Año 1 No. 1 Julio - Diciembre de 2006

Sobre la diferencia entre los objetos del mundo externo y el pensamiento puro en Descartes


Leonardo Cárdenas

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

La principal preocupación filosófica de Descartes fue la de identificar las condiciones de posibilidad del   conocimiento,   más   exactamente   de   su certeza; ello lo sustenta en el sujeto pensante. En el presente trabajo se analizarán los pasos que Descartes utiliza para llegar a definir qué es una cosa pensante y saber cuál es el papel que juegan los objetos físicos para llegar a tal conclusión.

Abstract

The    main    Descartes’   philosophical    worry was to identify the possibility conditions of knowledge, particularly, of his certainty; that thing  it  is  sustained  on  the  thinking  subject. This contribution will analyze the steps used by Descartes to define what a thinking entity is and to know which is the role that the physical objects play to reach this conclusion.

Palabras Clave

Objects of the external world, The nature of the human mind, A clear and different idea, A thinking entity, Pure knowledge.

Introducción

Siempre que Descartes habla o hace referencia hacia los objetos del mundo externo, no está tratando de investigar la naturaleza de tales objetos sino la naturaleza de su propio pensamiento y la forma en que este último conoce las demás cosas. Desde el título de la segunda meditación, De la naturaleza de la mente humana y cómo es conocida más fácilmente que el cuerpo, ya Descartes nos ofrece algunas pistas sobre la idea del argumento que va a utilizar, pues su consideración principal es que, de la única cosa de cuya naturaleza tiene una idea clara y distinta es que él es una cosa pensante; ya que los datos que le ofrece el sentido común son a menudo confusos.

Así, los argumentos que Descartes usa (en la segunda y quinta meditación, principalmente) no hacen referencia a los objetos del mundo externo. Lo que en realidad está buscando es la manera o las condiciones de posibilidad para conocer aquellos objetos.

De esta manera, el presente trabajo tiene como propósito principal el de analizar y seguir los pasos que Descartes utiliza para llegar a la conclusión de que es una cosa pensante y saber cuál es el papel que juegan los objetos físicos para llegar a tal conclusión. Por eso no sobra advertir que, aunque parece que los dos temas se solapan (mundo externo e intelección pura), lo que en realidad le interesa a Descartes es conocer la naturaleza de la mente.

El argumento principal que se encuentra en la segunda meditación es el siguiente: “la idea del sentido común de que los objetos físicos son conocidos más claramente que la propia mente es falsa, y ésta es la conclusión que parece considerar como el meollo del argumento sobre los objetos físicos” (Williams, 1996: 272). Para llegar a esta conclusión, Descartes utiliza el ya conocido ejemplo de la cera, que consiste en explicar que los datos que me ofrece el sentido común no son fiables para conocer la naturaleza de la cera, pues las cualidades de que está formada, dulzura, blancura, etc., tienden a cambiar y a ser reemplazados por otros atributos físicos. Así, lo único que queda de la cera es que es algo extenso, flexible y cambiante.

Es en este punto donde Descartes ofrece dos argumentos relevantes a favor de la facultad del juicio que hay en la mente.

El primero de ellos consiste en que la percepción de las cosas se hace mediante una “inspección de la mente” y no por los atributos del sentido común. Pues los datos que me otorga el sentido común sobre las cosas son demasiado confusos y no son para nada firmes.

El segundo argumento dice: “la cosa que pensé que veía con mis ojos [en este caso la cera] en realidad la comprendo simplemente por la facultad del juicio que se encuentra en mi mente”. (Descartes, 2001: 19)

Así pues, una conclusión que se puede derivar de ello es que conoce mejor la propia mente que los objetos del mundo físico. “Y ello porque todas las percepciones y juicios que hace con referencia a cualquiera de esos objetos implicarán una vez más que él existe como cosa pensante”. (Williams, 1996: 274)

Aunque esta conclusión trae consigo una dificultad cuando entra en juego la idea de esencia, pues se supone que la esencia de las cosas es lo que permanece igual, lo que no está sujeto a cambios (por ello la esencia no involucra ninguna cualidad sensible). La dificultad radica en lo siguiente: el cambio de cualidades no supone que no pueda haber un enunciado que contenga referencia a esas cualidades, pues podría pertenecer a su esencia como “cera” el que tuviese un olor en unas circunstancias y otro olor distinto en circunstancias diferentes. Entonces, lo único rescatable como perteneciente a la esencia de la cosa (o de la cera en este caso) es que es flexible, extensa y cambiante.

