Año 1 No. 1 Julio - Diciembre de 2006

¿Existe un significado metafórico?


Marta Cecilia Betancur García Y Pablo Rolando Arango

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Para la presentación de la revista los estudiantes de filosofía y letras de la Universidad de Caldas, invitamos a los profesores Marta Cecilia Betancur y Pablo Rolando Arango a discutir sobre esta pregunta. A continuación presentamos sus intervenciones.

El valor cognoscitivo de las metáforas

Marta Cecilia Betancur García

En este ensayo trataré de defender que la metáfora tiene valor cognoscitivo y propone una información. Para mostrarlo voy a acudir especialmente a la discusión de la aseveración final del artículo de Davidson “¿Qué significan las metáforas?” donde afirma que por ser la metáfora un “ver como” y no un “ver qué” tiene solamente significado literal,  carece  de  otro  significado llamado  metafórico,  y  no  brinda ninguna información. La afirmación de Davidson es la siguiente: “Ver cómo no es ver qué. La metáfora nos hace ver una cosa como otra haciendo algún enunciado literal que inspira o impulsa la percepción. Dado que en la mayor parte de los casos lo que la metáfora inspira o impulsa no es del todo, incluso no es en absoluto, el reconocimiento de alguna verdad o hecho, el intento de dar explicación literal al contenido metafórico está simplemente mal encaminado” (Davidson, 2001: 262). La afirmación de Davidson consta de dos partes que se deben discutir: La primera según la cual la metáfora tiene sólo significado literal y la segunda, que la metáfora no inspira una verdad relativa a los hechos empíricos. Aquí se filtra una concepción de lo que es el conocimiento y la verdad, que debe ser puesta en evidencia.

Para demostrar que la metáfora tiene valor cognoscitivo y, por tanto, un significado distinto al literal voy a partir de la fórmula de Wittgenstein de “ver como” o “percibir aspectos” para mostrar que la metáfora es tanto percibir, imaginar, pensar, interpretar como ejercer la voluntad y asumir una actitud. Es la actitud del hombre frente a los objetos figurativos o las obras de arte, que lo lleva a ver estos objetos en cuanto cargados de significado. Esta forma de abordar el problema supone partir del uso del lenguaje, y siguiendo la indicación de Wittgenstein de “ver como”, partir del acto de leer una metáfora, lo cual nos lleva a considerar que esta figura no se da sólo a nivel de la palabra, sino que se da a nivel del enunciado y consiste en la conexión de una palabra usada en un sentido metafórico y otras usadas en sentido literal. Leer un enunciado metafórico es suspender el significado literal para buscar un nuevo significado. Y en este sentido, la metáfora da qué pensar. Mediante recursos gramaticales, la metáfora nos hace “ver una cosa como otra”, lleva a imaginar y a pensar una cosa en términos de otra o a través de otra, y al hacerlo, da significado. Lleva a ver una cosa a través de unos conceptos atribuidos a otra. Por lo cual lleva a pensar de una manera nueva, a través de nuevas imágenes y nuevos conceptos.

Además, es preciso considerar la segunda parte de la propuesta de Davidson que no aparece muy explícita. Para Davidson la metáfora carece de significado diferente al literal porque sólo está reconociendo el tipo de significado que se exige para el conocimiento científico. Davidson tiene razón en que los enunciados metafóricos no son del tipo de las proposiciones científicas, pero no en su afirmación de que por ello carecen de un significado distinto al literal y carecen de valor informativo. No es posible ni conveniente evaluar los enunciados metafóricos con los criterios de verdad válidos para la ciencia, pero tampoco se puede desconocer que las metáforas pueden se adecuadas o inadecuadas, apropiadas o inapropiadas, en cuanto proponen una interpretación de hechos del mundo. La concepción de Davidson sobre las metáforas se apoya en el ya tan discutido reduccionismo que hace equivaler el conocimiento con la ciencia y el significado con la posibilidad de referirse a los hechos y de verificar las proposiciones.

1. “Ver como”: Ver e interpretar

“El cambio de aspecto.«¡Ciertamente dirías que la figura ha cambiado ahora completamente!»

¿Pero qué es lo que es distinto: mi impresión? ¿Mi actitud? - ¿Puedo decirlo? Describo el cambio como una percepción, como si el objeto se hubiera modificado ante mi vista.[...] La expresión del cambio de aspecto es la expresión de una nueva percepción, junto con la expresión de la percepción inmodificada” (Wittgenstein, 1988: 451).

En las Investigaciones Filosóficas Wittgenstein aborda mediante la fórmula del “ver como” o “percibir aspectos” el estudio de vivencias y experiencias humanas que sólo se pueden comprender en el contexto y en medio de un juego de lenguaje. Allí las analizó en relación con tres experiencias: la interpretación de la expresión de un rostro, la relación del hombre con objetos figurativos, esto es, obras de arte como cuadros y pinturas, y la interpretación de las palabras o el lenguaje. El valor de estas investigaciones de Wittgenstein consiste en que, como han señalado diversos pensadores1 es posible extender el estudio de los símbolos, las palabras y las obras de arte a diversas actividades que son genuinamente humanas y no se pueden abordar mediante el método empírico y las concepciones sobre la ciencia empírica.

Una de las críticas llevada a cabo por Wittgenstein a la psicología es la separación a que somete las facultades humanas; esa es una de las razones por las cuales tal ciencia no da cuenta del funcionamiento de la mente humana. El análisis del “ver como” rechaza la separación completa entre “percibir”, “pensar”, “ocuparse de” (la voluntad) “imaginar” y “sentir”, pues plantea la relación existente entre esos conceptos psicológicos e intenta considerarlos como un todo integrado. Es sabido que el interés de Wittgenstein frente a la psicología es el análisis de sus conceptos, no a partir de la forma como los trata la ciencia- pues mostrará que ese método está viciado -sino a partir de la forma como se aprenden y son usados en los juegos de lenguaje naturales. La forma como la psicología trata los conceptos adolece de gran confusión porque se apoya en una concepción subjetivista, dualista y egocéntrica. Para analizar esos problemas de la psicología, se detiene en el estudio de los conceptos a la luz de los juegos de lenguaje del lenguaje natural y de los contextos en los que aparecen.

El análisis del “ver como” es un ejemplo clásico del tipo de análisis que hizo Wittgenstein de conceptos psicológicos como “ver” y “percibir”. El análisis del “ver” muestra que en los conceptos psicológicos del lenguaje natural no se recogen siempre las diferencias de matices que muestran las peculiaridades de su uso; el análisis del “ver como” señala diversos matices del “ver” y del “percibir” y el grado de complejidad que involucran, que se puede indicar mediante la diferencia entre los siguientes enunciados:

1.  “veo un conejo que cruza por el bosque” y “veo un conejo que corre”.

2.  “En ese cuadro veo un pato” y “ ese dibujo lo veo como el de un conejo” “veo ese símbolo; es la letra H” “leo esa frase”.

