Año 1 No. 1 Julio - Diciembre de 2006

El significado como figura y uso en la filosofía de Ludwig Wittgenstein


Yobany Serna Castro; Universidad de Caldas

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Through this article, it is pretended to confront the position assumed between the first and the second Wittgenstein, about the way of understand the meaning and the purposes of language. So, it is how it will have presented the idea of a language that, as figure of the reality, it allows us to speak with sense about the world. But, moreover, the idea of a language that take into account the complex uses in that it can be employed, and besides, they will make evident the social character of the own language.

Palabras Clave

Objects,Own name,Facts,Proposition ,Rules ,Language games ,Family resemblances

                                                                                                  “Nuestra sola tarea es ser justos. Esto es: sólo tenemos que señalar y resolver las injusticias de la filosofía,pero no establecer nuevos partidos -y credos-.”

Ludwig Wittgenstein

     En el artículo se pretende exponer, en primera instancia, la teoría del significado como figura (Bild)1  expuesta por, como suele ser llamado, el primer Wittgenstein en el Tractatus logico philosophicus (Logisch - philosophische abhandlung), para pasar de este modo a analizar las consideraciones sobre el significado como uso, expuestas  más  adelante  por  el  mismo Wittgenstein  en  su  obra  Investigaciones filosóficas (Philosophische untersuchungen); obra que, por lo demás, pertenece a su etapa de madurez y que, igualmente, suele reconocerse con el apelativo del segundo Wittgenstein2. Todo esto con el fin de determinar hasta qué punto se puede pensar en un tipo de libertad propia de la expresión del lenguaje, ligada ésta a nuestras formas de vida, antes que caer en contradicciones o designaciones carentes de sentido.

     Así, al leer la primera obra filosófica de Ludwig Wittgenstein, encontramos algunas consideraciones que tienen como fin ilustrar el modo en que el mundo, al ser descrito por el lenguaje, debe comportar una serie de características que hacen parte de éste. Es decir, aquello que haga parte de la estructura del lenguaje, deberá, además, reflejarse en la estructura del mundo. Pero, debe reconocerse que lo que pretende Wittgenstein con todo esto es establecer los límites del pensamiento o, más precisamente, de nuestro lenguaje que expresa nuestros pensamientos. Porque lo que se puede decir -con sentido- es porque se puede pensar, mientras que lo que no se puede decir, es porque no se puede pensar. Lo cual sugiere la necesidad de que entre el pensamiento y el mundo exista, para que éste pueda ser pensado, una relación lógica. Dado que, no es posible pensar un mundo que esté por fuera de las leyes de la lógica, es decir, un mundo ilógico.

     Por otro lado, “la relación entre el lenguaje y la realidad es la relación que se da entre un símbolo y lo simbolizado” (Betancur, 1997: 11). Es decir, la relación entre el lenguaje y la realidad de la que aquél habla, permite pensar en cierta simetría o relación lógica entre la estructura del lenguaje y la del mundo. Ahora, veamos cómo Wittgenstein al inicio del Tractatus se refiere a aquello que hace posible al mundo, para luego poder desarrollar la idea concerniente a la relación que existe entre el lenguaje y los hechos (siendo precisamente en esta relación en la que la noción de significado como figura se fundamentará). 

I.        El mundo es todo lo que acaece.

II.       El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

I. II     El mundo está determinado por los hechos y por ser todos los hechos.

I.2.     El mundo se divide en hechos.

2.       "Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los hechos atómicos".

2.0I.   El hecho atómico es una combinación de objetos (entidades, cosas).

2.0II.  Es esencial a la cosa poder ser la parte constitutiva de un hecho atómico (Wittgenstein, 1973: 35. Cursivas añadidas).

     Como se aprecia, Wittgenstein sostiene la idea de que el mundo antes que ser la totalidad de las cosas lo es, por el contrario, de los hechos, ya que las cosas o los objetos por sí solos no nos permiten conocer todavía nada del mundo o no nos permiten decir nada sobre él. Mientras que los hechos, en la medida en que son compuestos, sí nos lo permiten. Además, las combinaciones entre los objetos simples dan como resultado hechos cuya naturaleza es la de ser complejos (moleculares), que permitirán pensar en una concepción del mundo en términos de pluralismo - pluralismo de hechos relacionados entre sí- y no en términos de cosas aisladas -sin ninguna conexión-.

     De acuerdo con esto, y habiendo determinado los rasgos constituyentes del mundo, se entiende por qué el pensamiento puede figurar la realidad, en la medida en que el lenguaje significativo tiene referentes empíricos. Asimismo, si la estructura última de la realidad (sus átomos) se fundamenta en el objeto, no será difícil determinar que en el lenguaje este rasgo también debe encontrarse, porque, y para recordar, como es el lenguaje de igual forma debe ser el mundo. No obstante, advertimos que lo que en el lenguaje corresponde a objetos indivisibles, debe entenderse desde el punto de vista lingüístico y no material. Así, se afirma que lo que es indivisible o indestructible en el lenguaje (sus átomos) no es más que un nombre propio.

