Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

El concepto de persona y una conversación sobre el especismo


Juan Camilo Osorio Alcalde Estudiante de Filosofía y Letras Universidad de Caldas Juan_Camilo315@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Introducción

Desde el S.XVIII la humanidad se ha visto ivadida [L1] por el anhelo de igualdad, gracias a esto el hombre ha entablado disputas con las formas de segregación más tradicionales a lo largo de su historia, a saber: racismo, sexismo o xenofobia, siendo estos los más tradicionales, pero, a pesar de que lucha contra estas formas de discriminación se haya adelantado enormemente, surgen, aún hoy, problemas similares.

En el afán por abolir completamente la discriminación, se introduce un nuevo concepto conocido como especismo, que se define como la discriminación entre especies; supone la segregación se especies menos favorecidas, [L2] es decir, la discriminación del hombre hacia el animal, sin embargo, este nuevo concepto parte de supuestos que deben ser motivo de estudio, por ejemplo, supone que si se debe luchar contra el especismo, es porque la diferencia entre humano y animal no es tan marcada como se suele pensar, realizando una personificación del animal, pero para sustentar o desacreditar la diferenciación entre humanos y animales, debería también evaluarse un título del que, hasta ahora, el Homo sapiens es el único ser vivo merecedor, a saber, el título de persona.

Con el fin de aclarar si resulta válido hablar de especismo, el presente escrito toma como punto de partida la pregunta ¿A qué se le puede llamar persona? Para esto se tomarán como base distintos puntos de vista, a fin de no postular una definición de persona parcializada.

 

I.La persona como culmen de la creación

Resulta difícil empezar a hablar de una definición de “persona” sin acudir a la rama donde se acuñó el término por primera vez; si bien la etimología de la palabra remite instantáneamente al teatro, pues significa literalmente ‘máscara del actor’, personaje, el primer uso de la palabra ‘persona’ para referirse a un ser autónomo y con dignidad se remite al cristianismo.

Tomando como punto de partida las escrituras del pentateuco, centralmente el génesis, los cristianos ubican al hombre como la cúspide de la creación, pues la especie humana aparece como creación predilecta de una entidad supraterrena. “(…) Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras campestres y reptiles de la tierra.” (Gn 1, 26b)

Desde la postura metafísica del cristianismo, el hombre se ubica como la cúspide de la creación pero solo debido a un mandato divino, dado que esta divinidad dota al hombre de alma sin que los animales la posean; si el supuesto de la existencia de Dios se ignora, el argumento queda “sin piso” pues su única base es una falacia de autoridad.

Ahora bien[L3] [CZM4] , por mucho tiempo se acudió a la razón para señalar la diferencia radical entre los seres humanos y los animales, lo cual resulta pretencioso dada la clasificación taxonómica de la especie; dentro de los grandes primates, el hombre es el único con el apelativo de pensante, Homo sapiens sapiens¸ es decir, Hombre pensante pensante. Es  llamativo el orgullo humano al auto rotularse como el dos veces pensante, relegando así a sus primos evolutivos sin tener en cuenta que estudios posteriores sobre familias enteras del reino animal, como los grandes simios y hasta los cetáceos dirían que las competencias cognitivas de estas especies serían equiparables o incluso superiores a las humanas, como es el caso de los delfines, cuyo cerebro procesa más información y más rápido que la del cerebro humano.

Frans de Waal, biólogo y primatólogo, en uno de sus estudios llegó a la conclusión de que algunas especies de animales no solo poseen razón sino que además tienen la capacidad de establecer empatía con sus allegados; logra esta afirmación gracias a un sencillo experimento que consistía en poner una caja con comida al otro lado de la habitación donde estaba la jaula de dos chimpancés adultos, la cual contaba con un mecanismo que solo se accionaba si ambos primates halaban conjuntamente de un par de cuerdas. Waal logró demostrar no solo el espíritu cooperativo de estos animales cuando ambos resultan beneficiados, sino también su carácter solidario, cuando solo uno de ellos pasa necesidad.[1]

Si el concepto de persona no recae en el hombre por mandato divino ni por el hecho de ser único portador de la razón, ni mucho menos por que el ser humano sea el único ser capaz de entablar empatía ¿podría ser la conciencia su principal diferencia con los animales? Max Scheller argumenta en El puesto del hombre en el cosmos que la diferencia radical entre hombres y animales se halla en la forma como cada uno interpreta el mundo; Scheller le da un nuevo significado a la palabra espíritu al afirmar que este no es más que la capacidad de X o Y especie de alterar su entorno: “El animal no puede llevar a cabo ese peculiar alejamiento y sustantivación que convierte el entorno en mundo.” (Scheller, 1874, p.23)

Podrá decirse entonces, en resumidas cuentas, que el concepto de persona está enmarcado por la conciencia del sujeto de sí mismo, y esto abre la puerta para que se discuta si el lenguaje es parte imprescindible de esta conciencia que hace del hombre una persona.