3.  “Ahora   veo   el   símbolo   como   si   significara   una   grafía   árabe” “Ahora veo la frase “la fisonomía de la palabra” como si significara el cariño por las palabras y el hecho de que ellas contengan un significado.

Los tres grupos de frases con el verbo “ver” tienen grados de complejidad que, siguiendo a Wittgenstein podemos identificar como: 1. Ver las cosas y los seres como objetos de cierta clase. 2. Ver las pinturas, los dibujos y las palabras “como si” significaran. Y 3. Pasar de un ver un símbolo de una manera, a verlo de otra, esto es “el fulgurar un aspecto”. Es preciso analizar los casos 2 y 3 para seguir el estudio de Wittgenstein del “ver como” que se podría sintetizar en “percibir” símbolos.

En las Investigaciones Filosóficas Wittgenstein introduce el problema de “notar un aspecto” o “ver como” en relación con la experiencia de captar la semejanza de un rostro con otro: “Contemplo un rostro, y de repente, me percato de su semejanza con otro. Veo que no ha cambiado; y sin embargo, lo veo distinto. A esta experiencia la llamo “observar un aspecto” (Ibíd.: 451). La experiencia consiste en captar, de pronto la semejanza de ese rostro con otro, de notar una semejanza que antes no se había captado, aunque ya había percibido ese mismo rostro. Aunque éste no ha cambiado, de pronto, súbitamente, se ve de otra manera, se percibe semejante al otro. El paso de uno al otro es el tránsito entre “notar aspectos” y “fulgurar un aspecto”

Otro ejemplo clásico ayuda a precisar el problema, el ejemplo de la figura pato - conejo, que se puede ver como cabeza de pato o como cabeza de conejo (en adelante P-C). Frente a la doble posibilidad de la percepción de la figura, Wittgenstein pregunta, ¿Qué es lo distinto, la impresión o la interpretación de la misma impresión? el cuadro no ha cambiado, el cuadro sigue siendo el mismo, la cosa no cambia, pues nada ha de ocurrir en el objeto físico para que dejemos de verlo como un pato”.2

Si el objeto no ha cambiado, ¿qué es lo que varía? La respuesta de Wittgenstein es contundente y muy importante: cambian tanto la percepción como su interpretación. Dice Wittgenstein: “Pero también podemos ver la ilustración una veces como una cosa, otras veces como otra. - O sea que la interpretamos y la vemos tal como la interpretamos”. Por esta razón el “ver como” es un tipo peculiar de experiencia que está entre el ver y el interpretar; no es un puro ver, ni un puro interpretar. Pero además, como se verá, tampoco puede ser un ver al que se le añade un interpretar; es una ocurrencia compleja en la que se suceden los dos fenómenos. Se trata de un ver que no es normal, pues es una percepción a la que se adjunta una interpretación intelectual, porque el hombre “ve como”.

Wittgenstein muestra que en la experiencia de ver un aspecto hay una paradoja: que la cosa no cambia pero vemos algo nuevo. La primera explicación podría ser sicológica, pero es equívoca, supone pensar que lo que cambia es la impresión visual y esto supone aceptar una impresión visual interior, como un objeto interior, que ha cambiado. Pero si lo percibido no cambia, ¿qué ha cambiado? Así lo analiza Wittgenstein: “De repente veo la solución de un acertijo gráfico. Donde estaban antes unas ramas está ahora una forma humana. Mi impresión visual ha cambiado y me doy cuenta de que no sólo tiene color y forma, sino también una organización muy determinada.- Mi impresión visual ha cambiado; - ¿cómo era antes, como es ahora?- Si lo represento mediante una copia exacta. - ¿Y acaso no es esto una buena representación? - No se ve ningún cambio” (Ibíd.: 451) . Para Wittgenstein el cambio tiene que ver más bien con el pensamiento. Equiparar la organización visual con la forma y el color es cargar con la idea de que la impresión es un objeto interior. (Mulhall, 1990: 9). La organización de lo percibido no es una propiedad más de lo percibido sino un modo de ver la figura como totalidad, mientras que el color y la forma son rasgos del objeto.

De aquí concluye Wittgenstein que “el ver como” no pertenece a la percepción sola; por lo que es “como ver en un sentido y en otro no lo es” (Wittgenstein, Op. cit.: 453), está entre la percepción y la interpretación; es un ver, pero de un tipo muy especial que amplía el concepto de la experiencia que el hombre tiene sobre el mundo, porque no es un simple ver, sino un ver en el que están involucrados la percepción -aunque no es mera percepción- y la interpretación -aunque tampoco es mera interpretación separada de la percepción-. Esta idea de Wittgenstein es bien importante para la investigación que nos ocupa, pues en esta fórmula del “ver como” se agrupan o se entrecruzan varias facultades; se ha indicado la presencia del percibir y el pensar, pero enseguida, se va a anudar también la voluntad. Varios son los argumentos a favor de la tesis de que “notar un aspecto” es un tipo de ver en el que, a la vez, se dan tanto el percibir como el interpretar: En primer lugar, como se ha dicho, el objeto no cambia. En segundo lugar en el “notar un aspecto” está involucrada la voluntad y, en tercer lugar esta fórmula supone no tanto la descripción de una percepción como la exclamación de una vivencia.

En relación con la primera vivencia, la de “veo un rostro en esas líneas”, Roderick Chisholm propone un término muy adecuado del inglés para nombrarla, se trata de “attend to”, que se puede traducir al español por “ocuparse de”, “prestan atención” o “atender a”. De manera que “atender a” está relacionado con una sensación en cuanto es prestar atención a unos rasgos y desatender a otros; siempre que se “atiende a” un dibujo se tiene una percepción, pero no siempre que se tiene una percepción se “atiende a”. Por eso dice Chisholm que “notar un aspecto es un modo subdeterminado de tener una sensación” (1993: 94-95). Pero, a la vez, el acto de “atender a” está relacionado con hacer una interpretación, hacer una conjetura, proponer una hipótesis: “veo esto como un pato”. Atender es como interpretar y diferente del mero tener una sensación, en el sentido de que, puede estar directamente en el poder de uno atender a ciertos rasgos y desatender a otros, “atender a “ es distinto a un mero percibir, pues como dice Wittgenstein “¿Veo cada vez algo distinto, o sólo interpreto lo que veo de manera distinta? Me inclino a pensar lo primero”.

