Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

De los sentidos a la mente

Consideraciones acerca de la sensación y percepción en la evolución de la consciencia

Cristhian Villegas Peláez Universidad del Valle crisvipe2@gmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

En las últimas décadas, la filosofía de la mente ha hecho un importante esfuerzo por explicar los diversos fenómenos de la consciencia. Muchas son las teorías que pretenden dar luz sobre lo que es la consciencia (fenoménica) en nuestra mente o sobre cómo se origina, pero lejos de esclarecerse esta cuestión, son muchas las inquietudes que quedan abiertas. Para el psicólogo experimental Nicholas Humphrey, la consciencia resulta ser un fenómeno complejo de nuestra mente que nos ayuda, en buena medida, a desenvolvernos en el mundo; dicho de otro modo, la consciencia tendría que ser una suerte de ventaja adaptativa en los organismos y no algo exclusivo del ser humano. El presente trabajo abordará principalmente la división que Humphrey señala en su propuesta de una evolución de la conciencia: la sensación y la percepción, elementos que constituirían parte esencial de la consciencia, en especial de una tan compleja como lo es la humana.

Abstract

In recent decades, the philosophy of mind has made a significant effort to explain the various phenomena of consciousness. There are many theories that attempt to shed light on what is consciousness (phenomenal) in our mind or how it originates, but far from clarifying this question are many issues that remain open. For the experimental psychologist Nicholas Humprey, consciousness turns out to be a complex phenomenon of our mind that helps us, largely, to acquit us in the world. In others words, the consciousness should be a kind of adaptive advantage in organisms and not exclusive of being human. This paper will mainly approach the division that Humphrey points at her proposal of an evolution of consciousness: the sensation and the perception. Elements that constitute an essential part of consciousness, at least, in a more complex such as in the human. Thereby, also explain how the senses, at higher degree of consciousness, enable better structuring of the world in which an organism interacts.

Palabras Clave

Philosophy of mind, Mind, Phenomenal consciousness, Evolution of consciousness, Sensation and perception.

“La consciencia perceptiva es, por lo menos,

una suerte de habilidosa adaptación

a los objetos (y al entorno).”

Alva Noë

 

Nuestros sentidos son lo que nos da noticia del mundo y de cierto modo nos posicionan en él, es decir, estoy aquí sentado y en este mismo momento siento la rigidez del bolígrafo que tengo entre mis manos, veo la blancura de la hoja en la que escribo, escucho el murmullo de la gente a mi alrededor y siento el frío del aire acondicionado. Si bien, nos queda claro que, como ya lo señaló Descartes, ‘nuestros sentidos nos engañan’, lo cierto es que sin ellos es muy probable que la realidad que nos circunda no fuera tal como se nos presenta ahora. Por otro lado, también es un hecho que los sentidos sólo permiten el acceso a cierta cantidad de estímulos, ello referido a los fenómenos de los que tenemos consciencia; pues aunque es cierto que la cantidad de estímulos que en un determinado momento bombardea nuestro cuerpo puede ser innumerable, evidentemente no todos llegan a la consciencia.

 

Imaginémonos por unos segundos a un sujeto cuya consciencia le dé cuenta de todos y cada uno de los estímulos ambientales que llegan a su cuerpo. Esto nos recuerda un poco al Funes de Borges (2002) en Funes el memorioso, cuya memoria prodigiosa le permitía recordar detalle a detalle todo un día, incluso tardándose a su vez un día en reconstruirlo en la memoria. Podríamos pensar en este personaje como alguien cuya “consciencia fenoménica” le insta a responder por cada uno de los estímulos que recibe. Seguramente, tal personaje no gozaría de una mente muy tranquila. Por fortuna para nosotros, nuestro cuerpo y nuestra mente no funcionan así, ésta tiene un filtro que limita los estímulos recibidos de nuestras experiencias sensoriales.

El psicólogo experimental Nicholas Humphrey sostiene que hay una división entre sensación y percepción. Por un lado, la sensación nos permite interpretar los estímulos como “hechos que directamente afectan mi estado corporal”; y por el otro, la precepción nos permite interpretar “los mismos estímulos superficiales como signos que significan el estado del mundo exterior” (Humphrey, 1995, p. 49). Dichas categorías de la experiencia presentan dos vías alternativas para la interpretación del significado de cualquier estímulo ambiental que llega al cuerpo. La sensación apunta a lo que le ocurre a un sujeto sintiente; la percepción, por su parte, indaga sobre lo que sucede afuera del mismo, a lo que está en el mundo.  Si aceptamos eso debemos admitir que tal división podría explicar en buena medida cómo ordenamos nuestra realidad por medio de nuestra consciencia fenoménica, que ciertamente presentaría un nivel de complejidad superior a la de otros organismos. Así, podríamos también vislumbrar cómo esa misma división nos provee de la mayor parte (sino todas) de nuestras representaciones mentales. Lo cual hubiese dado lugar, de cierto modo, a nuestro lenguaje, al arte, la ciencia y, en fin, a todas las manifestaciones de una sociedad humana; o en todo caso, la consciencia y nuestro entorno social tendrían un estrecho vínculo.

