Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Política, reparto de lo sensible e igualdad


Julián Mateo Bohórquez Olaya; Estudiante de la licenciatura en filosofía y lengua castellana; Universidad Santo Tomás; julian.bohorquez@usantotomas.edu.co

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Ranciere en su libro El desacuerdo recrea el panorama del retorno de lo político: por una parte, un feliz reencuentro de los lugares propios para deliberar y decidir sobre el bien común representados en asambleas, esferas del Estado y jurisdicciones supremas, que legislan y deciden las leyes que van en favor de la comunidad. Por otra parte, un panorama negativo en el que se expresa que en aquellos lugares es poco lo que se tiene que deliberar, ya que al parecer las decisiones se toman por sí mismas y la política queda reducida a la simple adaptación al mercado mundial. Por ello nos dice el pensador francés que el retorno de la filosofía política se muestra al mismo tiempo como el abandono de la política por sus representantes (Ranciere, 1996, p.6). A partir de esto, el siguiente escrito pretende dar cuenta del restablecimiento del ejercicio político a partir del desarrollo de procesos deliberativos en los cuales se ponga en cuestión y se reconfigure determinada repartición sensible. 

División de lo sensible

Para Ranciere el inicio de la división de lo sensible parte de la pretensión de fundamentar la política en los animales que tienen logos. De esta forma, recordando a Aristóteles, se divide en dos clases a los individuos de una misma comunidad, a saber, animales fónicos y animales lógicos: los primeros son aquellos que con su voz solo son capaces de expresar el placer o el dolor que determinada experiencia les causa; los segundos son animales que con la palabra, o logos, hablan sobre lo bueno y lo verdadero. En este sentido, la repartición de lo sensible se establece en el momento en el que se genera un rechazo contra los individuos que tienden a la perturbación del logos tildándolos de animales y, por el contrario, una aceptación a quienes se expresan de acuerdo con el logos y su realización. 

La anterior división hace posible que únicamente ciertos individuos puedan aparecer en el plano político a partir de una capacidad relacionada con el dominio de la palabra y, así mismo, excluye a quienes no tienen tal propiedad. Si se toma por cierta esta división, de inmediato sale a la luz una división simbólica de los cuerpos, estos es, quienes se ven y quienes no se ven. De esta manera, la política pasa a ser un espacio privilegiado al cual solo tiene acceso unos cuantos propietarios del logos, ocultando y reduciendo a ruido las demandas de una periferia, ya que sus exigencias en nada aportan al ejercicio político. En este sentido dice Ranciere que “no hay motivo para discutir con los plebeyos, por la sencilla razón que estos no hablan. Y no hablan porque son seres sin nombre, privados de logos, es decir de inscripción simbólica en la ciudad” (Ranciere, 1996, 38). 

Ahora, ¿en qué se basa tal división? ¿En qué se funda una división de los cuerpos, una asignación de espacios distintos? Hasta donde se ha dicho es la propiedad del logos, pero en realidad lo que se pone en cuestión es la desigualdad misma: los cuerpos son distintos de otros y por ende les corresponden espacios distintos. Pero es preciso aclarar esta idea. No se trata de mera diferencia entre iguales, ni tampoco una somera distinción entre las propiedades que le corresponden a cada cuerpo; de lo que se trata, por el contrario, es de una diferencia que resalta la superposición de unos sobre otros, de aquellos cuerpos que en la repartición cogieron más parte que los demás.