     Por otra parte, si los objetos por sí solos no pueden permitirnos decir nada del mundo todavía, vemos que esto mismo sucede con los nombres propios. Sin embargo, cuando se piensan éstos en relación con otros nombres propios (u otros elementos lingüísticos), puede decirse que estamos diciendo algo efectivamente. Además, cuando se piensan los nombres propios unos relacionados con otros, se dice que dicha relación ‘refleja’ las combinaciones dadas entre los objetos simples (los hechos); aunque cabe agregar que no puede entenderse los hechos como parte de la estructura del lenguaje, pues se incurriría en un error categorial. Sólo hay que comprender que lo que en el lenguaje corresponde a la combinación de nombres propios (las proposiciones), en el mundo corresponde a la relación entre objetos simples (los hechos). Por ejemplo, la aseveración “Mateo está en este momento en el jardín” no es más que una proposición que puede ser verdadera o falsa. Pero que es posible gracias a la relación entre nombres propios, que permiten decir algo con sentido sobre un hecho -suponiendo que Mateo está en el jardín en este momento- que se da en el mundo empírico. De esta manera, la proposición en mención da cuenta de un hecho, del cual no podríamos decir nada si no estuvieran combinados ciertos objetos o cosas entre sí. Esto explica por qué el pensamiento puede figurar la realidad.

     Al reconocer que los nombres propios por sí solos no nos permiten decir nada sobre el mundo, mientras que gracias a la conjunción de más de un nombre propio sí podemos hacerlo, entenderemos por qué Wittgenstein hace alusión en el Tractatus a las "proposiciones atómicas" o "elementales" y a las "proposiciones moleculares". Las mismas que, no obstante, deben estar regidas por “las reglas (sintaxis) que nos dicen cuáles son las únicas conexiones en las que tiene sentido una palabra, excluyendo así las estructuras sin sentido” (Wittgenstein: 1997:46). Empero, es de anotar que ambos tipos de proposiciones comportan características fundamentales que las distinguen unas de otras, y que pueden explicarse del siguiente modo, a saber:

I) Proposiciones atómicas o elementales: Según Wittgenstein, las proposiciones atómicas o elementales son el núcleo de cada proposición; “ellas contienen el material, y el resto es sólo un desarrollo de ese material” (Ibíd.: 47). Estas proposiciones son de dos clases diferentes, a saber: atributivas y relacionales.

    Los juicios de características atributivas comportan relaciones monádicas porque en ellos sólo se encuentra un nombre propio y una cualidad específica de éste. Un ejemplo de esta clase de juicios lo encontramos cuando decimos “Mateo es un niño”, “esto es duro”, “el reloj es rojo”, y así sucesivamente. Por otra parte, los juicios relacionales “pueden ser diádicos, triádicos, tetrádicos, etc., según establezcamos relación entre dos, tres, cuatro, o más nombres propios” (Betancur, op. cit.: 16).

Siguiendo a E. Anscombe, encontramos que las tesis que se sostienen para las proposiciones elementales, y que las diferencian de las proposiciones moleculares, son las siguientes:

(1)  Ellas son una clase de proposiciones mutuamente independientes.

(2)  Ellas son esencialmente positivas.

(3)  Ellas son de tal manera que para cada una de ellas no hay dos formas de ser verdaderas o falsas, sino sólo una.

(4)  Ellas son de tal manera que no hay distinción entre una negación interna y una externa.

(5)  Ellas son encadenamientos de nombres, que son signos absolutamente simples (Anscombe, 1967: 31).

     En cuanto a la tesis número uno, puede señalarse que “es claro que el producto lógico de dos proposiciones elementales no puede ser ni una tautología ni una contradicción” (Wittgenstein, 1973: 197). Además, “un signo característico de una proposición elemental es que ninguna proposición elemental puede estar en contradicción con ella” (Ibíd.97). Lo que indica, entre otras cosas, el porqué de la mutua independencia de tales proposiciones. Es decir, y como lo sostiene el propio Wittgenstein, no es posible que en esta clase de proposiciones se hagan afirmaciones totalmente opuestas o contradictorias sobre cualquier hecho del mundo [e, g. p . ~p]. Igualmente, las proposiciones elementales no pueden, según la teoría pictórica del Tractatus, concebirse tautológicamente, debido a que antes que decirnos algo diferente -aunque no contradictorio- sobre el mundo, a lo que llegan, por el contrario, es a una repetición viciosa de lo mismo [e, g. p (p . p)]

     Al negarse la posibilidad de que las proposiciones elementales sean contradictorias o, en su defecto, tautológicas, lo que se busca es que ellas puedan expresar algo con sentido sobre un conjunto de hechos específicos antes que afirmar cosas como, por decir algo, que una partícula puede al mismo tiempo estar en dos sitios diferentes. Asimismo, sostener una contradicción equivaldría afirmar un hecho imposible, pues si no es posible lógicamente sostener que p . ~p, de igual modo no es posible suponer que algo en el mundo, un hombre por ejemplo, pueda estar vivo y a la vez estar muerto.

