Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

La utilidad de los experimentos mentales en el problema de la identidad


Juliana Zuluaga; Universidad de Caldas; julianazuluagam@gmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




 “En el fondo, el cerebro es una máquina que elabora información: puesto que tengo los ojos abiertos, mi cerebro continúa registrando datos, los elabora, y domina mis actos y mis decisiones. No importa si en ninguna parte de mi mente se proyecta la película de la consciencia, que es en realidad un lujo, un capricho estético.”

Roberto Casati en Somnifero Zombi S.A

 

     El epígrafe anterior es un fragmento de un cuento de Roberto Casati en el que se plantea la posibilidad de que existiera un medicamento que apagara la conciencia, sin que por eso dejaran de ser posibles las conversaciones o las respuestas según los estímulos externos. Esta historia ficticia pero lógicamente posible es un ejemplo claro de cómo funcionan los experimentos mentales; lo que importa no es si son o no realizables sino cómo se aplican en casos un tanto extraños nuestros conceptos. Este experimento nos lleva a reevaluar nuestra definición de consciencia y de “autoconsciencia”, también nos lleva inevitablemente a preguntarnos por la identidad personal: ¿Qué la determina? ¿Qué la hace diferente de la identidad de cualquier objeto? ¿Es mutable o se mantiene?

     El método de los experimentos mentales ha sido muy cuestionado por las posibles imprecisiones a las que puede llevar, sin embargo sirve para hacer filosofía e incluso ciencia, si tenemos en cuenta que recordemos que muchas de premisas de Galileo y Einstein parten de casos imaginarios que luego lograron probar. Toda teoría requiere trasfondos metafísicos y ejemplos que se adapten tanto a lo actual como a las posibilidades futuras, los experimentos mentales cumplen bastante bien este propósito.

La identidad: 

     Empecemos con una aclaración: el problema de la identidad, como otros tantos problemas filosóficos, es puramente ontológico; la pregunta no es cómo sabemos que alguien sigue siendo la misma persona que fue antes sino qué es lo que hace que lo sea.

    Intuitivamente la identidad personal se asocia con la posesión de un cuerpo, pero luego de un leve análisis sobre cómo puede cambiarse y mutilarse ese cuerpo, se concluye que lo que hace que exista una identidad es la continuidad psicológica. Una de las razones para llegar a esta conclusión es que la identidad personal no es igual a la identidad de los objetos: en el objeto, lo único que lo hace ser es su materia, pero en una persona lo fundamental es la conciencia de sí mismo.

     La identidad personal de alguien en un momento determinado puede definirse como la capacidad de percibir y el conocimiento de que esas percepciones son propias, lo que sigue siendo problemático es explicar el hecho de que ese ser que percibe y que está en un constante cambio sienta vergüenza u orgullo y que haga planes a futuro; esto demuestra que esa persona se identifica con un ser en el pasado y otro que vendrá luego, sin que el hecho de que todas sus células vayan a cambiar en un momento determinado influya en lo más mínimo.

Inicios de la discusión:

Para la mayoría de pensadores cristianos, la identidad personal era el alma, inmutable e inmortal. A esto se reducía el problema. Locke por su parte, decía que los recuerdos eran la prueba de que somos lo mismo que fuimos hace años, a lo que Butler respondió que la memoria no era criterio para la identidad personal, pues la presupone[1]: no podemos recordar experiencias sin antes asumirlas como propias y personales. A esto Parfit responde con el experimento mental de los cuasi-recuerdos: en el que se plantea que si hubiera algún método para ver los recuerdos de otra persona, no podría afirmarse que estos recuerdos fueran ilusiones, pues serían todos recuerdos reales, pero tampoco podrían asumirse como propios, pues si sabemos que nunca estuvimos en el lugar que estamos recordando, habría que investigar el origen de esos recuerdos.

     Luego vino Hume, con una respuesta escalofriante y aparentemente reduccionista, él dice: “Me atrevo a afirmar que no somos más que un amasijo o colección de sensaciones diversas, que se suceden unas a otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un movimiento y en un flujo perennes”. Esto podría aplicarse a alguien sin memoria o sin proyectos, cuyas acciones fueran respuestas deterministas al universo, pero parece que el hombre común constituye su identidad en algo mucho más estable. Más adelante en este ensayo presentaré ejemplos de hombres que por diversos problemas poseen una identidad como la descrita por Hume, veremos cómo se reduce su vida al tener sólo un amasijo de sensaciones en flujo constante.

