Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Anarquía en términos filosóficos. De lo artificial: existencia social humana, a lo natural: existencia humana.


Fredy Alexander López; Universidad de Caldas; alejo.blanco@hotmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     Este texto propone diferenciar existencia humana de la existencia social humana, a partir de la distinción entre lo natural y lo artifi­cial, tratando de no contradecir estimacio­nes antropológicas al respecto. Asume lo artificial como todo aquello que el hombre construye, lo que es de dos clases: cosas e ideas; entendiendo que algunas ideas pueden materializarse mientras que otras no. Plantea que la existencia social humana es una de esas ideas imposibles de mate­rializar, así que creer en su materialización es una ficción. Pero, como se entiende que la creencia en dicha materialización rige a la humanidad, entonces se presenta una oposición al gobierno de ideas inmateriali­zables, ofreciendo como alternativa, frente a la existencia social humana, la sencilla existencia humana. A esto se le llama anarquía filosófica.

Abstract

This paper proposes to differentiate human existence and human social existence, departing from the distinction between the natural and the artificial, trying not to contradict anthropological estimations. The author understands the artificial as everything that humankind has built, which can be of two kinds: things and ideas, considering that some ideas can come into being while others cannot. He argues that human social existence is one of those ideas that cannot come into being, so that believing in such substantiation so that believing in such substantiation is fiction. But, since it is understood that such belief has ruled humankind, then it presents itself against the government of those ideas that cannot be embodied. Offering as an alternative to the human social existence. This is called philosophical anarchy.

Palabras Clave

Human existence,human social existence,the natural,the artificial,philosophical anarchy

    Para apuntar algo sobre la existencia social humana, es necesario antes apuntar algo sobre la existencia humana. Para empezar habría que aceptar un supuesto: hay una existencia humana distinta de la existencia social humana. A este supuesto habría que contraponerle un segundo supuesto: toda existencia humana es social.

    Pese a la extensión enorme de las palabras “existencia”, “humana” y “social” relaciona­das acá en un mismo ámbito, se podrían evocar algunos enunciados que niegan la relación entre todas o alguna de las partes enunciadas: toda existencia es humana, y no toda existencia es humana. Sin embargo, para no entrar en conflictos existenciales, en este texto se partirá del supuesto núme­ro uno. Aceptaremos, al menos para fines prácticos de escritura, que primero hay una existencia humana y luego hay una existen­cia social humana.

     Es necesario también aceptar otros dos supuestos: primero, que hay una distinción de origen entre lo natural y lo artificial. Lo artificial es construido por el hombre y lo natural no. Segundo: que hay algo artificial que marca los designios de la existencia social humana o vida dentro de la ‘Polis’. A esto se opone el presente texto presentán­dose como una invitación al reconocimien­to de lo natural de la existencia humana.

     Lo que haremos primero es esbozar algu­nas notas sobre la existencia humana para desembocar en algunas precisiones sobre la existencia social humana; luego hablaremos de algunos artificios construidos por el hombre y diremos cuáles rigen la existencia social humana. Finalmente, haremos un llamado a la sustitución de esos artificios, como modelos para la existencia social humana, por lo natural de la existencia humana.

La existencia humana

     Se ha hablado en filosofía del problema de la existencia en sí, de aquello que no depende de otros para existir, que no puede descomponerse sino, por el contrario, que constituye la existencia de otros sin que nada pueda constituir la existencia de ello mismo2.

     En este escrito no se hablará de la existen­cia humana en el sentido en que se expone en el párrafo anterior, sino que se partirá del hecho de que la existencia humana está constituida por elementos diversos (algunos de ellos fundamentales) y que el ser humano no es el fundamento de la exis­tencia de las demás cosas, como plantearon algunas posturas idealistas, por ejemplo la del obispo Berkeley.

