptos y sus fundamentos. Ciertamente entre los filósofos en general, y los colombianos en particular, se han presentado honrosas excepciones al momento de plantear alternativas de cambios sociales viables y realistas que permitan, como lo enseñaron los griegos, el retorno del estudio integrado de lo que es deseable pero factible para la organización social y la convivencia ciudadana; alternativas “utópicamente realistas” como diría John Rawls7.

     Según la denuncia de Lisímaco Parra, “en la actualidad, y en Colombia, no hacemos filosofía, ni historia de la filosofía, sino exégesis divulgativa de textos filosóficos” y: 

Si observamos la evolución de nuestro transcurrir filosófico (…) a lo que asistimos es a una sucesión más o menos caótica, tal vez más de autores que de problemas, que se nos imponen a la manera de modas: la fenomenología, pero más Husserl, algo de Sartre, luego Marx, después otra fenomenología, y otro Husserl, Escuela de Frankfurt con oscilaciones entre Habermas y Adorno, Foucault, barruntos de Derrida, la arrolladora posmodernidad, la filosofía analítica que no acaba de cuajar. Hasta pretenciosas excentricidades tales como dizque “seminarios” sobre ¡Estética inglesa del siglo XVIII8.

En el mismo sentido se había expresado Cruz Vélez. En sus sugestivas palabras:

Actualmente en las universidades y en la producción bibliográfica lo que hay son historias de la filosofía, monografías sobre grandes pensadores, lecciones; intentos de sustituir el pensamiento filosófico por el modo de pensar de una ciencia particular, intentos de desviar el cauce central del pensamiento filosófico en otras direcciones, posiblemente con la esperanza de hacer algo nuevo. (…) Otros se dedican a corregir los errores lógicos y sintácticos de los grandes pensadores, es un trabajo estéril porque de ahí no sale nada. El trabajo filosófico continúa pero dentro de la crisis. Hay ciertamente un trabajo muy valioso: hay, por ejemplo, las ediciones de los grandes pensadores, los comentarios, los diccionarios. O bien, como consecuencia de esa crisis, renacimiento de las filosofías de épocas anteriores: el neokantismo, el neovitalismo, el neopositivismo, el neotomismo.

     Sobre este punto sostengo que, ante todo, debe acogerse filosóficamente la filosofía, con lo que quiero significar el pensar y reflexionar críticamente a partir de la tradición –pues los filósofos disponen de herramientas para examinar críticamente la adecuación y mejora del andamiaje existente con relación a sus precedentes históricos– y reflexionar también críticamente a partir de nuestros problemas, y no únicamente sacralizar los libros clásicos o las frases célebres para lograr una efectiva traducción de lenguajes y conciliación de perspectivas. Aún pervive algo de esa herencia que recibe los productos filosóficos desde una externalidad impávida, sin atreverse a pensar por sí misma y a partir de los problemas propios del contexto. Quiere decir también establecer la reflexión seria y sustentada allí donde sólo impera la apropiación más bien erudita y el culto a los libros famosos; perspectiva en la que los filósofos se conciben como descontextualizados recursos de autoridad, y más que filósofos, tal vez doxo-filósofos. No sobra hacer hincapié, cuantas veces sea menester, que no pretendemos menospreciar la imprescindible tradición filosófica y las obras clásicas, sino que quiere resaltarse que el compromiso en cuanto filósofos apunta a profundizar cada vez más en la comprensión crítica de nuestra realidad, en fructífero diálogo de la tradición con la vida humana. Tenemos en cuenta así mismo el horkheimeriano atisbo de que “el desprecio por la teoría es el inicio del cinismo en la práctica”, anotando con Kant que cuando la teoría no tiene efectos sobre la práctica, el problema parte de insuficiencias internas dentro de la misma teoría10.

     El filósofo debe, empero, procurar hacer un “ajuste de cuentas” y, utilizando una expresión de Hegel, “pensar pensamientos” (así sean ajenos) que le sirvan como prótesis para producir pensamientos propios sobre las situaciones a las que se enfrenta él y su sociedad, pues para Hegel la labor filosófica misma no era otra cosa que el propio tiempo llevado a conceptos. Ejercicio intelectual mucho más provechoso que la charla presuntamente especializada y en exceso erudita entre colegas que a menudo los encierra en sus propias complicidades y, sobre todo, limita considerablemente las posibles virtualidades críticas y convierte muchas veces al saber filosófico en un saber de segunda categoría o, como escribe el jurista de la Universidad de Alicante, Manuel Atienza, “lo convierte en una especie de tribunal de apelación, de segunda instancia, cuyas decisiones no vinculan, y ni siquiera son tenidas en cuenta, por los tribunales inferiores”11.

1. “La filosofía ¿Inutilidad disfrazada?”12

     Así sea muy someramente debemos considerar antes de continuar el problema de la definición, y teniendo en cuenta la afirmación de Kant “En filosofía, la definición como claridad aquilatada [refinada], más bien debe coronar la faena antes que iniciarla”13, y siguiendo igualmente a dos filósofos británicos: Karl Popper y Bertrand Russell, desatendemos el tener que comenzar partiendo de una definición de ‘filosofía’. Para Popper cualquier intento por resolver problemas filosóficos resulta más relevante que el detenerse en discusiones esencialistas como ¿qué es la filosofía?, cuestión superficial y secundaria, porque lo que estudiamos no son temas, sino problemas, y éstos trascienden las fronteras de cualquier disciplina u objeto de estudio. Por su parte, Russell arguye que toda definición que se dé a esta palabra variará con respecto a la filosofía que se adopte:

Todo lo que podemos decir al empezar es que existen ciertos problemas que interesan a determinadas personas y que, al menos por ahora, no pertenecen a ninguna ciencia en particular. Todos estos problemas son de tal especie que suscitan dudas acerca de lo que pasa comúnmente por conocimiento; y si estas dudas se han de aclarar, en modo alguno lo serán sólo mediante un estudio especial al cual damos el nombre de ‘filosofía’. En consecuencia, el primer paso que puede darse para definir esta palabra consiste en indicar esos problemas y esas dudas, los cuales constituyen así mismo el primer paso en el verdadero estudio de la filosofía14.