     De esta manera, se advierte por qué las proposiciones elementales son esencialmente positivas. Pues, “si la proposición elemental es verdadera, el hecho atómico existe; si es falsa, el hecho atómico no existe” (Ibíd. 99). De igual modo, se entiende por qué “la existencia y no-existencia de los hechos atómicos es la realidad (a la existencia de los hechos atómicos la llamamos también un hecho positivo, a la no-existencia, un hecho negativo)” (Ibíd. 43). 

     Ahora bien, respecto al planteamiento número tres, se dice que: 

"Esto es más claro para la falsedad […] la falsedad de una proposición elemental es simplemente la no-existencia de una sola situación atómica".

En 3.24 Wittgenstein opina:El complejo sólo puede darse por descripción, y ésta será correcta o errónea. La proposición en la cual se habla de un complejo no será, si éste no existe, sinsentido, sino simplemente falsa. Que un elemento proposicional designa un complejo puede verse por una indeterminación en la proposición en la cual se encuentra”3  […] Nosotros podemos imaginar una proposición en la que se haría mención a un complejo, que sólo tuviera una forma de ser verdadera, aunque dos formas de ser falsa. Permítanos suponer una proposición ‘øa’ tal que ‘a’ es un nombre simple y ø es tal que sólo hay una manera para que pueda sostener algo. Permítanos entonces suponer un complejo A, que existe si bRc. Entonces ‘øA’ puede ser falso si A existe pero ø no se sostiene de esto, y tampoco bRc. Así, hay dos maneras para que ella pueda ser falsa, pero sólo una manera de ser verdadera, a saber: que bRc sea tal que A exista y øA también. (Anscombe, 1967: 34).

      Ahora, y en relación con la afirmación según la cual las proposiciones elementales son de tal forma que no hay distinción entre una negación interna y una externa, se sugiere un ejemplo que puede hacerla más clara, a saber: sostener la aseveración según la cual “el rey de Francia es calvo” como la negación de “el rey de Francia no es calvo”, “y distinguir la negación interna de la proposición de la negación externa: ‘No: el rey de Francia es calvo’. Para tomar otro caso: la proposición ‘todos no somos sabios’ (o: ‘somos imprudentes’), y otra negación externa: ‘no todos somos sabios’. Aristóteles estuvo bastante confundido en esto por la diferencia entre ‘Sócrates es sabio’ y ‘todos somos sabios’: si ‘Sócrates es sabio’ es falso, entonces ‘Sócrates no es sabio’ es verdadero; pero si ‘Sócrates es sabio’ es falso, todavía no se sigue que ‘todos no somos sabios’, o ‘somos imprudentes’ sea verdadera; la contradictoria es la proposición diferente de que no todos somos sabios” (Ibíd.: 35). Cuando se afirma que las proposiciones elementales son concatenaciones de nombres, y que éstos son signos simples, decimos, siguiendo a Wittgenstein en 4.22 que: “La proposición elemental consta de nombres. Es una conexión, una concatenación de nombres” (Wittgenstein, op. cit: 97). Lo cual demuestra que esta clase de proposiciones tiene una estructura tal que si se le quitara alguno de sus elementos constitutivos, dejaría de ser una proposición elemental. Porque si ésta es gracias a una concatenación o relación de nombres propios, entonces se reconocería que no es posible suponer una proposición tal sin que medie una relación entre más de un signo simple.

ii) Proposiciones moleculares4: A diferencia de las proposiciones atómicas, las proposiciones moleculares pueden ser de tres clases diferentes (aunque éstas no necesariamente sean las únicas), a saber: de disyunción (p v q), de conjunción (p . q) y condicionales (pq), en las que, dada su forma, se aprecia que si bien existe una relación lógica entre las partes del juicio, no por esto se niega la posibilidad para descomponerlo o dividirlo en sus partes indivisibles, cosa que no puede realizarse con la proposición atómica. Además,

El sentido de una proposición compuesta es el conjunto de condiciones verdaderas determinadas por el sentido de sus constituyentes, y pueden ser representadas claramente por el método de las tablas de la verdad. Dado que el sentido de las proposiciones constitutivas está perfectamente determinado, entonces las condiciones de verdad, i.e. el sentido, de las proposiciones compuestas también está completamente determinado.

Que las condiciones de verdad de una proposición elemental sean determinadas, i.e. su sentido, es una función de sus constituyentes. Es esencial que la proposición sea articulada o compleja porque, entre otras cosas, por la referencia a las reglas sintácticas se determinan sus articulaciones y el “método de previsión”, determinando o decidiendo el significado o Bedeutung de sus elementos constitutivos. (Hacker, 1972: 39-40)

      De igual modo, las proposiciones moleculares o compuestas, a diferencia de las atómicas, permiten expresar pensamientos completos. En otras palabras, las proposiciones moleculares, partiendo del hecho de que el lenguaje es una figura de la realidad, antes que estar determinadas por los nombres propios, lo están en cambio por la combinación de éstos. Aunque, como se advirtió antes, se pueden descomponer en sus partes primitivas o indestructibles -los nombres propios-; aquellas que equivalen en términos del mundo a los objetos simples.