Wittgenstein puso mucho énfasis en que la declaración “veo esto como un pato” no es una descripción indirecta de una experiencia sino la proferencia, la expresión directa de la experiencia. Por eso dice que se asemeja más bien a una exclamación o a un grito de dolor. Esto significa que es la expresión directa de una experiencia primera, irreductible. No es tanto una descripción de la percepción de lo que se ha visto, como una exclamación irreductible. Esto porque expresa una experiencia no reductible a un ver. Suponer que esa declaración es una descripción, es una ilusión semejante a creer que “tengo un dolor” es una descripción del dolor. Pero además, la exclamación es simultáneamente, la expresión de una interpretación; “Ahora estoy viendo esto como un conejo” es una exclamación, una expresión de una vivencia y su interpretación. En palabras de Wittgenstein: “Pero, puesto que es la descripción de una percepción, se la puede denominar también expresión de un pensamiento. Y se puede decir también que quien mira el animal no tiene que pensar en el animal; pero quien tiene la vivencia visual de la que la exclamación es una expresión, piensa también en lo que ve. Esto es por lo que la vivencia del cambio de aspecto parece mitad vivencia visual, mitad pensamiento”. (Ibíd.).

Por tanto, en el caso de “notar un aspecto” la expresión de la experiencia es a la vez su interpretación, y la interpretación es la expresión de la experiencia, mas no su descripción indirecta, dado que cuando se dice “ahora veo esto como un pato” se expresa o se declara la interpretación que se hace de la figura.. Por esta razón la percepción de aspectos es tanto percibir como pensar, es una experiencia que se da entre las dos operaciones. La interpretación es parte constitutiva de la experiencia, de manera que la naturaleza de la interpretación no puede ser separada de la naturaleza de la experiencia. Wittgenstein está cuestionando una tesis de la gestalt que pensaba que esta experiencia consiste en ver + interpretar. Para Wittgenstein la interpretación no se puede separar del ver, no se da primero el ver, al que después se le añade el interpretar, no, los dos fenómenos son inseparables. “¿Es el llamar la atención resultado de mirar + pensar?” No. Aquí se cruzan muchos de nuestros conceptos” (Wittgenstein,1988: 485). Se deben mirar las dos acciones como entrecruzadas. Incluso le sorprende que se vean separadas, por eso se pregunta: “ pero ¿cómo es posible que se vea una cosa de acuerdo con una interpretación?”(Wittgenstein, 1988: 451). Lo que se interpreta de otra manera se ve, a la vez, de otra manera.

Pero, ¿qué significa “interpretar”? Para Wittgenstein la interpretación es una acción, interpretar es un acto, mientras que el “ver” es algo que pasa, es un estado, y es común que ocurra que se vea algo, sin que me interese por ello. Así, “Interpretar es un pensar, un actuar, ver un estado” (Wittgenstein, 1988: 487). Hacer una interpretación es hacer una conjetura, proponer una hipótesis, sobre lo que significa el objeto para nosotros. Interpretar una figura o una ilustración es tomarla como lo que es, como lo que significa ser. “El tipo de conjetura o hipótesis supuesta al interpretar algo que vemos es una conjetura de lo que el artículo significa ser, cómo se toma, qué significa” (Budd, Op. cit.: 90).

La anotación anterior de Wittgenstein de que en esta vivencia se cruzan muchos de nuestros conceptos es fundamental en la comprensión del problema, pues precisamente este carácter de la vivencia le da rasgos peculiares, dado que, como se mostrará enseguida, ella incluye no sólo la interpretación y la percepción, sino además, la voluntad, la imaginación y el sentimiento. Para entrar a considerar los diversos elementos involucrados en esa experiencia, conviene analizarla a través del cambio de ver el dibujo de una manera a verlo de otra manera, ¿qué sucede en la experiencia en la que se pasa de “ver el objeto como un pato” a “verlo como un conejo”?, es decir, a través de la figura de “fulgurar un aspecto” (Nivel 3 de la página 101) Plantear así el problema mostrará que el valor de esta vivencia consiste en que involucra varias facultades humanas y en que puede ser aplicada a otras vivencias en las que intervienen sensaciones diferentes a la visión, pues así como se puede ver un objeto de una manera y luego de otra, se puede oír una melodía de varias maneras y se pueden leer e interpretar una palabra y una frase de una manera y después de otra, como sucede en el caso de las palabras ambiguas y de la metáfora. Como dice acertadamente Chisholm: “su propio tratamiento, pensaba Wittgenstein, podría iluminar muchas otras actividades, por ejemplo, nos diría algo acerca de la naturaleza del lenguaje” (Op. cit.: 87).

El “fulgurar” de un aspecto, como llama Wittgenstein al empezar a ver una cosa de una nueva forma, se caracteriza por la necesidad sentida del observador a emplear una representación que pueda expresar la experiencia visual. Se trata de un juego de lenguaje concreto en el que se emite una expresión en medio de la vivencia, de manera que para comprenderla, se debe estudiar la expresión acompañada de la vivencia. Por ello, al presentarse un cambio de aspecto, la aseveración “ahora veo esto como un conejo” no puede ser comprendida como una información sobre una percepción ordinaria, sino como una exclamación de la vivencia. Esto lo convierte en una expresión primaria: “«Ante él (el dibujo de un triángulo) puedes pensar una veces en esto, otras en aquello, unas veces lo puedes ver como esto, otras como aquello, y entonces lo verás unas veces así, otras así.» ¿Pero, cómo? No hay especificación ulterior.” (Wittgenstein, 1988: 461). Pero, además, como exclamación, la expresión emitida al fulgurar un aspecto es a la vez un grito de sorpresa, un reconocimiento, un señalar al objeto, ocuparse de él y centrarlo como foco de la experiencia. Wittgenstein lo subraya: “Al ver el cambio de aspecto me ocupo del objeto... Me ocupo de aquello en lo que reparo, de lo que me llama la atención. En este sentido, la vivencia del cambio de aspecto es similar a una acción. Es un prestar atención”. Fulgurar un aspecto es, pues, un caso especial de prestar atención tanto como de pensar e interpretar.

Que la expresión de fulgurar un aspecto sea a la vez un grito de sorpresa, un reconocimiento, le otorga peculiaridades, pues lo distingue de otras vivencias, como la de reconocer una amigo en la multitud, o de reconocer una liebre como liebre, pues en el surgir de un aspecto se da la sorpresa y el asombro de captar algo nuevo en una figura, como sucede cuando siempre se ha visto un dibujo como un pato y de pronto se descubre que se puede ver como un conejo, o cuando súbitamente se descubre en un cuadro una sonrisa que nunca se había percibido. El fulgurar un aspecto incluye, entonces la sorpresa y el carácter de ser súbito.