     Desde la orilla disciplinar jurídica Herbert Hart, también inglés, precisó que sobre algunos aspectos del fenómeno de lo jurídico el tener que recurrir a definiciones ofrece más limitaciones que beneficios, principalmente porque nada lo suficientemente conciso como para ser considerado una ‘definición’ puede proporcionar una respuesta satisfactoria a preguntas como qué es el derecho. Así, en su célebre The Concept of Law (1994) renunció al hecho de tener que recurrir a la definición para explicar lo que es el derecho15.

     La  filosofía no  tiene  definición, tiene  tareas,  como  dice  Popper:  “Un filósofo debe filosofar; debe tratar de resolver problemas filosóficos y no hablar acerca de la filosofía”16, estableciendo que los filósofos no deben detenerse definiendo la ‘filosofía’, sino salir a resolver problemas filosóficos. La filosofía contó con una definición (la etimológica) en los tiempos cuando la estrella polar servía de única orientación marítima, pero dicha definición fue superada por su propia historia y la filosofía actual perdió toda definición última; conservó sí un cometido trascendental: trabajar reflexivamente sobre el hombre, las sociedades y sus productos culturales. La sociedad no progresa porque los filósofos perfeccionen su idea de ‘verosimilitud’ o pretendan otorgarle respuesta a la pregunta de si Dios es extenso o inextenso, progresa realmente por las empresas exitosas de ciencia y las demás disciplinas que se nutren y asisten del debate filosófico.

     En el “anuncio de las lecciones para el semestre de invierno del año 1765-66” de su curso de ética, que después llamó filosofía moral o filosofía práctica17, Kant menciona el objetivo de este curso: “que sus estudiantes no sólo aprendan pensamientos sino a pensar, que no aprendan una filosofía ya hecha, sino a filosofar”18. Por esto asumimos, de nuevo con Kant, la relevancia que al interior de la reflexión filosófica tiene la precisión sobre el estatuto de la filosofía práctica, que para Kant es necesariamente normativa, en contraste con la filosofía teórica que es descriptiva y explicativa. Así escribe en la Crítica de la razón pura: “El deber de la filosofía consiste en eliminar la ilusión producida por un malentendido, aunque ello supusiere la pérdida de preciados y queridos errores, sean cuantos sean”19. Para el filósofo alemán siempre fue de la mayor importancia que sus alumnos aprendan y asimilen que no es lo mismo conocer el mundo que transformarlo, que no es lo mismo el conocimiento del ser que la prescripción del deber ser, y que si bien las ciencias nos revelan el ser del mundo, estas nunca nos dirán cómo debe ser20.

1.1 ¿Y para qué la filosofía?

Ya no tiene por qué parecer desesperadamente hostil un mundo en el que deban prevalecer inevitablemente la voluntad de dominio y las crueldades opresivas, alimentadas por el prejuicio y la locura. Situados como acaso lo estamos en una sociedad corrupta, puede que no haya consuelo para nuestra pérdida; pero podemos pensar que el mundo no es en sí mismo inhóspito para la justicia política y el bien que ella encierra. Nuestro mundo social podía haber sido  diferente y hay esperanzas para los que vivan en otro tiempo y otro lugar.

        Esta frase es del filósofo de la Universidad de Harvard, fallecido en 2002, John Rawls cuyo legado ya es familiar en Colombia por fuera de los estrictos marcos de la filosofía21. Si la incorporo en ese lugar es por un motivo preciso: habitantes que somos de un mundo atestado de objetos y de razón instrumental, inmerso en guerras posmodernas llevadas a cabo por gobiernos que incumplen la legalidad internacional y cuya argumentación muchas veces pareciera reducirse al viejo discurso del teatro de la Comedia donde a la dialéctica racional o filosófica, se oponía “la dialéctica de los puños”; un mundo “cuya vida intelectual es una vasta conmoción en la que una miríada de voces lucha para ser oída por encima del estruendo global”22, es más que relevante cuando se pretende contribuir a desdeñar la imagen de la filosofía como una actividad de escritorio que pocas veces atraviesa los muros de las aulas universitarias, porque la pregunta ¿para qué filosofía? –cuya respuesta dice Gilles Deleuze debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz– además de haber surgido en el medio universitario ante las reformas de los planes de estudio y la necesidad de integrarla y articularla con discursos alternos (como el jurídico, antropológico o sociológico), también se plantea en la sociedad, y en los departamentos de filosofía pertenecientes a universidades públicas, que funcionan con dineros públicos, es más que justificado comenzar por proponer esta pregunta, considerando, además, el sugerente planteamiento de Schumacher:

¿Invertirían las sociedades de todas las naciones del mundo en la formación y enaltecimiento puramente espiritual de los individuos decididos a estudiar filosofía, existirían departamentos de filosofía pagados con los dineros de los contribuyentes si la finalidad fuera solamente la de elevar el nivel de cultura general de un muy reducido grupo?23.