      De acuerdo con esto, decir “Wittgenstein”, por ejemplo, no es decir todavía nada. Por tal motivo piensa el autor del Tractatus que la manera como dicho5 nombre propio podría ayudar a expresar un pensamiento completo, sería únicamente en términos proposicionales, en los que, como es de esperar, se estaría diciendo cualquier cosa sobre él. Por ejemplo, que nació en 1889, que es el autor de la Conferencia sobre ética y también que no fue miembro del Círculo de Viena. Así pues, se reconoce que una proposición molecular es una combinación de nombres propios.

      De igual forma, y para parafrasear a Wittgenstein, se puede aseverar que el pensamiento es la totalidad de las proposiciones y no de los nombres propios. De ahí que se entienda por qué se dice lo siguiente:

                 4.01     La proposición es una figura de la realidad.

                              La proposición es un modelo de la realidad tal como la pensamos (Wittgenstein, 

              2.1511.    La figura está así ligada en la realidad; llega hasta ella (Ibíd. 45).

        A partir de esto, asumimos que a lo que quiere llegar Wittgenstein es a establecer una teoría pictórica o figurativa del lenguaje, donde su significado corresponda al hecho del cual habla. En otras palabras, la función del lenguaje es la de figurar la realidad. No obstante, cuando se habla de seres como unicornios o hadas, se reconoce que no pueden ser descartados como sinsentidos, tal como lo haría, por decir algo, un positivista. Pues, tanto los unicornios como las hadas son objetos compuestos y no simples. Además, si se tiene en cuenta que todos los mundos posibles y no únicamente el de nuestra experiencia -el mundo empírico-, deben comportar las mismas características estructurales -la de tener elementos simples o indestructibles y necesariamente hechos-, ha de advertirse que los unicornios o hadas que los habiten tendrán que tenerlas también. De igual modo, si los unicornios o las hadas existieran podrían ser experienciados; cosa que, no obstante, no sucedería con un ser como Dios. Y esto puede justificarse en la medida en que el término -o la idea de acuerdo con Kant- “Dios” no puede vincularse con la experiencia posible. Dado que, de acuerdo al planteamiento kantiano según el cual “los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas”6 (Kant, 1999: 93), se entiende que, a si existiera Dios, por su condición de trascendente, no podría nunca ser experienciado. De este modo, se llega a la conclusión de que los nombres propios no designan el mundo de nuestra experiencia, como tampoco el de los unicornios y las hadas. Antes bien, tales nombres han de designar los objetos simples de los que está hecho cualquier mundo.

      Asimismo, la posición asumida por Wittgenstein en el Tractatus, antes que estar relacionada con las pretensiones de Russell y de los positivistas lógicos, quienes buscan un lenguaje lógicamente perfecto, está encaminada, por el contrario, a determinar que muchos de los problemas, en filosofía especialmente, se deben a un error en la comprensión de nuestro lenguaje. Pero también, el autor se propone entender la ética, la mística y la religión7. Lo cual deja entrever las fuertes diferencias entre el filósofo austriaco y los atomistas lógicos.

      Esto nos puede dar una pista que nos facilite la comprensión de la aseveración de Wittgenstein según la cual los problemas de la filosofía habían sido por él resueltos finalmente. Aunque como pudo darse cuenta más adelante, el Tractatus como tal es un intento por sobrepasar los límites del lenguaje (querer decir lo que sólo se puede mostrar). Por tal motivo, tuvo que reconocer que su tesis carecía de sentido y que como tal debía ser vista. Además, es por lo mismo que sostiene que quien le hubiese comprendido -y hubiese salido de las proposiciones a través de ellas- tendría que “tirar la escalera después de haber subido”.

    Empero, la teoría figurativa del lenguaje, tal como está planteada, hace de la primera obra de Wittgenstein una obra propiamente referencialista. Lo que sugiere cierta relación con el criterio de demarcación propuesto por los integrantes del Círculo de Viena, en la medida en que se desean establecer (lógicamente) los límites entre el sentido y el sinsentido. Pues, lo que el lenguaje pueda llegar a decir sobre el mundo no puede exceder lo meramente contrastable; y de no tenerse en cuenta esta condición, en lo que se incurriría sería en la trasgresión de los límites del lenguaje (que están establecidos por lo que no puede pensarse), para de esta manera hacer a través del inadecuado uso del lenguaje, cosas como: la formulación de pseudoproblemas. Motivo por el cual, es necesario eliminar las perplejidades o embrujamientos que el lenguaje ha producido en nuestra inteligencia, antes que iniciar una búsqueda infructuosa de sus posibles soluciones.

      No obstante lo anterior, y si bien en el Tractatus se quieren establecer los límites de la expresión del pensamiento, donde éste ha de entenderse como un retrato del mundo, debe reconocerse que la noción de significado que defiende, deja por fuera otros rasgos del lenguaje que también son importantes atender como, por ejemplo, el pragmático. El cual, en vez de sugerir la pregunta por el qué, lo hace en cambio por el para qué. Es decir, lo que importa aquí no es la pregunta “¿Qué cosa es X?” o “¿Qué significa X?”. Antes bien, la pregunta que interesa es “¿Para qué sirve X?”.