Esta conclusión, no obstante es muy discutida, “ya que se pasaría de decir que para cada cualidad sensible podamos concebir un cuerpo material sin ella, a decir que podamos concebir un cuerpo sin ninguna de esas cualidades sensibles” (Descartes,

2001: 279). Descartes, sin embargo, hace dos advertencias para salvar su argumento. La primera, que es la más simple, indica que lo que está discutiendo es en relación a la cera, sobre este trozo de cera; y sostiene, en segundo lugar, lo que ya habíamos advertido atrás: que podría pertenecer a una propiedad esencial de una cosa, tener una propiedad sensible en un momento determinado, y otra propiedad en otro momento.

Bien, está claro que tenemos una idea de la cera que permanece a pesar de los cambios, pero ello no se obtiene mediante los sentidos sino por un acto derivado de la mente, tal idea (adecuada) de la cera es, como ya se dijo, una cosa extensa, flexible y cambiante.

Hasta ahora podemos sacar tres conclusiones principales:

1.  Descartes piensa que conoce mejor su propia mente que a los objetos físicos Pues en realidad las cosas se perciben mediante el entendimiento.

2.  La sustancia, al parecer, es algo distinto de las cualidades sensibles, por lo tanto no se puede conocer la sustancia por medio de los sentidos.

3.  Mediante el intelecto puedo formarme una idea de las cosas de forma clara y distinta, como en la idea que obtengo de la cera de ser extensa, flexible y cambiante. (Este tema lo ampliaré en seguida).

En la quinta meditación, Descartes pretende investigar principalmente dos temas. El primero de ellos intenta mostrar que existen cosas diferentes y externas que son incompatibles con las cualidades de la mente; y el segundo trata de examinar la posibilidad de separar de tales cosas las ideas que son claras y distintas de las que no lo son. Podríamos empezar por resolver esto, explicando lo que quiere decir Descartes por ideas claras y distintas.

Se puede pensar en cosas claras y distintas cuando se consideran la cantidad, extensión, profundidad; así como cuando tomamos sus movimientos, magnitudes, figuras, etc. En otras palabras, los atributos que pertenecen a las cosas son claros y distintos en la medida en que por medio de la intuición intelectual les podemos aplicar los principios de la matemática pura. Entonces, para Descartes podemos tener ideas claras y distintas a través de la intuición intelectual; y sólo así podemos lograr un criterio verdadero acerca de los objetos externos. Queda claro pues por qué la idea adecuada de la cera (flexible, extensa y cambiante) es clara y distinta, en tanto que es una idea a la que se llegó por medio de la intelección pura, aplicándole principios matemáticos.

Bien, aún siendo ello uno de los razonamientos mejor logrados de Descartes, no sería adecuado interpretarlo en un sentido demasiado estricto. Pensemos por ejemplo en un mundo en el cual la naturaleza de los objetos dependiera de nuestras creencias subjetivas respecto a ellos; tal argumento implica entre otras cosas, que no podríamos hablar objetivamente del mundo. Esto quiere decir que, independientemente de que me imagine o no ciertas figuras, mi intuición intelectual no altera y no influye para nada en la esencia de la naturaleza de tales figuras. Descartes afirma que a la figura de un triángulo, por ejemplo, no le puedo atribuir ciertos caracteres por medio de mi pensamiento, ya que ellos subsisten por la necesidad de la cosa. En otras palabras, Descartes piensa que podemos lograr una objetividad del mundo aplicándole los principios de la matemática pura y que nuestras creencias e interpretaciones particulares no nos impiden hablar objetivamente de él.

Parece que este argumento de Descartes tiende a complicarse cuando se ocupa de la idea de Dios, pues según Descartes, para asegurarse de la certeza y de la verdad de las ideas claras y distintas que les son propias a la ciencia, tiene que asegurarse primero del conocimiento verdadero de Dios. Pero, en realidad, para Descartes la idea de Dios no constituye ningún obstáculo y la supuesta dificultad la resuelve de la siguiente forma: él argumenta que puede tener la completa certeza de aquel ser omnipotente ya que no se lo puede imaginar de otra manera sino como un ser que tiene todas las perfecciones; y dado que la existencia es una de sus perfecciones, no puede decir otra cosa de él sino que efectivamente existe. Así, la existencia es inseparable de Dios, como cuando pienso en el triángulo con sus tres lados o el hecho de pensar un monte con un valle. A esta justificación del argumento de Descartes podríamos añadirle otro que ya insinuábamos atrás; Descartes puede creer en la existencia de un Dios pero su creencia no le impide hablar, en lo más mínimo, objetivamente del mundo.

