Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

La estupidez humana


Brayam Steep Vivas Parra; Universidad pedagógica nacional; Brayamvivas6@gmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

El presente escrito tiene como propósito definir el concepto de estupidez. Como primera medida se expone el problema que existe en el lenguaje para poder expresar cualquier definición; así pues, se corrobora la importancia de especificar conceptos que se podrían pasar de largo por una supuesta claridad y cómo los conceptos son los que nos dan la oportunidad de expresarnos con claridad. Me parce relevante mencionar una de las más claras incapacidades del lenguaje. Más adelante se pretende dar la específica definición de la estupidez recurriendo a la crítica del texto de Mariano Cipolla Alegre Pero No Demasiado, en donde se expone una definición de la estupidez en el marco de la sociología. Luego el texto ofrece una serie de ejemplos que intentan dar cuenta de la definición que se propone a manera de tesis en el texto. Al final se encontraran las referencias bibliográficas.

Abstract

This text aims to define the concept of stupidity. As a first measure to reveal the problem which exists in language to be able to express any definition, thus, it can be shown the importance of specifying concepts which could be ignored supposedly for clarity´s sake and which concepts really give us the opportunity to express ourselves clearly. I feel it relevant to mention one of the clearest incapacities of language. Later on I aim to give a specific definition of stupidity using a text of Mariano Cipolla “Happy but not too much so”, where a definition of stupidity is given in the framework of sociology. Later the text offers a series of examples which aim to give details of the definition which the text proposes as a thesis. At the end the bibliographical references can be found.

Palabras Clave

Stupidity, intelligense, Cipolla, Language, Act, Formation.

Introducción:

     Ha existido en mí un interés casi aberrante acerca de las cuestiones que a nadie más le interesan. Podríamos decir que, a rasgos generales, los filósofos mantienen esa perspectiva siempre latente en sus personalidades, pero incluso dentro de los que estudian estos avatares del entendimiento es difícil abordar temas que puedan parecer en principio de poca monta. ¿Será que los políticos mienten o esa actitud es parte de su esencia? ¿Alguna vez se han masturbado en la calle justificándose con la idea del arte? ¿Están seguros que lo que siente por esa persona que está a su lado es amor? ¿Será que arrojar piedras contra una tanqueta es la forma más sensata de expresar una opinión? ¿La pornografía podría llegar a ser una herramienta pedagógica de las clases de educación sexual de los colegios? ¿Por qué se suele culpar al alcohol por nuestro mal comportamiento si a pesar de los cambios químicos de nuestro organismo seguimos siendo nosotros, bajo nuestros términos, los que actuamos? Ya lo sé, todas esas preguntas parecen triviales y vanas a la luz  de los grandes cuestionamientos que realizaron las importantes mentes que han poblado la tierra, pero creo que, a pesar que las cuestiones universales que formulan grandes sistemas lógicos y racionales son de vital importancia para el desarrollo filosófico, no podemos subsumirnos por completo en el estudio de trascendentalismos complejos y de difícil acceso sino que debemos entrever, de vez en cuando y si se quiere a modo de relajación, las cuestiones de la vida cotidiana simples y de fácil acceso. De esta manera pienso, como propósito personal, que si empiezo por analizar estas cuestiones podría llegar a ser, parafraseando a David Hume, filósofo, pero en medio de toda mi filosofía continuar siendo un hombre (1988).

     Así tal vez, con un poco de suerte, podríamos descubrir si las cosas que damos por sentadas a nuestro entendimiento son o no como creíamos; ya que un razonar riguroso no solo debe ir encaminado hacia lo más complejo sino que debemos alimentarlo de simplezas que cuestionen lo que consideramos más obvio para poder asegurarnos de la certeza de nuestros pensamientos más difíciles, amplios y obscuros. Como la filosofía es la ciencia perfecta para develar estas aparentes nimiedades de la condición humana pienso que es apropiado el tema de hoy: hablare de la estupidez humana.

El problema del concepto:

 Definir cualquier cosa en el mundo es una labor complicada. El lenguaje, aún en nuestros tiempos modernos, es una herramienta que se queda corta al momento de catalogar lo que percibimos; no sólo porque está viciada con las cargas prejuiciosas de nuestros conocimientos malogrados sino también por la constante deconstrucción y reconstrucción de nuevos conceptos que se convierten en un código por la aceptación de las mayorías. Un ejemplo de esto sería como la palabra “google” fue incluida en el año 2006 en el diccionario de inglés Merrian Webster Collegiate Dictionary a modo de verbo, dándole así un reconocimiento lingüístico a una palara de uso común que se popularizo. El neologismo en español seria “googlear” que vendría a ser: buscar algo en internet usando Google. De esta manera, poco a poco, el germen lingüístico se va esparciendo hasta contaminarlos a todos convirtiendo una pueril manera de hablar en un concepto reglamentado. Habrá que esperar que La Real Academia Española le dé a “San Google” la posibilidad de que su término entre en a las filas del idioma legítimamente.

