Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Resignificación del conflicto, como condición de posibilidad, para la reconstrucción del tejido social en un posible escenario postconflicto.


Berenice Naranjo Martínez; Estudiante de pregrado Filosofía; Universidad Nacional Abierta y a Distancia UNAD; nicenm@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Pese a que existen múltiples posibilidades de definición de la palabra conflicto, se hace necesario reflexionar sobre cómo comprendemos dicha denominación en la cotidianidad.  En nuestro contexto colombiano, hemos asociado el conflicto meramente con la confrontación armada, y sin embargo, vivimos el día a día como testigos y/o protagonistas de agresiones y violencia resultante de enfrentamientos interpersonales que desdibujamos calificándolos como problemas rutinarios, sin percatarnos del sentido que estos poseen y que a su vez se gestan dentro del marco general del conflicto.  Desde reconocidos autores en el tema como Eduard Vinyamata y Joseph Redorta, se exponen a continuación algunos escenarios desde donde, individual y socialmente, hay que pensar el conflicto más allá de una confrontación armada de fuerzas “legales” e “ilegales”,  con miras a posibilitar un cambio en la forma como pensamos, sentimos e inter-actuamos en nuestros entornos de convivencia y acción.



     Introducción1

     Tal vez por nuestro proceso histórico colombiano, o por el registro de la memoria colectiva o por  el diálogo que hemos construido desde niños en una cotidianidad que nos muestra a diario, a través de los medios de comunicación, una constante de violencia ejercida por los grupos al margen de ley, o por las acciones del ejército y la policía, o por  la violencia bipartidista que vivieron recientes generaciones, en nuestro contexto se ha conceptualizado, digerido y considerado el conflicto como mera confrontación armada,  sin tener en cuenta las múltiples manifestaciones del conflicto en los distintos niveles y componentes de la sociedad, sin dimensionar el conflicto que acontece en cada “tiempo-espacio”, y que por el engorro del círculo vicioso de lo cotidiano, no se alcanza a reflexionar sobre el sentido del conflicto mismo más allá del sentido imperante y más importante aún, en un sentido ontológico2. Como lo mencionaba Kant (1787) “todos nuestros conocimientos están  en el conjunto de toda la experiencia posible y la verdad trascendental,  que precede a toda verdad empírica y la hace posible, consiste en la referencia universal a toda la experiencia posible” (p.91).  Así el mundo que el sujeto conoce está restringido al mundo que el sujeto construye en su experiencia y que se encuentra limitado por los conceptos del entendimiento, empero tanto el sujeto como el mundo y la relación que media entre ellos, el conocimiento y la construcción misma, son representados sobre un horizonte de sentido histórico, los colombianos hemos conocido y nos hemos adaptado psicológicamente a un mundo  sobre la base de un sentido imperante de conflicto y  violencia. 

     La resistencia psicológica refleja una adaptación funcional a la situación  que ha producido el desplazamiento forzado.  Tal adaptación termina asimilando los actos violentos y las confrontaciones  como situaciones normales.  El escenario del conflicto armado, con sus cruentas secuelas, las armas, los enfrentamientos, las masacres, el aniquilamiento del otro, se convierten en el único mundo posible. Pero si además agregamos la herencia de patrones tradicionales de comportamiento de una estructura familiar donde la violencia, la dominación, el machismo son parte del sistema, del tejido social, en donde el maltrato a la mujer y a la niñez es aceptado como estereotipo del modelo de dominación heredados, pues tenemos, que son muchos los elementos que habría que cambiar en el hogar, la familia, la escuela y la educación. (Rodríguez, 2006, p.54)

 

De ahí que, considerar las posibilidades de reconstrucción del tejido social en un escenario de posconflicto, pasa indefectiblemente por una resignificación del conflicto mismo. Comprender lo que nos sucede, lo que nos interpela, nuestra naturaleza peculiar y lo que nos apropia históricamente, es el principio de la búsqueda respuestas.

 

    Comprender lo que nos sucede representa haber solucionado buena parte del problema.  Cartografiar el propio conflicto significa alejarnos del mismo, lo que comporta una reducción importante de la tensión que nos genera.  También significa establecer criterios de racionalidad en aquellos momentos en los que una excesiva emotividad nos impide observar sosegadamente cuál es el problema y cuáles podrían ser las soluciones lógicas y reales.(Vinyamata, 2003, p.62).

