Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

La parábola del eterno retorno: una desazón que produce gozo


Fabián Andrés David Narváez. Universidad de Caldas. david.fabian720@gmail.com.

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




El ideal de la casa paterna y la continua referencia a la etapa de “la voz melodiosa de la niñez” (Cf. Barba-Jacob, p. 181) son los elementos que tejen la idea del retorno en Barba Jacob. La soledad, la marginación y el desplazamiento orientan la tendencia particular del poeta. Al inicio del poema La Parábola del Retorno, Barba Jacob nos sitúa ante un acontecimiento nostálgico, la visita a la casa donde pasó su niñez:

 

Señora, buenos días; señor, muy buenos días…

Decidme,  ¿es  esta  granja  la  que  fue  de  Ricard?... (Barba–Jacob, p. 104)

 

La idea de granja, huertecito, naranjero, crean la imagen de un lugar y de unas circunstancias a las que se anhela retornar. A este tipo de patria, campo o tierra es a la que se refiere con deseos semejantes Nietzsche cuando dice: “¡Oh soledad! ¡Mi patria soledad! ¡Demasiado tiempo he vivido como extraño en tierra extraña, como para no retornar a ti con lágrimas en los ojos!” (Nietzsche, p. 197). El personaje que se dirige respetuosamente a quienes son  extraños,  hace  memoria  de  sus  primeros pasos y de cómo iba aparciendo su confianza en el mundo a través de su relación con la naturaleza:

 

El viejo huertecito de perfumadas grutas

Donde  íbamos…  donde  iban  los  niños  a  jugar… (Barba–Jacob, p. 181)

 

Los tiernos años, los arrullos y   los   mimos   inspiran   al poeta.  Siente  nostalgia  por el  lugar  donde  ha  crecido; por ese estado natural en el que sus experiencias de juego y diversión lo alejan de los sentimientos de culpa que abordan otros momentos de su vida en otras etapas; siente nostalgia por todos aquellos deseos y fantasías que no puede evitar. A diferencia de la  vida  adulta  llena  de  tormentas, “(…) aquí, en cambio, estás en tu casa… aquí nada se avergüenza de los sentimientos recónditos y porfiados… aquí puedes hablar con sinceridad y franqueza a todas las cosas” (Nietzsche, p. 197). En la casa no hay remordimientos, no hay desconfianza ni inhibición del acercamiento al otro, no hay temor al entorno. En la casa Barba–Jacob no es ya “mísero poeta” (Cf. Barba–Jacob, p. 147), un poeta maldito:

 

Recuerdo… Hace treinta años estuvo aquí mi cama;

hacia la izquierda estaban la cuna y el altar… (Barba–Jacob, p. 105)

 

Remontarse a la inocencia de la infancia implica tomar distancia de todo remordimiento de no ser aquello que se quería ser, ahogarse en la nostalgia y el reclamo por ya no ser lo que algún día se fue. Acercarse al pasado devela los grandes peligros y fatigas que se han tenido que padecer en el presente. “¡Oh, quién pudiera de niñez temblando, a un alba de inocencia renacer!” (Barba–Jacob, p.148). Contrario al juego y a la infancia compartida con los hermanos que le permitían crear el mundo de un Nosotros, en el mundo de la Adultez no queda más que desconfiar, porque quizás “más peligroso incluso que los animales resulta vivir entre los hombres” (Nietzsche, p. 198). En la insatisfacción de la madurez, difícilmente queda alguien a quien apreciar y por quien dejarse apreciar, es apenas posible tener a quien amar y sentirse amado, pues las grande probabilidades de la vida se mueven a favor de la soledad:

 

La granja estaba llena de arrullos y de mimos:

¡y éramos seis! ¡Había nacido Jaime ya! (Barba–Jacob, p. 105)

 

La  madurez  no  conoce  la  compasión.  Los cuerpos sin excepción envejecen y se enferman, y más allá de los problemas, el sentido de la vida se va dislocando. En la infancia todo se encierra en el jugar, en la alegría, en la música y en el cantar;  “¡no  nos  hacemos  preguntas,  no  nos hacemos reproches, sino que con el corazón y el alma abiertos… las horas corren más ligeras!” (Nietzsche, p. 198). Después de la pausa y del recuerdo no queda más que la admiración y la resignación silenciosa. El derredor de aires puros y de la quietud inefable es sólo un recuerdo. Luego de la ebria, vasta, dura y desvaída juventud, y de la  madurez  de  las  apariencias,  desconciertos  y monotemáticas alusiones, al final sólo “las voces caritativas”, la nada y la bruma…

 

Señora, buenos días; señor, muy buenos días.

Y adiós… Sí, es esta granja la que fue de Ricard… (Barba–Jacob, p. 105)

 

Y es que en la muerte se condensa para cada hombre. Se trata del continuo retornar, del vivir que está íntima e inseparablemente ligado al morir. Es como una especie de eterno retorno, de eterno resistir que no da tiempo para prepararse para morir, porque “¡la vida está acabando, y ya no es hora de aprender!” (Barba–Jacob, p. 149). El retorno no es el temor a morir, sino de resistirse a vivir, porque la desazón en Jacob es algo que produce gozo. Él se goza en la caída, y es que “(…) todos hablan, pero nadie sabe ya entender; todo queda en la nada y nada queda ya acabado del todo” (Nietzsche, p. 199).


Referencias

Barba-Jacob, Porfirio. (1984) Poesías. Bogotá: Círculo de lectores. [Prólogo de Germán Arciniegas].

Nietzsche, Friedrich. (2004)  Así hablaba Zaratustra. Bogotá: Panamericana.