Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Un discernimiento desde Maquiavelo como filosofía de guerra para el en conflicto colombiano (Análisis de La Postura Integracionista Frente al Caso Insurgente)


Rafael A. Cepeda racc.cepeda1@gmail.com Diana María Botia Mosquera Lizzet Katherine Castellanos Betancourt Diana María Botia Mosquera

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

La intención es generar un argumento a partir del libro “Del arte de la guerra”, de Nicolás Maquiavelo, en favor de una postura ética frente a la violencia, justificada como herramienta de defensa moral frente a consideraciones humanas  planificadas y ejecutadas en consonancia con principios elementales de acuerdos cívicos actuantes sobre el enemigo, haciendo una especial aplicación al caso del conflicto militar, sometido a régimen de posibilidades en criterios éticos enfrentados, como variante adicional regularizadora de las confrontaciones concretas que supondría la destrucción de su estructura cultural y que sin embargo genera, a partir de sí misma, nuevas asociaciones políticas, desarrollos sociales, espacios de paz, progresos tecnológicos y por lo mismo confrontaciones futuras.

Abstract

The intention is to generate an argument from "the Art of War" by Nicolas Maquiavelo, in favor of an ethical stance against violence, justified as moral defense tool against human considerations planned and implemented in accordance with basic principles of civic accords acting on the enemy. Making a special application to the case of military conflict, submitted a regime of possibilities in faced ethical criteria, as variant regularizing of specific confrontations which would result in the destruction of their cultural structure, and which however generated from itself  new political associations, social developments, areas of peace, technological progress and therefore future confrontations.

Palabras Clave

People, nation, democracy, dictatorship, liberalism, presidentialism.

Mientras el conflicto colombiano continúa degenerándose gradualmente, la complejidad del mismo se expresa en la polarización cre­ciente, reforzando las diversas formas de violencia formales e informales, físicas, psicológicas y emocionales, abiertas o simbólicas, profundizando los efectos colaterales de la guerra; resquebrajando los sistemas sociales alimentados por la violencia dinámica de sistema cerrado aislado degenerado en entropía, subdesarrollo y estancamiento, tal como lo señala el Libro “Del arte de la guerra”, de Nicolás Maquiavelo, en donde la violencia arrastra consumiendo, sin dejar a nadie al margen de ella.

 

A. Un acercamiento desde Maquiavelo al conflicto armado que vive el país

 

La primera enseñanza del esquema Maquiavélico no consiste en el reconocimiento de que la violencia en si misma sea gene­radora de fraccionamientos o divisiones. Puesto que al individuo común le resulta relevante argumentar la necesidad de una postura ética frente a la violencia, que justifica su defensa frente a los vejámenes de derechos individuales y colectivos sufridos. Al ser planificada para ser ejecutada, se espera que vaya en consonancia con los principios elementales de respeto por la dignidad del contrario y de la población civil no involucrada en el conflicto; se intenta someter el actuar bélico a algún criterio, especialmente en las guerras civiles que son las menos civilizadas y que arrojan elevadas dosis de sevicia y barbarie, como la que estamos viviendo los colombianos.

Este razonamiento nos obliga a volver la mirada a criterios esbozados en Maquiavelo sobre la relación de la legitimidad de una acción especí­fica. Se intentará averiguar hasta qué punto se configuran las condiciones de causa del conflicto, llamando la atención el hecho de que todos apelan, con diferentes matices, al tema de los derechos para justificar y legitimar su acción armada:

 

  • Las fuerzas militares subrayan su papel institucional como fuerza legítima al servicio del Estado, dotada del monopolio de la fuerza y encargada de asegurar a  los ciudadanos las libertades básicas, que tienden a ser valoradas de manera utilitarista en función del poder, sustentado en un respaldo vinculante por parte de la población civil no combatiente.

 

  • Las autodefensas apelan al derecho de legítima defensa, autorizadas a tomar en sus manos (ante la ineficacia del Estado) la defensa armada de sus derechos de seguridad de la propiedad.

 

  • Los grupos guerri­lleros, para justificar la lucha armada, demandan una mayor inclusión política como respuesta a la violencia institucional, ante la insuficiencia de garantías que padece la población colombiana.