 

      1. El sentido negativo del conflicto

     Si bien, todos hemos experimentado diferentes momentos de conflicto en nuestra vida, nos recuerda Redorta (2012) “que la palabra “conflicto” suele llevar asociada una connotación negativa” (p. 46), que posiblemente esté ligada al proceso histórico vivido por la humanidad en las diferentes confrontaciones bélicas e ideológicas, lo que llevaría a pensar que la comprensión que tenemos hoy del fenómeno conflicto está ligada a remembranzas de crisis y caos humano vivido por múltiples grupos, en los períodos de guerras y postguerras del Siglo XX y que ha sido visibilizado y enmarcado en la denominación de conflicto por los medios de comunicación y las redes sociales, de este modo se entiende que se le intente rehuir a la connotación negativa de la palabra en sí, y se le procure silenciar sin aceptar su presencia en los procesos prácticos y tradicionales de la vida, y específicamente, en las organizaciones se trate el término con eufemismos para restarle gravedad a las situaciones problemáticas o de confrontación, con las que en general se enfrentan las personas dentro de una organización, posiblemente por  temor a que su labor sea deslegitimada por parte de pares, superiores y/o figuras de autoridad.

 

      En razón a lo expuesto,  ya que de algún modo todos somos parte de alguna organización o grupo, en la estructura de la sociedad, es necesario reflexionar sobre los diferentes roles que se asumen en ellas, sea en la familia, la escuela, la universidad, el sitio de trabajo, etc. En cada una de estas organizaciones se presentan innegablemente permanentes conflictos que permean nuestra razón y emoción afectando nuestros niveles de respuesta ante los acontecimientos que requieren de alguna gestión. Vinyamata, et al., (2003) propone cuatro tipologías en el origen de los conflictos sin que sean limitantes en su tipo, sino que advierte pueden darse mezcladas en diferentes dosis dentro de un conflicto; no obstante, estos cuatro orígenes abarcan gran cantidad de los contextos que se conocen en nuestro tiempo y que provocan procesos conflictuales que posiblemente se traduzcan en actos de agresión y violencia. Dichas tipologías son: cuestiones políticas y sociales que derivan en problemas sociales traduciéndose en injusticia social; el miedo, los valores, y las enfermedades físicas y mentales; cada una de estas cuatro tipologías abarca aspectos tanto sociales, como emocionales y psicológicos de diferente orden que, en últimas, se convierten en conflicto evidenciado dentro de las organizaciones de trabajo, en la convivencia de barrio, en las crisis nacionales, en la intimidad de cada individuo, etc.  

 

     Para Vinyamata, et al., (2003)  es importante comprender y tener presente, que las causas que motivan un conflicto son de origen diverso y en ocasiones múltiples, como se ha mencionado, por lo que la intervención en conflictos, debe contemplar una visión holística de la situación, de la persona y del contexto, con el objetivo de que dicha intervención sea verdaderamente efectiva y facilite el proceso de solución del conflicto y/o transformación de la perspectiva de los elementos involucrados en él, posibilitando cambios y aprendizaje. Adicionalmente, el conflicto, puede tener su origen en enfermedades, o ser también la manifestación de una enfermedad la mera consecuencia de procesos  degenerativos de estrés y tensiones que ocasionan daño al organismo.  No obstante, comprender el conflicto implica comprender los elementos que efectivamente ocasionan la desorientación y disociación, que considerando al individuo en sí, extrayendo los elementos externos, es inherente a los procesos propios de la percepción del mundo y está presente en cada una de las distintas etapas de la vida, etapas que por sí mismas llevan implícitos unos retos de cambio y de tensión generadores de estrés y escisión, siendo necesario plantear una prevención y un plan educativo que oriente el manejo de las tensiones y presiones latentes en cada una de dichas etapas. 

La desorientación, la disociación entre la percepción que tenemos de nosotros mismos y de nuestro entorno, genera malestar y, consecuentemente, conflicto. Del mismo modo, los procesos de cambio, la injusticia social, los sistemas sociales violentos y muy competitivos, la falta de libertad, la ausencia de comunicación o las deficiencias que en ella se producen, las situaciones de desastre y de crisis aguda, y la desorganización pueden generar procesos conflictuales (Vinyamata, et al., 2003. p.9)

 