Por otro lado, ¿Cuál es el límite de esta desigualdad? ¿Cuánto más pueden creer los “sin logos y sin parte” que son desiguales a los dueños de la palabra? Al comprender los “sin logos” que hay algo extraño en la repartición se entra en una igualdad en el lenguaje, es decir, cuando se entiende que hay desigualdad y, al mismo tiempo, que materialmente no tiene por qué haberla, se está comprendiendo el logos, se está hablando la misma lengua que los animales lógicos y a la vez presuponiendo la igualdad que antes no existía entre ambos tipos de animales. En síntesis, que se presuponga el principio de igualdad quita todo fundamento en el reparto de lo sensible y hace que cualquier repartición sea posible: 

Pero solo el despliegue de una escena de manifestación específica da una efectividad a esta igualdad. Solo ese dispositivo mide la distancia del logos consigo mismo y da realidad a esa medida al organizar otro espacio sensible donde se comprueba que los plebeyos hablan como los patricios y que la dominación de estos no tiene otro fundamento que la pura contingencia de todo orden social. (Ranciere, 1996, p.40)

El espacio político deja de ser entonces un lugar privilegiado para unos cuantos y pasa a ser inmediatamente el escenario donde los que no tienen parte establecen luchas para exigir esas partes. La política se ha redefinido en cuanto a su fundamento: ahora quienes pretendían mantener un orden sustentado en la desigualdad ofrecida por el logos, fueron retados a duelo por aquellos que se dieron cuenta que no hay nada detrás que fundamente el ejercicio político mismo. Cualquier orden puede regir en la política porque el fundamento de esta es la lucha entre iguales, y en tanto que iguales todos pueden cuestionar la división establecida y reconfigurarla.

Para Ranciere, la partición1 de lo sensible es aquel sistema que muestra a distintos sujetos que hacen parte de un espacio común y, a la vez, pone en evidencia sus delimitaciones y restricciones de acuerdo a una repartición de lugares y partes exclusivas. Esta división se basa en distribuir espacios, tiempos y formas de actuar a cada sujeto definiendo la forma de su participación en la división2. En esta instancia se deslindan dos lógicas: por una lado, la lógica que reparte las partes “distribuye los cuerpos en el espacio de su visibilidad o su invisibilidad y pone en concordancia los modos del ser, los modos del hacer y los modos de decir que convienen a cada uno” (Ranciere, 1996, p.43); y por otro lado, se encuentra la lógica que elimina la armonía de la repartición a partir de la contingencia que ofrece la igualdad entre individuos parlantes. 

La primera lógica, es decir, la institucional que divide y reparte lo sensible, se ha confundido hasta ahora con la política, para Ranciere, la política incluye este momento pero sin excluir el del litigio. La agregación de colectividades, la organización de los poderes, la distribución de los lugares y los sistemas que la legitiman son los momentos que generalmente constituyen el concepto de política. En contraposición, para el pensador francés todos estos elementos de una política constituida son considerados más bien como la policía3. La forma de dar estructura a toda la división de las partes, de organizar los cuerpos y configurar sus sensibilidades en forma de ley es la ocupación y el proceder de la policía. Al respecto dice Ranciere que “la policía es primeramente un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea” (Ranciere, 1996, p.44).

Por política Ranciere entenderá algo completamente opuesto. Si la policía organiza y divide lo sensible, la política destruye la configuración y la división que la primera realizó. Por medio de la política un cuerpo que estaba destinado a un tipo de sensibilidad puede mudar a otra, devenir una subjetividad distinta4. “La actividad política es la que desplaza a un cuerpo del lugar que estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde solo el ruido tenía lugar (…)” (Ranciere, 1996, p.45). Con la actividad política se da en rigor el principio de igualdad, pues todo cuerpo tiene acceso a cualquier parte y de esta manera la política deja de ser únicamente constituida para pasar a ser constituyente. 

Política e igualdad

¿Cuál es el objetivo propio de la política? Ranciere afirma que esta no tiene ningún objeto que le sea propio; incluso su principio –es decir la igualdad– no tiene en sí mismo nada de político. En efecto, la política actúa de acuerdo a la igualdad, pero solo como fundamento para buscar por medio del litigio reconfigurar las condiciones de lo sensible dentro del orden policial, para que su repartición sea igualitaria. Por el contrario, la actividad política por el mismo hecho de partir de la contingencia total no asegura ningún tipo de resultado después del litigio, es más, Ranciere se ve escéptico ante el caso de que el litigio logre establecerse como una nueva forma de repartición, puesto que inmediatamente pasaría a ser policía.

