Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

Milan Kundera ¿El delator?


Pamela Natalia Zamora G. Universidad de Caldas

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




[...] Podía siquiera imaginarme mi pasado, y, cuando ahora pienso en él, me parece recordar los años de otro. Y reniego de ese otro, todo mi "yo mismo" está en otro lugar, a mil leguas del que fue (...) cuando vuelvo a pensar (...) en todo el delirio de mi yo de entonces, me deja estupefacto enterarme de que ese extraño era yo 

Emil Cioran.

Transcurre la primavera de 1950 en la ciudad de Praga. El entonces joven de 21 años, Milan Kundera, sale de su residencia estudiantil; son casi las 4 de la tarde, sabe que la policía secreta lo está siguiendo desde hace aproximadamente dos años cuando lo expulsaron del partido comunista checo por primera vez; la policía intercepta su correspondencia y encuentra  una carta de su amigo Jeroslav Dewetter en la que criticaba a un oficial comunista de alto rango y a la que  Kundera respondía a esta misiva de modo similar. Ambos fueron sancionados de modos distintos. Mientras   Dewetter fue expulsado del partido y de la Universidad, Kundera fue solamente sacado del partido comunista y pudo continuar sus estudios de cine en la academia de Praga, donde ya tenía una reputación de intelectual, unida a la gran estima que le guardaba el director Antonin Kaclik.

Ese día se había encontrado con su amigo Miroslav  Dlask  –a  quien  conocía desde sus días en elc ampo de trabajo estudiantil en Ostrava. Dlask era hijo de un social demócrata sobreviviente   de Auschwitz, que soñaba con la unión de la social democracia y del comunismo. Tomaron café como acostumbraban y, en medio de la conversación, Dlask le comentó que su novia –quien fuera su futura esposa, Iva Militká– había recibido inesperadamente la visita de un antiguo amigo de escuela, llamado Miroslav Dvořáček. Éste, según comentaban un año atrás, se habría fugado con el exnovio de Iva: Miroslav Juppa. Ambos querían ser pilotos. Después del golpe comunista del 48, la academia de la fuerza aérea de Hradec Kralové había sido clausurada, pues el régimen consideraba a la mayoría de los miembros –que además habían pertenecido a la Royal Air Force Británica– como enemigos del socialismo. Dvořáček y Juppa habían sido despojados de su rango, de sus armas y de su permiso para volar. Ambos tenían que presentarse al regimiento de infantería en Plzen, pero no lo hicieron; en lugar de ello, huyeron por el bosque de Bohemia hacia Alemania y desde allí empezaron a trabajar como mensajeros para el servicio secreto estadounidense, con la promesa de que, dos años después, serían aceptados en la fuerza aérea Alemana.

Dvořáček le pidió el favor a Iva Militká de guardarle su equipaje, asegurando que volvería al atardecer por su maleta… sucedería después que en lugar de Iva, serían dos policías quienes lo esperarían.

Después de la charla, Milan Kundera regresó a su residencia y luego de pensarlo detenidamente, salió camino al cuartel. Como parece confirmar el reporte oficial hecho por un inspector de la sección II del OVNB (comando barrial de seguridad nacional) de Praga, y que está referenciado con el número 624/19501, Milan Kundera pasó de ser un ex miembro crítico y alejado de las manifestaciones en masa, de los señalamientos y de los juicios, a ser el verdugo de un hombre al que apenas había oído nombrar.

En consecuencia, Miroslav Dvořáček fue declarado culpable de deserción, espionaje y alta traición. El fiscal del Estado pidió la pena de muerte que era la condena acostumbrada para los desertores e informantes. Pero finalmente, lo condenaron 22 años a los campos de trabajo, una multa de 10.000 coronas, a la confiscación de todos sus bienes, y a la pérdida de sus derechos civiles por diez años. Actualmente vive en Suiza y prefiere guardar silencio, pues esos 22 años son irrecuperables. Iva Militká, por su parte, aún se siente culpable y tampoco sabe en realidad qué sucedió ese día, pues su esposo, el que fuera amigo de Milan Kundera, Miroslav Dlask, siempre guardó silencio, murió en los años noventa y solo se atrevió a decir que ese día se había visto con el escritor.