     Aunque la sociedad crea que el filósofo puede y debe decir algo sobre los intensos debates que suscitan los avances tecno-científicos contemporáneos (como los límites de la acción transformadora del hombre sobre la naturaleza, la ingeniería nuclear, la experimentación genética), o sobre las perplejidades que se viven en nuestro país, pronto, y quizás sin saberlo, la sociedad parece acordar con Trasímaco, de La república de Platón, al decir que la filosofía es un pasatiempo muy constructivo en la formación de los jóvenes, pero un vicio de mal gusto en las personas serias y con responsabilidades quienes, decepcionadas, vuelven la mirada hacia saberes más útiles y más capaces de transformar la realidad. En el Teeteto (1: 174b) escribe Platón: “Ahí tienes, Teodoro, el ejemplo de Tales, que también observaba los astros y al mirar al cielo dio con sus huesos en un pozo. Y se dice que una joven tracia, con ironía de buen tono, se burlaba de su preocupación por conocer las cosas del cielo, cuando ni siquiera se daba cuenta de lo que tenía ante sus pies. Esta burla viene muy bien a todos aquellos que dedican su vida a la filosofía. En realidad, estos hombres desconocen lo próximo y lo vecino, y no sólo en el campo de la acción, sino casi en la mera distinción de su humanidad o de su bestialidad”. Más adelante (2: 176 a) se lee: “Así procederán uno y otro, Teodoro. Ese, que fue educado en la libertad y que disfruta del ocio, y precisamente al que tú das el nombre de filósofo, parecerá un hombre inocuo y que de nada sirve cuando haya de enfrentarse con menesteres serviles; y no sabrá, ni siquiera, cómo se prepara un equipaje o cómo se adereza un manjar e incluso un discurso lisonjero. El otro, en cambio, se aplicará a todas estas cosas de manera sagaz y penetrante, aunque no sepa llevar debidamente su ropa como los hombres libres, ni usar armónicamente las palabras para entonar los himnos adecuados a esa vida verdadera, patrimonio de los dioses y de los hombres felices”24.

     De este modo, lo que se presenta bajo el nombre de ‘filosofía’, bien sabemos que proporciona  ejemplos  justificativos de  apreciaciones  radicalmente  opuestas.  En palabras del filósofo y siquiatra alemán Karl Jaspers:

Qué sea la filosofía y cuál su valor, es cosa discutida. De ella se esperan revelaciones extraordinarias o bien se la deja indiferentemente a un lado como un pensar que no tiene objeto. Se la mira con respeto, como el importante quehacer de unos hombres insólitos, o bien se la desprecia como el superfluo cavilar de unos soñadores. Se la tiene por una cosa que interesa a todos y que por tanto debe ser en el fondo simple y comprensible, o bien se la tiene por tan difícil que es una desesperación ocuparse con ella25.

     Volver sobre esta hipótesis nos permitirá determinar, así sea con éxito parcial, la condición que la filosofía posee para satisfacer con triunfo la demanda que recae sobre ella. De ahí que el reconocimiento de la relevancia del debate filosófico y la necesidad de contribuir al mismo, son las razones que me impulsan a someter a su escrutinio estas reflexiones. En su breve introducción a la filosofía, Thomas Nagel escribe que:

La principal ocupación de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos nosotros usamos a diario sin pensar en ellas. Un historiador puede preguntarse sobre lo sucedido en un momento pretérito, pero un filósofo se preguntará: ¿qué es el tiempo? Un matemático puede investigar las relaciones entre los números, pero un filósofo se preguntará: ¿qué es un número? Un físico se preguntará de qué están hechos los átomos o qué explica la gravedad, mientras que un filósofo se preguntará ¿cómo podemos saber que hay algo fuera de nuestras mentes? Un psicólogo puede investigar cómo los niños aprenden un lenguaje, pero un filósofo se preguntará: ¿por qué una palabra significa algo? Cualquiera puede preguntar si está mal colarse en el cine sin pagar, mientras que un filósofo se preguntará ¿por qué una acción es buena o mala? 26

     Podríamos decir, en consecuencia, que el principal interés de la filosofía es el cuestionamiento y esclarecimiento de las ideas y los conceptos más comunes que utilizamos con frecuencia de manera deliberada, espontánea o inconsciente, el sometimiento de los argumentos y los métodos utilizados a examen riguroso, la corrección en el planteamiento de las hipótesis así como la crítica a los supuestos teóricos. Con Giovanna Borradori digamos que el objetivo actual de la filosofía “es ofrecer una reconstrucción de las condiciones que hacen que la comunicación sea no sólo posible sino también efectiva y productiva, tanto en el plano individual como en el social”27, para evitar así en gran medida el surgimiento de conflictos inter e intraculturales en el manejo de un lenguaje común, ocasionados por las perturbaciones en la comunicación y por el mal-entendimiento y la incomprensión; “conflictos que –cuando las consecuencias son los suficientemente dolorosas– conducen a donde el terapeuta o al tribunal”28. En consecuencia resulta un imperativo filosófico la exigencia de claridad y concisión.

2. La exigencia de claridad y precisión en el lenguaje filosófico

     “Fui a su seminario. Lo que viví allá me conmovió enormemente. No entendí una sola palabra; pero esto fue para mí justamente la prueba: ¡eso es filosofía!”. Con estas palabras describió Jürgen Teller (Universidad de Leipzig) su admiración por el filósofo marxista Ernst Bloch, en una entrevista concedida al semanario alemán Der Spiegel. La filosofía no ha de ser la exposición turbia e incomprensible de los problemas que pueden ser formulados claramente. En la historia de las buenas ideas filosóficas se ha mostrado convincentemente que es posible examinar críticamente los problemas centrales de la vida en un estilo comprensible, aun en forma de reflexión filosófica. Así nos lo han enseñado prestigiosas escuelas, como las de Frankfurt y Viena, y reputados filósofos como Aristóteles en su ética, Locke en sus ensayos sobre el gobierno civil, Montesquieu en El espíritu de las leyes, Rousseau, Nietzsche, Russell y Popper, entre otros, dentro de los cuales no arbitrariamente me abstengo de incluir al autor de la obra más representativa de la filosofía analítica dura (logicista- cientificista), Ludwig Wittgenstein. Salvedad presentada porque su Tractatus Logico- philosophicus está enmarcado, al inicio y al final, por esta exigencia. En el Prólogo escribe: “Lo que siquiera pueda ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar claramente, es mejor callarse”29; idea cuya significativa importancia se expresa en el hecho de que, para el mismo Wittgenstein, resume el sentido entero del libro30. Y concluye el libro con la proposición 7: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”31.

     Sobre esta precisa cuestión, Manuel Cruz, autor de la “Introducción” a la Conferencia sobre ética de Wittgenstein, me escribe:

En cuanto a tus observaciones wittgensteinianas respecto a la filosofía, me siento extraordinariamente próximo (…) Con el paso de los años se me ha ido poniendo en primer plano, no sólo la necesidad de ser claro, sino también –asunto en gran medida vinculado con ello– ser accesible, esto es, hacerse entender. A fin de cuentas para eso importa ser claro: para que el propio pensamiento crezca y se expanda. Y no sólo por razones éticas o sociales, sino incluso propiamente filosóficas32.

