Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

¿El reconocimiento de lo multicultural como arma contra la cultura?: Tras la libertad y la igualdad en medio de la diversidad cultural


Lorenza Arango Vázques (1); Universidad autónoma de Manizales; Lorenza1214@qmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     El presente artículo se propone analizar la temática del multiculturalismo desde la óptica de la globalización. Al respecto de esta temática, se plantea que la diversidad cultural trae consigo desafíos a la práctica de la libertad y la igualdad en el sistema actual de estados nacionales. Ello en tanto la lucha por la protección de la identidad y el reconocimiento de la diferencia han trascendido los mecanismos comunes de representación y consenso, e invitan a indagar por alternativas que permitan la convivencia de disímiles posturas y visiones de mundo. A partir de allí, el hilo común que atraviesa la siguiente discusión es una pregunta por la libertad y la igualdad en una realidad de estados multiculturales. Frente a esta disertación, se expone el modelo de la democracia deliberativa de Seyla Benhabib como una posible vía para la materialización de estas prácticas.



     

 

Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de partir huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual Majestad, siendo niño, fue a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre, le avino cortarse un dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo penas severísimas, cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió tan enorme pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que han estallado seis revoluciones por ese motivo, en las cuales un emperador perdió la vida y otro la corona. (…) Se ha calculado que, en distinto períodos, once mil personas han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo más estrecho. (…) «Que todo creyente verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál sea el extremo conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la discreción del más alto magistrado, el establecerlo2.

La dinámica cultural que presenta el panorama actual es cuanto menos un asunto político. Un asunto que indaga por la inclusión de comunidades y grupos sociales residentes en territorios distintos a su país de origen, por el desarrollo de una sociedad minada de diferencias culturales, por la convivencia pacífica de tan disímiles posturas y visiones de mundo, y la participación equitativa que, en la esfera política, económica y social, exigen aquellos quienes las ejercen. Es este un artículo que se propone evidenciar, una vez más, la problemática que surte del “multiculturalismo” y que fruto del fenómeno de la globalización, impulsado por la era contemporánea, se ha intensificado. Encontrará el lector, en las siguientes líneas, un esbozo de las circunstancias en las que ha surgido el citado multiculturalismo, los desafíos que, entre otros, supone al ejercicio del poder y la convivencia, así como un intento por conciliar tan difusas nociones, tales como libertad e igualdad, en una realidad de estados multiculturales. Son la libertad y la igualdad, bajo una panorámica en la que cada grupo lucha por la protección de su identidad y el respeto a la diferencia, el principal objetivo.

El Alter ego de la “aldea global”.

Las transformaciones, en especial las del último medio siglo, que han llevado a la globalización de la economía, la política y la cultura, han propiciado una interconectividad de los países en todas las esferas. Las diferentes culturas pueden, mediante las “nuevas tecnologías de la información y la comunicación”3, entablar un contacto entre ellas, a pesar de los límites territoriales. Las políticas y decisiones han dejado de ser asuntos propios de cada Estado, y las problemáticas se han elevado a esferas globales que trascienden las delimitaciones territoriales. El acontecer de los Estados modernos actuales es ahora materia de discusión alrededor del mundo.

Es este nuevo orden internacional, inmerso en el fenómeno de la globalización y que evidencia la permeabilidad de las fronteras nacionales, el mismo que ha propiciado, en términos de Néstor García Canclini (1990), una “hibridación cultural”: un enlace de procesos culturales e interrelación entre los grupos étnicos (con creciente afán homogeneizador); y una marcada lucha, a su vez, por la permanencia de nociones tales como “identidad” y ”territorialidad”, que bajo el fenómeno anterior temen por su vigencia.