Milan Kundera es conocido por su obra y es todo un enigma para los periodistas;  raras veces concede entrevistas, ya que tiene serias diferencias con el mass media. Su vida hubiese seguido como hasta ahora, pero en 2008, su nombre apareció en la revista Checa Respekt y, a partir de entonces, todo cambió: una nube gris empezó a cubrir la fama mundial del checo.

¿Resulta verdadera toda esta historia?

Tendría, además de una razón ideológica otro motivo para hacerlo? Aparentemente –y según las escasas declaraciones hechas por sus amigos (entre ellos, el escritor Milan Uhde y su compañero de estudio Ivan Klíma)– el escritor no habría tenido motivo alguno, pues el Kundera de esos días  era reservado, detestaba las marchas y aunque fue miembro del partido, nunca fue militante acérrimo ni buscaba condenar a nadie: era más bien frío, crítico y analítico; no tenía problema para expresar ideas y jamás manifestó odio alguno contra los opositores del partido. ¿Qué motivo pudo ser tan fuerte para mandar a juicio a Miroslav? ¿Qué fue lo que sucedió, realmente, ese 14 de marzo de 1950?

De momento, solo puedo especular sobre estas cuestiones. Sin embargo,   hay dos hipótesis que me atrevo  formular al respecto:

1. En sus libros se percibe una crítica muy fuerte al régimen, sin ser el tema central de la obra. Se puede ver el papel que desempeña la ceguera lírica en tiempos de Terror: esa época en la que el poeta reina al lado del verdugo, o en la que el poeta termina al lado del régimen. Para Kundera, el poeta Maiakovski, había sido tan  indispensable  para  la  revolución  rusa, como la policía de Dzerzhinski* que torturaba y asesinaba. El entusiasmo lírico forma parte de lo que llamamos el mundo totalitario. Ese mundo no es sólo el de Gulag en Siberia, sino también el Gulag de los muros tapizados con versos, tal como hiciera Paul Éluard,* aquel  poeta francés que en un momento de su vida fue exponente del surrealismo y que, finalmente, se convertiría en un poeta del Totalitarismo; sobre él habla Kundera en la entrevista concedida al escritor norteamericano, Philip Roth2:

Sus poemas eran un canto a la paz, la justicia, la fraternidad y un mañana mejor, un canto a la solidaridad y contra el abandono, a la alegría y contra la tristeza, a la inocencia, y contra el cinismo. Cuando en 1950, los dirigentes del paraíso sentenciaron a morir ahorcado a su amigo, el surrealista checo Zavis Kalandra, Éluard sacrificó sus sentimientos personales de amistad en interés de ideales supra personales y aprobó públicamente la ejecución de su camarada. El verdugo dio muerte mientras el poeta cantaba (…) En nuestros días, las gentes de todo el mundo rechazan inequívocadamente la idea del gulag, pero sin embargo, siguen  dispuestos  a  dejarse  cautivar  por  la  poesía  totalitaria e incluso marchar hacia nuevos gulags al son de la misma tonada lírica que tañera Éluard cuando se elevó por encima de Praga como el gran arcángel de la lira, mientras el humo del cuerpo de Kalandra subía hacia el cielo desde la chimenea del crematorio. (Roth citado por Giraldo-Isaza, pp. 152–153)

Kundera  en  su  obra  parece  descubrir  que el germen del totalitarismo es una de las tendencias eternas del hombre. Es decir, los estados totalitarios han despertado tal fervor en los seres humanos, porque están arraigados en arquetipos inmemoriales que todos “recordamos”, y que la política y el arte, en ciertos casos, han utilizado como ideales para la humanidad. Kundera va más allá del argumento político. El estado totalitario no cuestiona tal o cual ideología, sino al hombre en sí, es decir, pasa a ser un asunto antropológico.

