Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Universidad y olvido: En defensa del mundo de la vida


David Jiménez Gonzáles1 ; Universidad de Caldas; davidjimenezgonzales@hotmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

En el presente artículo se discuten dos tesis que se complementan. Primero: la necesi­dad de separar el sentido de pertenencia a una institución universitaria de la espon­taneidad de los individuos que conforman ésta. Segundo: el urgente reconocimiento de la universidad como entidad radical­mente pública, lo cual posibilitaría que se dieran las condiciones mínimas para las plenas libertades sociales al conocimiento y a la duda. Ambas tesis se reconcilian en admitir que la educación superior hace parte también, como las escuelas técnicas e industriales, en la división social del trabajo; aunque la universidad eduque, ex­clusivamente, a futuros profesionales cuyos esfuerzos laborales serán menos manuales que mentales.



La mente, invisible ante todos, se convierte en un muro y la historia es borrada de un solo golpe...

Muse, MK. Ultra

     La Universidad es la interrogante hecha institución, o al menos es una especie de check-point entre esa frontera que separa el hallazgo de respuestas y la formulación de preguntas. No obstante, siempre ha sido proverbial el carácter monástico de las instituciones de educación superior –quizás un rezago de las primeras universidades, donde Aristóteles y Santo Tomás de Aquino aderezaban teodiceas y perpetuos y bizan­tinos cursos de casuística-. En las universi­dades se forjan lenguajes que dudan de lo que hay tras avasallar sus puertas: lenguajes profesionales que probablemente revaloren y ayuden al manejo y a la comprensión de las acciones y los sucesos del mundo y del ser humano. Recordando los conceptos ela­borados por Wittgenstein, la Universidad “dice” lo que está afuera de ella; en cambio, el mundo y lo humano que habita en este sencillamente “muestran” lo que son. Esto es, simplemente, que la Universidad devela ideas o impulsos que están implícitos o que se aceptan tácitamente en la vida cotidiana. Ese espacio donde todo se “muestra”, donde se actúa más que se devela, es lo que podría llamarse “el mundo de la vida”: el mundo donde diversas formas de ver y de vivir la cultura se relacionan y se combaten, donde la racionalidad surge entre el diálogo libre y espontáneo en el enfrentamiento entre diversas existencias y nuevos hallazgos, el mundo de la charla libre más que de la participación en el aula. En ésta – en el aula - puede surgir un mundo que duda de esa vida que se derrama y que se da con la luz del sol y con el cansancio y la fuerza de los cuerpos y con las ganas de seguir respirando. En la universidad se “sistema­tiza” el “mundo de la vida”, con diversos fines: controlarlo, catalogarlo, registrarlo, conocerlo, entender sus orígenes y com­prender sus probables fines; eso está bien, y es necesario que el lenguaje “sistematice” el mundo de la vida para que se dé la me­moria histórica -i.e. la herramienta con la que colectivamente recordamos nuestros triunfos y errores pasados y mejorar nuestra experiencia social, y -¿Por qué no?- nuestras propios asuntos como individuos: Un mal recuerdo es siempre un poderoso argumen­to para realizar y/o dejar de hacer algo-. La convivencia entre Universidad y Sociedad es la misma que se da entre el mundo de la vida y el lenguaje sistematizador con el que tratamos de apreciar y recordar aquel mundo. Con el paso del tiempo la memoria histórica, guardada y defendida en y por las instituciones educativas nos “dirá” y relatará lo que en el pasado simplemente “se mos­traba” o se experimentaba cotidianamente según los usos, las costumbres y los criterios de una sociedad que podría haberse perdi­do en el olvido. La Universidad debe ser el bastión de la memoria con una finalidad especial: la emancipación y la llegada a la “mayoría de edad” –en términos kantianos - de los habitantes de la región donde una universidad se haya arraigado (Mas que simplemente establecido o fundada como otra institución burocrática a la vista: arrai­garse significa, entonces, estar presente en las diversas actividades que vinculan a una sociedad, actividades que hagan posible que tal sociedad no caiga en el atomismo ni se hunda en la indiferencia colectiva). En el caso de la Universidad de Caldas, esta debe promocionar la memoria histórica de la sociedad caldense: su literatura, su música, el recuento de su desarrollo histórico en relación con el nacional y el mundial, las características más sobresalientes de su fauna y flora, las posibilidades que esta parte del país ofrece a sus propios habi­tantes antes que al resto del mundo. La Universidad, a la larga, es signo de identi­dad regional: es la institución que hace de la comunidad algo distinto frente al resto de las otras comunidades reunidas bajo el conjunto de la sociedad global. Empero, la relación entre el “mundo de la vida” y los “lenguajes sistematizadores” no es sencilla, en un mundo donde la modernidad, para que continúe con nosotros, constantemente esté ardiendo. La relación que acabo de describir suena demasiado ilusa cuando tenemos en cuenta como los egresados son arrojados al mundo de la vida tras su graduación, como las políticas guberna­mentales y la opinión pública se olvidan del propósito de la universidad y como, poco a poco, la convierten en un medio no para la formación de ciudadanos sino en nuevos consumidores desmemoriados. De este paraíso, idealizado y en llamas, que es la relación Universidad-Mundo, surgen para mí, dos problemáticas básicas para pensar la universidad como ente imprescindible de lo público: la universidad como refugio de soledades que se comunican y la univer­sidad como espacio socavado y tumba de lo público. En las siguientes dos secciones, ofreceré panorámicas más realistas y urgen­tes sobre el presente y probable futuro de la educación superior.