 

Es así como se evidencian significativas formas de concebir derechos  antagónicos entre grupos insurgentes y autodefensas, la valoración de las diferentes interpretaciones concernientes de una prioridad absoluta a los derechos económicos, sociales y culturales, mientras las segundas reivindican de manera exclusiva los derechos clásicos de la tradición liberal, y en especial el derecho de propiedad frente a cualquier intento de justicia redistributiva, coincidiendo en cuanto transformador accionario del foco de convergencia entre las partes. 

Con esta diversidad de prioridades se rompen los cánones establecidos por el sabio Nicolás, quien partía de la suposición directa de un ejército formal estructurado, interrelacionado con la población local, envuelto en sus tradiciones e idiosincrasias del que se entendía surgirían sistemas propios de retro ayuda, en el que se identificaría al sector civil prestador de servicios, pertrechos, alimentación, manutención e información; recompensado por el cuerpo castrense en sistemas de defensa local, espacial y personal, permitiendo la defensa familiar, territorial y de bienes.

 

Estos acuerdos tácitos brindaban ejercicios de la violencia racionalizados sobre amenazas comunes limitadas y que permitían regresar al estado de normalidad una vez terminada la confrontación precursora de los males sociales dentro de un territorio determinado. En el caso colombiano, al conformarse líneas de defensa como ejércitos privados seguidores caudillistas y reivindicadores de sectores específicos de la sociedad, se genera el desplazamiento estatal por cuerpos irregulares, territoriales y autónomos, sometiendo al estado a una continua lucha entre factores regionales desconocedores del poder integral nacional y cuerpos accionarios desconocidos que se asemejan a invasores foráneos desconocedores de las problemáticas globales locales en el que se logran imponer solo mediante el uso irrestricto de la fuerza. Con esto justifican y promueven el ciclo interminable de la violencia. 

 

B. La posibilidad de aplicar las prácticas establecidas por Maquiavelo en concernientes a la guerra interna. 

 

Desde la vista de Nicolás, la justificación de legitimidad de la guerra intestina establece ciertas inquietudes, porque para Maquiavelo, los duelos se hacen entre miembros locales, disciplinados defensores del territorio, del patrimonio y por ende de su núcleo familiar; en contraste con el invasor que normalmente es foráneo, expansionista y mercenario, expoliador de las riquezas de los avasallados y vencidos. No cayendo en el juego reinvicatorio de las nacionalidades, localidades, familiaridades y autonomismos independistas, propios del siglo posterior a la revolución francesa. Para nuestro autor, la guerra interna no es una posibilidad planificante, puesto que el ente de cohesión social es el resultado la amenaza inminente y nunca eliminada del enemigo exterior, sino el resultado pasajero de la inacción o incompetencia jerárquica, en el que se cae cuando el soberano mismo pierde las nociones del mando o su condición humana no le permite seguir liderando la integralidad del conjunto estatal.

Es aquí donde se efectúa cambio con periodos delimitados de violencias internas entre los diferentes sectores que conforman los poderes regionales: usando la violencia interior, se busca el reacomodo de fichas dentro del nuevo estado reinante, que traspuestos al caso nuestro, termina dando como resultado elementos inamisibles de violencia gratuita y desenfrenada que lejos de direccionar un cambio pone de manifiesto una degradación creciente del conflicto, marcado por la lógica perversa de la retaliación y la venganza, escalada de respuestas crueles e inhumanas entre las partes en conflicto, generando razones de peso a futuras revoluciones.  Ahora bien, decir que la injusticia social trae la guerra y esta a su vez la violencia es decir mucho y no decir nada al mismo tiempo. Si bien es cierto que nadie niega la condición de marginalidad, pobreza y exclusión que padece buena parte de la población colombiana, no resulta fácil calificar de tiránico o despótico a un sistema que ostenta dosis de legitimidad demo­crática, al tiempo que la actuación de los insurgentes o autodefensas engendra a menudo cierta desconfianza en cuanto a sus intenciones de lucha. 

La práctica de las autodefensas es una violación sistemática del principio de civilidad: con actos reiterados de violencia y barbarie, masacres perpetradas contra personas indefensas, muertes infringidas con sevicia y crueldad, el terror de estrategia sistemática, es una lógica de la retaliación indiscriminada, confiriendo un carácter siniestro a la lucha armada interna. Desborda ampliamente la dimensión defensiva de la justificación, para transformarse en una guerra ofensiva de aniquilación tanto a sus enemigos históricos como a la población civil ajena al conflicto. Los diferentes grupos enfrentados encontrarán siempre argumentos para mostrar que la suya constituye la segunda violencia, supuestamente justificada por la necesidad ineludible de enfrentar una agresión previa, lo que acaba por fomentar una escalada progresiva e incontrolable de respuestas siempre más violentas.