2. Sentido positivo del conflicto 

      Siendo el conflicto, parte de nuestra cotidianidad, es menester reconocer que existe en todas las manifestaciones y procesos inherentes de la existencia, teniendo significado y representación de crecimiento, cambio, avance, posibilidad o bien disgregación, destrucción, dolor  y violencia. Para Vinyamata (2003), los procesos conflictuales pueden ser positivos y  negativos, dependiendo si se ha generado violencia, pues la tensión y/o dificultad no necesariamente implican violencia y destrucción, es bien conocido que las situaciones de fuerzas opuestas generalmente facilitan procesos de aprendizaje, de resistencia,  de resiliencia y son ocasión de transformación y mejoramiento.  En nuestro imaginario colectivo, lo que asociamos con violencia, es usualmente aquella visible como producto de enfrentamientos físicos, sin embargo existen grados equivalentes que afectan la integridad de las personas y que no reconocemos usualmente como tal, es decir todos aquellos producto de los actos relacionados con la mentira, el engaño, las actitudes pasivas, el aislamiento prolongado, la degradación del otro mediante la palabra, o pequeños actos humillantes o lesivos, que al sumarse resultan en un deterioro de la psiquis del individuo generando disociación entre éste y su entorno, aumentando los niveles de estrés, dañando el equilibrio social que ante cualquier excusa puede ser detonante de las frustraciones y ocasionar estallidos de agresión y violencia, incluso en la práctica de roles diferentes a aquel desde el cual se creó el conflicto, así se  reproduce el modelo  de conflicto-violencia, afectando  el tejido social y los medios culturales de los otros quienes entran a formar parte de un círculo. 

Este proceso encadenado Necesidad-Miedo-Acción nos describe el sistema básico de funcionamiento, el origen, la formación y el desarrollo, de los conflictos.  A partir de aquí podremos empezar a comprender las causas y la evolución de los conflictos y, por tanto, proveer y prever sistemas para reducir los costes negativos de algunos conflictos y aprender a aprovechar las capacidades humanas de reacción frente a dificultades, problemas y las urgencias para satisfacer las necesidades. (Vinyamata, 2014,  p61).   

 

     Así pues, el conflicto ha de verse como una experiencia vinculante con el aprendizaje teniendo en cuenta que posee en sí mismo aspectos positivos y negativos, que en últimas transforman y posibilitan cambios, es decir, son parte del mismo elemento y dependen de la perspectiva con que se mire la significación que le demos pues, “como todo en la vida, es una cuestión de dosis, de medida. No hay venenos, el veneno está en la dosis” (Redorta, 2012, p.51)

 

     En nuestra sociedad y ante un estado que hemos aprendido a observar como incapaz de garantizar su misión de salvaguardar la paz, la libertad y el orden,  respondemos inconscientemente  desde el miedo como motor de nuestra expresión y desde nuestra razón dualista. Por lo que es necesaria la comprensión desde la intimidad de cada uno, para desenmarañar las estructuras paranoides y la desconfianza social preventiva que nos evita tender puentes, confianza en nuestras relaciones, y comprensión multidimensional de nuestra complejidad. Podemos citar entre otros temores, el miedo a no satisfacer nuestras necesidades y deseos y que propicia el desarrollo de la violencia, el miedo a perder el poder, o la acumulación de capitales que genera agresividad, y que llevado a mayor escala  es posible que derive en guerras debido a la costumbre de que la violencia se combate con violencia, al no reelaborar o replantear las situaciones. Precisamente, “El miedo que genera la íntima disociación entre la propia existencia y la existencia de los otros, entre la vida y la muerte, entre el conocimiento y la ignorancia o desconocimiento” (Vinyamata, 2014, p. 43). El miedo nubla la razón e impide el diálogo del sujeto con sí mismo, imposibilitando la  comprensión de la libertad y de la responsabilidad intra-individual e intersubjetiva, eliminando la razón y la objetividad del saber y del hacer. 

 

     Entonces, en nuestro proceso colombiano se requiere de una reflexión profunda desde esta mirada con el fin de posibilitar espacios reales de comprensión de nuestra colectividad, de la dimensión compleja de los diferentes actores, de los distintos mundos que confluyen para resolver los conflictos que ya tenemos, con los que hemos aprendido a convivir medianamente y que se verán posiblemente aumentados ante el miedo colectivo a coexistir abiertamente, con los futuros desmovilizados de los grupos al margen de la ley, poseedores también de unas necesidades, miedos  y hechos propios, que aparentemente no son fáciles de homologar o sumar con los ya existentes en los distintos grupos sociales.

 

3. Expectativas y conflicto

     Para comprender el conflicto desde las organizaciones, Josep Redorta ofrece un análisis en relación a la confianza, al deterioro de esta y por ende al malestar, estrés y frustración que genera y  puede derivar en respuestas violentas, cuando se ve afectada la confianza, entendida como la expectativa que construimos desde nuestro mundo individual. “Las expectativas tienen que ver con el éxito que esperamos de nuestra propia conducta o la de los demás. El éxito se refiere generalmente al cumplimiento de unos objetivos concretos”. (Redorta, 2012, p.61). Así, generamos permanentemente en nuestras pequeñas acciones y en nuestras relaciones mundanas expectativas sobre el “otro” y cuando estas no se cumplen se genera una frustración que deriva en muchos casos en agresividad y violencia que se denomina, en nuestro medio, como doméstica y que sin embargo es brote de conflicto a mayor escala dado el impacto que genera cada una de estas fuertes tensiones en las relaciones con los otros componentes del grupo social.  Para Redorta “La tensión aumenta porque el nivel de frustración aumenta, y aunque la tolerancia a la frustración varía de una persona a otra, el esquema básico de «expectativas insatisfechas-frustración-agresividad» siempre funciona en algún grado.” (2012 p.62).

