Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

Solo para fumadores autobiografía y ficción


Alejandra López Getial. Universidad de Caldas. alejandra.lopez.getial@gmail.com.

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.

Julio Ramón Ribeyro. Decálogo de cuentistas

I . Sólo  para fumadores, una obra autobiografica

Cuando hablamos de un relato autobiográfico, nos referimos, en términos simples, a la narración de alguien que pretende describir aspectos de su propia historia de vida. No obstante, la forma en la cual se expresa dicha historia puede ser variada, es decir, podemos encontrarnos con un relato que exalta temas relacionados con la vida del individuo como: su forma de ser, sus sentimientos, sus obsesiones o sus ideas, o encontrarnos con uno que simplemente trace un hecho anecdótico. Es de resaltar que, aunque no siempre este tipo de historias indaguen de manera estricta en lo personal, no puede  negarse que hay en ellas una literatura de lo íntimo.

El Yo del escritor que encontramos en los textos autobiográficos, queda plasmado en la escritura como un signo de referencia a su propia existencia. El conjunto de rasgos comunes que se encuentran en las obras cuyo referente es el Yo existencial del autor que firma la obra, lo podemos encontrar en Sólo para fumadores, de Julio Ramón Ribeyro. El relato de Ribeyro además de tener rasgos comunes con el autor –como el que el personaje del cuento tenga, al igual que su autor, uno de sus vicios obsesivos– abarca un espacio temporal que nos permite tener rastro de la vida de Ribeyro en contraste con la del protagonista de su relato. No es causal que ambos visiten España, París, Alemania, Bélgica, Múnich, Amberes, Berlín, Hamburgo y Fráncfort. Tampoco que durante su estadía en Europa, realicen una variedad de oficios para sobrevivir, como ser recicladores de periódicos, conserjes, cargadores de bultos en el metro o vendedores de productos de imprenta. Por si fuera poco ambos son los autores de Los gallinazos sin plumas1. Estos rasgos quedan se hacen evidentes cuando el protagonista de la narración de Ribeyro (1994) afirma: “(…) Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima (…)”. (p.5)

Hay entonces, sin lugar a dudas, rasgos comunes entre Ribeyro y el personaje de la obra, es decir, hay elementos narrados que el lector podría conectar de manera directa con la vida del autor. ¿Podríamos afirmar que la intención de Ribeyro era proyectar Sólo para fumadores como un relato autobiográfico? ¿Tuvo él la intención de relacionar su obra literaria con los elementos de su propia vida? 

El filósofo Jaques Derrida (1997) en El tiempo de una tesis. Destrucción e implicaciones conceptuales, plantea que escribir implica un gesto de retirarse y liberarse, es decir, que la literatura depende de la posibilidad de despegar el lenguaje de su referencia común, y liberarlo así de su encasillamiento en un determinado contexto social o biográfico, para permitirle jugar libremente como ficción. Derrida considera que hay un límite establecido entre obra y vida, y a dicho límite lo llama “dynamis”; esta diferenciación le permite al autor exponer cómo y cuándo una inscripción se convierte en literatura. “(…) de lo que se trata es de una retirada, para darle su oportunidad a un don sin la menor memoria de sí, a fin de cuentas, a través de un corpus, un montón de cenizas (…)” (Derrida, 2009, pp. 62-63)

Si atendemos a lo expuesto por Derrida, considerando ya de antemano que la obra de Ribeyro se enmarca en el relato autobiográfico, diremos entonces que no hay allí una obra literaria; pero, si seguimos las mismas líneas propuestas por el filósofo y afirmamos que en Sólo para fumadores puede haber un juego libre frente a lo concreto y lo irreal, en el que pueden existir elementos, tanto de la realidad como de la ficción, ¿estaríamos dotando a Ribeyro de un valor objetivo dentro de la obra, al mismo tiempo que lo dotamos de un valor ficcional?