Ahora, Descartes puede decir que las cosas materiales existen porque son objeto de la matemática pura y de la geometría, pues por esta actividad las puedo percibir claras y distintamente. Queda aún por hablar de la facultad de la imaginación, ya que podemos confundirla con la intelección pura. Sin embargo, la imaginación no es una condición necesaria de la naturaleza de la mente, “ya que, aun si careciese de ella, es indudable que yo continuaría siendo el mismo que soy ahora” (Descartes, 2001: 24). Es en este punto donde Descartes diferencia la imaginación de la intelección pura. La diferencia consiste en que esta última al realizar el acto de entender, siempre se retrotrae hacia sí misma y puede analizar y reflexionar las ideas claras y distintas que en ella existen sin necesidad de recurrir a otra facultad; en cambio, la facultad de la imaginación cuando imagina algún cuerpo siempre hace referencia a éste y no a la mente. Veamos: “En el caso de la figura simple, tal como un triángulo o un pentágono, podría sentirse tentado a pensar que su comprensión de las propiedades de la figura estaba contenida en su posesión de una imagen de la misma. Pero entonces considera el caso de una figura más compleja, como la de un miliágono (una figura de mil lados). En este caso es claro que incluso si puede formar una vaga imagen de esa figura, ésta no diferirá de una imagen con un lado más o menos. No obstante, puede comprender claramente de modo intelectual la diferencia en propiedades entre esas diferentes figuras; se sigue de ahí que esa comprensión intelectual no puede ser ni derivada de, ni expresada adecuadamente en, imágenes. Esta es otra variante del tipo de reflexión que Descartes ha hecho repetidamente sobre la diferencia entre la imaginación y el intelecto”. (Williams, 1996: 294)

Además de las ideas claras y distintas que existen sobre los objetos del mundo externo, también se pueden imaginar otras cosas que son distintas a ellas como los colores, sonidos, sabores, colores, etc. Sin embargo, estas cualidades no nos ofrecen criterios reales para hablar de ellas en forma clara y distinta; tales cualidades son percibidas por medio de los sentidos y llegan a la imaginación con ayuda de la memoria.

Descartes, sin embargo, no rechaza por completo la facultad de la imaginación, de hecho pretende buscar un argumento a favor, para saber si ella puede ser compatible con los objetos del mundo externo.

Así pues, Descartes a pesar de reconocer que por medio de la imaginación y por las facultades sensibles es imposible entender en forma clara y distinta, no por ello la sensación y la imaginación pueden estar separadas de una sustancia inteligente; así también, existen otras facultades que no hacen parte de una sustancia inteligente y que por el contrario se hallan en algún objeto del mundo externo. Entre estas facultades están las de cambiar de lugar, diversidad de figuras, etc.; porque en ellas no existe ninguna intelección en absoluto, sino cierta extensión de la sustancia. Este mismo argumento lo podemos utilizar para distinguir el alma y el cuerpo, otro de los puntos centrales en las Meditaciones. Podríamos explicar esto de la siguiente manera: Descartes sostiene que al considerarse él como una cosa pensante puede diferenciarse clara y distintamente de la parte extensa que llama cuerpo, y además, puede tener la idea distinta de cuerpo. Descartes, entonces, finalmente concluye que “resulta cierto que soy realmente distinto de mi cuerpo, y que me es posible existir sin él”. (Descartes, 2001: 63)

Por esta razón Descartes no subestima el hecho de que las cosas del mundo externo existen. Lo que él dice es que “tal vez no existen todas así como yo las percibo mediante los sentidos” (Descartes, 2001: 65). A pesar de que la información que se obtiene por medio de los sentidos es muchas veces oscura y confusa, reconoce, aun así, que en los objetos externos hay formas claras y distintas que constituyen el objeto de la matemática pura. Asimismo, observa Descartes que hay algo de verdad en lo que me enseña la naturaleza del mundo externo que consiste en admitir y rechazar lo que me es desagradable y lo que no. En otras palabras, lo que me enseñan los cuerpos exteriores a mí por medio de las percepciones que obtengo sobre ellas, está destinado a indicarle a la mente “cuáles cosas son cómodas o incómodas” para las actividades que le corresponden a la mente, “y solamente en tal medida son suficientemente claras y distintas”.


Referencias

DESCARTES, René. (2001) Meditaciones metafísicas. Bogotá: Panamericana.

WILLIAMS, Bernard. (1996) El proyecto de la investigación pura. Madrid: Cátedra.