      En este sentido, no es conveniente reducir el aspecto práctico del lenguaje a la comprensión de las reglas fijas, porque, en efecto, las mismas reglas están sujetas a la interpretación. Lo que indica que, inclusive ellas, no pueden escapar del aspecto práctico del lenguaje, donde su sentido lo determinará el uso antes que la referencialidad.

      Asimismo, y partiendo de las dificultades de su primera obra, Ludwig Wittgenstein presentará un cambio en su forma de concebir el lenguaje y la manera como se hace uso de él. Es así como en las Investigaciones filosóficas presentará una visión del lenguaje que choca con la del Tractatus8. Dado que, si antes la función del lenguaje era la de señalar objetos del mundo, en las Investigaciones se le concede mayor dinámica -usos-, y se le permite ‘superar’ el aspecto referencialista que antes poseía. En este sentido, puede comprenderse por qué al inicio de su segunda obra más influyente, el filósofo austriaco cita a San Agustín, aunque en el fondo se refiriera a él mismo de manera implícita. Aunque la posición que sostiene en el Tractatus no supera el referencialismo y, de igual modo, niega la posibilidad de que el lenguaje pueda tener otra finalidad distinta a la de figurar hechos del mundo. Así pues, Wittgenstein dice al respecto:

I. cuando ellos (los mayores) nombraban alguna cosa y consecuentemente con esa apelación se movían hacia algo, lo veía y comprendía que con los sonidos que pronunciaban llamaban ellos a aquella cosa cuando pretendían señalarla […] así oyendo repetidamente las palabras colocadas en sus lugares apropiados en diferentes oraciones, colegía paulatinamente de qué cosas eran signos y, una vez adiestrada la lengua en esos signos, expresaba ya con ellos mis deseos. (1988: 17)

       De este modo, Wittgenstein se propone, entre otras cosas, demostrar que el lenguaje se aprende no señalando al objeto como tal, sino en medio de la praxis lingüística. Lo que pone al descubierto que es a partir de una comunidad de hablantes, y en la medida en que se hace uso de las expresiones del lenguaje en un contexto determinado, como se llegará a reconocer su característica más fundamental. Y es precisamente a partir de esta caracterización del lenguaje en la que se vendrá a fundamentar la noción de significado como uso, en contraste con la noción de significado como figura desarrollada por Wittgenstein en su primera obra filosófica.

       A partir de la nueva concepción del lenguaje que presenta el autor en las Investigaciones, diríamos que uno de los motivos por los que piensa que la referencia a los hechos no determina plenamente el significado del lenguaje, radica en el supuesto de que, en muchos casos, el lenguaje no se emplea para referirse a los hechos del mundo. Lo cual se justifica en la medida en que se reconoce que “no hay, pues, una función del lenguaje […] No hay función común de las expresiones del lenguaje, hay innumerables clases de expresiones y de modos de usar las palabras, incluyendo las mismas palabras, o lo que parecen ser las mismas” (Mora Ferrater, 1966: 19). Así, por ejemplo,

Piensa en las herramientas de una caja de herramientas: hay un martillo, unas tenazas, una sierra, un destornillador, una regla, un tarro de cola, cola, clavos y tornillos. -Tan diversas como las funciones de estos objetos son las funciones de las palabras. (Y hay semejanzas aquí y allí.)

Ciertamente, lo que nos desconcierta es la uniformidad de sus apariencias cuando las palabras no son dichas o las encontramos escritas o impresas. Pero su empleo no se nos presenta tan claramente. ¡En particular cuando filosofamos! (Wittgenstein, op. cit: 27).

       En esta medida, el lenguaje al presentar funciones diferentes -y no una sola- a la de señalar objetos, hace del uso el componente primordial para entender su sentido o sentidos. Es más, el lenguaje funciona es en sus usos. Lo que sugiere que más que preguntar por sus significaciones, tengamos que hacerlo por los modos de emplearlo. Por ello Wittgenstein, a partir de las diferentes finalidades que se le pueden atribuir al lenguaje, presentará una semejanza entre éste y los juegos realizados en el vivir cotidiano, a la cual dará por nombre ‘juegos de lenguaje’9. Esto queda claro en la medida en que “los juegos no pueden clasificarse según criterios fijos, por lo que es inútil buscar algo que les sea común a todos, por lo que serían juegos. Ciertamente todos ellos son actividades, pero no basta una constatación tan general para asegurar que eso es lo esencial a todos, dado que hay innumerables actividades que no son juegos” (Flórez, 2001: 120).