¿Sería esta crítica a los poetas y al hombre una autocrítica? ¿Serán los temas recurrentes de sus libros, que abogan por la independencia del ser ante el sistema, la religión, las ideas masificadas y las instituciones, una forma de expiación? Preguntas que, me temo, no tendrán respuesta clara, pues el mismo Milan Kundera, en las pocas declaraciones que dio a la prensa el día después de la publicación de la crónica, dijo a la agencia checa CTK que: “las denuncias que lo señalan como delator de un opositor al régimen lo han tomado totalmente desprevenido”, “no lo conocía”, “se trata de un atentado contra el autor”, aseguró que eso “no tuvo lugar”.

 

2. En 1950 era normal que el régimen obligara a las personas a confesar crímenes imaginarios o que sus nombres   aparecieran en documentos oficiales como pruebas.   No olvidemos que Kundera estaba siendo vigilado desde finales de 1948 cuando fue expulsado del partido. Históricamente se puede demostrar lo anterior con los llamados Juicios Stalinianos, juicios arbitrarios en los que se condenaban a inocentes por un afán de resultados; por medio de estos, fueron  condenados  12  políticos,  incluyendo al   secretario   general   del   partido   Rudolf Slansky. Después de ser obligados a confesar crímenes imaginarios, unos fueron ahorcados y otros   encarcelados al lado de miles y miles 

de personas. Kundera y un amigo suyo, a causa de una tontería estudiantil, hicieron que un juicio Staliniano se desencadenara en su contra. Aunque sólo fueron excluidos del partido y de la Universidad, su amigo fue acusado de haber conocido y no haber denunciado la actitud antipartidista de Kundera.¿Habría sido esto lo que sucedió en realidad? ¿O sólo fue uno de los casos aislados en los que el checo se vio envuelto?

Estos hechos, que más bien parecen sacados de una narración kafkiana,  suceden continuamente: esa  época  no  sería  la  excepción.  La  historia narrada por su amigo Škvorecký (otro escritor checo), es otro ejemplo: un ingeniero praguense fue invitado a dar una conferencia en Londres, asistió y regresó el mismo día a Praga pero, al poco tiempo, vio una nota publicada en el periódico Rude Pravo, donde se leía: “Un ingeniero checo, delegado de un coloquio en Londres, después de haber hecho ante la prensa oficial una declaración en la cual calumnió a su patria socialista, decidió quedarse  en  Occidente”.  Una  calumnia  de  tal tipo  podría  costarle  al  menos  veinte  años  de cárcel. El ingeniero, aterrado, no podía creerlo. Aunque no lo nombraban, era evidente que se trataba de él; fue a la redacción del periódico, el redactor responsable se disculpó pero la orden de escribir había sido emitida desde el Ministerio del Interior. El ingeniero se dirigió allá, donde le informaron que, de hecho, se trataba de un error. Sin embargo, no podían hacer nada, ya que habían recibido el reporte que lo acusaba desde el servicio secreto en la embajada de Londres. Pidió una aclaración, que nunca fue emitida, pues le aseguraron que nada le sucedería. Contrario a lo que le dijeron para tranquilizarlo, se percató de que estaba siendo vigilado, su teléfono estaba intervenido y  lo seguían en las calles; no podía dormir ni vivir tranquilo. Un día, con la tensión y la zozobra constantes, sin poder soportarlo más, se arriesgó a salir ilegalmente del país; y terminó convertido en emigrante culpable de un crimen inocente.