 

      Para Redorta (2012) es importante expresar el cambio como elemento permanente en la vida, en el mundo y consecuentemente en las organizaciones laborales, no obstante siendo un elemento aparentemente común, mundano, conocido, cercano a todos los individuos, presenta dos consideraciones, una en referencia al cambio que no se ve, no se admite, no se toma en cuenta y/o se cree no tendrá efecto en la organización, es decir el cambio dado en el contexto de los mercados, de la historia, del consumo, del mundo y que necesariamente afecta las obtenciones económicas por  productos o servicios al estar relacionado con los cambios en la oferta y/o demanda de los mismos, y el otro, el cambio ya evidente, temido, que genera sospecha, resquemor, duda e inquietud dentro de los individuos de la organización, es decir el relacionado meramente con los cambios internos y que sin embargo causan estrés y fatiga en distinto grado a los integrantes de un grupo productivo.

 

      La comprensión de ambas posiciones proporciona herramientas para disminuir el estrés, re pensar las expectativas, reevaluar las diferencias y sentires dentro de los grupos, permitiendo disminuir en algún grado la falsa valoración que en muchas ocasiones se realiza de las respuestas y actitudes de los individuos en una organización, porque se observan más posibilidades al contemplar algunas actitudes agresivas como respuestas simples asociadas a un estrés, y a unas expectativas que muchas veces no respetan los contextos y realidades internas y externas, y que de repente sorprenden de forma inesperada e imprevistas  desatando el caos

 

      Presupone, entonces  que se ha de dar atención especial al manejo de  la expectativa,  de lo que espera cada sujeto  del otro, de la percepción propia del individuo en referencia al reconocimiento de su legitimidad y reconocimiento con el otro.  Entramos entonces en un acercamiento a la comprensión ontológica del conflicto, es decir, buscando establecer sentido y  significación para el sujeto, reconociendo sus percepciones, su verdad, su  posibilidad de autoconocimiento y auto transformación desde la lucha interna que libra inevitablemente en cada etapa de la vida, confrontación y crisis de la existencia misma.

 La percepción, como la antes caracterizada toma de posición receptiva frente al aparecer del ente, no es otra cosa que el ponerse en marcha por un camino trazado. Pero en ello está implícito el hecho de que la percepción sea el pasaje a través de la encrucijada de tres caminos; eso sólo puede ser si es radicalmente decisión a favor del ser y contra la nada, y de ese modo, confrontación con la apariencia. Sin embargo, una tal decisión tiene que emplear violencia en la ejecución y en la resistencia contra los constantes enredos que insisten en lo cotidiano y habitual. La acción violenta de este decidido ponerse en camino hacia el ser del ente arranca al hombre de la familiaridad de lo más próximo y usual. Sólo cuando comprendemos la percepción como una salida de esta índole, nos ponemos a salvo del error de interpretar mal el percibir como si se tratara de una conducta cualquiera del hombre, como el uso obvio de sus facultades intelectuales o incluso como proceso psíquico que se produce casualmente y por añadidura.  Muy al contrario, la percepción se consigue a la fuerza, arrancándola a la actividad rutinaria y en lucha contra ella. Su correspondencia con el ser del ente no se da por sí misma. La afirmación de tal correspondencia no supone el mero constatar un hecho, sino que se refiere a esta lucha. La sobriedad de la sentencia es la sobriedad del pensador, para la que el rigor del concepto que percibe constituye la forma fundamental de la conmoción. (Heidegger,  2001, p. 153-154)

 

Conclusiones

     Preciso es entonces arrancar de la actividad rutinaria, de nuestra cotidianidad  instaurada, del realismo mágico de nuestro contexto colombiano identificable con el absurdo macondiano, donde los irreconocible, irremediable e irreconciliable parecen sucederse continuamente, día a día, en el abandono habitual político y social,  en la mundanidad que hemos aprendido a normalizar y que nos impide encontrarnos en el realismo existencial al que nos llama Curbelo (2003), a reflexionar pues como ella lo propone:

      El realismo existencial propone la humildad óntica como herramienta terapéutica para resolver conflictos. Humildad viene de humus, que significa tierra. La humildad no es más que pisar con los pies el suelo, andar al nivel del suelo. Captar la realidad tal cual es.  La persona humilde óntica deja de derrochar energía y tiempo deseando ser lo que no es, o lamentándose por aquellos aspectos de su vida que no podrá cambiar: su origen, su historia anterior… La persona humilde óntica vive reconciliada con la realidad, contempla la belleza, se reconcilia con su ser y lo comprende en clave de gratuidad; ve que no hizo nada por existir y no puede hacer nada por mantener su vida infinitamente. La persona humilde óntica acepta el límite de su origen y acepta el límite de su final. Acepta los límites biológicos de enfermedad, belleza…, también los defectos de sus padres y los acontecimientos históricos que sucedieron antes de su engendramiento, ya que son condición necesaria para su existencia actual.    (Curbelo, 2003, p.40)   

     Es pues, una necesidad que para lograr un verdadero camino de reconciliación y de convivencia pacífica partiendo desde cada individuo demos inicio a un repensar nuestra existencia más allá de la confrontación armada, que nos reconciliemos con nuestra identidad, con nuestro acontecer, a fin de superar nuestras frustraciones, comprender nuestros miedos, acotarles su dimensión,  y aunque sea un desafío crítico, construir esperanza, lo que requiere de una reedición del lenguaje, del discurso para la construcción de nuevas estructuras con contenidos en los que se reconozca y respete la singularidad del otro, para un cambio en las actitudes cotidianas posibilitando la humanización y dignificación de las comunicaciones, acciones en aras de reconstruir la historia desde el ahora, desde un presente que clama la solidaridad y la aceptación del otro.

Notas

1La ponencia se deriva del proyecto de investigación PS-13-14.  ἀπειρον, πόλεμος, ἀλήθεια. La “contienda” como esencia del conflicto, aprobado por la Vicerrectoría Académica y de Investigación de la UNAD, mediante Resolución No. 007440 del 10 de Septiembre de 2014.  

2En tanto “desocultación y ocultación [contienda originaria] son un rasgo fundamental del ser” (Heidegger, 2005, p. 93), a partir de aquí concebimos la contienda originaria, ¬ dicha por Anaximandro como ἄπειρον, por Heráclito como πόλεμος, y por Parménides como ἀλήθεια, como la esencia del conflicto [ἔρις], esto es, la irrupción del ser mismo, y con él, la comparecencia de los contendientes. Monroy, E. (Mayo de 2015). Pensar y habitar el conflicto. En A. Obando (Coordinador), II Congreso Iberoamericano de Filosofía Práctica. Congreso llevado a cabo en Popayan, Cauca. Colombia.


Referencias

Curbelo, Nelsa (2003).  Educación para la con-vivencia y la democracia. En  Vinyamata, et al., Aprender del conflicto. Conflictología y educación (pp. 29-35). Segunda reimpresión. España: Editorial Graó.Kant, Inmanuel (2003). Critica de la Razón Pura. Biblioteca Virtual Universal. Disponible  en: http://www.biblioteca.org.ar/libros/89799.pdf

Heidegger, Martin. (2001). Introducción a la Metafísica. Traducción de Ángela Ackermann P.    Cuarta ed. Barcelona – España: Editorial Gedisa S.A. Disponible en: https://docs.google.com/file/d/0B3biPk8dPbCxZzlBMW0wVGR6OU0/edit?pli=1

Redorta, Josep (2012). No más conflictos: cómo resolver tensiones, diferencias y problemas en las organizaciones. Primera ed.  Buenos Aires: Paidós.

Rodríguez A. María Stella. (2006). Resiliencia: Otra manera de ver la adversidad. Pontificia Universidad Javeriana.  Segunda ed. Bogotá D.C: Editorial Fundación Cultural Javeriana de Artes Gráficas. 

Vinyamata, E. (coord.), R. Alzate, M. Burguet, N. Curbelo, F. Dantí, M. Moreno Mariomn, A. Muñoz Belmar, B. Muñoz Maya, C. Pallás, P. Quera, G. Sastre.  (2003).  Vinyamata, Eduard: Comprender el conflicto y actuar educativamente. En  Aprender del conflicto. Conflictología y educación (pp. 9-27).  Segunda reimpresión. España: Editorial Graó. 

Vinyamata, Eduard. (2003).  Aprender Mediación. Barcelona España: Editorial Paidós Ibérica 

Vinyamata, Eduard (2014). Conflictología. Curso de resolución de conflictos. Editorial Ariel. Quinta Edición. España