Es así como los detractores de este proceso de mestizaje-fusión, de integración y unificación de culturas y sociedades, se han volcado contra ello, y en defensa de la identidad cultural y el combatir el esquema expuesto, han propiciado la emergencia de lo que, con mayor popularidad en décadas recientes, se conoce como “multiculturalismo”4. Un término del que las identidades culturales se han servido para abanderar la lucha por el reconocimiento, la autonomía y el no “silenciamiento de una cultura”.

Así mismo, las movilizaciones y procesos de migración que se originan a nivel regional o global, ya sea en busca de mejores oportunidades laborales y estabilidad económica, o por huida de situaciones límite como la guerra, el hambre o las catástrofes naturales, han propiciado el fenómeno de la “multiculturalidad” (Borja & Castells, 1997), y tras él, las tensiones y choques entre los diversos “imaginarios culturales”5 fruto de los colectivos radicalmente6 distintos, ahora asentados en un mismo territorio. El ejercicio pleno de la libertad y la igualdad, en medio de la diversidad cultural, se postula hoy como uno de los mayores desafíos a enfrentar.

La burbuja de la multiculturalidad

Ejemplos que permitan evidenciar la discusión anterior no distinguen en su gran mayoría entre “nación”, “género” y “posición geográfica”. El fenómeno del multiculturalismo está presente en gran parte de la geografía mundial, desde la Patagonia (Argentina) hasta el Canadá, desde Portugal a Rusia, o la India a Sudáfrica. Entre ellos, casos como el que atraviesa la región latinoamericana, el territorio colombiano en particular, en el que la población rural ha sido forzada, fruto del conflicto armado interno, a desplazarse a las áreas urbanas, y el subsecuente choque que supone su llegada a este nuevo escenario, puede ser un pequeño ejemplo de los enfrentamientos que surten de lo multicultural. Así, la población rural sirve como ejemplo para ilustrar grupos que, aunque pertenecientes al propio Estado-nación, se han erigido con prácticas y visiones de mundo, en este caso, distintas a las profesadas por la colectividad urbana7.

Existen análogamente migraciones que trascienden a los Estados modernos y se han intensificado con el fenómeno de globalización. La Comunidad Europea (CE), el Sureste Asiático, los Estados Unidos y Canadá, advierten, en los últimos años, un creciente número de inmigrantes dentro de sus territorios; países como Australia, Suiza y Luxemburgo exceden en la actualidad el 10% en población extranjera, y catástrofes naturales como el huracán Katrina, el tsunami en Indonesia o el reciente terremoto en el Japón, han provocado que las comunidades víctimas de estos desastres busquen refugio en países vecinos.

El Estrecho de Gibraltar es tal vez uno de los mejores ejemplos que evidencian el panorama anterior. Ubicado en la península Ibérica, es un territorio de dimensiones bastante reducidas que alberga, en apenas
seis kilómetros cuadrados, las religiones católica, anglicana, musulmana y judía, y personas de origen español, inglés y portugués. Ocurre con bastante frecuencia que los grupos minoritarios cuyos orígenes no
se sitúan en el territorio en el que habitan, suelen tener menores oportunidades laborales y ventajas económicas que los individuos nacidos en la propia región, es muestra de ello “el distrito londinense de
Wandsworth, con unos 260.000 habitantes, se hablan unas 150 lenguas diferentes: a esa
diversidad étnico-cultural se une el dudoso privilegio de ser uno de los distritos ingleses con más alto índice de carencias sociales” (Borja y Castells, 1997, p.125).

Es la era contemporánea, de manos del afán globalizador que propugna, entre otros, la existencia de la diversidad cultural, y cuyos focos principales son grandes centros económicos y urbanos, tales como las ciudades de Nueva York, Londres, Madrid, Frankfurt, Buenos Aires o Sao Paulo, una pequeña muestra de lo que en términos de Saskia Sassen se denominan “ciudades globales”.

¿El Apartheid del siglo XXI?