     Otra perspectiva, la de Strawson, resuelve este problema desde el lenguaje: dice que la identidad personal es el estatus de un sujeto al que se le pueden adjudicar predicados físicos y psicológicos. Esta respuesta no es muy acogida porque evade el tema central: aunque la identidad es una cuestión en gran parte lingüística, lo que se discute es eso a lo que hacen referencia esas palabras.

     Shoemaker fue otro autor importante en la historia de la filsofía de la mente experimentos mentales, el suyo hizo que se cuestionara la teoría de la identidad como algo únicamente físico, voy a resumirlo:

     Para empezar, digamos que el cerebro de Juan es trasplantado al cuerpo de Pedro. La mayoría estaríamos de acuerdo en que al final de la operación tendríamos a Juan, no a Pedro,  pues es Juan quien percibe.

     Se ha comprobado que cuando uno de los hemisferios se atrofia por algún motivo, el otro es capaz de desarrollarse más y de cumplir las funciones de la mitad faltante. Imaginen que pudiéramos ponerle a un cuerpo el hemisferio derecho del cerebro de Juan y a otro cuerpo el izquierdo.

     Si en ambos casos ocurre lo descrito anteriormente, habría dos personas que podrían reclamar ser Juan, ambas con un sustento físico y con contenidos mentales de Juan, pero dos personas no pueden ser la misma. D. Lewis respondería a esto que si se dividen dos partes de un cerebro, se forman dos nuevas conciencias, que antes eran una sola. Es decir: hay dos personas que fueron Juan, pero que en este momento son distintas y seguirán cambiando mientras pase el tiempo. No hay contradicciones en esta respuesta.

     Estas son las divisiones más comunes en el debate por la identidad personal:

     Los llamados reduccionistas, como Hume, Locke y Parfit, que creen que no hay una “identidad personal” sino una serie de asociaciones y relaciones contingentes que forman lo que conocemos como el “yo”. En contraposición tenemos a los no reduccionistas, como Buter, Descartes y otra inmensa cantidad de autores que consideran que tiene que haber algo que persiste en el yo.

     También está la otra división, que depende de si se considera que la identidad es una cuestión de tipo o de grado. Muchos dicen que o se es o no se es alguien, que esta relación es binaria, pero autores como Parfit o Peirce creerían algo diferente, Parfit propone el experimento mental de Napoleón: imaginemos que algún científico decide que va cambiar mi mente por la de Napoleón, pero no lo hace inmediatamente sino que empieza a inyectarme su información poco a poco. No es lo mismo cuando soy 100% yo que cuando lo soy 70% y cuando me queda sólo un 10% de mi información. Este cambio es continuo, como gran parte de los cambios que sufrimos a lo largo de nuestras vidas, por lo que nuestra relación con lo que éramos en el pasado también podría medirse en porcentajes.

De Locke a Parfit:

  Locke fue uno de los pioneros en la utilización de experimentos mentales para hablar de este problema: creó el del zapatero que cambia de cuerpo con un príncipe, esto para explicar cómo no es el cuerpo el que da identidad sino la mente, que se llena de recuerdos y experiencia. Estos dos últimos eran, para él, los únicos criterios determinantes en la identidad personal.

     Esta teoría fue fuertemente refutada, pues no son pocas las cosas que olvidamos, tanto cuando estamos sobrios y en nuestros cinco sentidos como cuando, por alguna enfermedad o por el consumo de alguna sustancia, tenemos una laguna mental, sin embargo Locke reveló con su teoría que entre una persona hoy y ella misma hace 20 años hay una serie de recuerdos, que son Conexiones Directas con su “yo” del pasado. Incluso cuando no hay una Conexión Directa con un momento específico, hay una continuidad de recuerdos más o menos coherente entre la persona actual y su “yo” de hace 20 años. Derek Parfit toma este aspecto para desarrollar su teoría, pues estas “conexiones”, así no estén siempre, aparecen en mayor o menor grado con respecto al pasado con los recuerdos y al futuro en forma de deseos o miedos. Cuando hay suficientes conexiones particulares y se pueden organizar de forma continua, tenemos un criterio de identidad; Parfit le llama a éste un caso de Conectividad fuerte.

     Es necesario aclarar que la Conectividad Fuerte no es una relación transitiva, es decir, si recuerdo vívidamente un día hace un año, y ese día recordaba de forma directa y fuerte lo que había sucedido una semana antes, y una semana antes recordaba qué camisa usé el día anterior, todo esto no significa que tenga que estar conectada directa y fuertemente con el recuerdo de esa camisa en este momento.