Ver un aspecto es una cuestión de ver e interpretar en la que también está incluida la voluntad, porque “al ver el cambio de aspecto tengo que ocuparme del objeto” (Wittgenstein, 2002: 95), además, el estar sujeto a la voluntad lo emparienta con el imaginar, dado que en opinión de Wittgenstein “ver el aspecto e imaginar están sujetos a la voluntad”. No es posible ver una cosa de una forma nueva, sin recurrir a la imaginación; es la fantasía lo que me permite fulgurar un aspecto. Pero tanto la imaginación como el “ver como” están sujetos a la voluntad en el sentido de que nos llevan a pensar en un objeto, a atenderlo, a ocuparse de él, detenerse a observarlo, a imaginarlo así esta acción no sea siempre plenamente consciente. Lo que Wittgenstein está diciendo es que uno puede ver ahora algo como un pato y luego verlo como un conejo, o puede proponerse a ver alternativamente patos y conejos; es decir, que uno puede experimentar el cambio. Esta es la experiencia que Wittgenstein está analizando, y que se presenta de manera común en el hombre y se puede aplicar claramente a la metáfora, dado que leer una metáfora es “imaginar una cosa como otra”, pensarla a la luz de otra, e “interpretarla como”.

Ahora  bien, Wittgenstein  también  establece  una  diferencia  entre  la  percepción continua de aspectos y el fulgurar de un aspecto: son diferentes matices del “ver como”; una diferencia que será crucial a la hora de aplicar el análisis witttgensteiniano al estudio de la metáfora. “Y tengo que hacer una distinción entre el “ver continuo” de un aspecto y el “fulgurar” de un aspecto. -dice Witt.- Puede que me hubiera sido mostrada la figura, y que yo, nunca hubiera visto en ella otra cosa que un conejo. En este punto es útil introducir el concepto de objeto figurativo” (Op. cit.: 447) La distinción se establece a partir del análisis del momento en que se profiere la expresión “ahora veo esto como un pato”, o “veo el desamor en tu rostro”. ¿En qué casos es oportuno usar una expresión de ese tipo? Se ha afirmado que el fulgurar de un aspecto consiste en percibir, de pronto, súbitamente, como un pato lo que siempre se había percibido como un conejo. Pero es posible que la figura siempre se vea como un conejo y nunca como un pato, que nunca se vea de otra manera; sin embargo, por lo menos se verá como un conejo. Esta es una característica de los objetos figurativos, aquéllos que se perciben “como algo”, como representación de “algo”, de “esto” o “aquello”. Este es el caso de los símbolos, del lenguaje y especialmente del la poesía. Por su parte, una frase se puede percibir como si significara esto o aquello, pues se tiene hacia la frase, la actitud de que posee un significado. Esto significa que el fulgurar un aspecto, es decir, el captar un nuevo significado, supone una “percepción continua de aspectos”, esto es, una actitud especial del hombre hacía el rostro, las pinturas y las palabras; pues sólo es capaz de captar el fulgurar un aspecto quien posee la actitud presupuesta en la “percepción continua de aspectos”.

Mientras que “fulgurar un aspecto” es una experiencia visual específica y se expresa mediante una exclamación o una “expresión”, la percepción continua de aspectos no es una experiencia visual específica, ni se formula mediante una “expresión”. Su forma lingüística es distinta a la de fulgurar un aspecto, pues si siempre se ve el P-C figurativo como un conejo no se dice “ahora veo esto como un conejo” sino “esto es un conejo”. La expresión “ahora veo esto como un conejo” sólo se realiza cuando, de pronto, lo veo como un conejo, es decir, cuando se da un nuevo aspecto, el fulgurar un aspecto. La percepción continua de aspectos es una actitud del hombre hacia objetos figurativos, rostros figurativos y hacia el lenguaje, en el sentido de que el hombre reacciona ante ellos como si fueran la representación de algo; su estatus significativo no está en duda, se da por admitido.

La actitud del hombre hacia los objetos figurativos, como cuadros y pinturas se hace evidente en el papel que desempeñan en la vida del hombre, en la forma como son colgados en la pared para ser admirados y contemplados. Se reacciona ante esos símbolos como ante los objetos que representan y quienes toman esa actitud no están confundiendo el símbolo con la realidad. Es común, por ejemplo, entre los practicantes católicos que se santigüen frente a una imagen de la divinidad. Mulhall, interpretando profundamente este planteamiento de Wittgenstein, muestra que esa actitud hacia las pinturas es una actitud hacia el símbolo y hacia las obras de arte puesto que de una escultura y de una melodía se espera que signifiquen o representen algo. Esta actitud hacia las obras de arte es un supuesto, algo que se da por sentado dentro del marco en el cual obra el hombre. No es una hipótesis que hay que demostrar “sino una orientación que propicia el marco con el cual el hombre puede ir a hacer ciertas hipótesis. sólo quien tiene la capacidad de la “percepción continua de aspectos”, quien asume un rostro como la expresión de afecciones humanas, puede percibir el fulgurar un aspecto.

La “percepción continua de aspectos” en cuanto al lenguaje es una relación típica del hombre con el lenguaje, es una actitud que consiste en la capacidad para vivenciar el significado de las palabras. Como dice Wittgenstein “La importancia de este concepto radica en la conexión entre los conceptos “ver un aspecto” y “vivir el significado de una palabra”. Pues queremos preguntar: “¿Qué le faltaría a quien no vive el significado de una palabra?” (Ibíd.: 491). La actitud del hombre frente al lenguaje es captar las frases orales o escritas como cargadas y plenas de significado. Wittgenstein da tres indicaciones de que esto es así: Primero se pregunta: “¿Qué le faltaría a alguien que no sintiera que cuando una palabra se pronuncia diez veces seguidas pierde su significado para él y se convierte en un mero sonido?” (Ibíd.: 471). Quien nota que una palabra puede perder su significado, asume al lenguaje como cargado de significado, tiene una actitud de percepción continua de aspectos frente al lenguaje. Así mismo, quien no está en capacidad de asumir de esta manera el significado de las palabras, como quien no tienen la capacidad de gozar un poema y comprender un poema tiene para Wittgenstein la actitud de “ceguera de aspectos”.

La segunda indicación que da Wittgenstein de esa actitud hacia el lenguaje es que el significado de las palabras siempre se da en un contexto y atendiendo a la relación de una palabra con sus vecinas. “La percepción continua de aspectos” se caracteriza, justamente por captar los objetos en su relación con otros. Las preguntas sobre el significado de las palabras, en el lenguaje ordinario, se solucionan estableciendo contrastes con las palabras vecinas y con el uso. La actitud hacia el significado de las palabras es tal que se agrupan y organizan en un campo lingüístico para que tengan significado; el significado de las palabras no es aislado, ni independiente del texto; el significado se establece en la relación de unas palabras con otras y en la relación de un hablante y un oyente, en una situación concreta. Para Wittgenstein esto constituye “vivir el significado” de una palabra, poder afirmar, intuitivamente, que una combinación queda mejor que otra, que una palabra se adecúa más al contexto; como muestra de ello nos propone: “piensa tan sólo en la expresión y en el significado de la expresión “la palabra acertada” (Wittgenstein, 1988: 493).