Ahora bien, la convivencia de estas diversas culturas en un territorio, ha reflejado en la práctica innumerables conflictos. El multiculturalismo ha exacerbado los afanes de diferenciación, segregación y discriminación, y si bien los distintos grupos conviven, es probable que las circunstancias bajo las que lo hacen sean bastante objetables. La experiencia reciente demuestra que un grupo cualquiera, fundado bajo un indicador de identidad específico, enfrenta a su llegada a otra nación el rechazo de aquel con poder hegemónico. Las “ciudades globales”8, entre otros muchos retos, son focos de la lucha que las “identidades culturales” residentes en ellas abanderan contra el sectarismo, la parcialidad, el partidismo y la segregación de la que son víctimas. Así, las comunidades autónomas del sur y oriente del territorio español son el objetivo de una gran cuota de los inmigrantes residentes en el país ibérico: Andalucía, Murcia, la comunidad valenciana y Cataluña albergan inmigrantes de origen latino en su gran mayoría, y otro tanto por ciento provenientes del norte de África y el África subsahariana. Los primeros, se cree, por su familiaridad con el idioma español y los últimos por su cercanía geográfica.

Con bastante frecuencia, diarios locales como La Vanguardia y El País9 reportan la llegada a las costas del Mediterráneo de “pateras”10 tripuladas por comunidades de origen extranjero, en condiciones precarias, que al establecerse en el país de arribo, se enfrentan, por demás, a los altos índices de accidentes laborales, discriminación en la búsqueda de residencia y xenofobia en los sistemas de salud y educación, por mencionar algunos pocos. La región francesa y sus tan discutidas circulares de altos cargos del gobierno, con la orden de desmantelar los campamentos de romaníes y gitanos11, o el panorama de Ruanda y el enfrentamiento que ha llevado a los grupos étnicos residentes en el país, Tutsis y Hutus, a ser artífices y testigos de primera mano de uno de los actos genocidas más perversos de los últimos años, pueden ser, a la luz del lector, ejemplos del choque entre tan distintas visiones de mundo. Así mismo, diversidad de culturas, grupos políticos y religiosos foráneos, establecidos en las grandes urbes norteamericanas han sido relegados a un espacio reducido; los pequeños guetos de minorías étnicas establecidos alrededor de la ciudad de Nueva York, como el conocido Chinatown, las comunidades latinas, la pequeña Italia o el barrio de los judíos, podrían ser también evidencia de ello.12

Resulta así que, según Seyla Benhabib (2006), las culturas son “complejas prácticas humanas de organización que se establecen a partir del diálogo con otras culturas”, y es desde esta perspectiva, difícil tarea la implementación de políticas de mejoramiento en sociedades inmersas en un creciente multiculturalismo, donde cada grupo lucha por el respeto a la diferencia y la protección de su “identidad cultural”13 por parte del Estado. Surten variedad de inquietudes, de interrogantes: ¿cómo hacer viable el ejercicio del poder en sociedades con prácticas culturales distintas? Si es este el ejercicio que debe procurar acoger a todos, en tanto las decisiones que se tomen afectan a la población residente ¿cómo hacer confluir las posturas de las diferentes culturas desde los diversos aparatos gubernamentales y del Estado? ¿Deben los individuos renunciar por completo a sus preceptos y adoptar aquellos de la cultura que detenta el poder, propios del territorio al que llegan? ¿Es viable albergar un mínimo de consenso entre estas, al menos en la esfera pública, que es la más controvertida?14

El laboratorio del “reconocimiento”.