     Así pues, el concepto de la estupidez, a pesar de ser un término definido y especifico, tiene ciertos matices, matices que intentaré develar por medio del ejercicio empírico de la razón.

     Hablar de la estupidez humana es tautológico. Es claro que la humanidad es la única en este planeta con la capacidad de lograr tal característica, la estupidez es una cualidad propiamente humana y de nadie más. Por eso solo debe hablarse de estupidez y entenderla como una característica humana que no debería antropomorfisarse en otras criaturas que, por sus actitudes, podrían parecer actores de esta cualidad: Así como en los graciosos videos de internet en donde las criaturas que dominamos realizan actos humanos: ellos no son estúpidos, de hecho, estoy inclinado a creer que los estúpidos son los personajes que se toman el tiempo de realizar estos videos. Por tanto, si es que debiésemos clasificar la estupidez con algún tipo de parámetro, tendríamos que colocarla en el ámbito de la razón y el entendimiento ya que estas son las características más relevantes de nuestra condición humana. En estos términos la estupidez no se podría ver como una cualidad sensible o espiritual del Hombre sino que hace parte de su conducta racional y por tanto lógica. Esto la ubica en el margen de lo epistemológico y convierte este escrito en una interpretación del comportamiento humano a partir de su capacidad cognoscente.

     La estupidez es inversamente proporcional a la inteligencia o, por lo menos, así se asocia comúnmente. De hecho, la definición que nos ofrece la Real Academia Española de la estupidez es la torpeza notable en entender las cosas (RAE, 2001) a sabiendas de que la definición que se da para la inteligencia es la capacidad para entender las cosas (RAE, 2001). Entonces hay por entendido una relación entre ser inteligente y ser estúpido, como si una dependiera de la disminución de la otra y como si no se pudiera poseer las mismas características al mismo tiempo. Ya es bien sabido que los grandes escritores, científicos y filósofos no hablan de la estupidez en las hojas de sus libros sin tener como título de portada un enorme cartel que haga referencia a la inteligencia. La inteligencia, percibida como una posición de superioridad entre ignorantes y perezosos, es el tema principal en muchos de los escritos y tratados del conocimiento humano, así mismo, los eruditos, académicos y el sistema educativo en general pretenden establecer emporios en los que se construyan en masa y mecánicamente prototipos de personas inteligentes sin siquiera identificar las causas que afectan los comportamientos humanos. Exámenes de actitud y test de inteligencia intentan medir las capacidades mentales de las personas. Sus resultados proyectan cifras, números y calificaciones que en muy pocas formas dicen algo de la inteligencia de quienes están siendo medidos, lo que se comprueba muy fácil en la práctica cuando los mejor calificados no pueden funcionar prácticamente en la vida cotidiana. Poniéndolo en otros términos más venidos al caso, es una completa estupidez pretender hacer una doctrina de la inteligencia sin siquiera cuestionarse por su contrario más notable y solo rechazarlo por tener el prejuicio de su maldad.

     Es necesaria y vital la estupidez al momento de hablar de la inteligencia pero más importante es no rechazarla como una característica peyorativa de un individuo, sino aceptarla en primera medida, como una actitud de la que todos somos capaces y de la que seguramente hemos renegado en muchas ocasiones. Así que es necesario que no se deje atrás a la estupidez y se analicen sus componentes para poder superarla.

¿Qué es la estupidez?:

 Al hablar de la estupidez usualmente se le suele dar un tono peyorativo pero esto no sólo ocurre porque sea socialmente incorrecto o inconveniente ser estúpido sino que también  se da porque, como ya se decía, el lenguaje se queda corto al momento de dar interpretaciones y sentidos técnicos a las cosas que percibimos en el mundo. Muchos de los conceptos que tenemos hoy en día son combinaciones lingüísticas de otros conceptos que terminan dándole algún sentido a lo que sea que intentamos definir. Con la estupidez sucede, que al ser considerado la contraparte de la inteligencia no se le da a su definición un carácter positivo sino que se acude a él en términos negativos, quitándole así una forma clara y distinta a su definición. Aún no he encontrado ningún discurso que hable de la estupidez con algún tipo de neutralidad sino que se le ve como una plaga contagiosa de la que podemos evitar infectarnos si tomamos la dosis adecuada de conocimiento. A pesar de ello, existen algunos personajes que consideran la estupidez como un mal necesario. 