Existe una diferencia entre escuchar por primera vez una palabra, y acostumbrarse a su significado. En un principio, no vivimos el significado de las palabras, para llegar a vivirlo se requiere la costumbre. Wittgenstein propone un ejemplo de esta tercera indicación: “Supongamos que yo hubiera concertado un lenguaje secreto con alguien; “torre” significa “banco”. Le digo “ve ahora a la torre” él me entiende y se atiene a ello, pero la palabra “torre” le parece extraña en este uso, todavía no ha tomado el significado” (Wittgenstein, 1988: 491).

La literatura muestra muchos ejemplos de este tipo, en los cuales el hombre vive el significado de las palabras; la relación del hombre con el lenguaje, su actitud hacia él es distinta en poemas y obras narrativas a la que adopta cuando el interés es la información contenida en la palabra. En los contextos de la literatura la palabra puede impresionar al hombre de una manera semejante a como lo hace una cuadro o una pintura. “Las palabras pueden algunas veces provocar una manifestación de su significado, ser una encarnación viviente del sentimiento o pensamiento que ellas expresan” (Mulhall, 1990: 39). En el lenguaje de la literatura, las palabras en ocasiones tienen una relación especial con los pensamientos y sentimientos que manifiestan. Expresan sus significados. “«Cuando leo con sentimiento un poema, una narración, ocurre sin duda algo en mí que no ocurre cuando sólo leo el texto por encima en busca de información» -¿a qué procedimientos estoy aludiendo?- Las oraciones suenan distintas. Pongo mucha atención en la entonación. A veces, una palabra está mal entonada, se oye demasiado o demasiado poco. Lo noto y mi rostro lo expresa [...]. También puedo darle a una palabra una entonación que haga resaltar su significado de entre los demás, casi como si la palabra fuera una figura de la cosa [...]. Cuando, en una lectura expresiva, pronuncio esta palabra, está completamente llena de su significado” (Wittgenstein, 1988: 491).

Sin embargo, esto no es exclusivo del lenguaje de la literatura, también en la vida cotidiana el hombre trata las palabras con cierta familiaridad, el ser humano se familiariza y se encariña con las palabras. Wittgenstein identificó esta característica del lenguaje mediante una denominación metafórica, “la fisonomía de las palabras”, en analogía con la fisonomía del rostro, con el hecho de que cada persona tiene un rostro que contiene y exhibe su significado. “El rostro familiar de una palabra, la sensación de que recogió en sí su significado, de que es el retrato vivo de su significado -podría haber seres humanos a quienes todo esto fuera ajeno. (les faltaría el cariño por las palabras)- ¿Y cómo se manifiestan estos sentimientos en nosotros?

-En que escogemos y valoramos las palabras”- (Wittgenstein, 1988: 499). El hombre se familiariza de tal modo con las palabras que llegan a ser un retrato de su portador, llegan a manifestar los diversos aspectos de su significado. Wittgenstein propone un ejemplo de ello: “Siento como si el nombre de Schubert concordara con la obra de Schubert y con su rostro” (Wittgenstein, 1988: 493). Parece que las palabras ocuparan un lugar especial dentro de las características de las cosas; parece que el nombre de Schubert estuviera ligado con los rasgos de Schubert. La palabra tiene una relación estrecha con el significado y con el contexto lingüístico y no lingüístico que lo rodea. Quien no es capaz de percibir esa relación entre las palabras y los significados, y no se deja afectar por las palabras no manifiesta la actitud de percepción continua de aspectos; por el contrario, “alguien que manifiesta esa actitud, y que trata las palabras como si manifestaran cada aspecto de su significación, estaría revelando su indudable conciencia de la identidad específica de las palabras” (Mulhall, 1990: 44). Esto explica por qué una persona cuelga un poema en la pared de su casa, pero no una fórmula química: parece como si el poema encarnara los sentimientos que expresa; la persona trata al poema allí expuesto con el respeto que le inspiran los sentimientos y los pensamientos que expresa; se ve el poema como una expresión apta de su significado. Esto explica la metáfora de Wittgenstein de que las palabras tienen para el ser humano una fisonomía. La actitud que se ha considerado hacia el lenguaje es una actitud genuinamente humana, social, intersubjetiva, fruto de las relaciones entre los hombres.

Ahora bien, las palabras muestran tener una fisonomía, en un segundo aspecto que ya se ha mencionado. El hombre se apodera de una expresión, a partir de su técnica estándar de uso y la emplea como una expresión verbal de su experiencia o de una vivencia. Pero es preciso detenerse en el concepto de Wittgenstein de “expresión” de una vivencia - Ausserung - y en la idea de que el fulgurar de un aspecto es la expresión de una vivencia, dado el valor que este concepto tiene en Las Investigaciones y que a partir de él es posible explicar el sentido nuevo que incorpora la metáfora. Es más, parece que esta noción puede servir para explicar el valor significativo de la poesía.

2. Expresión, fulgurar un aspecto y metáfora

En el Tractatus Wittgenstein estableció diferencia entre “decir” y “mostrar”; “decir” es describir, de modo que el lenguaje describe o dice cómo son los hechos. Hay cosas que no se pueden decir sino sólo “mostrar” como la forma lógica de las proposiciones y de los hechos. La proposición exhibe o muestra su forma lógica, pero no la describe. En las Investigaciones hay una confrontación semejante y que puede dar frutos para comprender el valor del lenguaje poético y de la metáfora. Aquí se establece una diferencia entre “describir” y “expresar”. Describir es informar sobre algo, es dar un informe sobre un hecho o sobre un contenido. “Expresar” - ausser - es manifestar directamente una experiencia o una vivencia humana. La “expresión” tiene un valor especial para Wittgenstein porque no es la descripción o el informe sobre la vivencia, sino su exhibición directa, su mostración. Está emparentada con “mostrar”, es como llevar a ver la imagen. Las expresiones son juegos de lenguaje primitivos en el sentido de que no se pueden reducir a otros para ser comprendidos, no se pueden descomponer sin perder su significado. Son juegos de lenguaje en los que hay que comprometerse con la vivencia y captarla, para comprenderlos. Son incomprensibles o mal comprendidos si se separan de la vivencia en medio de la cual ocurren. El contexto allí es imprescindible.

Al establecer la diferencia entre “descripción” y “expresión” -“confesión” o “declaración”- de una vivencia Wittgenstein ataca detenida y profundamente la caracterización equivocada de las “expresiones” de la experiencia como si fueran una descripción de hechos presentes a un yo mediante la introspección3*****. El error se origina en la consideración de que hay simetría entre la primera y la tercera persona en las sentencias psicológicas en la suposición de que la aseveración “yo tengo un dolor” es simétrica y de igual forma gramatical que “él tiene un dolor”4

El ataque de Wittgenstein a la confusión entre “descripción” y “expresión” se realiza a partir de la demostración de que es incorrecto mantener la simetría entre la primera y la tercera persona en relación con los enunciados psicológicos. No obstante haber muchos tipos de descripciones, en ningún caso son semejantes a las expresiones. Entre sus diferencias se pueden destacar las siguientes: Primero, la descripción se realiza sobre objetos o hechos que yacen en el campo perceptual, que pueden ser dibujados, pintados, o descritos. En relación con ella se encuentran acciones ligadas a juegos de lenguaje de “observar”, “percibir”, “examinar”, “investigar”. Dado que la descripción está relacionada con la observación, siempre es posible mejorar las condiciones de la observación, como la luz, la situación del observador. De ahí que una descripción siempre puede ser corregida y mejorada; además porque se puede confrontar con las observaciones de otros. Este es un aspecto de los enunciados descriptivos, y será muy importante para el estudio de la metáfora. Por el contrario, la declaración de vivencias o expresiones no se basan en la observación, no se fundan en la percepción, por lo cual no se pueden corregir ni mejorar, no se pueden confrontar con la observación de otros, ni comparar con otros paradigmas.