1. Realmente, las Universidades son solo lugares, entre muchos otros, para que se dé el pensamiento creativo; pues a la larga ellas tienen, como función social, participar en la división social de trabajo: en estas se educan la “élite del pensamiento” –i.e.: Los trabajadores que ofrecen, más que su tra­bajo físico y/o manual, su trabajo psíquico y mental: médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, profesores, científicos e inves­tigadores de toda índole, etc.-. Puede servir la Universidad como espacio para que las ideas choquen y surjan mejores pensa­mientos: es igualmente una plaza donde protestar, donde divergir, donde criticar, a la vez que es el mejor lugar para pontificar y formar el pensamiento etiquetador de la verdad: una verdad configurada socialmen­te, según las necesidades y los intereses del poder (Sea este político, económico o social; Sea simplemente la formadora y compiladora del Zeitgeist según quienes pretenden). No obstante, estoy de acuerdo con Gabriel Zaid con la idea de que la Universidad es un lugar que no ofrece ma­yores garantías para que la espontaneidad del espíritu surja libre. Como muy bien lo recuerda el ensayista mexicano, los grandes pensamientos y las grandes obras, por lo general, se concibieron no a causa de, sino a pesar de la Universidad: es en el mundo del individuo dotado, dado desde la moder­nidad e inmerso en la cultura empresarial y comercial, donde la genialidad se manifiesta sin ninguna traba educativa o institucional: de Gutenberg, Leonardo y Erasmo hasta Octavio Paz, Woody Allen y Jim Morrison, pasando por Schopenhauer –aquel renega­do de las Universidades de su tiempo-. A la larga, el individuo crea y la universidad va detrás para juzgar o desechar lo que es aceptable o no: lo que podría ser aceptable, dentro de un criterio sistematizado, en el mundo de la vida. En palabras de Zaid (2010):

No faltan los convencidos de que la institución medieval, paradójicamente, es el centro de la cultura moderna. No lo es. En primer lugar, porque la enseñanza superior no es lo mismo que el desarrollo de la cultura superior. La universidad puede generar innovaciones en sus departamentos de investigación y extensión cultural, si los tiene y los apoya, pero está centrada en la educación. En segundo lugar, porque la institución del saber jerárquico, autorizado y certificado no es el medio ideal para la creatividad; menos aún si la institución es gigantesca, burocratizada y sindicalizada. En tercer lugar, porque la universidad conserva el eclesiástico desprecio del mundo comercial, que está en el origen de la cultura.