      En este sentido, cuando dos o más personas están hablando sobre política o literatura, u otro tema cualquiera, lo que están haciendo es jugar un juego de lenguaje, de igual forma que sucede, por ejemplo, cuando se juega a mover las piezas con el objetivo de lograr un jaque mate, o cuando con el balón se quiere hacer una cesta, ciertos rasgos se manifiestan en aquella conversación -como juego-, y otros no. Igualmente, esto se evidencia cuando notamos que “hay innumerables géneros: innumerables géneros diferentes de empleo de todo lo que llamamos “signos”, “palabras”, “oraciones”. Y esta multiplicidad no es algo fijo, dado de una vez por todas; sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, nacen y otros envejecen y se olvidan”. (Wittgenstein, 1988: 39)

       Entre lo que se ha considerado como juegos de lenguaje se encuentran, sin ser los únicos, los siguientes:

  1. Dar órdenes y actuar siguiendo órdenes
  2. Describir un objeto por su apariencia o por sus medidas
  3. Fabricar un objeto de acuerdo con una descripción (dibujo) 
  4. Relatar un suceso
  5. Hacer conjeturas sobre el suceso
  6. Formar y comprobar hipótesis- (Wittgenstein, 1988: 39)

        Ahora bien, entre los juegos existen o se dan ciertos parecidos que invitan a pensar en la idea de que entre ellos se da algo así como un vínculo que permite una cierta combinación de sus elementos y que, de igual modo, generan nuevas formas de entenderlos o de practicarlos. No obstante, dichos parentescos si bien se manifiestan en un inicio, pueden, por su parte, llegar a desaparecer en cierto momento y dadas determinadas características. “Mira, por ejemplo, los juegos de tablero con sus variados parentescos. Pasa ahora a los juegos de carta: aquí encuentras muchas correspondencias con la primera clase, pero desaparecen muchos rasgos comunes y se presentan otros […] En los juegos de pelota hay que ganar y perder; pero cuando un niño lanza la pelota a la pared y la recoge de nuevo, ese rasgo ha desaparecido”.(Wittgenstein, 1988: 87)

      Lo que se muestra como parentescos entre los juegos puede entenderse desde la noción de ‘parecidos de familia’. Porque al igual que los miembros de una familia presentan rasgos comunes que permiten relacionarlos unos con otros, tales como el color de los ojos, y las facciones del rostro, de igual forma sucede con las diferentes actividades que se reconocen como juegos, tal y como quedó dicho líneas atrás. Del mismo modo, es pertinente precisar la importancia de la acción y del contexto en un momento determinado, como también de las prácticas sociales, porque el lenguaje (en determinadas circunstancias y dadas ciertas características) refleja intenciones, y también se instaura en medio de aquellas prácticas para fundamentarlas o hacerlas posibles; o, siendo más precisos, puede decirse que el lenguaje es la base del mundo social.

       Las reglas son pautas para la acción. Y en muchas ocasiones se adquieren como habilidades; por eso la importancia que ejercen en la vida social, en nuestros usos del lenguaje y en el comportamiento humano. Porque los actos sociales y los de habla se circunscriben a reglas determinadas que permiten, entre otras cosas, la conformación de nuestras instituciones, la composición de una ponencia, nuestro comportamiento en sitios públicos, y así sucesivamente. Esto debe entenderse así porque, de lo contrario, nuestro lenguaje no podría ser entendido o descifrado; además de llegar a ver todas aquellas instituciones que nos obligan a limitar nuestras acciones como simples palabras o convenciones sin importancia alguna. Pero también que el comportamiento humano no se entendiera a la luz de ciertos principios o normas, lo cual justificaría incluso las acciones menos esperadas.

        Por ello, es menester aclarar que las reglas pueden ser de dos clases o de naturaleza diferente, a saber: constitutivas y regulativas. Entre las constitutivas están, por ejemplo, las que hacen alusión a los juegos como el ajedrez o las damas chinas, entre muchos otros; así como también a las operaciones del tipo 3+3+3 o 2x2x2. Esta clase de reglas se caracteriza fundamentalmente por ‘obligar’ en el sentido de seguir, como cuando se dice: “el caballo sólo puede mover en L”, “el alfil en diagonal”, “después del disparo puedes comenzar a correr” y así sucesivamente. Las reglas constitutivas, como su nombre lo indica, constituyen o conforman la actividad. Así, el juego del ajedrez, sin las reglas que lo determinan, no es un juego.

       En cuanto a las reglas regulativas se refiere, anotamos que éstas tienen que ver con los preceptos o normas, como las que pertenecen al ámbito moral o religioso. Un ejemplo de esta clase de regla lo encontramos en los mandamientos, en los manuales de convivencia, así como también en la Constitución Política sobre la que se rige determinada nación.

       En este sentido, es importante resaltar que ambas clases de reglas no se aprenden teóricamente, sino en medio de las prácticas sociales, o si se desea en el uso; o lo que viene a ser lo mismo, y según nuestro autor, la regla se aprende en tanto sea aplicada. Por ejemplo, las reglas para la construcción de la frase transitiva del español o la frase nominal, no es aprendida por el hablante mediante una clase teórica de gramática, sino en el uso del lenguaje.

      Sin embargo, tenemos que tener claro que si bien las reglas son de imprescindible importancia, no por esto debemos suponer que los juegos de lenguaje se deben apoyar en algo así como una única función en concordancia con una única regla. Un ejemplo de esto es el que tiene que ver con los deportes de pelota. Porque, y para referirnos a una situación específica, ¿con qué mano debe tirar el niño la pelota a la pared?, ¿cuán alto se puede lanzar la pelota en el béisbol?, ¿acaso ambos deben tomar la pelota con la misma mano? En consecuencia, los juegos de lenguaje manifiestan cierto tipo de variedad o multiplicidad -en cuanto al uso y práctica se refiere- en la que intervienen factores como el contexto y las acciones, antes que versen constreñidos por la unanimidad de funciones y de reglas.