II. Una objeción al concepto de ‘sí mismo’

Es innegable que el ser humano posee conciencia de su lugar en el mundo, por ejemplo, si a un ser humano cualquiera se le pone frente a un espejo, éste podrá decir con certeza que se trata de él mismo. Esta es la muestra más básica de conciencia de sí, sin embargo y aunque esta postura de la conciencia de sí también fue ampliamente aceptada como una diferencia entre los hombres y animales, estudios modernos han derrocado esta postura.

La inquietud de un zoólogo inicia al ver que ciertos cetáceos, como los delfines, en ocasiones usaban su reflejo en el tanque de la exhibición para verse su aleta dorsal, con  el tiempo demostró que no solo los delfines, sino también los primates, percibían su presencia como propia. Lo cual derivó en muchos estudios psicológicos que demostraron que los animales que el hombre tiene por superiores[2], poseen su misma capacidad de reconocimiento, lo cual desemboca en que si estas especies complejas poseen cualidades similares al hombre podrían ser también agentes morales y por lo tanto, víctimas de discriminación, debido a que el auto reconocimiento los convierte en sujetos capaces de una moral.

Ahora bien, ¿qué tal si la señal culmen de autonomía radica en la comprensión y uso del lenguaje? Según muchos partidarios de Scheller el eslabón que falta enunciar en la transformación del medio en mundo es el análisis de las experiencias en términos lingüísticos. pero estudios de primatólogos como Allen y Beatrice Gerdner en los que se lleva más lejos la investigación de autoconsciencia, han intentado enseñar a los grandes simios el lenguaje de señas usado por sordomudos y han demostrado que al menos especies como los grandes simios - gorilas, chimpancés y orangutanes - tienen la capacidad de poseer lenguaje.

Esta capacidad de comprensión de su entorno en términos lingüísticos les brinda un nivel de interacción con este similar al de los humanos y dado que estos animales tienen la habilidad de interactuar con su medio, ya no como entorno sino como mundo, también se les puede asignar la categoría de persona.

Por su parte, escuelas filosóficas preocupadas por la moral como los utilitaristas, tienen argumentos en favor de la aplicación del concepto de persona a los animales, al menos a las especies más complejas, pues alegan que el carácter moral de un individuo está presente independientemente de sus cualidades físicas; Singer habla de esto sin tocar aún el tema animal: "Las diferencias entre individuos no se ajustan a líneas raciales, (...) sexo (...), o grado de inteligencia" (Singer, 1991, pp.31 - 32)

Sabiendo que utilitaristas como Singer rechazan la diferenciación cualitativa, resulta menester abordar ahora la personificación que ellos otorgan a los animales.

III. La Personificación para Peter Singer:

Peter Singer postula un concepto de persona un tanto problemático que puede ser alabado por los grandes grupos en pos de los derechos animales pero que a su vez, excluye a muchos seres humanos de ostentar una personalidad; sostiene que los animales y los seres humanos poseen igualdad en tanto que son susceptibles al dolor; esto se contrapone a las teorías mecanicistas de filósofos como Malebranche, que sostienen que las reacciones de los animales no son en sí mismas sentimientos sino meras respuestas a estímulos, para defender esta idea, Malenbranche patea a un perro alegando que el chillido no es una expresión quejumbrosa sino una respuesta sonoro al estímulo, en ese caso, una patada. Ciertamente, todas las pasiones del cuerpo son respuestas a estímulos que la maquinaria recibe, pero, Singer ignora completamente a los Humanos que por distintas razones han perdido su capacidad de sentir dolor en ciertas partes del cuerpo, les quita automáticamente la categoría de personas; sin embargo, se puede responder a esto afirmando que los seres humanos con alguna patología en el sistema nervioso aún poseen la capacidad de distinguir lo que es benéfico o nocivo para ellos, al igual que los animales que poseen sentidos más desarrollados, por ejemplo, las ratas: si bien el olor del veneno no les causa en sí mismo un dolor. ellas son conscientes de que todo lo que huela de manera similar podrá causarles daño.