     Por otra parte, la soledad ha estado per­diendo sentido dentro de las instituciones de educación superior: entre las clases, las reuniones de los semilleros y las diversas y agotadoras actividades que implican ser estudiante o profesor, no hay tiempo para que la espontaneidad corra libre y silenciosa detrás de las páginas de un libro, impulso nacido por la mera curiosidad. No existe pensamiento o gran creatividad refugiada en un sistema que perpetua un pensamien­to de clase o una idea fija de lo que es la educación: en vez de formar hombres y mujeres con criterio propio, inoculamos, por medio del tiempo apresurado y del excesivo trabajo, una nueva forma de violencia sim­bólica, que hace graves diferencias (o vives la experiencia universitaria o simplemente eres un estudiante preparándote para una vida que no merece ser la pena cuestionada, sino regulada, formada para obedecer). La universidad que intentaba comprender el mundo de la vida, ahora trata de adap­tarla o de arrojarla tras haberla ajustado a un “lecho de Procusto” académico. Esto implicaría que las nuevas formas de hacer universidad gritarán con sus actos: “Si hay una brecha entre la libertad de la vida y la institución universitaria, peor para la vida.” Y quienes más perjudicados se ven ante esta burocratización del tiempo en su experien­cia universitaria son aquellos muchachos inquietos y curiosos, que no lograron des­tacar académicamente en el colegio, porque preferían hacer algo más valioso con su tiempo en vez de ser ejemplos andantes de “pertenencia” a un modelo de vida que han escogido por ellos: son esos muchachos que son semejantes a Holden Caufield de “El Guardián entre el Centeno” o a los prota­gonistas de las películas de John Hughes – tales como “Ferris Bueller’s day off ” o “The Breakfast Club” – quienes tendrán que hacer un mayor esfuerzo para conser­var la conciencia de quienes son realmente antes de ser definidos por una función pedagógica a largo plazo. Parafraseando a William Deresiewicz, hay que llamar más la atención sobre el “espíritu humano que en el espíritu institucional” para que los estudiantes “porten preguntas, no hojas de vida”: “Sí sé –continúa Deresiewicz – que la vida de la mente se vive de manera indi­vidual cada momento: una mente solitaria, escéptica y resistente en cada momento. El mejor lugar para cultivarla no es dentro de un sistema educativo cuyo verdadero pro­pósito es reproducir el sistema de clase.”

    Sin dejar a un lado nuestro utopismo – visto desde la concepción que hace Slavoj Zizek de lo que es una “Utopía”: un arrebatado deseo de ser un ser humano original, a la vez que escapar lo más lejos posible de cualquier necesidad impuesta socialmente, sean etiquetas de izquierda o de derecha, en el mundo después del fin de la Guerra Fría- no debemos olvidar que la Universidad no forma solamente personas con un gran sentido y consciencia de lo humano, sino también empreados y profesionales que buscan ganarse la vida por medio de sus talentos y capacidades. Lastimosamente, la carrera por el talento, una de las grandes herencias de la Ilustración y de las revoluciones burguesas, se ha estado diluyendo en el "fetichismo del diploma." (Una actitud que podría resumirse metonímicamente en la escena de "El mago de Oz" cuando el Espantapájaros recibe un Ph.D. en "pensología") Digámoslo de una vez: las necesidades: las necesidades del público en egenral no se adaptan con éxito a la oferta universitaria: cinco años, para muchos, es demasiado tiempo (teniendo en cuenta el desempleo juvenil en ascenso); y además: que nunca se deja de aprender, que haber obtenido el título no significa la conservación y la eficacia de los conocimientos obtenidos por el graduado durante su estadia en la universidad, que existe más el afán del prestigio que de conocimiento y que, en el lastimoso detrimento de las artes manuales y de la técnica, el conocimiento integral de un hombre ha atrofiado el talento individual, gracias a un criterio "demasiado universitario" (I. e: la supuesta "superioridad" de las disciplinas impartidas en la universidad, sobre las que implican habilidades consideradas "pedestres": cocina, bricolaje, etc.) Tal es el afán por un título: que este, como un penacho de prestigio social, se ha convertido en un fín en sí mismo (lugar que debería corresponderle al conocimiento); pero tal necesidad no se refleja ni en la gran calidad de la debida profesionalización ni en el valor de una persona, más que en el precio -costoso- para conseguir el diploma. En palabras de Zaid (2010):