Segundo, no hay órganos para percibir las emociones, los sentimientos, los pensamientos o el dolor de uno; “no se puede ser más o menos hábil para reconocer un dolor de muela” (Hacker, 1990: 86), no se puede verificar la aseveración. En tercer lugar, como no se puede dar cuenta del dolor de uno, ni hay manera de identificar bien o mal el dolor, y sólo se podría identificar su causa (por un examen de laboratorio, por ejemplo), en esos enunciados no cabe la valoración de verdad o falsedad, sino más bien de simulación o engaño, de sinceros o insinceros. En cuarto lugar, la aseveración no se apoya en una evidencia5, de ahí que no tenga sentido preguntar ¿cómo sabes que tienes dolor de muelas? Finalmente, aquí no se trata de un problema de conocimiento o ignorancia, no caben la certeza o la duda, pues carece de sentido decir “dudo que tenga dolor de muela”. En síntesis, la idea de Wittgenstein es que no es correcto pensar que esos enunciados sobre los estados psicológicos de la primera persona son paralelos a los correspondientes a la tercera persona, porque, según esta posición, mientras que los de primera describen el yo interior, el mundo interior, los de tercera describen el mundo público. Las críticas de Wittgenstein se apoyan en la crítica a la tesis de que lo significado son objetos, pensamientos o eventos privados6. Pues para Wittgenstein mientras que el significado de muchos de los nombres que aparecen en descripciones se pueden señalar, en algún momento, mediante la definición ostensiva, los significados de las palabras que aparecen en una expresión, no. Es necesario superar el modelo de significado nombre - objeto, ya que este modelo no explica las diversas formas de darse el significado.

También en las expresiones se dan casos muy variados y heterogéneos, dado que se puede decir “¡Ay!” ,”tengo un dolor”, ¡que sorpresa!, “estoy feliz”, espero que venga”, “quiero vino”, “te amo”, “creo que el futuro será mejor”, “iré a Colombia a fin de año”. A pesar de la heterogeneidad, las expresiones están emparentadas con los chillidos y los gritos más bien que con las descripciones. Las expresiones de dolor se aprenden en relación con comportamientos de dolor y se conectan con la expresión primitiva, natural de una sensación, hasta que llegan a ocupar su lugar. “Las expresiones de dolor son extensiones aprendidas de un comportamiento expresivo natural y sus formas propias de conducta” (Ibíd.: 88). Y una forma no lingüística de conducta de dolor, una conducta expresiva natural, tanto como la expresión lingüística son criterios para que otros afirmen “él tiene un dolor”. El hombre tiene un comportamiento típico, reconocido social y culturalmente, para expresar un dolor, entre el cual se encuentran tanto los gemidos y los sollozos como la expresión “yo tengo un dolor”. El comportamiento y la expresión están ligados con sentir el dolor, no son independientes7

Sin embargo, aunque la expresión de dolor es semejante al grito o al gemido no es  idéntica  a  ellos,  lo  que  significa que  Wittgenstein  no  está  asimilando  “las expresiones” a las manifestaciones naturales de dolor. “Será tan equivocado decir que la expresión tiene el mismo estatus lógico que un gemido, como asimilarla a una descripción” (Ibíd.: 90). Expresión lingüística y manifestación son diferentes, dado que la expresión es lingüística, articulada; es una combinación de palabras que le da otro nivel y permite la ampliación o la extensión de la vivencia. Por ejemplo, la expresión permite diferenciaciones muy sutiles entre tipos de vivencias, piénsese, la diferencia entre, “siento un hormigueo”, “me siento hinchada”, “estoy ruborizada”, “no tengo odio, tengo cólera”, “tengo la intención de viajar el lunes”. Todas estas experiencias y vivencias se establecen y se identifican mediante el lenguaje, no hay otra manera de hacerlo. El lenguaje por ser una forma más compleja y más elevada de comportamiento humano permite el desarrollo de formas más refinadas de vivencias y experiencias. Así, se puede comprender la intención del otro, que el otro sienta cólera mas no odio, etc. Con el lenguaje se amplía la experiencia que el hombre tiene en el mundo, se enriquece de tal manera que llega a alcanzar formas muy elevadas como la proyección y la expresión de metas, intereses, intenciones, etc, La diversidad es muy amplia, pero en cada caso es posible determinar el tipo de enunciado a partir del propósito. La diferencia en cada caso depende de las circunstancias, el contexto, la emisión, la conducta que lo acompaña, el tono de la voz, la expresión facial y los gestos. En el lenguaje natural, el hombre está en condiciones de comprender el sentido del enunciado del otro.

Aplicando estas ideas al estudio del “ver como”, su importancia consiste en que el “fulgurar de un aspecto” es tanto un caso de “expresión” como de “descripción”. En el fulgurar de un aspecto, cuando se percibe un dibujo de una nueva forma, cuando se pasa de ver el dibujo como de un pato a verlo como de un conejo; o cuando de pronto, se ve un cuadro como si nos sonriera, y se emite la expresión “ahora lo veo como un conejo”, o “lo veo como si me sonriera” , lo determinante no es tanto que se está describiendo un contenido, o dando un informe de lo que se ve, sino exclamando o “expresando” la vivencia que se tiene; pero, eso sí, junto con su contenido. Es una exclamación que incorpora una descripción. La emisión es la exclamación de una vivencia, que Wittgenstein asemeja a la exclamación de dolor. Detenerse en la siguiente cita dará luz sobre la forma como el filósofo afrontó ese problema, pues el fulgurar de un aspecto es un caso de descripción y expresión al mismo tiempo: “Ambas cosas, el parte y la exclamación son expresiones de la percepción y de la vivencia visual. Pero la exclamación lo es en un sentido distinto al parte. Se nos escapa. -Está asociada a la vivencia de manera análoga a como lo está el grito al dolor. Pero como es la descripción de una percepción, también se la puede llamar expresión de un pensamiento. - Quien contempla el objeto, no tiene por qué estar pensando en él; pero quien tiene la experiencia visual cuya expresión es la exclamación, ése piensa también en lo que ve. Y por eso el fulgurar del aspecto aparece a medias como vivencia visual y a medias como un pensamiento” (Wittgenstein, 1988: 453).