 

II. Una historia ficticia o real definida por un vicio o una pasión

 

Dentro de la obra de Ribeyro, y con respecto al personaje en el que aparentemente está reflejado el escritor mismo, puede hablarse de un tipo de autodestrucción. Cuando digo que hay autodestrucción no es mi intención poner ante la mesa un discurso acerca de lo correcto o lo errado del acto de fumar, ni tampoco realizar una apología de un vicio cancerígeno; el mismo Ribeyro (1994) afirma que no le interesa sacar del relato una conclusión o una moraleja, pues no es ni moralista ni desmoralizador: “(…) No es mi intención sacar del relato conclusión ni moraleja. Que se le tome como una diatriba contra el tabaco, me da igual. No soy moralista ni tampoco un desmoralizador (…)” (p. 20).

Lo que me interesa anotar es que este aspecto, alejado de cualquier idea moral, es lo que le da al relato un tono interesante. En este relato el tabaquismo no es abordado a partir de un estigma convencional, por lo tanto no es considerado como un vicio; al contrario, pasa a convertirse en una pasión, en un elemento vital y absolutamente necesario en la vida del personaje. Se habla entonces de deseo, apetito y afición vehemente, no por un vicio, sino por aquello que de alguna manera ata a alguien a la existencia. Ribeyro, en este sentido, logra convertir algo tan cotidiano como un cigarrillo, en un elemento trascendente y esencial: “(…) el cigarrillo, aparte de una droga, era para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación (…)” (Ribeyro, p. 15).

La carga de sentido que se le otorga al cigarrillo en tanto elemento esencial para la vida, crea en el relato una dicotomía entre lo destructor, y lo trascendente y esencial. El personaje de Sólo para fumadores, no puede andar libremente si no está fumando, como se puede advertir en esta cita: “(…)  me  era  indispensable  entrar  al  Patio  de Letras con un cigarrillo encendido (…)” (Ribeyro, p.1); e igualmente se inmiscuye en una serie de situaciones en las que su afición por el cigarrillo lo lleva, por decirlo de algún modo, a tocar fondo, sin que tenga ninguna importancia el morir por una pasión común, que es, sin duda, el motor que dirige su existencia. Vemos, por ejemplo, cómo el personaje del relato actúa irreflexivamente, por el simple deseo de fumar:

 

(…) mi mente se iluminó: la solución estaba en el paquete que había arrojado por la ventana. Cuando me asomé a ella vi ocho o diez metros más abajo el terreno baldío vagamente iluminado por la luz de mi habitación. Ni siquiera vacilé. Salté al vacío como un suicida y caí sobre un montículo de tierra, doblándome un tobillo (…) (Ribeyro, p.13).

 

Además de esto, el cigarrillo y la literatura son en la historia dos elementos de vital importancia que están recíprocamente conectados: “Me encontré pues en una situación terrible –sin poder fumar y en consecuencia escribir– (…)” (Ribeyro, p.10). La pasión por el cigarrillo, como puede verse, va en este caso de la mano de la pasión por la literatura. La escritura se realiza en tanto este objeto está presente, hecho sin el cual resulta imposible transcribir o anotar al menos una línea. Un ejemplo de esto es cuando se afirma lo siguiente:

 

(…) La música la obtuve y la cortina también y pude avanzar mi novela, pero a los pocos días me quedé sin cigarrillos y sin plata para comprarlos y como “escribir es un acto complementario al placer de fumar”, me encontré en la situación de no poder escribir, por más música de fondo que tuviese. (...) (Ribeyro, p.9).

 

La literatura y el cigarrillo son, para este personaje, dos pasiones desgarradoras, vitales y trascendentes; por esto es válido afirmar que no nos encontramos ante un cuento que relata la historia de un vicio, sino ante una historia que se desenvuelve a través de la pasión.