      Ahora bien, no hay nada que determine que, verbigracia, al inicio o en la mitad de una partida de ajedrez tenga que mover exclusivamente el caballo B1 hacia el escaque C3 o el peón E2 hacia el escaque E4. Ciertamente hay un número, aunque no infinito de posibilidades, amplio para mover la ficha que más desee o necesite mover en una situación particular. No obstante, debe anotarse que existen casos en los que las posibilidades son menores y, por lo mismo, mi opción de mover una ficha es sumamente limitada. Por ejemplo, al inicio de la partida sólo puedo mover o un peón o un caballo, nunca la dama o una torre, pues de ser así se infringirían las reglas de este juego. Además, si estoy en jaque no puedo mover una ficha diferente al rey u otra que contrarreste el ataque. En todo caso, aunque tengo varias opciones de mover una ficha o sólo una, lo cierto es que debo respetar el movimiento permitido a cada ficha, dado que no puedo, por decir algo, mover la dama en L ni el peón puede comer sin que sea diagonalmente. Sin embargo, siguen existiendo muchas posibilidades de mover una ficha cualquiera, dadas unas circunstancias específicas, que me indican que no sólo hay una por mover y en una dirección previamente señalada, por ejemplo, a la izquierda.

      Como se aprecia, las actividades o practicas humanas se manifiestan de una manera tan compleja que requieren, entre otras cosas, de un estudio detallado del significado y uso de las reglas; además del cuidadoso análisis de nociones como ‘juegos de lenguaje’ y ‘parecidos de familia’. Esto se justifica en la medida en que muchas de las cosas que se realizan desatendiendo los principios sobre los cuales se puede fundamentar el lenguaje, tienen los cimientos en la incomprensión de los usos que se le pueden atribuir, ya sea referir objetos o comunicar sentimientos. 

     Pero bueno, si bien, hasta el momento se ha hablado de juegos de lenguaje, parecidos de familia, acciones y contexto, no obstante, debe suponerse que si bien es posible entender el lenguaje o los modos de emplearlo a partir de cierta libertad, no restringida por un conjunto determinado de reglas, debe señalarse que, como nos lo sugiere Harold Bloom, no es conveniente hacer uso de la “jerga”; es decir -según el diccionario inglés- “un lenguaje desbordante de perogrulladas piadosas, el vocabulario peculiar de una secta o un aquelarre” (2000: 26). De igual forma, esto indica que si bien el lenguaje disfruta de una amplia gama de posibilidades para usarse, debemos saber conjugar sus reglas para determinar el sentido de lo que por medio de los juegos de lenguaje queremos representar o significar.

     Wittgenstein afirma que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, a lo cual puede sumarse que mi lenguaje es el producto de una convención; es una creación cultural y no simplemente individual. El lenguaje es social y no privado. Entonces, al ser una creación institucional, es apenas obvio que no puede imponerse una sola forma de entender o concebir el lenguaje, como tampoco puede suponerse que mi forma de expresión es incomunicable o solamente mía.

      Así mismo, y aunque las reglas no son canónicas o inamovibles, no es conveniente desconocer que ellas mismas entran en el juego y lo caracterizan a partir del uso. Lo cual permite comprender por qué la noción de juego de lenguaje no implica la arbitrariedad o la anarquía, aunque implique mayor libertad para hacer uso del lenguaje. Antes bien, reconoce el valor que tiene éste en la praxis humana y en la creación de nuevas formas lingüísticas, que permitirán hablar de lo que en un inicio se consideraba inadecuado desde la noción de significado como figura. Es como si se diera un juego entre la necesidad de la regla y la libertad.

      En últimas, en las convenciones, en la cultura, en las acciones, en la no privacidad, en el uso correcto y no ilógico del lenguaje,10 veremos sus propios límites. No obstante, hay que reconocer que siguen existiendo formas inapropiadas de emplear el lenguaje. Lo que indicaría una pendiente resbaladiza en cuanto a los modos de usarlo se refiere. Motivo por el cual se hace necesario, si no urgente, revisarlas -permitirle a la mosca salir de la botella cazamoscas-, antes que sentirnos seducidos o embrujados a hacer uso de ellas, para evitar lo que Wittgenstein llama una enfermedad; la cual requiere de una eficiente medicina y un buen médico para poder ser disuelta o eliminada antes que resuelta.

 

Notas

1  Se hablará de significado como figura y no de significado como objeto debido a la confusión que esta última noción trae consigo. Pues, si se tiene presente lo que dice el propio autor, el significado no es ninguna cosa o no corresponde a ninguna cosa. Antes bien, éste se encuentra es en las proposiciones y no en los objetos que vienen a ser los elementos últimos de que está hecho el mundo.

2 Algunos críticos y estudiosos de Wittgenstein suelen reconocer en su obra un periodo intermedio, el cual podría denominarse ‘Positivismo terapéutico’ o ‘Psicoanálisis intelectual’. Sin embargo, esta actitud no fue reconocida por el propio Wittgenstein, y nosotros igualmente no lo haremos aquí.