Cuando Ranciere aclara que el principio de la política es la igualdad, pero a la vez esta última no es en sí misma política -pues nada es político en sí mismo-, afirma que es preciso buscar entonces estatuto a la igualdad. En este sentido, la igualdad no es un dato aplicable, ni tampoco una esencia que encarne un objetivo a alcanzar; es, por el contrario, “una presuposición que debe discernirse en las prácticas que la ponen en acción” (Ranciere, 1996, p. 49). Por tanto, en el litigio no se pretende alcanzar la igualdad con respecto a otro, pues esta ya está presupuesta en el simple levantamiento que se realiza, de lo que se trata es de recrear los espacios para establecer una nueva repartición en la que quienes no tenían parte la tengan.

La política es asunto de sujetos o, conforme a la aclaración de Ranciere, de modos de subjetivación. Por medio de la actividad política un sujeto crea un nuevo campo de experiencia diferente al que se le establecía en la repartición policial. El francés lo ejemplifica de esta forma: 

“obreros” o “mujeres” son identidades aparentemente sin misterio. Todo mundo ve de quién se trata. Ahora bien, la subjetivación política los arranca de esta evidencia, al plantear la cuestión de la relación entre un quién y un cuál en la aparente redundancia de proposiciones de existencia. (Ranciere, 1996, p. 52-53)

La subjetivación implica la desidentificación con una forma de ser, arrancarse de un determinado lugar y existir en otro donde a cualquiera le es permitido existir. De esta forma cabe preguntarse ¿qué es lo estético que Ranciere ve en la política? El autor francés al referirse a estética tiene en mente a Kant, pues está pensando en el sistema de las formas que a priori determinan lo que se va a experimentar, es decir las condiciones de posibilidad de la experiencia. Así pues, el orden policial sería la condición determinante de la sensibilidad subjetivada y la posibilidad de transgredirla y experimentar de forma polémica es ofrecida por la política.

Una subjetivación política es una capacidad de producir esos escenarios polémicos, esos escenarios paradójicos que hacen ver la contradicción de dos lógicas, al postular existencias que son al mismo tiempo inexistencias o inexistencias que son a la vez existencias. (Ranciere, 1996, 59)

Igualdad para luchar y nada más

En este último apartado, más que seguir haciendo una revisión teórica de los postulados de Ranciere, se pretende formular una serie de preguntas con respecto a lo que aquel propone. Los cuestionamientos apuntan sobre todo al sentido institucional de la política que se ha venido criticando, es decir, cómo Ranciere al denunciar toda institucionalidad política como policial, recrea una figura de la política estancada en el campo de batalla. La política, entendida de esta manera, debe tener una repercusión efectiva dentro del campo social, subvirtiendo el orden configurado y sobre el cual se han establecido los litigios, un aspecto que necesario por lo menos para pensar la política en Latinoamérica5

Cuando Ranciere especifica que la igualdad no debe pretender organizarse ni instituirse como ninguna forma de vínculo social, pareciese que estuviera proponiendo una eterna batalla, una constante lucha de todas las partes que exigen nuevas formas de sensibilidades. Si bien las luchas tienen que establecerse en el campo de la contingencia buscando des-identificarse y des-agenciarse, no hay que descartar los lazos de equivalencia que pueden unir a las luchas en el propósito de constituir un orden distinto. Así pues, la política debe también pretender su organización, no en el sentido de una institucionalización, sino como una lucha por la hegemonía. En este sentido, ganar la hegemonía implica organizarse y asociarse de forma estratégica, recogiendo diversos grupos de demandas y adquiriendo una posición relevante desde la cual estas demandas sean escuchadas efectivamente6, tal como lo han planteado Chantal Mouffe y Ernesto Laclau (1987)7