Es el aspecto trascendente del relato lo que me permite enunciar lo que puede ser característico de la literatura en su verosimilitud; en otras palabras, el elemento esencial y trascendente, en tanto no objetual, que me permite ver la obra de Ribeyro, como ya lo expresé antes, por un lado como un relato autobiográfico, dados los rasgos comunes ya nombrados entre el autor de la obra y el personaje de la misma, y por otro lado como una construcción de la imaginación, es decir, como un relato de ficción que implica la creación de mundos. Se trata de un doble juego: lo que es real, creíble y convincente, y que a su vez puede ser inventado, y lo que, siendo algo irreal, es creíble y convincente.

El relato de Ribeyro parece negar lo planteado por Derrida, pues se sitúa dentro de la posibilidad de jugar tanto con lo real, como con lo ficticio. Planteemos de nuevo la pregunta: ¿Acaso la intención de Ribeyro es proyectar en Sólo para fumadores un relato autobiográfico?

Cuando nos preguntamos cuál es el referente de un relato autobiográfico, ineludiblemente, tendríamos que acudir a la relación entre el mundo ficticio y el mundo real; dicho de otro modo, y queriendo introducir una analogía, cuando nos preguntamos cómo se ve la realidad desde el arte, podemos decir dos cosas: que se ve como una representación mimética, o que se ve como una ilustración de la misma. Si pensamos esto desde la obra literaria, siendo de igual forma una expresión de arte, diríamos que cabe la posibilidad de que la obra solamente ilustre, y no represente de manera estricta la realidad.

En mi opinión, Ribeyro no pretendía presentar Sólo para fumadores como un relato estrictamente autobiográfico, lo que pretendía más bien, en mi opinión, era un juego para develar que por medio de las convenciones del arte, especialmente, de las convenciones literarias, se pueden sugerir aspectos de la realidad, sin que el autor pretenda ser fiel al mundo objetivo. El peso que puede tener lo anecdótico en lo artístico, no tiene que ceñirse completamente al aspecto objetivo, es ese mismo peso existencial, esencial y trascendente, el que encierra la obra de Ribeyro.

III. El  autor y el lector

La experiencia literaria que el texto facilita –en este caso, que la obra de Ribeyro facilita– está determinada por la relación entre el mundo del autor – textualmente proyectado a través de los signos, rasgos y convecciones literarias–, y el mundo de los lectores. Es en cierto modo el lector el que destruye el esquematismo de una obra y el que determina si una obra es un referente real o ficticio. En este orden de ideas, cabe preguntarse si es acaso el lector quien decide la intención del autor. Pero no hay que olvidar que la responsabilidad del lector, cuando su propósito es intentar desarrollar una interpretación de la obra literaria, es la de procurar ser fiel a la obra misma. Si bien es posible que el lector sea el que recree la obra al leerla y quien la descodifique como escritura autobiográfica, también hay que preguntarse hasta qué punto puede llegar el lector en su interpretación.

Puede  suceder  que  un  lector  analice  cada  narración  con  la  intención de filtrar de ella lo referente a la realidad, a veces sin que las obras sean consideradas plenamente ficticias, y puede que interpretar las claves y los referentes autobiográficos implícitos en la obra represente un gusto. En muchas circunstancias la escritura autobiográfica es afín al lector porque éste se identifica de alguna manera con el Yo que se auto–expresa, y esa identificación le sirve para refugiarse en la obra.

Ahora, si vamos a Sólo para fumadores, es inevitable anotar la capacidad de Ribeyro para lograr que el lector se proyecte en la narración –sea fumador o no– y se sienta como su personaje. Posiblemente uno de los propósitos del relato es que el lector se embrolle en la historia y se sienta como el protagonista, que sienta sus penurias, sus triunfos y sus deseos, que le molesten los pulmones, que le incomode el

pecho, que le lastime la garganta, que sienta el  cuerpo  consumado  y  envejecido.  Hay,  si

se  quiere,  una  especie  de  provocación  por parte  del  autor  por  intentar  transgredir  la comprensión del lector, explorando lo bello, no de lo sublime, sino de lo irrisorio. Ribeyro lleva al lector hasta el límite con tal de provocar su  sensibilidad,  logrando  incluso  que  éste sienta repulsión por el personaje, que aún con su cuerpo lacerado, acabado y enfermo, no haga otra cosa que despertar en la mañana y encender un cigarrillo. 