Para solucionar el problema de la posibilidad de excluir a algunos seres humanos del concepto de persona se acuñan dos términos que recogen la realidad de la persona como destinatario de derechos y por tanto agente moral: persona humana y persona no humana; esta distinción, un tanto más acertada, propone que todo ser que en su constitución básica tenga la potencialidad del movimiento, desarrollo cerebral de cualquier tipo o de interacción con el mundo y al que la sumatoria de estas condiciones le dé la capacidad de sentir placer o dolor y lo haga consciente de lo benéfico y lo perjudicial para sí, debe ser considerado una persona, sea humano o no humano.

Singer dice que el error de la humanidad fue haber buscado cimentar las bases de la igual en igualdades cualitativas (Singer, 1999 p.39)

Cuando decidimos que todos los seres humanos, independientemente de su raza, credo o sexo, son iguales, ¿qué es lo que estamos afirmando? Los que desean defender las sociedades jerárquicas, no igualitarias, han señalado a menudo que, sea cual fuere el método de demostración elegido, simplemente no es verdad que todos los seres humanos sean iguales. Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes, distintos grados de benevolencia y sensibilidad ante las necesidades de los demás, diferentes capacidades para comunicarse con eficacia y para experimentar placer y dolor. En suma, si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla.

Dicho esto, puede suponerse que esto mismo ocurre con el caso de los animales; que el hombre se centra más en buscar una diferencia radical que en ver las semejanzas, no obstante aunque puede que los animales tengan derecho a la protección no puede compararse el grado de responsabilidad que estos tendrían con la sociedad, de aquí se desprende que en lo concerniente a las responsabilidades del hombre frente a los animales pueda acudirse no a una promulgación de derechos oficiales e individuales que otorguen a los animales la categoría de seres autónomos sino más bien, una especie de deberes indirectos frente a los animales en consonancia con las argumentaciones Kantianas.

 Aunque los postulados de Kant proponen que los seres humanos tienen deberes indirectos con los animales hay que aclarar que no se deben tomar en cuenta las razones dadas por él, pues sostiene que los animales carecen de razón y por tanto de autonomía pero a lo largo de este escrito se ha intentado mostrar al animal - al menos a los mamíferos superiores - como seres autónomos y consientes de sí.

IV. ¿Puede la persona no humana poseer intereses que deban ser considerados?

Con respecto al punto de la igual consideración de los intereses propuesto por Peter Singer, surge un problema porque si bien se mostró anteriormente que algunas especies animales tienen conciencia de sí mismos y de su impresionante capacidad para aprender e interpretar el lenguaje, son pocos los individuos de estas especies que han podido acceder al aprendizaje de los idiomas del hombre - sin negar que los demás sujetos posean su propio dialecto privado - lo que dificulta nuestra comprensión de sus intereses.

Resulta difícil comprender los intereses de la persona no humana, dada la brecha lingüística que se abre, más aún, porque no se puede tener certeza de su conciencia política, estética o incluso moral, de ahí se sigue que las especias más complejas, como los grandes simios, cetáceos caninos y felinos, puedan no poseer más intereses directos que la satisfacción de sus necesidades básicas; con el postulado de los intereses indirectos se está afirmando la autoridad del hombre sobre las especies animales, sin embargo  no se está diciendo que esa autoridad no deba tomarse como la posibilidad de disponer a voluntad de la persona no humana, dado que ésta posee autonomía, se debería ver más bien como la consolidación de una vocería en favor de los que no pueden hablar.

Extrapolando lo anterior, la persona humana, debe convertirse en el guardián de la persona no humana y, aunque se desconozcan completamente los intereses que deben ponerse en consideración por parte de los animales, sí es deber del Hombre al menos velar por el bienestar animal.

 

V. La persona humana como guardián de la persona no humana

En el modelo de una sociedad menos segregada frente a las especies más ‘débiles’ resulta vital la ruptura de la vieja costumbre de creer que el ser humano es la cúpula de la naturaleza, sí es indiscutible que el desarrollo de la humanidad como especie ha marcado la transformación del mundo, pero no puede distanciarse totalmente del curso natural que éste toma.