En el fulgurar de un aspecto, la expresión que lo acompaña, es una exclamación o una manifestación de lo que se percibe; para comprender la expresión es preciso captar la vivencia en medio de la cual se da. Ahora, si se demuestra que la metáfora es un caso de fulgurar un aspecto, se comprenderá que la metáfora es una “expresión”, que contiene una descripción, por lo que se le podrán aplicar las características de “expresar” y de “describir”. 

En síntesis, las características del fulgurar de un aspecto son las siguientes: es el paso de captar una percepción como si tuviera un significado a percibirlo con otro significado; por esto es tanto un ver como un interpretar. Es un cambio que surge súbitamente, de pronto, causando asombro; su proferencia es una “expresión” que manifiesta la vivencia del emisor, su relación con el objeto percibido y los sentimientos que rodean y acompañan a la vivencia; al expresar la vivencia, la proferencia también describe el contenido. La comprensión de la expresión sólo es posible ligada a la comprensión del contexto o de la vivencia en medio de la cual se da, razón por la cual, entender ese juego de lenguaje es de gran valor, para comprender la relación del hombre con sus vivencias y con el medio.

Ahora bien, la metáfora es un caso del fulgurar de un aspecto, dado que en, la metáfora una palabra o unas palabras dejan de significar lo que usualmente significan, para adquirir un nuevo significado. La metáfora cumple todas las características del fulgurar un aspecto y, su análisis ha de mostrar muy ampliamente la forma como intervienen diversas facultades humanas y la forma en que se relaciona la naturaleza humana con el medio. El fulgurar de un aspecto tiene una condición previa, la percepción continua de aspectos que se aplica al lenguaje, como ya se ha visto, gracias a la actitud frente a las palabras, según la cual, se relaciona con ellas dando por admitido que tienen significado y representaran alguna otra cosa. Es esa actitud frente al lenguaje lo que produce en el enunciado metafórico la sorpresa, puesto que el enunciado metafórico carece de significado literal. Si el lector espera que una frase sea significativa, la falta de significado literal, le da qué pensar, lo lleva a pensar. Esa falta de sentido literal es lo que lleva al lector a buscar un nuevo sentido, a recuperar un sentido para el enunciado, ya qué el supone, o da por sentado que allí hay una falta de sentido calculada y producida de manera consciente y voluntaria por el escritor. Como dice Ricoeur, es “un error categorial calculado”. El lector de un poema sabe que el escritor ha producido una equivocación categorial, y al hacerlo ha propuesto un nuevo significado; el lector intenta reproducir o recuperar el significado nuevo propuesto por el escritor. Por presentar una equivocación categorial, el enunciado metafórico da qué pensar; lleva al lector a ocuparse de él, a detenerse en la frase. En este sentido es un ver, un leer que es interpretar.

En ningún otro caso como en la lectura de metáforas y poemas se aplica tan claramente la idea de Wittgenstein de que “ver como” en el caso del lenguaje es una ampliación y un ensanchamiento del ver y de la percepción; pues intentar comprender una metáfora es buscar comprender en la frase la nueva significación dada a las palabras, pero en esa significación están involucrados los sentimientos y los pensamientos del autor, quien escribe con el fin de que el lector recupere y comprenda esos significados. La capacidad de la metáfora de encarnar los significados radica en que ella, generalmente, no es sólo la “descripción” sino la “expresión” de la vivencia del autor, que porta también la descripción de la vivencia y que, por ser expresión, muestra o manifiesta los sentimientos y pensamientos involucrados por el autor en ella. Para comprenderlo, recordemos el famoso poema de Machado: caminante son tus huellas/ el camino y nada más; / caminante no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. /Caminante, no hay camino /sino estelas en la mar (Machado, 1999: 239). El poema nos propone una forma de pensar y concebir la vida. Ésta no está predeterminada o trazada de antemano. La vamos construyendo. Además el poeta presenta esa concepción frente a la vida, convencido de ella e invitando al lector, llamado caminante, a que la piense, la sienta y la asuma de ese modo.

El término alemán Ausserung consta de aüsser (verbo) que significa exteriorizar o expresar y ung, terminación de sustantivo. Y en la raíz de la palabra está Ausser, adverbio que significa fuera, afuera. El poema hace posible que el lector comprenda las ideas y sentimientos propuestos por el escritor, según como han sido pensados e interpretados por él. Pero esos sentimientos y esas ideas ya no son privados y solamente subjetivos, propios del autor o del escritor, sino que se vuelven públicos en el sentido de que son comprendidos y compartidos mediante la escritura y la lectura del poema. El significado está allí en el poema y es comprendido por diversos seres humanos que pueden interpretarlo y discutir sobre la pertinencia de la interpretación. La metáfora es la expresión de la forma como el poeta siente y vive su relación con el mundo y con los otros; cuando él escribe una metáfora, ella es la expresión directa de su experiencia vital, y a la vez es leída y comprendida por un lector que, a través de su comprensión, pone en jugo sus sentimientos y su imaginación8.

En el “fulgurar un aspecto” no solo se involucra el sentimiento, sino también la imaginación. Para mostrar el rol de esa facultad, Wittgenstein acude al ejemplo de la posibilidad múltiple de interpretar una grafía: “Me puedo imaginar de un símbolo de escritura cualquiera - H por ejemplo-, que es una letra de algún alfabeto extraño escrita con absoluta corrección. O bien, empero, que es una letra mal escrita; y mal escrita de algún modo u otro: por ejemplo, apresuradamente, o con típica torpeza infantil, o con florituras burocráticas. Podría desviarse de la escritura correcta de maneras diversas. -Y según sea la fantasía con que yo la rodee, la puedo ver en diversos aspectos-. Y aquí hay un íntimo parentesco con la “vivencia del significado de una palabra” (Wittgenstein, 1988: 481-483). Para darle una interpretación a la letra escrita se requiere el ejercicio de la imaginación, de la cual depende que le pueda asignar diversos significados. Es importante subrayar además que la interpretación depende también de los conocimientos previos del intérprete. El mismo proceso ocurre en la comprensión de una metáfora. Para interpretar lo que dice el poeta cuando afirma son tus huellas el camino y nada más, además de acudir al contexto, a los demás versos del poema, es preciso activar la imaginación.