 

C. Consecuencias esperadas del Conflicto interno.

Para Nicolás Maquiavelo la guerra es el fruto de la acciones de defensa en miras a la preservación de derechos, garantías, espacios, propiedades y condiciones de vida prestablecidas en un territorio en el que por lo mismo se estimula la vinculación a cuerpos milicianos que sean neutralizadores disuasorios de sus rivales potenciales, sosteniendo así la paz externa resultante de ventajas internas que posibiliten mejores formas desarrolladas de calidad. Es así como la guerra se convierte en un agente transformador, potenciador del espíritu individual, unificador del lazo regional, comunal, étnico, cultural o religioso, transformador del estatus local y desarrollante del moderno orden jerárquico, promotor del nuevo pacto social;  por lo mismo es  un asunto de estado que no puede ser desconocido ni ignorado. La guerra (y más exactamente la preparación a la conflagración) se convierte así en una carrera tecnológica, armamentística y territorial, beneficiosa en sí misma al generar lazos de unión, identificación y camaraderismo.

Lo problemático o irrisorio son  las cifras de muertes violentas, en las que el conflicto armado incide de manera directa o indirecta, como a su vez el incremento de ataques contra la propiedad y la libertad personal. Es evidente que la guerra genera un incremento en los índices de miseria y de necesidades básicas insatisfechas propias del desplazamiento de una parte poblacional que queda reducida a la condición de parias por su condición de marcados; estableciendo secuelas pauperizadoras de sectores marginados afectados por los efectos nega­tivos de la guerra sobre la economía, en la destrucción eco sistémica que imposibilita un desarrollo efectivo agroindustrial local, perjudica a las generaciones futuras pues las convierte en dependientes del mercado trasnacional, constituye bajas en los sistemas productivos industriales que se ven afectados en la importación, adquisición, créditos o exportaciones de productos nacionales, que a su vez son agravantes del desempleo, pobreza, y marginalidad de la vida colombiana.

Esta última anotación pone en entredicho la legitimidad de una guerra que pudo haber contado en sus inicios con justificación moral, pero que ha venido perdiendo de manera acompasada su razón de ser. Aquí cobra pertinencia la noción de que la guerra se transforma en un camino sin salida que acaba por envolver día a día a los protagonistas en la lógica de la retaliación violenta y de la venganza por encima de cualquier límite ético o cultural.

Teniendo este panorama, se hace incondicionada la obligación de suspender un escenario tan costoso como inútil como es el de la guerra interna, aclarando que el cuestionamiento a la guerra como acción no implica buscar una paz a cualquier precio, que podría resultar igual de siniestra y opresiva. El ideal es generar una paz sustentada en una práctica integral del cese de hostilidades, que permita la priorización de asuntos nacionales frente al orden trasnacional, regional y global; que posibilite el restablecimiento de garantías ciudadanas, derechos colectivos y defensas creíbles transnacionales en la consolidación del bien común.

En consonancia con lo anterior, visto desde la perspectiva de Maquiavelo, se exhortaría a tener consideraciones más profundas y delimitadas, frente a los actores armados que operan en Colombia; puesto que estos están impulsados por intereses dispares y nada concretos,  que mantienen como único enlace sus aspiraciones de poder, sustentadas en las supuestas lecturas que se le hacen al autor mismo y que por lo menos, (como ya se vio), distan mucho de ser las verdaderas interpretaciones, intenciones o alcances, sopesados en el debate académico, público o militar

 

Notas

[4]Waldmann destaca la especial dureza y crueldad de las guerras civiles, en las que proliferan actos de sevicia y tortura, ejecuciones sumarias, y en general la tendencia a ensañarse contra prisioneros, heridos o incluso mujeres, niños y ancianos. En una furia arrasadora sólo limitada por el agotamiento del agresor o la violencia de signo contrario. Waldmann anota además que una de las causas de esta particu­lar crueldad de las guerras se debe al hecho de que las partes más débiles del enfrentamiento se sienten a menudo autorizadas a desconocer las normas y prácticas de la guerra, como para compensar el desequilibrio de fuerzas en juego; y llama la atención sobre el peligro de la guerra, del todo irregulares, en la que acaban por difuminarse incluso las fuerzas enfrentadas y se engendra una «guerra de todos contra todos». El autor distingue, distintos niveles en la escalada de la guerra civil. P.Waldmann, «Dinámicas inherentes de la violencia política desatada», Sociedades en guerra civil (P.Waldmann y F. Reinares compiladores), Paidós, Barcelona, 1999, pp.94-100.