     Carlo Cipolla en su texto alegre pero no demasiado postula una serie de reglas estructuradas que definen la estupidez y su funcionamiento en el mundo. Este pequeño ensayo muestra una característica puramente social de la estupidez. El argumento de Cipolla es que si la estupidez es una actitud del ser humano, entonces debe tener un componente sociológico que lo determine en una consistencia medible y cuantificable por una ciencia como la estadística. Así pues, da cuatro definiciones a cuatro actitudes humanas entre las cuales se encuentra la estupidez, la ingenuidad, la inteligencia y la maldad.

     Después de clasificarlas y analizarlas se percata del mal contundente que resulta ser para el hombre y la sociedad el primer tipo de actuar. Cipolla considera que una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio (Cipolla, 1991. pp 45). Con las otras actitudes se podía encontrar un beneficio para quien realizaba la acción o para quien se veía en relación con el promotor de dicho acto pero con la estupidez se recibe un daño en ambas partes. Para Cipolla, actuar inteligentemente es la manera de asegurar una sociedad justa y efectivamente prospera ya que, al contrario de su definición de estupidez, la inteligencia genera un beneficio propio al mismo tiempo que se beneficia a los demás (Cipolla, 0991. pp 45).

     Habría que decir que Cipolla dio en la clave del asunto. La estupidez es un problema de hecho cuya definición se encuentra atrapada en las acciones del cotidiano vivir. A una persona se la puede determinar estúpida, o inteligente, amorosa o psicótica, alegre o melancólica en la medida de sus actos. Las cualidades humanas, que tanto se han encargado de estudiar las ciencias humanas, no son otra cosas que una actitud que elegimos tomar ante las situaciones que se nos presentan. Dichas formas de actuar son las que nos catalogan en un sin número de cualidades que después vendrán a ser enjuiciadas por los imperativos morales de bueno y malo y dependiendo de las situaciones por mecanismos legítimos de legal e ilegal. Así pues, la estupidez es, en primera medida, una cualidad juzgada por un acto.

     Si bien la definición de Cipolla es muy buena hay que decir que no alcanza para concretar otros aspectos a los cuales acude la estupidez. Nada más habría que fijarse en el tono académico en el que habla acerca de un concepto que atiende las obscuras pasiones de los Hombres. Él mismo acepta que su técnica constructivista en forma de reglas fallará en el momento en que alguno de sus imperativos no se siga uno del otro, después de eso todo lo demás se desplomará; y así como el insensato que construye un edificio de analítica pura en las arenas movedizas del comportamiento humano tendrá que aceptar que no todos los cimientos son estructuras sólidas cuando el terreno es tan voluble. Cipolla comete el error de dar por sentado que los hombres actúan de esas únicas cuatro maneras y peor aún pensar que está mal actuar de cierta manera y de otra no, como si existiera algún tipo de verdad absoluta o una única moral que dictamine obligatoriamente lo que es bueno y malo para todos. Esos conceptos generalizados y universales que describen la condición humana como formas estáticas son propios de los psicólogos y sociólogos que con sus matemáticas mágicas aplican a los Hombres rasgos tan determinantes que nada más queda encasillarlos con un valor incongruente.

     Si vamos a definir la estupidez tendremos que ver todos sus aspectos y eso implica la individualidad de nuestros actos. Para Cipolla un estúpido necesariamente daña a los demás y a sí mismo, pero, ¿puede ser estúpido alguien sin tener que involucrar un contenido social? En ocasiones nuestras acciones pueden ser producto de la estupidez sin que se afecte nadie más por ello. Yo tendría que decir que: la estupidez es un mal actuar consiente en donde esperando recibir un beneficio se obtiene un perjuicio.

     Analicemos esta definición parte por parte: como ya dijimos la estupidez es un acto propio de los hombres y es un acto porque solo en la relación con el mundo se consolida la existencia de un ser, o en este caso el ‘ser estúpido’; así que sólo en la acción se encuentra la estupidez y no en el pensamiento o la imaginación. Se involucra también la conciencia en su sentido más común de entender a plenitud las consecuencias de los actos que se realizan. En esta medida se diferencian los estúpidos de los ignorantes y los inconscientes ya que los dos últimos por su imposibilidad racional o de pensamiento cognitivo no miden las consecuencias de sus actos; efectivamente los estúpidos saben lo que hacen, como lo hacen y para que lo hacen previendo, por supuesto, las consecuencias de sus actos. Entonces, ¿Por qué alguien sería estúpido si conoce a perfección los actos que realiza? Este es el punto clave de la definición que propongo y es que el estúpido es estúpido por culpa de la esperanza.