     Adoptamos una posición realista, pero no pura3. Aceptamos que existe el mundo, las cosas y el hombre como parte de las cosas. Todas las cosas están constituidas por diversos elementos; el hombre, como parte de las cosas, también está constituido por elementos. Creemos además que hay fundamentos que garantizan la existencia del hombre y de las cosas, pero debemos advertir que mencionamos esto evitando caer en la discusión sobre la existencia en sí o la realidad pura.

     No se hablará tampoco del origen de lo natural, aunque sí del origen de lo artificial; el hombre, que es natural, construye lo artificial. Así que lo natural será referido al mundo, a las cosas y al hombre como una de ellas; y lo artificial a lo que el hombre construye.

La existencia social humana

     En este punto, parece inevitable decir que el hombre construye las condiciones para su existencia social o vida dentro de la ‘Polis’, para afirmarlo sin rodeos, que el hombre construye su existencia social; que la existencia social del hombre es artificial.

     Esta posición se enfrenta a la siguiente difi­cultad, que podría oponérsele como contra­dictoria: el hombre es social por naturaleza. Es decir, la existencia social humana no es algo artificial construido por el hombre, sino que es algo natural y necesario que constituye la existencia humana.

     No aceptamos aquí que toda existencia hu­mana sea social, planteamos, más bien, que hay primero una existencia humana a secas, o si se quiere primitiva, y que a partir de ahí se construye luego una existencia social humana. No aceptamos que el hombre sea social por naturaleza, sino que tratamos de mostrar que la existencia social humana no es natural, sino construida por el hombre como un artificio.

     Sin embargo no debería hacerse a un lado, de manera caprichosa, la afirmación según la cual toda existencia humana es natural­mente social. Aún dejándola de lado, sigue pendiente el tema de la necesidad de la vida social del hombre, incluso en su existencia humana primitiva.

     Y menos aún cuando el tema de la vida social del hombre primitivo, es apoyado por respetadas opiniones referidas a la llamada ascendencia humana; que es una fundada interpretación de la teoría biológica de la evolución. Hay eminentes antropólogos, como el norteamericano Clifford Geertz, que presentan interpretaciones sociales del hombre, aún en su estrato biológico primitivo u homínido, según las cuales éste necesitó actuar simbólicamente para sobrevivir.

En palabras de Geertz (2003): […] lo que nos ocurrió en el periodo glaciar fue que nos vimos obligados a abandonar la regularidad y precisión del detallado control genético sobre nuestra cultura para hacernos más flexibles y adaptarnos a un control genético más generalizado aunque desde luego no menos real. A fin de adquirir la información adicional necesaria para que pudiéramos obrar nos vimos obligados a valernos cada vez más de fuentes culturales, del acumula­do caudal de símbolos significativos.4

     ¿Cómo seguir entonces con esta escritura si todo parece indicar que el hombre siempre ha sido social; cómo oponerse a esa tesis diciendo que hay una existencia humana primitiva no social, y que luego el hombre construye la existencia social como algo artificial?

     Quizá con la siguiente estrategia: aceptar que las cosas artificiales, las cosas que el hombre construye, tienen la siguiente característica: algunas veces son cosas que se presentan en el mundo, se suman al mobiliario e inmobiliario, son materiales, útiles; pero otras veces esos artificios no son cosas.

     Son artificios porque parten del hombre, pero no son cosas en el mundo sino meras abstracciones, meras ideas, mero lenguaje no materializado, es decir, pensamiento. Sostenemos que son pensamiento porque partimos del hecho de que lenguaje y pen­samiento son equivalentes. El pensamiento no es sino lenguaje no materializado. De esto no se sigue, sin embargo, que negue­mos que el lenguaje pueda materializarse y volverse cosa, a través de obras sonoras, visuales o textuales.

     Pues bien, uno de los artificios que el hombre construye y que no es cosa en el mundo –que es lenguaje no materializado o pensamiento- puede ser proyectado y llegar a ser concreto, material y útil.