Por otra parte la imaginación en la metáfora no es completamente libre y abierta, pues está limitada y, en cierta medida, cerrada por la comparación a que conduce la analogía implícita; la analogía orienta la búsqueda de los aspectos en los que se lleva a cabo la comparación. De hecho, el mismo Wittgenstein utilizó varías metáforas y analogías para acceder a conceptos nuevos que, por serlo, no se pueden indicar acudiendo a las palabras en uso. Así sucede con la noción de “juego de lenguaje” y de “fisonomía de las palabras”. En el lenguaje literal no tendría sentido hablar de “la fisonomía de las palabras”. La sorpresa que causa su falta de sentido literal, lleva al lector de Wittgenstein a pensar lo que significa la frase, para lo cual es preciso recurrir al contexto y a la imaginación, pues se debe comparar “fisonomía de las palabras”

con “fisonomía del rostro” para encontrar la analogía y la semejanza. Para hacerlo hay que ocuparse de la frase, detenerse a pensar en ella. Simultáneamente, la palabra “fisonomía” en relación con las otras orienta la búsqueda del nuevo significado. La palabra usada metafóricamente, “fisonomía”, que expresa el nuevo significado, lleva a comprender qué aspecto ha fulgurado, qué nuevo sentido ha surgido y por qué; es la palabra que “estrecha” o establece el significado.

Pero además, emplear una palabra con un nuevo sentido en una metáfora, como parte de un comportamiento, como proponer una metáfora en medio de un texto filosófico o literario, implica que lo indicado tiene propiedades nuevas que sólo así quedan bien descritas o percibidas. Es como si el poeta o el filósofo dijeran o exclamaran: ¡Míralo así! ¡Compréndelo de este modo, porque no se puede sólo describir! Wittgenstein se refirió a esa forma de expresión, en los siguientes términos: “Aquí se me ocurre que en conversaciones sobre objetos estéticos se usan las palabras: «Tienes que verlo así, ésta es la intención»; «Si lo ves así, ves donde está el error»; «Tienes que oírlo en esta clave» «Tienes que expresarlo así» (y esto puede referirse tanto al escuchar como al tocar)” (Wittgenstein, 1988: 465).

Wittgenstein estableció una relación estrecha entre fantasear, “ver algo como” e imaginar; para ver un objeto o una frase, primero con un significado y luego con otro, se necesita la imaginación en cuanto formación de imagen y en cuanto fantasía, ya que supone pensar en una imagen nueva que no necesariamente es visual, dado que puede ser auditiva, o incluso puede ser un nuevo significado acompañado de una imagen visual. “Captar” una frase “como” supone que no se está viendo lo significado por la frase, por lo que se precisa el recurso a la imaginación. Aunque hay conexión entre “ver como” e imaginar, no son la misma cosa, pues “imaginar” a A “como” B, no es imaginar a A o a B, sino a A a través de algún aspecto de B. Tanto hacer el ejercicio de imaginar como de “ver como” supone la voluntad porque como se ha señalado, requiere detenerse a pensar de ese modo. Esto se ve claramente en el siguiente texto: “El concepto de aspecto está emparentado con el concepto de imagen. O bien: el concepto “ahora lo veo como...” está emparentado con “ahora me imagino esto”.

¿No necesitamos fantasía para oír algo como variación de un tema determinado? Y, sin embargo, con ello se percibe algo? “Si te imaginas esto cambiado de esta forma, tienes lo otro” en la imaginación podemos hacer una demostración. Ver el aspecto e imaginar están sujetos a la voluntad” (Wittgenstein, 1988: 489).

Si la metáfora poética nos lleva a pensar unos temas a través de otros, la utilización de metáforas en el lenguaje de la filosofía, de la ciencia y de la vida cotidiana cumple esa misma función. Pues aunque ésta es la figura especial del lenguaje poético contribuye a crear sentido en el lenguaje de la ciencia, de filosofía y la vida cotidiana. A demostrar esta idea hemos de dedicar la próxima sección.

3. Funcionamiento de la metáfora e innovación de sentido

La forma como funciona la metáfora puede ser abordada a partir del “ver como”, puesto que el acto producir una metáfora y el acto de leerla son casos de “ver como”, y producir o leer una metáfora por primera vez, o nueva es un caso de fulgurar un aspecto. Destacados filósofos analíticos han demostrado que la metáfora no es propia tanto del nivel de la palabra aislada como del nivel del enunciado9.

Black distingue dos elementos en el enuncia

Notas

1 Cfr. BUDD. Malcolm.(1989) Wittgenstein´s Philosophy. Routledge. London and New York,. Cap. 4. HESTER. The Meaning  of Poetic Metaphor, 1967. y  MULHALL. Stephen. (1993) On Being in the World. Routledge. London and New York. p.28 ss.

2 En toda esta parte de las Investigaciones hay una referencia implícita a la teoría de Köhler sobre la Gestalt. Wittgenstein está de acuerdo con el psicólogo en que lo que se percibe es más que la suma de formas y átomos que estimulan al individuo (teoría del mosaico); lo que se percibe es un complejo organizado. Sin embargo esa teoría tiene algunos errores. Precisamente, Wittgenstein critica a Köhler su posición con respecto al fenómeno C-P, pues para éste, ver dos aspectos diferentes de algo es literalmente un caso de ver objetos diferentes. Para Wittgenstein es inútil, e incluso perjudicial decir que en ese caso se dan dos objetos diferentes. Cfr. SCHULTE. Op. Cit. p. 82.

3 Cfr. WITTGENSTEIN I.F. &290.

4 Para la presentación de este problema se ha seguido, especialmente, el texto de HACKER. Wittgenstein. Meaning and mind. Parte I. Essays. Cap. V., por el rigor, el cuidado y la profundidad con que lo trata. Hoy existe una extensa bibliografía que desarrolla el aporte de Wittgenstein al demostrar la asimetría entre la primera y la tercera persona. Cfr. Garcia Suárez. Lógica de la experiencia. Madrid. Tecnos. Y en Wittgenstein Los Cuadernos Azul y Marrón. Y las I. F. &253,254,293,302; 256 a 258.

5 Cfr. WITTGENSTEIN. RPP II. 176F.

6 Cfr. WITTGENSTEIN. I.F. 243,245,256.

7 Cfr. WITTGENSTEIN. I.F. & 300.

8 Cfr. BUDD. Wittgenstein´s Philosophy of Psichology, SCHULTE. Joachim. Experience and Expression. MULHALL, Stephen. On Being in the World.

9 Cfr. BLACK. Max. (1996) Modelos y metáforas. Madrid, Tecnos, p. 36.

10 Cfr. RICOEUR. (1975) La méthafore vive. Paris Editions du Seuil. . p. 250.

11 Cfr. WITTGENSTEIN. I.F. p.493.

12 En este punto voy a seguir las sugerencias de HESTER, en su libro The Meaning of Poetik Metaphor  donde propone cuatro razones por las cuales las imágenes propuestas por la metáfora no son libres.

13 Cfr. LAKOFF y JOHSON. Las metáforas de la vida cotidiana. P. 36 y siguientes.

14 Cfr. DE BUSTOS, Eduardo. La metáfora. Ensayos transdisciplinares. Madrid, FCE. Universidad Nacional a distancia. 200º. P.203.

15 Cfr. ARISTÓTELES. (1992) Ética Nicomaquea. México: Porrúa, Libro I cap 1,2. Libro VI. P.


Referencias

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