    “No se puede ignorar que la demanda de credenciales deriva de una confusión entre el apetito de saber y el deseo de progreso. El título y el automóvil son símbolos pode­rosos, casi religiosos, de la cultura del pro­greso. Por eso, las universidades y el tráfico seguirán empeorando y costando cada vez más. (…) Hay que resignarse, por ahora, al negocio de los títulos universitarios. Pero no a que el negocio arruine lo principal: el apetito de saber.”

    Una universidad que no ayude a la educa­ción emancipadora, sino a la continuación hegemónica de un solo modelo de ser en sociedad, socavando la soledad y el criterio independiente de los estudiantes, no ayuda para nada en la formación de ciudadanos, sino en la lenta conducción de los nuevos consumidores hacia espacios que han pros­crito lo público.

    2. Antes era inconcebible un espacio con­siderado “políticamente aséptico” entre el comercio y el ciudadano. Ahora es nuestro mejor emblema de civilización: el centro comercial. Gracias a la continua socavación del espacio público, poco a poco se van reduciendo los lugares donde disentir. (Un centro comercial no es un lugar para di­sentir, es un lugar para comprar y comprar como pasaporte de una nueva comunidad, la comunidad consumidora.) El olvido del espacio comercial, que enajena el espacio público, realiza la lógica del “chocolate laxante” de Zizek: en las cosas que podemos considerar potencialmente como males están también su cura: café descafeinado, azúcar sin sacarosa, sexo virtual sin los peligros del sexo real, etc. La lógica de la compra implica también la lógica del café descafeinado: compramos para olvidar, compramos para no protestar, compramos para disfrutar sin comprometernos: un cen­tro comercial no implica para nada ir con unas cuantas pancartas y hacer un piquete; ir a al centro comercial implica un “pensar sin pensar”, un double dip: piensen en las diversas empresas o productos que destinan una parte de sus ganancias a alguna obra de caridad. Al consumir hacemos parte de una gran comunidad de la que nosotros somos la cima: estamos parados sobre una pirámi­de invisible de relaciones cuyas condiciones perentoriamente injustas no se resuelven con nuestra “caridad de factura”. Con esto en mente, al comprar algo nos sentimos más “humanitarios”: tras entregar nuestro dinero, estamos haciendo parte de un “consumismo con rostro humano,” (porque, como dicen muchos anuncios, un porcentaje de nuestro dinero estará destino a conservar la herencia de una cultura tribal, una reserva natural, la protección de una especie en vía en extinción, a paliar un poco la angustiante situación moral de los “desplazados”, etc.) La compra es un placebo de nuestra con­ciencia, al estar tomando o disfrutando algo cuyo origen -o forma de posicionamiento en el mercado- es “non sanctum”. Ahora bien, ¿Podemos concebir a la Universidad dentro de la lógica del “Chocolate laxante”? Lo más cercano puede ser una universidad privada con ánimo de lucro destinada a la continuación de una hegemonía cul­tural –probablemente conservadora- o a una Universidad convertida en un centro comercial, en donde el posicionamiento de las marcas prima sobre la formación de oposiciones.2 La crisis de la financiación en las instituciones de educación pública –desde la básica hasta la universitaria, y dada con sus rasgos más absurdos en la Norteamérica del último decenio del siglo XX - ha sido aprovechada por las grandes marcas para conquistar y expandir un nue­vo rango de consumidores: los estudiantes. A cambio de promocionar un producto –en máquinas expendedoras, en los uniformes de los deportistas, en afiches puestos en los baños, entre otras estrategias-, las compa­ñías ofrecían equipos de alta tecnología, las cuales, desde mediados de la década de 1990, fueron necesarias en la gran compe­tencia de la eficiencia educativa. Muchas empresas norteamericanas, quienes fueron las precursoras de esta nueva plataforma económica, se defendieron apelando a la supuesta “racionalidad” de los estudiantes en distinguir “el contenido publicitario del destinado a la formación estricta, dentro de sus campañas,” obviando la saturación de mensajes y de vallas que invaden nuestras ciudades y nuestros medios de comunica­ción.3 La oposición, o cualquier negativa, a este modelo de financiación implicaba el fin inmediato del contrato entre las compañías y los centros de educación: ya sea porque una investigación concluía en contra de la eficiencia de una nueva medicina o sobre los vínculos de una empresa con dictaduras bananeras, la corporación llevaba las de ganar al restringir cualquier apoyo mone­tario ante cualquier duda de la naturaleza del vínculo comercial entre la institu­ción educativa y su “socio estratégico.” Posteriormente, el comportamiento de los estudiantes en las instituciones con fuerte influencia del poder corporativo, se vio afectado en como asumían su compromiso educativo y en cómo se desempeñaban. Finalmente, la brecha entre las carreras con sentido más “práctico” (como las inge­nierías y la arquitectura) y las que ofrecían más espacio para la “crítica radical” (como las artes, las humanidades y las ciencias políticas) se amplió dramáticamente al declinar éstas últimas -con argumentos espuriamente intelectuales- hacer cualquier juicio ante cualquier conflicto burocrático o institucional respecto a cualquier pro­blemática universitaria concreta. Mientras las corporaciones tomaban más espacio dentro de las universidades norteamerica­nas –en eventos culturales, en proyectos de investigación, o simplemente invirtiendo dinero en infraestructura- muchos profe­sores de sociología y filosofía trataban de definir lo “políticamente correcto” en los nuevos “paradigmas” de “pluralismo” de la llamada “posmodernidad”. Parafraseando a Klein, si la verdad es relativa, si su idea es artificial y si los grandes relatos han su­cumbido en el “suicidio de la razón” ¿Cómo sabremos si los diálogos de Platón tienen más autoridad que la última película de la saga “Twilight”? Podemos concluir que la lógica del “Chocolate laxante” implica una fuerte dosis de olvido: una invasión de imágenes seductoras en todos los espacios públicos –en los paraderos públicos, en los muros de los edificios residenciales y, cómo acabamos de ver, en las universidades: en las cafeterías, con sus televisores de pantalla plana pasando tanto anuncios instituciona­les como propagandas, en las carteleras, en sus publicaciones, en sus actividades- que no pueden ser estudiadas a cabalidad por muchos “humanistas” empleados allá, empeñados en no salvar la sima entre el mundo y la Universidad, en una actitud pasiva que va en detrimento de cualquier oportunidad de hacer y llevar a cabo la crí­tica y en desprestigio de la enseñanza (con­vertida, en la Universidad como un Centro Comercial, en Propaganda, o en un espacio, vacío y silencioso, prontamente destinado a ésta). Ante esta visión del desarraigo de la universidad, podemos decir que ahora es una institución semejante al supermercado: un lugar donde, en palabras de Ann de “My life without me”, “nadie piensa ya en la muerte.”