     Entonces, si la estrategia propuesta funcio­na, ¿cómo se elude la tesis de la necesidad de la vida social del hombre desde su exis­tencia primitiva?, se elude sin abandonar la teoría biológica de la evolución humana. La cuestión consiste en que así como se acepta la equivalencia entre pensamiento y lengua­je, también se acepta la equivalencia entre el pensamiento y el complejo funcionamiento del cerebro humano. El cerebro, como los demás órganos, también evolucionó y con él, el pensamiento humano.

El mismo Geertz (2003) nos lo dice respecto al periodo primitivo del que hablamos:

[…] si bien, se produjo una serie de importantes cambios en la anatomía global del género homo durante este periodo de su cristaliza­ción – forma craneana, dentición, tamaño del pulgar, etc. – mucho más importantes y espectaculares fueron aquellos cambios que evidentemente se produjeron en el sistema nervioso central, pues en ese periodo el cerebro humano y muy especialmente el cerebro anterior alcanzaron sus grandes proporciones actuales.

     Así que el hombre primitivo, del que se habla acá, es aquel de las estimaciones arqueológicas difundidas4 que han ayudado a sustentar y refinar las interpretaciones actuales sobre la teoría de la evolución hu­mana. A partir de ahí se habla del hombre primitivo y de los supuestos que sobre éste aceptamos.

     Suponemos que al inicio, en la existencia humana primitiva, no construyó el hombre artificios o creaciones abstractas, sino que lo único que construyó fue cosas artificiales concretas, como herramientas. El hombre primitivo construía los materiales necesa­rios para sobrevivir; usaba cosas naturales para crear cosas artificiales y sólo había lugar a ideas que se pudieran volver cosas.

     El motivo de la existencia humana pri­mitiva se relaciona, para nosotros, con la necesidad material del hombre primitivo para subsistir. Este hecho, siguiendo las estimaciones antropológicas, motiva que el funcionamiento del cerebro y el subsiguien­te pensamiento de aquellos australopitecos de que nos habla Geertz se concentren en la función de la supervivencia. De esto resulta la construcción de cosas artificiales y la ausencia de creaciones ideales o artificios abstractos.

     Continuando con las estimaciones, po­demos decir que el hombre primitivo es empírico, ensaya quizá a costa de su propia vida; ve el funcionamiento de las cosas en aras de la supervivencia. El hombre primitivo sólo se sirve de las cosas con tal de que funcionen para sus propósitos. Si en ese funcionamiento hay concurso de otros individuos de la misma o de otras familias, esa participación sólo se concibe en aras de dicho funcionamiento. La comunicación que el hombre primitivo entabla para tal fin –sea esta comunicación articulada o no- no permite inferir una existencia social humana o construcciones abstractas que regulen el fenómeno. Simplemente ocurre que las cosas funcionan o no funcionan, y es respecto a dicho funcionamiento que podemos hablar de individuos más dotados por la naturaleza, más hábiles y partícipes que otros para lograr su efectividad.

     Es decir, no tiene que haber acá un des­acuerdo con la tesis geertziana según la cual el símbolo ya hacía parte importante del hombre primitivo y ayudó a determinar el proceso evolutivo mismo. Así, podemos decir que en algún momento primitivo el símbolo podía siempre convertirse en cosa, pero de ahí no se sigue que el hombre pueda, o llegue a poder, materializar todos los símbolos o ideas que va creando su funcionamiento cerebral en el proceso his­tórico. Esto porque, posteriormente a dicho momento primitivo, dentro del proceso evolutivo, en la acumulación de símbolos ocurre que hay varios de ellos cuya mate­rialización es imposible, como pasa con la idea de existencia social humana.