Es de justicia evocar aquí a Arthur Schopenhauer, para quien: 

El filósofo digno de tal nombre debe buscar y procurar en todos sus escritos dos cualidades: claridad y precisión, y esforzarse siempre en parecerse, no a un revuelto e impetuoso torrente, sino más bien a un lago de Suiza, que por su sosiego aparece más claro cuanto más profundo, dejando ver su fondo desde el primer momento.

     En el ejercicio filosófico la claridad y la precisión deben ser tomadas seriamente, pues el aporte de la filosofía en la crítica, la revisión y la posterior consolidación de las distintas racionalidades de la vida social y en las concepciones, sólo puede llevarse a cabo mediante la claridad lógica del discurso y la exposición de argumentos claros para que puedan ser ampliamente debatidos. El filosofar, tal como nos lo enseñó Platón, es ante todo, mediante la instalación del pensamiento crítico y reflexivo, un diálogo que nos permita confrontar nuestras opiniones sin las trabas, y en muchos casos los entorpecimientos, que impone el lenguaje incomprensible y casi esotérico en la filosofía, defendido enérgicamente por quienes estiman que la rigurosidad académica que implica la comunicación de las ideas filosóficas requiere indefectiblemente el recurso a un leguaje abstruso, enrevesado y misterioso, ignorando que el rigor del pensamiento y las expresiones de profundidad no implican necesariamente la complejidad del lenguaje, la cual conlleva cierto tipo de hermetismo intelectual, o de pseudo-profundidad, que a menudo, ¡eso sí!, sólo oculta la propia confusión, la carencia real de ideas o, en últimas, un vacío de estructura intelectual. De nuevo con Schopenhauer:

En lo posible, hay que pensar como los grandes espíritus, pero expresarse con el mismo lenguaje que los demás. Debemos valernos de palabras usuales para decir cosas que no lo sean. Vemos, en efecto, como [los escritores alemanes] se esfuerzan  por envolver conceptos triviales en palabras elegantes de lo más rebuscadas, y como visten sus trilladísimas ideas con las más desusadas expresiones; con palabras preciosistas y extravagantes. Sus frases van siempre como sobre zancos.

Además “Para disimular su falta de ideas reales, muchos se esconden tras un imponente aparato de largas palabras compuestas de frases complicadas y enrevesadas que resultan en una jerga de apariencia sabia, pero que en realidad no dice nada”33.

     El  ejercicio  filosófico, al  desarrollar  cualidades  críticas  y  analíticas,  aclara  las cuestiones y desecha lo confuso. Posición que cobra especial relevancia en un medio como el nuestro en el corresponde vivir, pensar y hacer filosofía en una época de contrastes y dispersiones en los que la búsqueda y la sed de conocimiento van acompañados de sospecha e incredulidad frente a la verdad. Estamos aprendiendo, después de muchos intentos fallidos, a reconocernos en otras voces, lo cual constituye un reto para la filosofía.

3. Hacia una reivindicación social de la filosofía

     Si hubo un tiempo en que el filósofo gozó de una celebridad porque podía cambiar al mundo y facilitar una salida inteligente a los problemas fundamentales de la vida, ahora es muchas veces calificado despectivamente como un fumador de pipa que juega al ajedrez con los conceptos, que vive absorto en la elucubración abstracta de sus propios y auto-inventados problemas y que pareciera no querer abandonar el inerte santuario aislado en el que muchas veces se le convierte su escritorio en la universidad. Además debemos recordar que la filosofía no nació en la universidad, sino en la plaza pública y en escuelas como el Ágora, el Jardín, el Liceo y la Academia, las cuales fueron ante todo formas de vida, maneras de asumir la existencia y de justificar el modo de establecerse en ellas34; y si bien la filosofía alcanzó –podríamos decir– su “mayoría de edad” en las universidades europeas, todos los intentos por institucionalizarla y encerrarla entre muros académicos siempre han fracasado, porque “la naturaleza del filosofar va por dentro de la persona humana y no por dentro de las instituciones. Mientras que toda institución impone límites, todo filosofar auténtico los cuestiona”35. Además, si la filosofía se concibe como una actividad exclusiva de los profesores pertenecientes a departamentos de filosofía, personajes tan importantes como René Descartes y John Locke, entre otros, deberían ser excluidos de la elite filosófica porque nunca enseñaron en una universidad.

     ¿Pero será que los filósofos perdieron el contacto con la realidad y que la filosofía entonces es una especie peculiar de idiosincrasia propia de los intelectuales? Consideramos que no, pero se debe trabajar en torno al desenmascaramiento de esta generalizada apreciación ciudadana, pues si no se incorpora en la filosofía una exigencia de rigor en cuanto a la lectura de clásicos y la recepción de los productos filosóficos de moda (¡además las modas –ni siquiera las filosóficas– dejan pensar!), conservará la –muchas veces bizantina– definición de clase de vida mental de “la ciencia de las primeras causas y de los primeros principios”, como la definió Aristóteles, o la de una mera interpretación del sentido del mundo, cuando de lo que verdaderamente se trata es de transformarlo, por razón de un trabajo que siga el buen ejemplo de nuestras artes y nuestras ciencias permeadas del debate filosófico, que “se dirige contra la mera tradición y (…) ha emprendido la ingrata tarea de proyectar a luz de la conciencia sobre aquellas relaciones y modos de reacción humanos tan arraigados que parecen naturales, invariables y eternos”36. La filosofía debe recorrer la aventura humana para transformar el mundo sustantivo, pues la sociedad reclama un lugar más protagónico y activo en la vida pública del filósofo, quien, en últimas, debe tener algo más con que responder a la demanda ciudadana que recae sobre su disciplina que la aspiración a convertirse en asalariado del Estado.