La propuesta que ha cobrado mayor relieve como solución a estos interrogantes es la política del “reconocimiento”15. Advierte Seyla Benhabib (2006) que la era contemporánea es testigo de un cambio vertiginoso en la esfera cultural. Las culturas, de unas décadas al presente, han pasado de exigir una política de redistribución por parte del Estado a una política de reconocimiento que salvaguarde su identidad; cada grupo atiende a imaginarios culturales diversos, y es preciso reconocerlos en tanto se debe
apostar al justo y adecuado desarrollo de una colectividad. Es este al menos el mensaje que sobre el citado reconocimiento se advierte.16

El anterior es un proceso que implica las nociones de libertad e igualdad, que permite vivir a los individuos bajo el amparo de la ley, mediante la aceptación del ‘otro’ al margen de sus diferencias culturales, que evidencia que la conciencia propia de cada sujeto, permite la afirmación de la existencia del ‘uno en otro’, como individuos libres e iguales. Axel Honneth apunta, por su parte, que el “reconocimiento” implica:
“una relación recíproca ideal entre sujetos, en la que cada uno ve al otro como su igual y también como separado de sí” (Honneth & Fraser, 2006, p. 20).

Al igual que la era contemporánea es escenario de esta lucha por la conservación de las costumbres, la tradición, las vivencias, aquello que hace a los individuos sentirse partícipes de un determinado grupo, ocurre también con mayor frecuencia, en décadas recientes, el sentimiento de rechazo, denuncia y repudio que los propios integrantes de los grupos sociales y culturales tejen contra la identidad, que las comunidades de origen, se han encargado de propagar entre ellos. En tanto que la era global y la interacción que se promulga con sociedades alrededor del mundo permite contrastar el día a día de una cultura con otra, la citada denuncia puede encontrar aquí una de sus mayores causas.

Arde la hoguera: las culturas al interior

Se suele situar erróneamente desde Occidente para tachar con vehemencia prácticas culturales afincadas en territorios diversos, con historias y mundos aún por descubrir, y se ha catalogado en repetidas ocasiones como referente y aquel modelo a seguir. Puede parecerle al lector que las prácticas más brutales contra la integridad personal y colectiva ocurren casi siempre en territorios áridos y hostiles, con presencia de gobiernos dictatoriales en medio de altos índices de nacionalismo y fanatismo religioso, algunos por demás en extrema pobreza. Contrario a ello, lo cierto es que la problemática no distingue país, región, clase o género. Si bien las prácticas culturales más discutidas suelen ser catalogadas como provenientes de las regiones del Oriente Medio y el África subsahariana, Occidente, acompañado de un poco, si se quiere, de “sutileza”, incurre en abusos iguales o mayores de los que se producen fuera de sus fronteras, pero con el ambiguo privilegio de contar con los recursos políticos y económicos para camuflarse y eliminar evidencias17.  Surten así deseos por una calidad de vida mejor, un disfrute de cosas tales que a la luz de la cultura de origen no sean posibles, un cambio, en últimas, en la visión de mundo, al que el individuo podría optar si ve en él un beneficio.

La dinámica cultural nos enfrenta así ante ciertos desafíos. Existe de un lado la libertad que tiene cada individuo de actuar conforme sus raíces culturales, y de otro, el trato que por igual debe impartirse a los miembros de una población indistintamente de la cultura a la que se es partícipe. ¿Qué ocurre si al interior de la comunidad existen detractores? Cabe aquí una posibilidad; en tanto las identidades y las propias culturas, en contacto con otras muchas, son permeables y susceptibles de cambios a través del tiempo, aquel individuo que perteneciente a una de ellas quiera cambiar sus “relatos de identidad”, es una meta que como afirma Seyla Benhabib (2006) en su publicación sobre Las reivindicaciones de la cultura, es de vital importancia en esta era global. Un cambio en los “relatos de identidad” que trascienda el “reconocimiento”, y del que el individuo es el único autor que, al margen de la injerencia y el juicio de externos, podrá estar en propiedad de modificar o no sus modos. Es esta una vía que hace frente a dos cuestiones: las culturas en su afán de permanencia se han encargado, en ocasiones, de minimizar y violentar a sus integrantes, y no solo han sido las primeras al interior sino que los grupos venidos de fuera han demostrado según Charles Taylor en su ensayo sobre la Política del reconocimiento, ejercer, por medio de la dominación, gran influjo sobre la identidad de sus sometidos. La conquista de territorios americanos por parte de la Corona española es, según Taylor, un ejemplo de ello: “se sostiene que a partir de 1492 los europeos proyectaron una imagen de tales pueblos como inferiores, “incivilizados” y mediante la fuerza de la conquista lograron imponer esta imagen a los conquistados” (Taylor, 2003, p.21).