    Finalmente, pagar por la educación como un producto más nos puede dar una idea del “precio del prestigio social” que debe­mos aceptar como camino hacia el diploma –diploma considerado como “certificado de pensamiento”-. El precio de una matrícula alta es un sucedáneo que nos hace olvidar el valor del esfuerzo intelectual - más allá del esfuerzo monetario- : el capital como criterio tácito de la importancia de la edu­cación. Entonces no tenemos, en principio, un estudiante con aspiraciones de ser un ciudadano integral, sino un consumidor: un consumidor adaptado a los espacios “despolitizados” de la Universidad privada, del centro comercial –pues no existe otro espacio posible donde el inconformismo se dé que en el público, un consumidor formado no en la disciplina de pensar, sino en la facilidad de ser formado pasivamen­te-. El análisis del mundo de la vida se ha visto violentamente interrumpido por otra forma de sistematización: la del capitalismo y su tácita lógica de la división del trabajo. ¿Puede existir espontaneidad en el estricto criterio monetario como lo hay en el mun­do de la vida y en la sed del conocimiento? Una interrupción así, en unos tiempos donde la conciencia social se ha diluido –donde casi cualquier ánimo de reforma social suena a mesianismo mal digerido, con un tufo previo a la caída de la Unión Soviética-, ayuda al olvido de la universidad como bastión de la memoria histórica, pues esta se ve reemplaza rápidamente por las formas sociales del consumo, destruyendo parte de la conciencia de la comunidad. La memoria histórica es defendida por los grandes insatisfechos, por las soledades anfibias que se refugian en la universidad y que también tuvieron la alternativa de estar en contacto con el mundo fuera de la ella, en el mundo empresarial, sin que tuvieran que ser enajenados por este. El encuentro entre el mundo de la vida y la sistemati­zación universitaria puede tener un gran efecto revigorizante y retroactivo para am­bos polos: un mayor sentido de comunidad basado en el conocimiento, el encuentro y la crítica, donde surjan ciudadanos con gran sentido político, y no consumidores sin tener siquiera el remordimiento de no poder cambiar las cosas en algo - quienes simplemente se resignarán a un lenguaje conservador, un lenguaje del breve disfrute que no podrá formular su carencia de libertad-. Es interesante este “consumismo con rostro humano”: hace caridad sin ir al fondo de los problemas sociales, un consumismo que oculta la amputación de las conciencias de quienes lo defienden en un plano inconscientemente ideológico (o tras pasar por un grosero adoctrinamiento por ignorancia: no pensar en lo que pasa y se vive en el presente). Una universidad que apoye por estos medios a esta clase de consumismo es conservadora: tal carácter es contrario a la disidencia de los espacios públicos, a la conciencia crítica, a la angus­tiosa libertad del mundo de la vida.