     Antes de conocer más de la teoría de Parfit, analicemos su experimento mental:

     Si existiera un teletransportador que copiara la información de nuestras células, destruyera nuestro cuerpo y generara otro de nueva materia en un lugar diferente, como en Marte, la mayoría de nosotros creería que el nuevo ser que el aparato genera es el mismo que se destruyó, a menos de que la máquina tuviera alguna falla. Digamos que ya lo hemos hecho varias veces de forma satisfactoria, tanto que en nuestro nuevo cuerpo podemos incluso ver la cicatriz que nos hicimos en la mañana.

     Parfit hace el experimento más complejo, suponiendo que un día el cuerpo no se destruye inmediatamente, sino que, como hay un nuevo teletransportador, nos encontramos con una persona de bata blanca que nos dice que podemos hablar con nuestra réplica y verla pasear en Marte. En este caso, ya no parece que nuestra réplica y nosotros somos el mismo, pues podemos verlo de lejos y no percibimos lo que él percibe. Si por fallas técnicas, nos dicen que ahora tendremos que morir, pero que quedará esa réplica para reemplazarnos, podrá consolarnos el hecho de que él va a encargarse de nuestros asuntos tal y como nosotros lo habríamos hecho, pero esto no significaría que no vayamos a morir. Parfit dice en esta parte: “si me pellizco él no sentirá nada, si muero él vivirá por cuarenta años más”.

     Luego de este experimento, Parfit explica que hay dos clases de identidad: la cualitativa y la numérica. Dos bolas blancas pueden ser idénticas cualitativamente, pero no lo serán numéricamente, pues no son un solo objeto. Si pinto una de esas bolas de rojo, ella será numéricamente idéntica a sí misma cuando era blanca, pues es el mismo objeto, pero no cualitativamente, ya que sus características habrán cambiado. Lo mismo se puede aplicarse a las personas: yo soy cualitativamente idéntica a mi réplica, pero numéricamente somos dos seres distintos, y soy numéricamente idéntica a mí misma hace 20 años aunque cualitativamente no me parezca en casi nada. La identidad que nos importa realmente es la numérica, pero esta puede desaparecer si hay muchos cambios cualitativos significativos como los descritos en los experimentos mentales de los trasplantes de cerebros.

En la identidad personal hay que tener en cuenta tres factores:

  1. La naturaleza de una Persona es ser consciente de sí misma, de su identidad y de su existencia a través del tiempo.
  2. Para que una persona, a través del tiempo, sea la misma, también requiere ser consciente de su pasado y de que percibió lo que recuerda.
  3. Los factores que no necesariamente implican la identidad, pero tienen que ver con ella: tener un mismo cuerpo o un mismo cerebro.

     Con los objetos el criterio de identidad se reduce, normalmente, a la continuidad espacio-temporal, pero si aceptamos que la teletransportación es un método para viajar, estamos reconociendo que en el caso de los humanos la identidad es de una naturaleza distinta

     En la teoría reconstruida de Parfit, lo importante es la continuidad psicológica y la base no son sólo los recuerdos sino la conexidad psicológica. Definamos estos dos términos:

  • Continuidad psicológica: hechos que nos son familiares. Continuidad de la memoria: Ayer recordábamos más cosas de antier y antier del día anterior; si hay una cadena de recuerdos constituida de este modo, eso significa que soy la misma persona que hace 20 años.
  • Conexidad psicológica: conexiones psicológicas directas y concretas, como deseos, recuerdos, creencias y otros estados psicológicos. Así, en el caso de que alguien olvide una parte de su vida, como una persona con amnesia, podrá tener una identidad por sus otras conexiones, ya sean con otras partes de su pasado o con su futuro. Según esto, podemos concluir que la identidad personal con el pasado y el futuro es una cuestión de grado, entonces es perfectamente razonable estar menos conectado con algunos aspectos que con otros.

      En resumen, Parfit define la identidad como una continuidad psicológica una relación R entre experiencias y cerebro.

  1. Sólo existimos como la unión de nuestros procesos físicos y los psicológicos

     Nuestra identidad no siempre está determinada, puede ir cambiando y podemos perder conexión con los sucesos que no estén relacionados con nuestra vida actual.Debe haber unidad en la conciencia en un momento dado y en la conciencia de toda la vida. Estas unidades se establecen por la relación experiencias-cerebro.

     No importa la identidad sino la relación R con cualquier causa, esta aclaración se hace por los casos de división, en los que dos personas pueden estar relacionadas con un mismo pasado, pero la mayoría afirmarían que el “Yo” del pasado no es ninguna de ellas. Lo que importa realmente es que ambas están conectadas con ese pasado, pues para Parfit, los cambios que harán que cada una de ellas sea distinta son muy similares a los que hacen que yo sea distinta de mí misma hace unos años. Conservar la identidad totalmente, sin convertirse en alguien con variaciones de lo que se era antes, es imposible.