     Por eso es que Geertz nos dice que el hom­bre se creó a sí mismo. Nos habla el autor del hombre con minúscula evidente en el mundo, frente al hombre con mayúscula espurio. Pues bien, siguiéndolo, podemos decir acá que ese crearse el hombre a sí mismo es la creación que hace el hombre con minúscula del hombre con mayúscula; pero este hombre con mayúscula es un mero artificio abstracto que intenta mate­rializarse, como producto de la capacidad ideal o simbólica que encuentra este autor en el ser humano, que es la misma capacidad lógica por la cual, según nos dice Gilbert Simondon, el hombre puede hacer, si se permite el tér­mino, la ‘transferencia’ de objeto abstracto a objeto técnico. Una transferencia que se hace a través de operaciones lógicas como la conjunción de cosas y sus funciones en el objeto técnico, como una extensión re­cíproca y dinámicamente cambiante entre el hombre y el objeto técnico mismo; o en palabras de Simondon: el objeto técnico es unidad de devenir, afirmándolo como el punto culminante de la evolución biológi­ca.

     Nos dice el autor sobre la práctica técnica del ser humano que: “[…] el uso reúne estructuras y funcionamientos heterogé­neos bajo géneros y especies que alcanzan su significación por la relación entre este funcionamiento y otro: el del ser humano en la acción.” Así, podemos decir que el objeto técnico más que en la cosa fría concreta está en la relación práctica móvil de sujeto – objeto, por lo que puede verse expresado también en las ejecutorías técni­cas administrativas o institucionales.

     Así que podemos encontrar una confluencia en Geertz y Simondon: el papel protagóni­co que Geertz pone en el símbolo para que el hombre sea hombre es lo que posibilita el devenir simbólico del objeto técnico en Simondon, pero después de todo, podemos decir, aún con Simondon, que no todo sím­bolo se materializa o se industrializa mien­tras que todo objeto industrial es también simbólico; a Geertz le podríamos decir que sin el estrato biológico no podría haber ningún ser simbólico o cultural, en cambio sin el estrato simbólico podría, y él mismo lo admite, haber un ser biológico. Así fuera esa monstruosa bestia informe que quizá somos.

     De esto inferimos la ausencia de la exis­tencia social humana o vida dentro de la ‘Polis’. La existencia social humana es cons­trucción ideal del hombre, un mero artificio abstracto que intenta materializarse y que para esto requiere la suma tanto de las cosas materiales que el hombre construye, como de sus ideas. Entonces, en este intento de materialización de la idea de existencia social humana, aparecen las instituciones; de ellas hablaremos más adelante.

Artificios construidos por el hombre: ideas y cosas

     Hasta acá se admite que en el mundo hay cosas naturales y que el hombre es una de esas cosas, se admite también que el hom­bre construye cosas artificiales que entran a hacer parte del mundo, como las cosas naturales.

     Se encuentra además que entre las cosas que el hombre construye, unas son cosas materiales, pero otras realmente no son cosas sino meras ideas. Y se dice que la existencia social humana es una idea del hombre, no una cosa en el mundo. Sin embargo, pese a no ser cosa en el mundo, sí es un artificio construido por el pensa­miento del hombre, por su funcionamiento cerebral y lingüístico, es decir, la existencia social humana es lenguaje no materializado que se intenta materializar. Y en el caso que sea puro pensamiento o lenguaje no materializado, será solo parte del complejo funcionamiento cerebral; el cual, como ya se ha dicho acá, se entiende como parte del proceso evolutivo del que nos hablan las estimaciones antropológicas.

     Se tiene entonces que el funcionamiento cerebral en la existencia humana primitiva se transformaba siempre en construcción de cosas artificiales: materiales necesarios para la supervivencia, como ropajes, herra­mientas, diversos utensilios y dibujos, que si bien se interpretan como objetos estéticos, quizá no estaban desligados del asunto de la supervivencia, pero en posteriores etapas del proceso evolutivo, apenas el hombre cree que la supervivencia está garantizada y posee cantidades de sus cosas artificiales superiores a las necesidades; entonces, qui­zá por esa capacidad simbólica de que nos habla Geertz, comienza a imaginar cosas que no se pueden materializar, ni siquiera aún dibujar.

     Su cerebro y su lenguaje han evolucionado. Su funcionamiento cerebral ahora no siempre se transforma en la construcción de cosas artificiales, es decir, descubre el pensamien­to, descubre que tiene ideas, y como tiene un avance en la lucha por la supervivencia, espontáneamente surge la idea de la insti­tución, del orden, de la administración de los recursos. De la existencia social humana.