El texto de Ribeyro tiene, pues, la capacidad de hundirnos en las profundidades de su memoria e implicarnos en la historia del personaje, que puede ser su propia historia, y también tiene la capacidad de alejarnos de él, es decir, de hacernos desear dar un paso atrás y abordar el relato tomando solamente el lugar de espectadores.

Se podría, dentro de un ejercicio crítico literaria, decidir la intención del autor en referencia a alguna obra, pero este ejercicio crítico ya implica una investigación que le permita al lector indagar sobre el contexto de la obra, ya sea en el tiempo-espacio de la en el que se produjo, como en la vida del autor. En consecuencia, las intenciones implícitas que se le asignan a la obra son válidas en tanto se enmarquen dentro de un ejercicio crítico, y en tanto que las sensaciones que produce la obra sean provocaciones del autor para identificar al lector.

 

IV. La  autobiografía

La  autobiografía  gira  en  torno  a  la  posibilidad  o  imposibilidad  del lenguaje para expresar la realidad, concretamente la realidad individual, que como lo afirma Derrida, parece ser para el lenguaje inasible de contar. La autobiografía, seria o festiva, en prosa o en verso, constituye aquí y en cualquier parte, un valioso documento que contiene y transmite, con rasgos singulares e inconfundibles, el sentimiento de lo estrictamente individual, pero la escritura autobiográfica, al ser un género literario, similar al diario, por ejemplo, no puede escapar de las creaciones ficticias que supone el lenguaje literario.

La escritura autobiográfica, al ser un género de la literatura, no logra prescindir de las creaciones ficticias que supone muchas veces el manejo del lenguaje literario. La obra guarda tanto rasgos de lo real, como rasgos de lo ficticio. Es una correlación que resulta inseparable como la de la literatura y el cigarrillo en el cuento de Ribeyro.

Ribeyro típicamente muestra su inclinación por el discurso autobiográfico. De hecho, a finales de la década de los 40, Ribeyro escribió su propio Diario, un libro titulado: La tentación del fracaso. En las primeras páginas de esta obra, que consta de tres volúmenes que fueron publicados en 1992, 1993 y 1995, puede leerse:

El diario se convirtió para mí en una necesidad, en una compañía y en un complemento a mi actividad estrictamente literaria. Más aun, pasó a formar parte de mi actividad literaria, tejiéndose entre mi diario y mi obra de ficción una apretada trama de reflejos y reenvíos (Ribeyro, p.25).

Finalmente, sin más pretensiones y fiel a Ribeyro (1994): “(…) Enciendo otro cigarrillo y me digo que ya es hora de poner punto final a este relato, cuya escritura me ha costado tantas horas de trabajo y tantos cigarrillos. (...)” (p.20).

 


Notas

1. Cuento escrito por J. R. Ribeyro. Este relato hace parte de su primer libro de cuentos, que lleva el mismo nombre: Gallinazos sin plumas. También figura en La palabra  del mudo, que es una recopilación de cuentos escritos entre 1955 y 1977.


Referencias

Derrida, Jaques. (1997). El tiempo de una tesis. Destrucción e implicaciones conceptuales. Barcelona: Proyecto A Ediciones. Extraído desde http:// www.jacquesderrida.com.ar/textos/tesis.htm.

                      .  (2009). La difunta ceniza. Buenos aires: Ediciones La Cebra. Ribeyro, Juan Ramón. (1994). Sólo para fumadores. Lima: Jaime Campodónico/

Editor    S.R.L.    Extraído    desde    http://www.fumadero.com/wp-content/uploads/2012/10/Ribeyro-Julio-Ramon-Solo-Para- Fumadores.pdf

(2003). La tentación del fracaso. Barcelona: Editorial Seix Barral.