Otros experimentos:

     Para responder los interrogantes más comunes sobre la mente han sido de gran utilidad los experimentos mentales, hablemos de los más famosos:

     Tal vez el más reconocido es el del neurólogo Frank Jackson, titulado “What Mary Doesn´t knows” o “lo que no sabía Mary”, que trata de probar la existencia de los Qualias, es decir, las experiencias y el conocimiento que sólo pueden adquirirse en primera persona. Jackson cuenta la historia de una mujer que pasa toda su vida en un cuarto pintado a blanco y negro, con libros blancos y negros y con un televisor a blanco y negro. Incluso su piel está pigmentada en estos colores. Ella aprende, por medio de los libros y el televisor, cómo funcionan los colores, puede explicar perfectamente todas sus propiedades físicas y los efectos que producen en el ojo. Aun así, Jackson dice que cuando Mary salga y vea los colores aprenderá algo que no sabía: cómo es la experiencia de ver un color. Incluso puede que no los distinga automáticamente, como cuando un ciego de nacimiento es operado y no puede distinguir las formas con sólo verlas, así ya las haya tocado y le hayan tratado de explicar cómo se verían. Thomas Nagel, hablando de lo mismo, inventa otro experimento al que llama “¿Qué se siente ser un murciélago?” Lo desarrolla de la siguiente manera:

      Cuando yo me pregunto cómo se siente ser un murciélago, lo máximo que puedo hacer es imaginar cómo me sentiría yo teniendo conductas de murciélago como volar o cazar insectos. No puedo borrar mi forma de conciencia, ni el hecho de que en mi vida he experimentado las cosas de otra manera. Nagel muestra que tampoco podríamos saber nunca cómo se siente, por ejemplo, un ciego de nacimiento, ni él podría saber cómo percibimos nosotros, pues, igual que con el murciélago, hay un sentido que nosotros tenemos y con el que hemos estructurado el mundo, mientras que como él no lo conoce, tampoco lo extraña. Aquí Nagel hace una salvedad: un marciano podría conocer, por ejemplo, el fenómeno del rayo, de una manera distinta a la nuestra, pues éste es un ente externo. Simplemente no podría saber qué se siente ver un rayo tal y como lo ven los seres humanos.

     Otro experimento conocido y controvertido fue el de Searle cuando atacó la idea de la inteligencia artificial, se llama La habitación china. En este experimento Searle hace evidente la diferencia entre conocer la sintaxis de un idioma y entender su semántica; lo que dice es lo siguiente: imaginémonos una habitación que tiene un ordenador que está programado para que, cuando le llegue un mensaje en chino, responda con otro, coherente y bien escrito. La persona que está afuera, escribiendo los mensajes que llegan a la habitación, podría creer, luego de hablar con el ordenador, que éste pasa el Test de Turing y es un ser humano. Si luego metemos a la habitación a una persona que no sabe nada de chino, pero en la habitación hay manuales que le indican “cuando veas esto, responde con esto otro”, esa persona podría hablar de igual forma con cualquier chino, pero es claro que no estaría entendiendo los significados de lo que dice, así su la sintaxis que use sea correcta. Para Searle, la “inteligencia” que nosotros podemos crear no puede ser más que eso: el seguimiento de instrucciones y la réplica de las conductas, sin comprender. Searle dice que quienes afirman que un computador puede poseer inteligencia, están en el fondo reconociendo que la inteligencia humana se parece a la de un aparato programado.

Experimentos reales: 

Oliver Sacks es un neurólogo que ha encontrado casos muy atípicos, lo que le pasa a sus pacientes podrían ser perfectamente experimentos mentales de filosofía de la mente. Veamos algunos de los que salen en  el libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”:

  1. Sobre la memoria:

     Volvamos a la cita de Hume: “me atrevo a afirmar que no somos más que un amasijo o colección de sensaciones diversas, que se suceden unas a otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un movimiento y en un flujo perennes” como afirmábamos al principio, esta visión tan terrorífica no se asemeja a la identidad de la mayoría de nosotros, pero Sacks encontró varios casos afines con ella:

  1. El caso del marinero perdido:

     Jimmie olvidó los últimos 20 años de su vida. Todavía creía tener 19 años y todo lo que recordaba se frenaba en ese momento. No era capaz retener algo que había sucedido hace 5 minutos, pero sí de escribir en código morse y de decir los nombres de los oficiales de la marina que lo acompañaron a prestar servicio y que en este momento seguramente estarían muertos o muy enfermos. Jimmie perdió su relación con el mundo en el que habitaba su cuerpo, Sacks decía:

Está, digamos, aislado en un momento solitario del yo, con un foso o laguna de olvido alrederor. Es un hombre sin pasado (ni futuro), atrapado en un instante sin sentido que cambia sin cesar (…) Mis notas eran una extraña mezcla de observaciones y datos, cuidadosamente detallados y especificados, con mediaciones irreprimibles sobre lo que podían significar aquellos trastornos, qué y quién era aquel pobre hombre y dónde estaba… si es que en realidad se podía hablar de una existencia con aquella privación tan absoluta de memoria o de continuidad (…) Yo no podía evitar imaginarme lo fascinado que se habría quedado Hume al ver encarnada en Jimmie su propia “quimera” filosófica, la tosca reducción de un hombre a un mero flujo y un mero cambio desconectados, incoherentes (…) esto no se cumple, evidentemente, en el caso de un ser humano normal, porque este posee sus propias percepciones. No son un mero flujo, sino que son suyas, están unidas por una individualidad o yo duradero.

En este caso se hace evidente la importancia en la identidad personal de la conciencia, proyectando lo que ocurre en algún lugar de la mente, y de los recuerdos, que constituyen a la persona y determinan cómo va a interpretar el mundo.

       2. Una cuestión de identidad:

Esta vez Sacks nos presenta un caso peor que el de Jimmie: otro paciente con síndrome de Korsakov, que inventaba historias sobre todas las personas que ve y sobre sí mismo, pues no puede recordar nada reciente. Lo que Sacks dice de este paciente es:

“Si queremos saber de un hombre preguntamos ¿cuál es su historia? Pues cada uno de nosotros es una biografía, una historia (…) Biológica, fisiológicamente, no somos distintos unos de otros, históricamente, como narraciones, somos todos únicos (…) el individuo necesita una narración interior continua para mantener su identidad, su yo”

Hay experimentos de psicoanalistas que dicen que si ponemos frente a una persona varias fotografías de su infancia y una de ellas es un montaje, esa persona creará un recuerdo para conectar esa imagen falsa que le mostramos.

       3. Identidad con el cuerpo:

Parte del problema de la identidad está en la consciencia y la propiedad sobre el propio cuerpo. De hecho, como dije al principio de mi texto, la respuesta intuitiva a la pregunta sobre lo que hace que una persona siga siendo la misma es: que siga teniendo su propio cuerpo. Sacks presenta dos casos: el de La dama desencarnada y el del Hombre que se cayó de la cama pierden lo que en la neurología se denomina la “propiocepción”, que es la capacidad de percibir el cuerpo como algo propio y manejarlo. Ella perdió la capacidad de dominarlo y moverlo como quisiera y él, cuando despertaba en la mitad de la noche, veía a su lado una pierna monstruosa y extraña, que tiraba de la cama. Para su sorpresa, luego caía él también.

Conclusiones:

  Los experimentos mentales pueden ser técnicamente imposibles, cuando no tenemos las herramientas tecnológicas para realizarlos, o lógicamente imposibles, cuando no se pueden lograr por motivos intrínsecos a la realidad. Es por esto por lo que Quine aconseja no aceptar todas las consecuencias que se desprendan de ellos. Aun concediéndole eso, no podemos desconocer la importancia de estos experimentos para poner a prueba prejuicios y comprobar creencias. En la filosofía de la mente los experimentos mentales han jugado un papel fundamental y en la cultura pop, desde que pensamos que pueden existir extraterrestres, zombis o clones, estamos evaluando conceptos y percepciones muy viejas que descubrimos que tenían algunas fallas. Incluso en las ciencias exactas lo que sabemos de la infinitud del universo, de los agujeros negros y de los viajes a la velocidad de la luz, proviene todo de casos imaginarios.

     Sobre la identidad personal, Parfit hizo una teoría bastante completa, sin desviarse del tema central ni reducir más de la cuenta: hoy sería anacrónico hablar de algo permamente e inmutable dentro de nosotros, sin embargo no por eso debemos desconocer la importancia de los sucesos de otras épocas en la constitución de nuestro “yo” presente. Estamos conectados con las otras versiones de nosotros mismos, dependiendo de cómo influyan en nuestras vidas actuales serán más o menos importantes.

 

 

 

 

 

Notas

[1] Butler, p.100


Referencias

  • PARFIT, D (1984) Razones y personas. Machado Libros
  • BENITO VICENTE, J.O (2003) El problema de la identidad personal en la filosofía analítica. Revista Daimon.