     ¿Existe algún aporte específico que sólo la filosofía pueda ofrecer? Estimo que sí, tal como lo vimos atrás, pero conjeturaré –discutible, ciertamente, pero sobre la que no pretendo ahondar aquí– que el mejor aporte del filósofo lo es en la tarea conjunta de interpretar la realidad y señalar cursos de acción dentro de la interdisciplinariedad37, pues la revitalización del diálogo productivo mediante un enfoque interdisciplinario es el que permite la verdadera interacción de la filosofía en la sociedad, pues lejos de ser un mero pasatiempo del espíritu propio de seres moderados en épocas tranquilas, la historia está colmada de ejemplos en los que obras filosóficas estuvieron vinculadas a momentos definitivos en el destino de las naciones ejerciendo una profunda influencia en acontecimientos histórico-políticos y cambios institucionales, por ejemplo, el orden político medieval no podría ser entendido sin pensadores como San Agustín o Santo Tomás, o las revoluciones inglesa, sin Locke o Bacon; la francesa, sin Diderot o D´Alembert; la norteamericana, sin Jefferson, Adams, Franklin; y la soviética, sin Marx, Engels, Lenin. Así mismo, plagada está la historia de ejemplos de la “peligrosidad” de la labor filosófica: la condena a Sócrates, la muerte de Séneca por orden de Nerón, la Holanda de Spinoza en tiempos de la guerra con España; Thomas Moro en la corte de Enrique VIII y Galileo ante la Santa Inquisición. Locke debió exiliarse en Holanda para evitar posibles represalias de Carlos II. Los intelectuales soviéticos fueron tildados de burgueses y los norteamericanos de comunistas. Gramsci fue encarcelado y Cassirer, Horkheimer, Fromm, Adorno, Marcuse, Bloch, Arendt y Löwith fueron forzados al exilio por los nazis. El final de Benjamin fue más trágico: al intentar cruzar los Pirineos hacia España, en procura de alcanzar un barco hacia Estados Unidos, es capturado por la policía francesa y se suicidó al saber que sería conducido a un campo de concentración.

     Cuál podría ser, entonces, la contribución de los filósofos a nuestra visión del mundo y su progreso, si muchas veces parecen no estar a la altura que las complejas circunstancias les exigen, a menudo se esconden en jergas oscuras e incomprensibles, y sus métodos se tienen por vagos y a veces escandalosamente inasibles, mientras que los de la ciencia se muestran generalmente aceptados e indiscutibles, produciendo resultados eficientes y no meramente especulativos. Imprecisión sobre el descrédito de la filosofía denunciamos que se puede objetar con la metáfora del jurista argentino Carlos Santiago Nino: la filosofía es algo que, como el aire en el mundo físico, está en todas partes; no tiene un terreno solamente propio ni estrictamente específico. En todo caso, a aquellos ‘apologetas’ a ultranza de lo práctico habrá que informarles lo que Heidegger escribió en la primera página de su ensayo La pregunta por la técnica38: “La esencia de la técnica, no tiene nada de técnica”. Así es ¡Su esencia es un reto a la filosofía!, máxime cuando, como opina Freud, “Vivimos en una época muy curiosa… Descubrimos con asombro que el progreso ha sellado un pacto con la barbarie”.

     En su Fenomenología del espíritu (1807), plantea Hegel que “ya es hora de que el filósofo deje de ser filo-sofo, o amante de la sabiduría, y sea ya sofos o sabio”39. Van más de dos mil  años de filosofar y filosofar, de aspirar y suspirar por la sabiduría. Debemos dejar de definir a la filosofía como “amor a la sabiduría”, para tomar conciencia de que el verdadero filósofo debe involucrarse en los accidentes de la historia, pues entre cielo y tierra hay más cosas de las que sueña la pasión tecnológica; vivimos además una civilización material que nos arrastra velozmente hacia un fin insospechado.

     Para Wittgenstein, en las Investigaciones filosóficas, el oficio del filósofo consiste en “mostrar a la mosca la salida de la botella cazamoscas”40.

     Los filósofos no deberían pasar por alto el hecho de que con su reflexión pueden contribuir a ayudarnos a convivir racionalmente con nuestros antagonismos en la interpretación de lo que acontece en nuestras sociedades, y desgraciadamente, lo que acontece en un país como el nuestro cuenta entre sus factores más elocuentes el terrorismo y el desgarrador drama del desplazamiento y la descomposición social en todos los ámbitos; país perdido en las marañas sin salida de la sangre y el conteo de muertos, debilitado y deslegitimado por la existencia de múltiples ‘justicias’ y que se hunde a diario en un abismo de injusticia e irracionalidad.

     Estimamos que a la filosofía le es prerrogativa la reflexión social, y le es propia la relación de la cultura y la sociedad con la vida cotidiana, lo que Jürgen Habermas llama “el mundo de la vida”. El libro editado por Rubén Sierra Mejía y Alfredo Gómez-Müller, La filosofía y la crisis colombiana, constituye dentro de esta perspectiva de crítica filosófica y énfasis social41, uno de los logros recientes más significativos tendientes a instalar en nuestro conflictivo y caótico contexto debates filosóficos relevantes y que igualmente han llevado la reflexión filosófica al dominio práctico instando nuevos niveles de madurez, profesionalismo y profundidad, constituyendo un avance valioso, aunque haciendo justicia, aún insuficiente.

     Necesitamos a los filósofos para dotar de sentido a nuestro mundo, para orientarnos en la tormenta confusa de la semiótica y sacarnos de la hipnosis a que nos somete nuestra aparatosa opulencia de cosas, pues actualmente la vida se encuentra determinada más que nada por el primado de la técnica, manifiesto, entre otras cosas, por la invasión de artefactos aparatosos por doquier, por lo que casi no contamos con el tiempo necesario para sorprendernos debido a la desmesurada cantidad de información, de adelantos científicos y progresos técnicos, los cuales continuamente hacen aparición en el panorama de nuestra cultura, y que gracias a su carácter fantástico, muchas veces han obnubilado nuestra capacidad de asombro. Porque el caso es que vivimos como siempre en la perplejidad… Nos agitamos entre las paredes de cristal de nuestro tiempo como la mosca de Wittgenstein dentro de su frasco, por lo que el filósofo es tan necesario hoy como siempre, o tal vez más, para encontrar respuestas nuevas a una pregunta imprescindible: “cómo debemos vivir”. Platón afirmaba que necesitamos más filósofos en el poder político… tal vez sólo necesitemos más filosofía en quienes detentan el poder.