     Surgen los artificios abstractos ideales como construcciones del hombre. Éste construye cosas artificiales en las diferen­tes etapas de su existencia, pero además en algún momento descubre que puede construir artificios ideales, artificios que no son cosas, son lenguaje no materializado, o pensamiento (en ambas etapas puede estar el símbolo geertziano: en una etapa, tal símbolo se convierte en cosa; pero en otra, no). Mas el hombre imagina dichos artifi­cios como cosas en potencia y de inmediato intenta materializarlos. Llamamos a esto, insistentemente, artificio, porque el hom­bre puede imaginarlo como una potencial construcción material suya.

     Uno de los artificios en potencia es la existencia social humana; el hombre la crea como idea, se la imagina como cosa en po­tencia e intenta materializarla. Una manera de hacerlo es a través de las instituciones, ya que éstas, siendo aún artificios abstractos, tienen algo que la existencia social huma­na no tiene: un correlato objetivo en la arquitectura, sea esta la tienda del cacique, la plaza pública o los modernos edificios sedes de la administración actual, pero resulta que esa arquitectura se expresa a través de cosas artificiales que el hombre crea, mientras que la institución social es ideal o artificio abstracto, no cosa. Aun así se funden. Después de dicha fusión entre cosa e idea en general, independiente de este caso particular de arquitectura e ins­titución, se causa para siempre la ficción de la materialización de la existencia social del hombre.

     Esto además, porque también surgió, en algún momento dentro del proceso, la idea misma de hombre, o, como dice Geertz, el hombre con mayúscula; del que reiteramos: se trata de otro artificio abstracto, ideal e inmaterializable. Un homo sapiens, artificio ideal del que se cree en su materialización dentro de la existencia social. Mientras que el habitante natural de la existencia humana es el homo faber, hombre concreto que construye, que fabrica; como dice Heidegger, que habita en sus construcciones aunque no todas ellas sean moradas. La construcción y el habitar, la costumbre del faber son concretas, materiales; la supuesta materialización de la costumbre del sapiens es parte de la ficción.

     Desde ahí la vida del hombre en conjunto, aquella existencia humana primitiva, que iba forjando un proceso de formación natural de vida en comunidad, de vida en familia y entre familias, bajo la dinámica de la supervivencia, la necesidad y la funcionalidad; pasó a ser existencia social humana. Aquella existencia humana primi­tiva estaba por encima del artificio material mismo, éste existía en función de aquella; pero la existencia social humana está por debajo del artificio abstracto, de las ideas de institución, orden y administración, y ya todo lo que ocurra dentro de la existencia social humana estará dominado, quizá para siempre, por los artificios abstractos.

     Incluso las cosas materiales que el hombre construye pasaron a ser consecuencias de las ideas, de los artificios abstractos y, por lo mismo, se intenta materializar las ideas, conformando una existencia social humana dominada por artificios abstractos; el uso de los artificios concretos materiales, tan útiles en la historia humana, depende de aquellos. Se crea así el mundo social donde no solo rigen artificios sin correlato objetivo, sino que se intentan materializar, se siente ma­terializar el artificio abstracto y se vive en medio de una pura ficción.

De lo artificial a lo natural de la existencia humana

     ¿Cuáles artificios rigen la existencia so­cial humana?, los artificios abstractos, el lenguaje no materializado, las ideas. No podrían ser otros, puesto que la existencia social humana, es ella misma una idea, una construcción, un artificio abstracto.

     ¿Cuáles son esos artificios?: la institución, que se cree ver materializada en la arquitec­tura; el orden, que se cree ver materializado en el derecho; la administración de los recursos, que se cree ver materializada en la regulación fáctica de las actividades econó­micas entre particulares, y entre gobiernos y particulares. En suma, las instituciones.