Si se toma como ejemplo las democracias latinoamericanas, es indiscutible la desarticulación que sufren el conjunto de demandas presentadas a las formas de gobierno actuales. Ciertamente, en un contexto como el de Latinoamérica la política debe tener una incidencia concreta dentro de los regímenes de gobierno: no solo problematizando las formas en los que aquellos están dados, sino vinculando todas las partes inconformes para que a estas también les sea dado gobernar y reformar la partición de lo sensible. De ahí la importancia de la reorganización después de las luchas que descuida Ranciere: quizá sea la urgencia de reformas en Latinoamérica la que exige pensar la política como estructura y no solamente como batalla.

En conclusión, la política también se trata de una acción estratégica en la cual todas las demandas que se presentan en el cuerpo social encuentran lazos de equivalencia y adquieren la autoridad para adquirir poder político. Esto quiere decir que las demandas también deben aspirar al gobierno, pues esto es lo que garantiza la transfiguración segura del orden. Sin embargo, la política se ha de prolongar siempre y cuando el litigio continúe, aun después de que se haya subvertido el orden. Las demandas tienen que reactivarse en todo momento, puesto que el objetivo democrático y político es la de-subjetivación, es la posibilidad de devenir de otra forma, es crear todo el tiempo líneas de fuga que escapen al orden establecido, así este sea de la propia izquierda. Sin lugar a dudas esta es la importancia del concepto estético de Ranciere, ya que apunta siempre a la posibilidad de transfigurar las sensibilidades, de transformarlas, haciendo de esto el objeto de la política.

 

Notas

1“Partición se entenderá aquí en el doble sentido del término: comunidad y separación” 

2En este sentido, Ranciere es fiel a Foucault, puesto no ve en el sujete algo que preexiste, sino que es constituido por discursos y técnicas dentro del espacio social.

3Para Ranciere la policía “no es más que una forma particular de un orden más general que dispone lo sensible en lo cual los cuerpos se distribuyen en comunidad” (Ranciere, 1996, 43)

4En palabras de Foucault, desubjetivarse. 

5Posiblemente Raniere se desentiende de este punto porque en las democracias europeas es posible plantearse la política simplemente como batalla, pero en Latinoamérica las demandas tienen que poder darle  voz a quienes nunca la han tenido dentro del poder político. Quizá por eso es que el autor francés se le ha leído en Europa como un manifiesto artístico, el cual sugeriría que la lucha se da a través de las expresiones artísticas, descuidando lo que realmente quiere decir el concepto de estética. En Latinoamérica sobre todo este concepto de estética toma cuerpo, porque solo hay transfiguración donde el cuerpo padece, donde la experiencia deviene teoría. 

6Incluso David Harvey (2013) afirma que el activismo político tiene que comenzar desde el ámbito local, pero su pretensión tiene que dirigirse a un ámbito mucho más amplio que pueda considerar la generalidad de las demandas de la vida metropolitana, o en nuestro caso, del mundo de la vida en los contextos urbanos y rurales. En palabras de Harvey, cada movimiento político debe plantearse sus demandas con relación a la situación global y pensando siempre en una escala planetaria. 

7En efecto, Laclau y Mouffe (2004) piensan en una forma en la que la izquierda pueda vincular múltiples demandas del cuerpo social, con el objetivo de ganar la hegemonía. Los autores muestran que la izquierda necesita de un pensamiento estratégico que logre tener una influencia eficaz en el gobierno y en las formas de control político dadas. 


Referencias

Harvey, D. (2013). Ciudades rebeldes: del derecho de la ciudad a la revolución urbana. Barcelona: Ediciones Akal. 

Laclau, E; Mouffe, C. (2004). Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 

Ranciere, Jaques. El desacuerdo, política y filosofía. (1996). Buenos Aires: Ediciones nueva visión. 

______ La división de lo sensible, estética y política. En: http://es.scribd.com/doc/6632390/Jacques-Ranciere-La-Division-de-Lo-Sensible