     La  filosofía puede  contribuir  a  distanciarnos  de  los  aberrantes  realities  shows y la prosperidad de los gran hermanos y los divertimientos insulsos frente a los desaparecidos programas de debate; a des-priorizar la televisión frente a los libros, pues, como lo ha puesto de presente Giovanni Sartori en su libro Hommo videns. La sociedad teledirigida42, vivimos en un mundo donde la palabra ha sido destronada por la imagen. En este libro encontramos al respecto dos tesis puntuales: (1) que la televisión, como todos los instrumentos técnicos, puede ser nociva o benéfica, pero que en el contexto de la formación del niño es extremadamente destructiva aconteciendo una degradación desde el momento en que el niño empieza a ver televisión en una edad en la que absorbe todo, acostumbrándose a un mundo hecho de imágenes, que no es el mundo del entendimiento; formado así solamente para el mundo de las imágenes, se pierde la capacidad de abstracción. Y (2) en el contexto de la formación de la opinión pública, empobrece la democracia porque degrada la opinión pública, que debe ser el sostén de los procesos democráticos. Se impone en los tiempos modernos, en consecuencia, otro gran desafío para la filosofía en la tarea de des-enmascaramiento y, por sobre todo, concientización, al respecto de la abrumadora afición televisiva porque, en últimas, “Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú”, como escribe Pablo Neruda.

     Igualmente, la filosofía, que siempre ha sido invocada en auxilio de los problemas de la vida cotidiana, puede contribuir a sustraer de la opinión pública el pensamiento masificado y de corredor, poniendo así a prueba los lugares comunes del pensamiento y de los saberes, así como las prácticas sociales que reciben carismáticos adeptos; rehuye a la popular espontaneidad de la opinión callejera, sobre la cual recordamos aquella afirmación de Oscar Wilde cuando en la cárcel escribió sobre la importancia socio-política de la opinión pública: “¡Por su puesto! –dijo Wilde–, la opinión pública es muy importante, pero sólo allí donde no existen las ideas públicas”. Incluso si los ciudadanos parecen no tener preocupaciones vitales más allá de la renta, el mercado, la moda o el qué dirán, la filosofía se las crea al incitar la indagación y sembrar la  duda sobre los asuntos que aparentemente no forman parte de sus preocupaciones ordinarias. Los caprichos a los que la “triunfal” cultura de masas nos quiere acostumbrar, efectúan en las personas una “reproducción de la estupidez”, según Theodor Adorno. El problema con la popular cultura de masas y con la sociedad de consumo, en opinión de Adorno, no es la abundancia, sino que en esa cultura los ciudadanos, creyendo que están recibiendo mucho y de buena calidad, “reciben demasiado poco y demasiado malo”, por lo que la filosofía, escribe Adorno:

A la que basta lo que quiere ser y que no galopa puerilmente detrás de la historia y de lo real, tiene su nervio vital en la resistencia contra el actual ejercicio corriente y contra aquello a lo que éste sirve: la justificación de lo establecido, de lo que ya es43.

4. CONCLUSIÓN

"En todo caso, hoy la dinámica histórica total ha puesto la filosofía en el centro de la realidad social, y a la realidad social en el centro de la filosofía".

                                                                             Max Horkheimer

          No pretendí en estas líneas reivindicar las viejas artimañas del juego filosófico, pues además ignoro si la esencia precede a la existencia o viceversa, no conozco la respuesta a la tesis de la inescrutabilidad de la inferencia de Quine o la compatibilización de las reglas pragmáticas en la evaluación de contrafácticos, tampoco sé muy bien si la realidad es una construcción del sujeto o una alucinación inducida por el lenguaje; desconozco la actualidad del debate sobre los universales, y si éste es tratado, como arguye Popper, como un problema de palabras o usos del lenguaje; no podría dar respuesta ni conjeturar, a Filonus en su diálogo con Hilas (Berkeley) a la pregunta de si “¿Supones que el substrato de la extensión es algo distinto de ésta y que la excluye?”; pero sí constato que estamos deslumbrados por lo urgente y que la problemática y angustiosa crisis que actualmente atraviesa nuestro país, así como la actualidad del sistema ciencia-tecnología y su enorme protagonismo social, nos presenta dramáticos interrogantes sobre lo que es realmente imprescindible debatir. Podemos destacar a este último respecto el determinante influjo que ejerció sobre Kant quien en sus Lecciones de ética llama el “sutil Diógenes contemporáneo”: Jean-Jacques Rousseau, en el sentido de que sobre lo teórico-científico debe primar lo práctico-moral, o en otras palabras, la ciencia sin la moral no representa bien alguno para el hombre ni su sociedad.

     Debe ser mostrada al ciudadano la relevancia de la filosofía, no sólo en la discusión de ciertas cuestiones intelectuales, sino en la vida dentro del mundo moderno. Recordemos a este respecto a Epicuro, fundador de la escuela ‘El jardín’:

Vana es la palabra de aquel filósofo que no remedia ninguna dolencia humana. Pues así como ningún beneficio hay de la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay de la filosofía si no expulsa la dolencia del alma.

 

 

 

Notas

* En diferentes momentos de este ensayo recibí observaciones metodológicas, sugerencias estilísticas o precisiones conceptuales de los profesores Manuel Cruz, Ángela Uribe, Vicente Durán, Delfín Ignacio Grueso, Mónica Marcela Jaramillo, Jorge Antonio Mejía, Gabriel A. Méndez, Amado Osorio, Carlos Alberto Ospina, Orlando Londoño y Heriberto Santacruz. Conste aquí mi agradecimiento.