     Un caso paradigmático es el del derecho u orden jurídico legal. Las leyes pueden ser reglas concretas que serían efectivas o no para casos concretos; pero: ¿la ley con mayúscula, un orden legal?, esos son arti­ficios abstractos inmateriales y creer en su materialización es pura ficción. El asunto no se soluciona, como cree Bentham, al sustituir el ilustrado contrato social por un orden legal actual. Nos dice Bentham que el contrato social es una ficción. Acá se dice que lo mismo ocurre con cualquier otro or­den jurídico o legal, pero lo que constituye la ficción es creer en su materialización.

     Entonces, las instituciones son el artificio que enlaza la idea con la creencia en la materialización de la idea. Se cree que los edificios son la institución, que las leyes son el orden y que los negocios son la adminis­tración.

     Otro caso notorio es el de la confusión entre planta física y universidad. Acá ocurre también que la idea de universidad es un artificio abstracto inmaterializable; no se materializa por el hecho de que se cons­truyan edificios contiguos que conforman los llamados campus universitarios. Esa es una versión del error categorial del que nos habla Gilbert Ryle: aplicarles a los asuntos concretos, conceptos relativos para asuntos ideales.

     Lo mismo ocurre con lo que acá se llama la regulación fáctica de los negocios. Es algo, para decirlo en términos de este trabajo, que no pertenece a la existencia social, sino que se da por naturaleza en la existencia humana. Se trata de relaciones físicas que se van dando en medio de ese proceso natural de vida en conjunto; de lo que no se sigue necesariamente la institución, así como de un conjunto de palomas en una azotea no se sigue la institución de la ‘palomeidad’.

  Está el conjunto, el artificio abstracto, y se puede predicar sobre asuntos ideales; algu­nos podrán materializarse, pero otros no. ¿Qué se materializa?, podemos decir que lo material del objeto técnico del que nos habla Simondon y que, sin embargo, deja buena parte de su génesis en lo simbólico. Mientras que las instituciones son de la clase de los artificios abstractos inmate­rializables. Como nos dice John Searle, su existencia solo se da en relación con objetos físicos.

     Y así va creando el hombre más artificios abstractos que son sólo imaginarios, pero que el hombre mismo intentará materia­lizar con el propósito de que reproduzcan la existencia social humana, de la que el hombre no reconoce su condición ideal e inmaterializable. En ese ir creando más artificios abstractos, entran en escena los modelos económicos y políticos.

     Hay un modelo económico: el capitalismo; hay un modelo político: la democracia. Ha habido otros. Todos, por supuesto, sin excepción, construcciones artificiales abstractas del hombre, de esas que no se pueden materializar, aunque esto se desconoce y por eso se ha creído en su ma­terialización, lo que es una ficción. Pero, lo más grave (consecuencia de lo anterior) es que se cree que en la conjunción de objetos técnicos (como maquinarias, por poner un ejemplo) está la materialización de tales modelos, no hay conciencia de la ficción por lo que ha habido enfrentamientos mortales al creer que cualquier modelo o idea per se es materialmente mejor que otro, cuando la materialización de estos modelos es pura ficción. De una idea no se puede decir que sea mejor que otra mientras no pueda materializarse, en cambio de las cosas materiales sí se puede decir que unas son mejores que otras.

     Es una confrontación absurda porque, tratándose de asuntos ideales, artificios abstractos, los muertos han sido cosas naturales, como hombres. El asunto puede generar tal asco que poetas como el colombiano Héctor Rojas Herazo llegan a decir irónicamente que “ninguna gran idea merece un cadáver”. Es irónico el poeta porque cualquier idea puede ser tan grande como sus fanáticos adeptos quieran, y su frase contrasta con lo que sucede en la existencia social humana, porque allí se cree en la materialización de ideas cuya materialización es imposible; sin embargo, por imposible que sea, no se abandona el ficticio proyecto sino que se profundiza la ficción. Por eso surgen nuevas instituciones y como la confrontación versa sobre artificios ideales, las nuevas institu­ciones no pueden ser más que artificios ideales. Surgen los partidos políticos como alternativa de confrontación no mortal y con ellos, las elecciones.