     Quien realiza un acto que previamente ha pasado por la racionalización del entendimiento lo realiza con la confianza de obtener beneficios adecuados a su manera de actuar, esto sería medir las consecuencias de sus actos; un puro razonamiento lógico igual a las matemáticas. Sin embargo, el acto que realiza el estúpido es en sí un ataque directo a la realización de esos ideales y por eso es que hablamos de un ‘mal actuar’. Aquí llamo estúpidos a todos aquellos que saben que con sus actos causan daños a sí mismos (y si creemos en Cipolla a los demás también) pero esperan con ello generarse un bien. Entonces vemos cómo las personas, a causa de dogmas y paradigmas o apoyados de sus propias elucubraciones, actúan tan convencidos de lo que hacen que consideran beneficiosos los daños. Aun así esto no es suficiente para ser estúpido porque si lo tomáramos así nada más estaríamos más bien hablando de inconscientes, se es estúpido en la medida que nos percatamos de los destrozos que dejo nuestro actuar que pretendía conscientemente ser beneficioso mientras se actuaba mal.

     El pensamiento de realizar un acto que en principio parecía un bien y después se convierte en un mal es una apariencia generada a partir de nuestras malas racionalizaciones. Algunos dirían que la estupidez es falta de inteligencia pero yo me inclino a creer que es más bien un exceso de confianza. El creer que nuestros actos trascienden a los mismos hechos que ellos generan y que esos hechos son relativos es un error común de las personas de fe. La esperanza genera en los individuos una voluntad reacia a otras formas de ser del pensamiento produciendo a su vez una ceguera racional que impide comprender a plenitud lo que es en realidad más obvio. Podríamos decir que los estúpidos son ciegos racionales, pero en realidad se trata de una escogencia, el estúpido es un ser racional selectivo porque escoge sus males concienzudamente.

     Algunos podrían refutar este planteamiento diciendo, según la mayor parte del pensamiento antiguo, que es imposible que una persona sana y cuerda quiera generarse un mal, que todo lo que los hombres hacen lo hacen en pro de una finalidad beneficiosa y que nadie conscientemente actúa de tal manera en la que pueda dañarse a sí mismo. Sí, es cierto que los Hombres procuran el bien en sus vidas, estoy de acuerdo con esa premisa, sin embargo, el estúpido es un personaje irónico que actúa con la sana intención de realizarse un bien, el problema es que precisamente su modo de actuar no es ‘bueno’ y por tano le resulta perjudicial. Los estúpidos no analizan que el acto que realizan para generarse un bien es tan importante como la finalidad misma y caen en la trampa una y otra vez hasta percatarse de constitutivo error.                

La conducta humana:

     Los estúpidos abundan en nuestra sociedad y Colombia se ha caracterizado tanto por ello que incluso podríamos decir que se trata de nuestro recurso natural más inagotable. Nada más basta con ojear las páginas de los diarios, allí se encuentra de todo: como la mujer oriunda del choco que fingió estar embarazada de nueve niños tan solo para que su esposo no la abandonara (no se puede negar la habilidad de la señorita al mantener una mentira por tan largo tiempo con ropa acumulada en su traje de maternidad y el misticismo de que si le tocaban la barriga para examinarla se morirían los pequeños). Alguna vez escuché de un ladrón que en plena actividad delictiva decidió tomar una siesta para recuperar sus energías y cuando despertó lo capturaron infraganti.

     También están las circunstancias cotidianas como las construcciones interminables y el sinsentido de las obras en las ciudades, las conductas obsesivas en los deportes como el futbol en donde una camiseta diferente es el origen del homicidio, el racismo en un país lleno de mestizos, los ciudadanos que consideran que a un servidor público hay que llenarlo de alabanzas y pleitesía para que atienda diligentemente nuestras solicitudes cuando son ellos los que deben preocuparse por complacer las necesidades de los contribuyentes; quejarse continuamente del transporte público y, al mismo tiempo, estar empujando a los demás para entrar en un bus lleno de gente y fingir dormir cada vez que un anciano o discapacitado necesita la silla en la que nos sentamos y por último, pero no menos importante, las luchas revolucionarias de algunos estudiantes que en su afán por defender la educación pública destruyen sin compasión la infraestructura de sus almas mater. Irónicamente, cuando el llamado tropel culmina, los estudiantes que lo organizaron celebran ‘su victoria’ no con cambios trascendentales o siquiera efímeros en la comunidad sino embriagándose con diferentes sustancias dentro de las instalaciones de lo que llaman público.      

             

    


Referencias

- Cipolla, M. (1991). Alegre pero no demasiado. Barcelona. Critica. Trad. María Pons.

- Hume, D. (1988). Investigación Sobre El Conocimiento Humano. Madrid. Alianza. Trad. Jaime De Salas Ortueta.

- RAE. (2001). Diccionario de la Lengua Española. Edición Vigésima Segunda. Versión en línea. Recuperado de http://www.rae.es/recursos/diccionarios/drae