1  Para rigurosos estudios en donde se describe y analiza el surgimiento y la consolidación de la filosofía en Colombia (lo que a juicio de del filósofo argentino Francisco Romero se denomina “normalización” de la filosofía), consúltense, Leonardo Tovar, “La normalización de la filosofía en Colombia”. Publicado en los Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, de la Universidad Santo Tomás (referenciado aquí a partir de la versión manuscrita). Rubén Sierra, “Temas y corrientes de la filosofía colombiana en el siglo XX”, en: Revista ECO. No. 194. Bogotá,1977; (ed.) La filosofía en Colombia (siglo XX). Bogotá: Procultura, 1985; “Un decenio de producción filosófica”, en: Boletín Cultural y Bibliográfico. No. 15. Biblioteca Luis Ángel Arango, 1988. VV.AA. Tendencias actuales de la filosofía en Colombia. Actas del IV Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. Bogotá: Universidad Santo Tomás, 1988. Leonardo Tovar, “Trayectoria y carácter de la filosofía en Colombia”. Disponible on-line. Rubén Jaramillo, Colombia: la modernidad postergada, Bogotá: Argumentos, 2da ed., 1998 (Parte II, II). Manuel Guillermo Rodríguez, La filosofía en Colombia. Modernidad y conflicto. Rosario: Laborde, 2003. Numas Armando Gil, Reportaje a la filosofía. Vol. I Bogotá: Punto Inicial, 1993, vol. II Barranquilla: Universidad del Atlántico, 1999; Rafael Carrillo. Pionero de la filosofía moderna en Colombia. Barranquilla: Universidad del Atlántico, 1997

2  Rubén Sierra Mejía, “Temas y corrientes de la filosofía colombiana en el siglo XX”. Op. cit.

3  Ver: Numas Armando Gil, Rafael Carrillo. Op. cit., pp. 73 y ss. Énfasis añadidos.

4  Rubén Sierra Mejía (ed.) La filosofía en Colombia (siglo XX). Op. cit. “Prólogo”.

5  Jacques Bouveresse, La demanda de filosofía: qué quiere la filosofía y qué podemos querer de ella. Bogotá: Siglo del Hombre, 2001

6  Ver al respecto, Freddy Salazar, “Filosofía y realidad”, en: Estudios de filosofía. Universidad de Antioquia - Instituto de Filosofía, Medellín (agosto), 1994.

7 John Rawls. The Law of Peoples with “The idea of public Reason Revisited”. Cambridge, Mass.: Harvard University press, 1999, pp. 11 - 22. “The Law of Peoples as Realistic Utopia”.

 Lisímaco Parra, “Trabajo filosófico y comunidad filosófica”, en: Ideas y valores No. 104. Universidad Nacional de Colombia - Departamento de Filosofía, Bogotá (agosto), 1997, p. 68.

9  Rubén Sierra Mejía, La época de la crisis. Conversaciones con Danilo Cruz Vélez. Cali: Universidad del Valle,1996, p. 118. Al respecto Cruz Vélez, en Sobre la posibilidad de una filosofía americana, estableció la categoría de la filosofía primaria y la secundaria. La primera es la filosofía como creación, es decir, la de los grandes filósofos (Kant, Hegel y, a su juicio, Heidegger ya que incluso es el fundador del último de los tres caminos fundamentales que ha tenido la filosofía; el primero es el iniciado por los griegos y el segundo por Descartes), mientras que la segunda es aquella filosofía que analiza problemas ya tratados por los clásicos desde diversos puntos de vista; es aquella que se difunde y se estudia a través de manuales, revistas y foros. A partir de esta distinción establece que no puede hablarse con propiedad de una filosofía latinoamericana. Sobre este, así como sobre otros aspectos de la obra y  el legado intelectual del filósofo caldense, resultará de trascendental importancia el número monográfico que sobre el mismo publicará la Revista Aleph en su edición de octubre-diciembre de 2007.

10  Cfr.: Immanuel Kant. Teoría y práctica. Madrid: Tecnos, 1986, p. 6.

11  Ver su contribución al 1er. número de Doxa. Cuadernos de filosofía del derecho. Alicante.

12  La expresión, como se habrá advertido, es de Nietzsche.

13  Immanuel Kant, Crítica de la razón pura. Buenos Aires: Losada, 1960. T. II, p. 349.

14  Bertrand Russell, Fundamentos de filosofía, Barcelona: Plaza y Janés, 1975. Cap. I “Dudas filosóficas”.

15  Sobre la concepción de la filosofía lingüística en Hart y para un análisis de su teoría del derecho desde la perspectiva analítica, ver, José María Rodríguez, Historia del pensamiento jurídico. Madrid: Universidad Complutense, 1992, vol. II.

16 Karl Popper, Conjeturas y refutaciones: El desarrollo del conocimiento científico, Barcelona: Paidos, 1991. Ver también, Búsqueda sin término: Una autobiografía intelectual, Madrid: Tecnos, 1994.

17  Curso que comenzó a dictar a partir el compendio de Alexander Gottlieb Baumgarten, titulado Ethica philosophica (1763). Cfr.: Karl Vorländer, Kants Leben, Felix Meiner Verlag, 1986, p. 41 y ss. Cit. en Vicente Durán, “Immanuel Kant: The Professor of Ethics”. Ponencia presentada en el 10th International Kant Congress:  “Right and Peace in Kant’s Philosophy”. Sept. 4 - 9, de 2005. Universidad de São Paulo, Brasil.

18  Karl Vorländer, Kants Leben, Op. cit., pp. 43 - 44. Cit. en Ibídem.

19 Immanuel Kant, Kritik der Reinen Vernunft. (KrV A) XIII. Cit. en: Magdalena Holguín, “Wittgenstein y la lógica de la ilusión”, en: Juan J. Botero (ed.) El pensamiento de Wittgenstein. Bogotá: Universidad Nacional, 2001.