La traducción del libro de Wittgenstein es tomada de la edición de Alianza editorial.

4 Siguiendo al propio Wittgenstein, se anota que lo molecular no es más que la suma, los productos u otras funciones de verdad lógicas de proposiciones más simples (1997).

No obstante, hay que tener en cuenta que, de acuerdo con el Tractatus, “Wittgenstein” no sería, en efecto, un nombre propio, pues él es un compuesto, un hecho y no un objeto simple. Por otra parte, es importante anotar que el propio Wittgenstein no dio un ejemplo de lo que es un objeto simple y un nombre propio. Simplemente los presupuso. Además, cabe agregar que no es posible saber qué cosa es un nombre propio -y mucho menos ofrecer un ejemplo-, puesto que los objetos simples están más allá de nuestra experiencia -En esto consiste parte del idealismo trascendental wittgensteiniano-.

Recordemos brevemente que para Kant tanto la intuición como los conceptos constituyen los elementos de nuestro conocimiento, lo que sugiere, entre otras cosas, que ni los conceptos pueden suministrar conocimiento prescindiendo de una intuición que les corresponda, ni tampoco pueden hacerlo las intuiciones sin los conceptos. De igual modo, entenderemos por qué en el Tractatus las palabras, para tener sentido, deben estar vinculadas con las condiciones estructurales del mundo.

Para una mayor comprensión de lo que se dice aquí, ver el libro de Allan Janik y Stephen Toulmin titulado La Viena de Wittgenstein. Editorial Taurus. 1987

Si bien, Wittgenstein pretende en las Investigaciones hacerle frente a muchos de los problemas con que cuenta el Tractatus, hay que decir que ambas obras no necesariamente tienen que considerarse como excluyentes. Por el contrario, es importante anotar que si bien el Tractatus tiene otras preocupaciones diferentes a las comúnmente señaladas, veremos que no hay razón para suponer que las dos obras no puedan entenderse como la prolongación del pensamiento filosófico de L. Wittgenstein.

Siguiendo a Ferrater Mora, una de las principales críticas que se le han hecho a la noción de Juegos de lenguaje (principalmente la desarrollada por Robert E. Gahringer), radica en el hecho de que aunque haya algo de juego en el lenguaje, existe la posibilidad de que algo en el juego no sea lenguaje -como el querer ganar y el resistirse a perder-. Además, aunque el juego no sea lingüístico, tiene algo de lenguaje -un lenguaje entre sus jugadores o los que lo presencian- (1966). No obstante esta objeción, hay que anotar que la noción de Juegos de lenguaje es concebida por Wittgenstein como una metáfora que le permite entrever semejanzas entre las actividades que se conocen como juegos y el lenguaje propiamente. Motivo por el cual, hay que reconocer que no todos los rasgos del juego deben aplicarse estrictamente al lenguaje; sólo algunos pueden aplicarse.

10 Recurriendo a dos escolios del libro Notas de Nicolás Gómez Dávila comprenderemos por qué el lenguaje necesita tanto del orden como de la claridad para expresar algo con sentido o con valor: “Toda proposición con sentido es una verdad: verdades, sin embargo, de orden diverso y de valor distinto. Pero la proposición absurda no significa nada y es un puro desorden de cifras y sonidos.

Decimos que una proposición es falsa cuando más allá vislumbramos otra proposición de una verdad más general o más profunda” (2003: 76).


Referencias

ANSCOMBE, G. E. M. (1967) An Introduction to Wittgenstein´s Tractatus. Hutchinson University library London.

ARANGO, Pablo R. (2003) Lenguaje, pensamiento y realidad: las dos filosofías de Ludwig Wittgenstein. Discusiones filosóficas. No. 7. pp. 35-50.

BETANCUR, Marta. C. (1997) Russell: Mundo y Lenguaje. Manizales: Universidad de Caldas.

BLOOM, Harold. (2000) Cómo Leer y Por Qué. Bogotá: Grupo Editorial Norma.

FLÓREZ,  Alfonso. (2001) Juegos de lenguaje y significado. En: Botero, Juan José (Comp.) El Pensamiento de Ludwig Wittgenstein. 1era. edición. Bogotá: Unibiblos. pp. 111-126.

GÓMEZ DÁVILA, Nicolás. (2003) Notas. Bogotá: Villegas Editores.

HACKER, P. M. S. (1972) Insight and Illusion. Wittgenstein on Philosophy and the Metaphysics of Experience. Oxford university press.

KANT, Immanuel. (1999) Crítica de la Razón Pura. Madrid: Alfaguara.

MORA, Ferrater (1966) Introducción. En: Las Filosofías de Ludwig Wittgenstein. Barcelona: Oikos– Tau. pp. 13-20.

WITTGENSTEIN, Ludwig. (1973) Tractatus Logico–Philosophicus. Madrid: Alianza Editorial.

________. (1988) Investigaciones Filosóficas. Barcelona: Crítica.

________. (1997) Ocasiones Filosóficas 1912–1951. Madrid: Cátedra.