Caben estas dos posibilidades frente a la escritura de Milán Kundera: la opción de escribir como expiación y de crítica a un sistema que lo enajenó, y que, tal vez, le recuerda al checo que –antes de ser expulsado definitivamente del partido en 1969 y de haber  huido a Francia–, soñó con la unificación de Checoslovaquia con la URSS, aunque después pasara a ser un hombre como Josef, un personaje de Laignorancia, un sercapaz de arrojarse contra los tanques Soviéticos antes de entregar la independencia de su país. O, por otro lado, está la opción que, finalmente, se parece a un relato kafkiano: si su nombre aparece en un reporte  oficial  pero  no  fue  culpable,  entonces, la falta precede al castigo; el que es castigado no puede soportar lo absurdo del castigo y, al querer encontrar una justificación, termina adaptándose a la acusación y, finalmente, aceptará el error, aunque no lo hubiese cometido.

Así  Milán  Kundera  hubiera  sido  el  delator, no sería el primer intelectual en verse envuelto en  encrucijadas  de  este  tipo.  Ejemplo  de  ello son los casos del escritor y Nobel Günter Grass, quien  fuera,  en  su  juventud,  militante  de  las SS  hitlerianas;  también  es  el  caso  del  filósofo y escritor Émil Cioran, quien fue miembro en su adolescencia de la Guardia de Hierro, una organización fascista de Rumania y, por último, se sabe del caso del filósofo alemán Martin Heidegger, quien perteneció al Partido Nacionalsocialista

No olvidemos aquella frase del checo tomada de su libro de ensayos El telón: “¡nadie comprenderá al otro sin ante todo comprender su edad!”

Quizá ahora, viviendo en parís y con 83 años, le responda a Adam Hradilek, el autor del artículo que lo condena, y a todos aquellos que aún se atreven a ver el mundo en blanco y negro:

De momento, al ignorar por completo la mirada que el porvenir lanzará un día sobre su pasada juventud, defienden sus convicciones con más agresividad que la que un hombre adulto, que ya pasó por la experiencia de la fragilidad de las certezas humanas, utiliza para defender las suyas. (Kundera, p. 170)

 

Notas

1. “Hoy alrededor de las 16 horas un estudiante, Milan Kundera nacido el 1-4-1929 en Brno. Habitante de la residencia de estudiantes  ubicada en la avenida George VI en Praga VII, se presentó en este departamento e informó que una estudiante.  Iva Militká, perteneciente  a esa residencia, le había contado a un estudiante llamado Dlask, también de esa residencia, que se había reunido con cierto conocido de ella, Miroslav Dvořáček, en Klárov en Praga ese mismo día. Dijo que supuestamente dejó una  maleta  a su cuidado,  diciendo  que  regresaría a buscarla  al atardecer.  (…) Dvořáček aparentemente había desertado  del servicio militar y desde la primavera del año anterior estaba posiblemente  en  Alemania, a donde  había  ido ilegalmente”. (Tomado de  la revista RESPEKT, MilanKundera’sdenunciation, 13. 10. 2008. Traducción libre de la autora)

* FéliksEdmúndovichDzerzhiznski (Dzierżynowie, 30 de agosto– jul./ 11 de  septiembre  de  1877 greg. – Moscú, 20 de  julio de1926) fue  un  revolcionario  comunista   polaco,  famoso  como el fundador de la policía secreta  bolchevique, la Cheká (ЧК – чрезвычайнаякомиссия), agencia  conocida  por  sus  torturas  y ejecuciones sumarias durante el Terror Rojo y la Guerra Civil Rusa.

* EugèneGrindel (Saint-Denis, 14 de diciembre de 1895 - 18 de noviembre de 1952), conocido  como Paul Éluard, fue un poeta francés que  cultivó de  manera  significativa el dadaísmo  y del surrealismo.

2. Roth, Philip. Los verdugos dan muerte, los poetas  cantan.  En: Quimera. No.28. [Entrevista] Citado por: Fabio Giraldo Isaza. En: Milan Kundera y otros, Literatura socialismo y poder. p.152-153

 


Referencias

Giraldo Isaza, Fabio.(2008) Milan Kundera y otros: Literatura socialismo y poder.

Minotauro editores.

Kundera, Milan. (2005) El telón. Ensayo en siete partes. Barcelona: Tusquets

Editores S.S. [Traducción: Beatriz de Moura]