La naturaleza es caprichosa y antiguamente se ha visto cómo pueden desencadenarse extinciones masivas en las que no necesariamente sobreviven las especies mejor adaptadas sino más bien las más afortunadas; nada evita que esto le pase también a la raza humana.

El irrespeto del Hombre hacia los animales corresponde precisamente a la creencia de que no depende del resto de la naturaleza; el hombre construye una jerarquía natural en forma piramidal, con él en la cúspide, cuando la naturaleza se ha desarrollado de una manera circular en la que todos los organismos dependen de los demás, es decir, piense por un momento un mundo en el que los seres aparentemente más insignificantes, los insectos, se extinguen. Ciertamente para muchos esto será un alivio, pero se desequilibraría no solo la cadena alimenticia sino también el proceso de polinización de casi todas las especies vegetales que habitan el planeta, evidentemente, la catástrofe tocaría al ser humano quien en las primeras etapas de la extinción no se daría ni por enterado.

Kant sostiene que los seres humanos tienen deberes indirectos con los animales, pueden ser medios para fines; ser un ‘entrenamiento’ para que, en el momento en el que un individuo deba comportarse en sociedad, no actúe de manera moralmente incorrecta. El autor menciona que esto se debe a la carencia de razón por parte de los animales y aunque ésta última afirmación, en la actualidad resulta ser falsa – como ya se mostró en capítulos anteriores – el argumento kantiano sí puede adaptarse a la distinción entre persona humana y persona no humana.

Sin caer en afirmaciones peyorativas, dado lo anteriormente expuesto sobre la capacidad racional de los animales, es correcto expresar que ciertamente la posibilidad de transformación del mundo en esta época recae sobre los hombros de la humanidad, por esto se puede proponer un nuevo argumento al estilo kantiano en el que, los animales sean vistos no como un grado inferior al hombre sino en una relación de reciprocidad, pero aun así dándole primacía a la vida y a la dignidad humana.

Por su parte, utilitaristas como Bentham y Mill, aunque sugieren que tanto humanos como no humanos tienen igual derecho a la consideración moral, también advierten que debido a los distintos grados que poseen de cualidades de personalidad y de razón, no deberían ser tratados de la misma manera. Por ejemplo, si bien un perro puede experimentar felicidad o tristeza, no podrían tener la misma conciencia de dicho sentimiento que tendría un  Homo sapiens sapiens.

Las mujeres, hasta el S.XX, no eran consideradas agentes políticos. No tenían, por ejemplo, derecho al voto. La prohibición del voto sí constituye una discriminación, pues una mujer tiene conciencia de la importancia del voto. Si se pretende aplicar el término discriminación a la realidad de los animales de hoy, esto supondría un absurdo, pues un perro no sabe lo que es un voto; por esto, no podrían promulgársele a los animales derechos en el sentido pleno, pues todo derecho tiene como consecuencia un deber y los animales aun no tienen el grado de conciencia que implica asumir un deber; resulta mejor establecer deberes para los hombres que tengan como consecuencia unos psudoderechos para los animales.

Todo se resume a afirmar que el maltrato animal no puede ser catalogado como una forma de discriminación sino como una mala conciencia del hombre frente a la naturaleza, por esto el especismo es un imaginario de la cultura del S.XXI.

A manera de conclusión, cabe preguntarse si los animales que cumplen con las características de la persona son conscientes del rechazo que el hombre les da, porque hay que entender que para que haya discriminación es necesario que la minoría rechazada sea consciente de que está siendo privada de derechos; en caso tal de que los animales no posean esta conciencia, no podría hablarse de discriminación y por tanto, el término especismo sería absurdo.

Notas

[1] En la segunda fase del experimento, solo uno de los chimpancés tenía hambre, de todas formas, su compañero, le ayuda halando la cuerda para que el hambriento obtenga comida.

[2] Los primates, delfines, cánidos, felinos, incluso los cerdos.


Referencias

  • Biblia, Traducción de Jerusalem. Editorial San Pablo.
  • Singer. P (1999). Animal liberation. Madrid. Trotta.
  • Singer. P (1991). Ética práctica. Barcelona. Ariel.
  • Scheler. M. (1870). Libros dot.com http://biblio3.url.edu.gt/Libros/2012/LYM/el_puestoDelHombre.pdf