Las identidades nacionales y culturales, y la marcada lucha que abanderan, al día de hoy, por el reconocimiento de parte del Estado, han intensificado la diferenciación. Y tras ella, las terribles evidencias de abusos y discriminación que se esconden en el citado “reconocimiento”. Es en este punto que el llamado a la igualdad cobra aún más relieve, y presenta una serie de cuestiones que exigen solución: ¿Reconocer por igual a las identidades culturales pese a lo que en ocasiones promulgan puede no ser aceptado en el territorio al que ahora pertenecen18? ¿Qué hay de los individuos que aunque pertenecientes a una cultura no están conformes con algunos de sus preceptos?

¿Una sociedad equitativa y justa es aquella cuyo ejercicio reporte un igual reconocimiento a los preceptos culturales de los grupos identitarios? ¿Este último evita los choques entre los mismos?

Seyla Benhabib advierte, por su parte, que la disertación es cuanto menos compleja. Se plantea la discutida estrategia de la “defensa cultural” como ejemplo que so pretexto de la política del “reconocimiento” genera incluso mayor desigualdad e impunidad. La estrategia de defensa cultural acuñada en la esfera legal, en décadas recientes, promulga la contextualización de las acciones de un individuo respecto de sus preceptos culturales en caso tal de que haya sido procesado por algún delito en territorio extranjero, si la acción que comete se corresponde con una costumbre o tradición de la cultura de origen, los cargos podrían ser menores o incluso ninguno. Interrogantes tales como ¿si el homicidio simple en el Japón es permitido, en ciertos casos, aquel que con nacionalidad japonesa lo cometa en territorio extranjero, está libre de culpa? ¿Igualdad para con el acusado y desigualdad para con la víctima? ¿Si el secuestro es visto como práctica habitual para encontrar pareja en el territorio camboyano, aquel camboyano que lo cometa fuera de sus fronteras, estará exento de cargos?

En este sentido, existen tanto prácticas culturales que bajo la óptica general puedan ser dignas de reconocimiento, como también algunas que desde la misma óptica, correspondan, en cambio, a nuevos mecanismos de segregación, discriminación y abusos. Es preciso, afirma Rosa Cobo (1999) en su publicación sobre Multiculturalismo y feminismo, realizar un juicio de valor estricto sobre las pretensiones de las distintas culturas que apuntan al reconocimiento. Es esta una cuestión compleja que enfrenta el trato que por igual debe impartirse a los diferentes grupos, y los perjuicios que esas mismas prácticas culturales puedan provocar a otras. En este orden internacional, sumido en el fenómeno de la “aldea global” donde los territorios y sus comunidades están destinados a convivir en un permanente contacto entre diferentes posturas y visiones de mundo, se hace necesario, como lo afirman Jordi Borja y Manuel Castells: “un sistema de integración social y cultural que respete las diferencias pero establezca códigos de comunicación entre las distintas culturas ” (Jordi Borja y Manuel Castells, 1997, p.16. Itálicas añadidas).

¿La crisis se apaga?: El “reconocimiento” se gasta, la Democracia Deliberativa como modelo

El breve repaso sobre el acontecer de los Estados modernos actuales advierte esta difícil dinámica cultural que ha impulsado el mundo contemporáneo. Una colectividad minada de diferencias culturales que exige la construcción de una idea de igualdad y libertad en la que todos sean partícipes, una “identidad cultural” que
ocupa el primer plano del discurso político, y decenas de comunidades inconformes con los preceptos de sus culturas, es un bosquejo del panorama actual. La teoría y práctica de la política liberal se enfrenta así a multiplicidad de retos, y la idea de saberse libres e iguales al margen de las diferencias culturales es la tarea que además enfrenta la sociedad actual.