20  Vicente Durán, “Immanuel Kant: The Professor of Ethics”. Op. cit.

21 Un referente sobre la importancia de Rawls en la academia local lo constituyen las publicaciones monográficas dedicadas a su obra: Delfín I. Grueso, Rawls. Una hermenéutica pragmática. Cali: Universidad del Valle, 1997; (ed.) John Rawls. Legado de un pensamiento. Cali: Universidad del Valle, 2005. Francisco Cortés, De la política de la libertad a la política de la igualdad. Bogotá: Siglo del Hombre, 1999 (caps. I, II, III y VI); Justicia y exclusión. Bogotá: Siglo del Hombre, Universidad de Antioquia, 2007 (caps. 1, 2.3, 6.2). Oscar Mejía, Justicia y democracia consensual. Bogotá: Siglo del Hombre, 1997; Teoría política, democracia radical y filosofía del derecho. Bogotá: Temis, 2005 (cap. 2).  Juan J. Botero (ed.) Con Rawls y contra Rawls. Bogotá: Universidad Nacional, 2005. Luis E. Hoyos (ed.) Estudios de filosofía política. Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Universidad Nacional, 2004 (particularmente las contribuciones de J. J. Botero y R. Arango). Leonardo García (ed.) John B. Rawls: el hombre y su legado intelectual. Manizales: Universidad de Caldas, Departamento de Filosofía, 2004.

22  Roger Scruton, Filosofía para personas inteligentes. Barcelona: Península, 1999, p. 11.

23  Christian Schumacher, “Acerca del pensador profesional”, en: Ideas y valores. No. 104. Cit., p. 25.

24  Platón. Diálogos. México D.F.: Porrúa, 2001. Ts. I - II.

25  Karl Jaspers, La filosofía. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2da. ed., 2000, p. 7.

26 Thomas Nagel, What Does It All Mean? A Very Short Introduction to Philosophy. Oxford University press, 1987, p. 5. Traducción propia y libre.

27 Giovanna Borradori, La filosofía en una época del terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida. Bogotá: Taurus, 2003, p. 82.

28  Ibídem, p. 67

29  Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Alianza, 2002, p. 11.

30  Cfr.: Ibídem.

31  Ibídem, p. 183. Igualmente otras proposiciones contienen la misma idea: en la número 4.112 se dice que “El objetivo de la filosofía es la clarificación lógica de los pensamientos (…) Una obra filosófica consta esencialmente de aclaraciones. El resultado de la filosofía no son ‘proposiciones filosóficas’, sino el que las proposiciones lleguen a clarificarse. La filosofía debe clarificar y delimitar nítidamente los pensamientos, que de otro modo son, por así decirlo, turbios o borrosos”, y en la proposición 4.116 Wittgenstein considera en similar sentido que “Cuanto puede siquiera ser pensado, puede ser pensado claramente. Cuanto puede expresarse, puede expresarse claramente”.

32  Comunicación epistolar incluida aquí con su autorización expresa.

33   Arthur Schopenhauer, El arte de insultar. Madrid: EDAF, 2000.

34  Afirmamos esto partiendo de la lectura de Jorge Aurelio Díaz del libro de Pierre Hadot Qu’est-ce que la Philosophie antique?

35  Vicente Durán, Filosofía y universidad en el siglo XXI. Ponencia presentada en el Encuentro Nacional de Humanidades, Cartagena, sept. 26 y 27. Ver también, José A. Pérez – Juan A. Estrada (eds.) ¿Para qué filosofía? Universidad de Granada, 1996.

36  Max Horkheimer. “La función social de la filosofía”.  En: Teoría crítica. Buenos Aires: Amorrotu, 1974, pp. 272 - 282.

37  Varios libros recientes constituyen, dentro de esta perspectiva de crítica filosófica y énfasis social, significativos logros tendientes a instalar en nuestro contexto los debates filosóficos globales, a partir de los cuales se ha llevado la reflexión filosófica en Colombia al dominio práctico instando nuevos niveles de profesionalismo y profundidad. Entre los más significativos, consúltense: Guillermo Hoyos – Ángela Uribe (Comps.) Convergencia entre ética y política. Bogotá: Siglo del Hombre, 1998. Rubén Sierra – Alfredo Gómez (eds.) La filosofía y la crisis colombiana. Bogotá: Taurus, 2002. Oscar Mejía, Teoría política, democracia radical y filosofía del derecho. Op. cit. Francisco Cortés – Alfonso Monsalve (eds.) Liberalismo y Comunitarismo: Derechos Humanos y democracia. Bogotá: Colciencias, 1996; (coords.) Multiculturalismo: los derechos de las minorías culturales. Medellín: Res Publica (Instituto de Filosofía, Universidad de Antioquia), 1999. Francisco Cortés – Miguel Giusti (eds.) Justicia global, derechos humanos y responsabilidad. Bogotá: Siglo del Hombre, 2007. Rodolfo Arango (ed.) Filosofía de la democracia. Bogotá: Siglo del Hombre, Universidad los Andes, Departamento de Filosofía, 2007.

38  Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica”, en: Conferencias y artículos. Madrid: Debate, 1994, pp. 9 - 37. Sobre este punto consúltense las reflexiones de Danilo Cruz Vélez en Tabula rasa sobre la técnica, la ética y el humanismo, los cuales se enlazan en la crítica que plantea a la modernidad.

39  Georg W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1986.

40  Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas. Barcelona: Crítica, 1988, p. 253.

41 Teniendo en cuenta igualmente las réplicas que suscitó en sectores de la opinión académica e institucional. Ver al respecto, Salomón Kalmanovitz, “Los filósofos piensan la crisis”, en: El Malpensante. No. 46. Bogotá (mayo 1, junio 15) 2003; y la réplica de Francisco Cortés y Fernando Arbelaez a este ensayo, en: “Economía y justicia social”, publicada en Ideas y valores.

42  Giovanni Sartori. Hommo videns. La sociedad teledirigida. Madrid: Taurus, 1998.

43 Theodor W. Adorno. “Aldous Huxley und die Utopie”, en: Kulturkritik und Gesellschaft I. Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1998, pp. 101 y 112. Agradezco aquí a Rubén Jaramillo Vélez.


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