     Entonces, se convierten en la peor versión de la ficción, en una versión sintética puesto que cada partido, en tanto que artificio abs­tracto, busca poder implantar los artificios abstractos que rijan la existencia social hu­mana. Así que ofrecen en un solo artificio, ideas sobre todos los frentes institucionales: orden y principalmente administración económica de la existencia social.

     De tal manera que no solo se confunde institución con arquitectura -en este caso partido con sede del directorio partidis­ta- donde la institución es una manera de intentar materializar la existencia social humana; sino que en el proceso de intentar materializar todos los artificios abstractos, surge la creencia del hombre en que toda idea es per se materializable, se ignora que hay ideas inmaterializables y entonces se convierte la idea en ideología. Por supuesto otro artificio abstracto, del que se cree en su materialización per se, estableciéndose como los artificios ideales preferidos por los partidos.

     Dentro de la existencia social humana y la creencia en su materialización, se dan las disputas partidistas. Para unos la existencia social es sagrada y se debe sacrificar la libertad para erradicar amenazas como las excesivas corrupción y prevalencia de intereses particulares; para otros, la libertad, de todo tipo, es sagrada y no debe admitir restricciones bajo ninguna justificación.

     Frente a este panorama ficticio, planteamos cambiar la creencia en la materialización de artificios como institución, orden, ad­ministración y sus consecuentes modelos partidistas, ideologías y crisis públicas; por lo natural de esa vieja existencia humana primitiva, que no es más que el trabajo funcional de cada uno. No se trata de la eliminación de los artificios abstractos in­materializables, eso no se puede hacer dada la evolución del cerebro que nos lleva a crearlos, como la existencia social humana, pero sí eliminar la creencia que todas las ideas pueden materializarse.

     Se plantea una anarquía filosófica, no una de esas añejas que pretenden, en últimas, sustituir un modelo por otro que creen que es materialmente mejor, o que hacen el pro­ceso contrario a este de convertir la idea en cosa creando ficciones; ellos convierten lo que es simple cosa en idea, como tampoco se puede, entonces convierten la cosa en ideología. Construye cosas artificiales e ideas, enten­didas como funcionamiento cerebral y lenguaje no materializado, y que algunas ideas podrán ser materializables pero otras definitivamente no, como la existencia social humana.

     Para la anarquía filosófica la existencia social humana no es más que un artificio abstracto, una idea inmaterializable, por lo que creer en su materialización es una ficción que hay que cambiar por lo natural, que es simplemente el trabajo de cada cual en la única existencia probable del hombre, la existencia humana.

     Para la anarquía filosófica, no hay posicio­nes de existencia social a través de artificios como ideologías institucionales o partidis­tas; sino existencia humana atravesada por las diferentes habilidades específicas de los individuos para respectivas funciones. Todo bajo el reconocimiento de que hay ideas inmaterializables pero de las que, sin embargo, puede predicarse; sin que por eso existan o puedan existir concretamente como cosas.

     La anarquía filosófica no niega la probable efectividad de reglas concretas para casos concretos, en el marco del desarrollo natu­ral de la vida en comunidad de la existencia humana, pero sí niega la creencia en la ma­terialización de un artificio abstracto como la ley con mayúscula; niega la existencia concreta, como si fuera cosa, de la ley o de un orden jurídico o contrato social, que son artificios ideales.

    Así que la anarquía filosófica, frente a la existencia social humana, pone simple­mente el reconocimiento de lo natural de la existencia humana, el retorno a la existencia humana a secas, cambia las autoridades sagradas, como el estado o la libertad, por la simple existencia humana. Sin la creencia en una supervivencia asegurada, con el trabajo de cada cual forjando, como al principio, un proceso de formación natural de vida en conjunto, de vida en familia y entre familias, bajo la dinámica de la supervivencia, la ne­cesidad, la funcionalidad y las independien­tes diferencias específicas de los individuos. La existencia social humana no es más que un ideal de la existencia humana. 


Referencias

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