Se plantea el modelo de la Democracia deliberativa19 como aquella propuesta que ofrece una posible salida a las dos grandes problemáticas aquí enmarcadas: la protección a la identidad y la diferencia, y el rechazo que sobre sus culturas de origen, ejercen variedad de individuos. Constituye además una vía alterna a las políticas hasta ahora implementadas de redistribución y reconocimiento.

El conflicto entre las identidades culturales y los derechos individuales (la defensa de la cultura y la libertad de cada individuo) que subyace a esta realidad multicultural, alienta, entre otros, un diálogo entre individuos con posibilidad de evaluar sus preceptos culturales. La citada Democracia Deliberativa que tiene como propósito el de generar un escenario que permita la deliberación, el debate, la argumentación y disertación, en la esfera pública, de aquellas cuestiones que compete a todos, no solo fomentara la participación efectiva de las diferentes culturas reunidas, “sino que [esta precisa interacción], alienta el desarrollo de su agencia autónoma [la de los individuos inconformes con los dictámenes de sus comunidades] frente a las identidades que les fueron asignadas” (Benhabib, 2006, pág. 151).

Debatir los asuntos que afectan potencialmente a los miembros de la comunidad debe poder realizarse bajo ciertas directrices. Las formas de identidad en igualdad de condiciones no podrán ser objetos de presiones y restricciones venidas de fuera, ni de juicios de externos e las intromisiones, se plantea aquí un modelo que de por sentado la efectiva participación de las comunidades que, contenidas en la esfera pública, deliberen sobre relevantes cuestiones.

Hay quienes afirman que este modelo de democracia en tanto promueve la deliberación y la argumentación, conlleva a que el debate público sea dominado por aquellos que estén mejor preparados para enfrentar los temas propuestos, y así lo que impulsa es un nuevo mecanismo de discriminación. El debate entonces permanece abierto para analizar análogamente los peligros y dificultades que ésta entrañaría.20

Notas

1 Estudiante de tercer semestre de Ciencia Política Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Manizales. Integrante de la Revista Araña que teje (Revista de estudiantes de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Manizales).

2 Cfr. Los Viajes de Gulliver. http://www.feedbooks.com/book/3051/los-viajes-de-gulliver

3 Las “nuevas tecnologías de la información y la comunicación” (TIC’s) corresponden, entre otros, a las redes de telefonía móvil, televisión digital, acceso a la información e internet, con un crecimiento vertiginoso desde la década de los 90’s.

4 Por “multiculturalismo” se entiende la coexistencia, dentro de un territorio, de diversas culturas y grupos sociales.

5 Por “imaginarios culturales” podría entenderse el conjunto de visiones, posturas, creencias que un colectivo alberga, en gran parte condicionadas por el entorno y las experiencias de que son testigos.


6 Si bien existen claras diferencias culturales en estos territorios ahora dominados por la era global, es la propia idea del multiculturalismo la que se ha encargado de propagar el adjetivo de radical, y entonces es así como se produce un marcado afán de diferenciación, y la creación de nuevas fronteras, ahora imaginarias ya no territoriales, que impulsan la discriminación.

7 No se pretende aquí descalificar prácticas culturales de áreas urbanas y rurales; se busca poner de relieve el choque cultural de grupos sociales pertenecientes al propio Estado.

8 El término “Ciudades globales” hace referencia a la denominación que la socióloga Saskia Sassen hace de un selecto grupo de centros urbanos que hoy lideran las esferas de la economía y la política mundial, a consecuencia de la globalización.