 

Notas

1 Profesional en Filosofía y Letras, Universidad de Caldas. Estudiante, tercer semestre de Derecho, Universidad de Caldas.

2 Esta amenaza no es para nada nueva. Naomi Klein, al principio de su capítulo "Las marcas y la enseñanza: los anuncios en escuelas y universidades"de su libro "No Logo" cita a James Rorty, gurú dela publicidad, en una declaración de 1934: "El sistema democrático de educación [...] es una de las mejroes maneras de crear y expandir los mercados de artículos de toda clase, y especialmente de los que pueden ser influidos por las modas" Klein, posteriormente, nos sacude para tomar pronto nuestras propias decisiones como ciudadanos y hacer defensa de lo público desde el corazón universitario: "Más radicalmente que las nociones algo anticuadas de la educación y la investigación "puras", lo que se ha perdido desde que las facultades pasan por ser empresas"(para repetir la expresión de la Universidad de Florida) es la idea misma del espacio sin marcas. En muchos sentidos, en nuestra cultura las escuelas y las universidades son la personificación más tangible del espacio público y de la responsabilidad colectiva. En especial las universidades, con sus albergues, sus bibliotecas, sus espacios verdes y sus normas compartidas de expresión libre y respetuosa, desempeñan un papel esencial, aunque ahora casi simbólico: son el único espacio que queda dónde los jovenes pueden ver cómo se vive una auntentica vida pública. [...] tales espacios casi sagrado nos recuerdan que los espacios sin marcas son todavía posibles." KLEIN, Naomi: No Logo: El Poder de las Marcas. Traducción de Alejandro Jokl. Editorial Paidós, Barcelona, 2001. Pg. 108 y 127-8.

3 Véase Ibíd. Pág. 125-6.

 

 

 


Referencias

 

DERESIEWICZ, William. Las desventa­jas de una educación de élite. En: Revista El Malpensante, lecturas paradójicas: marzo de 2009, No. 95

KLEIN, Naomi: No Logo: El Poder de las Marcas. Traducción de Alejandro Jokl. Editorial Paidós, Barcelona, 2001.

ZAID, Gabriel. La canasta costosa En: Revista El Malpensante, lecturas paradójicas: noviembre de 2010, No. 114.

_____________. La Institución Invisible En: Revista El Malpensante, lecturas para­dójicas: agosto de 2010, No. 111.