[5]Los Derechos Humanos en 1995 M. Pérez- es algo que nosotros hemos tenido en cuenta desde el inicio de la lucha. La humanización como elemento con­textual del conflicto que vivimos la hemos venido a descubrir, a trabajar desde el inicio de la lucha, no tanto, o no sólo porque hayamos leído los Protocolos, no sólo porque hayamos estudiado todo el DIH, sino porque en nuestra esencia revolucionaria luchamos para que la humanidad ascienda a un nivel más digno y por tanto más humano; dentro de este contexto los derechos civiles y los derechos humanos, los derechos de vida y los derechos de un mundo mucho más centrado y armónico, en su conjunto, son parte del objetivo de nuestra, lucha». «El ELN y el DIH, Declaración pública del comandante M. Pérez, difundida en 1995», en Conversaciones de paz. Frente al horror: Acuerdos humanitarios, Mandato, ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad, Bogotá, 1998, p.58. Las FARC-afirmaba en el mismo año el 'Mono Jojoy no violamos los derechos humanos. Si nos levantamos, lo hicimos para luchar por esos derechos. Entrevista en Cambio 16, Abril de 1995, en Paz integral y diálogo útil, t. 11, pp. 68-71.

[6] Expresan las AUC en un comunicado - que bajo el amparo de pretextos políticos, tácticas de conveniencia militar y perversa desorientación a la opinión pública, la subversión armada y sus satélites desconozcan. nuestra filosofía política e ideológica de lucha, nuestra legitimidad de restablecer, por nuestros propios medios, los derechos que nos fueron violados. Es nuestro derecho natural a la defensa de la vida, la propiedad, la libertad y la paz ciudadana que no tutela eficientemente un Estado Co­lombia Libre, órgano de las Autodefensas Unidas de Colombia, julio de 1997, p. 8.

[7] Nicolás Maquiavelo (1532). Rosanna Cabrera. ed. Del arte de la guerra. Andrómeda. 2006., Cap. III-IV

[8] Nicolás Maquiavelo (1532). Rosanna Cabrera. ed. Del arte de la guerra. Andrómeda. 2006., Cap. V-VI

[9] Autores como M. Oeas tienden a considerar más conservadora que progresista la acción de la insurgencia armada, que acabaría por contribuir a ratificar el statu quo. Además le disputaría el terreno a métodos y movimientos democráticos. Lo que Waldmann y Reinares afirman de la guerra civil en general se aplicaría también al caso colombiano: en opiniones de los dos autores, los movimientos guerrilleros paralizaron los movimientos democráticos de base, polarizaron a las gentes y militarizaron la sociedad, todo lo cual dista mucho del utópico orden igualitario y pacífico que quisieron erigir. Op.clt, p.321.

[10]Lo probable -anota P. Waldmann- es que cinco décadas, casi ininterrumpidas, de conflictos políticos y sociales hayan acostumbrado tanto a la gente a soportar la violencia como instrumento para lograr cualquier propósito que se resigna con naturalidad a ella y la emplea cuando la necesita». Op.cit., pp.98-99. M. Oeas anota, de su parte, que la proliferación de la violencia acaba por limitar su eficacia: «la violencia tiene sus puntos flacos como medio de comunicación, mucho más cuanto más común sea la violencia». M. Oeas, Intercambios violentos, Taurus, Madrid, 1999, p. 63.


Referencias

Maquiavelo, Nicolás (1532). Rosanna Cabrera. ed. Del arte de la guerra. Andrómeda. 2006.

Llorente, M.V. (1999) Reconocer la guerra para construir la paz, Cerec-Uniandes-Norma, Bogotá.

Waldmann, P. (1999) Dinámicas inherentes de la violencia política desatada, Sociedades en guerra civil Paidós, Barcelona.