9 Artículos de los diarios La Vanguardia y El País, referentes a la situación de los inmigrantes en España pueden ser confrontados en: http://www.lavanguardia.com/20110730/54192876928/los-centros-de-internamiento-de-extranjeros-delcampo-de-gibraltar-temen-saturarse-si-continuanlleg.html http://www.elpais.com/articulo/espana/Rescatados/43/inmigrantes/trataban/llegar/Espana/bordo/patera/elpepuesp/20110726elpepunac_1/Tes


10 El término “Pateras” significa pequeñas embarcaciones, en su mayoría de madera, de construcción sencilla y rudimentaria, en las que suelen transportarse los inmigrantes, aunque su uso no se debe exclusivamente a los primeros.

11 Cfr. http://www.publico.es/internacional/336331/francia-ataca-a-los-gitanos-por-ser-gitanos


12 Permanecen, sin duda, muchas otras evidencias aquí sin mencionar. Algunas de actualidad, y en términos retrospectivos, infinidad de casos por contar.

13 “Identidad cultural” entendida como los valores, creencias, tradiciones y pautas de comportamiento que hacen de cada grupo social o colectividad algo único. Y la mencionada lucha se enmarca precisamente en la protección de aquellos valores y tradiciones que les permiten a los individuos sentirse pertenecientes a su cultura de origen, aun cuando por diversas circunstancias viven en un territorio diferente al propio. No implica, sin embargo, que esta lucha sea encabezada por todos aquellos que residen lejos de sus comunidades de origen; existen practicas al interior de las comunidades que son objeto de discusión
entre sus propios integrantes.


14 Se habla de un consenso mínimo, si se quiere, en la esfera pública, por cuanto es esta el escenario en
el que interactúan las distintas identidades culturales, sus intereses y pretensiones. La esfera privada y las
discusiones que al interior se tejan, son objeto de problemáticas anunciadas en las líneas siguientes.

15 La política del reconocimiento debe su aparición en el panorama contemporáneo al filósofo Charles Taylor con su Ensayo sobre la política del reconocimiento. Seyla Benhabib lo retoma en sus discusiones sobre Las reivindicaciones de la cultura. ¿De la redistribución al reconocimiento? El cambio de paradigma de la política contemporánea. Pág. 95- 144.


16 Nancy Fraser, por su parte, aborda algunas de las ideas que se tejen y subyacen tras este término.

17 La explotación laboral, los bajos recursos destinados a la seguridad social y el sistema de pensiones, y la marcada brecha entre ricos y pobres, son abusos que con el capitalismo abanderado por Occidente, se tejen sobre la población.

18 Las prácticas culturales que se tejan alrededor del mundo y su evaluación son objeto de otra discusión.
La que ahora nos ocupa advierte el posible choque entre las culturas y sus prácticas, que surte de la convivencia obligada con otras identidades culturales; panorama planteado por el “multiculturalismo”.

19 Seyla Benhabib al igual que teóricos y filósofos como Jürgen Habermas y John Rawls se han propuesto desarrollar el modelo de democracia deliberativa acuñado en la década de los 80’s por el catedrático Joseph .M Bessette. Los análisis corresponden a diferentes matices sobre el ejercicio de este modelo de democracia, pero la propuesta que aquí recogemos es la elaborada por la escritora Seyla Benhabib.

20 Disímiles posturas, opiniones y visiones de mundo aquí resaltadas. No es este sin duda el único escenario en el que se producen, la temática educativa, hoy objeto de discusión por cuenta del proyecto de reforma a la Ley 30 de 1992 sobre la educación superior, ha provocado un intenso debate sobre la conveniencia o no de su puesta en marcha. El ente público, el privado, la universidad, el gobierno, múltiples posturas e intereses enfrentados, y lo cierto es que no existe, como en la dinámica cultural anterior, una verdad absoluta. Una deliberación, entonces, en la que las partes señaladas participen activamente y tengan la posibilidad de renegociar, si se quiere, sus intereses, queda aquí sobre la mesa.


Referencias

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