 

Debemos aceptar que la mente, en general, y la consciencia, como un estado  mental en particular, no surgieron de un momento a otro sino que evidentemente han tenido cambios a lo largo de la historia evolutiva y con seguridad los seguirán teniendo. Admitir esto sugiere que la mente y la consciencia no son exclusivas del hombre actual, más aún, da cabida para hablar de ciertos tipos de mentes y consciencias en animales inferiores a la especie humana en la escala evolutiva, incluso –aunque de manera incipiente– en organismos unicelulares. Lo anterior nos conduce a pensar en que, sin lugar a dudas, la consciencia otorga a los organismos una mayor ventaja en lo que a adaptación se refiere, esto es, aquellos que poseen una mayor complejidad en la misma podrán responder de una mejor forma a los embates de su entorno y, en consecuencia, tendrán mayores posibilidades de transmitir sus rasgos a una siguiente generación.

Siguiendo esta línea de ideas, hemos de prestar especial atención a las acciones de los organismos frente a su medio, a cómo se comportan con los objetos que les aparecen, esto no en un sentido precisamente psicológico del comportamiento, sino más bien buscando rastrear en dichos datos cómo tales organismos responden a los diversos estímulos que provienen de su entorno. Si aceptamos la tesis presentada líneas arriba, la cual indica que la consciencia contribuye en buena parte a ordenar la realidad, debemos acercarnos a esas interacciones con la misma. Tal como sugiere Alva Noë, no hay que buscar la consciencia dentro del cerebro, en sus funciones neuronales, sino que “debemos dirigir nuestra atención a la manera en que el cerebro, el cuerpo y el mundo mantienen viva la consciencia” (Noë, 2010, p.64). Así pues, atendamos primero a lo que ocurre durante las experiencias sensitivas.

            En este punto es preciso tomar las consideraciones de Humphrey acerca de cómo surgen la sensación y la percepción en los organismos; dicho de otro modo, cómo ha evolucionado esta ‘doble provincia de los sentidos’ y, del mismo modo, su contribución como ventaja evolutiva.

            Guiados por Humphrey, retrocedamos en el tiempo cuatro mil millones de años, al momento de formarse el planeta Tierra; tengamos en cuenta que hechos como ‘los fenómenos existentes de la experiencia subjetiva’ y ‘los fenómenos existentes del mundo material’ a los que hoy nos enfrentamos, no estaban presentes como tales, pues no había ningún tipo de mentes, por lo tanto el mundo en este punto no llegaba a ser experimentado ni conocido por sujeto alguno, “nada existía como fenómeno para nadie” (Humphrey, 1995, p. 41). Aquellos fenómenos que hoy denominamos como ‘sensaciones subjetivas’ aún no hacían su aparición; de modo que, las sensaciones de rojo o los dolores punzantes no tenían cabida para este mundo libre de mentes. Tampoco entraban aquellos fenómenos a los que en la actualidad llamamos ‘fenómenos del mundo material’, es decir que no había luces rojas ni objetos filosos, ni siquiera objetos que pesasen tres quilos o midiesen dos metros (Humphrey, 1995, p. 41).

Desde luego, había volcanes haciendo erupción, gases tóxicos rodeando la atmosfera o la luz proveniente del sol, sin embargo, faltaba alguien, un sujeto para el cual las sensaciones subjetivas o los hechos físicos fuesen lo que eran y significaran algo. En este punto de la historia de la Tierra sólo se encuentra lo que Humphrey llama material mundano. De esta forma, diremos que los objetos de ese mundo primigenio aun no son representados por una mente.

 Hoy en día el planeta está habitado por millones de animales, incluido el hombre por supuesto, lo que significa que hay millones de mentes interactuando unas con otras y a su vez con el entorno, por eso puede decirse que el mundo ha sido experimentado y conocido. Tanto fenómenos como los de las sensaciones subjetivas como los del mundo material existen ahora para nosotros, significan algo.   Lo mismo podemos decir de algunas especies. Hemos llegado a tal punto que yendo más allá de nuestras interacciones habituales podemos representarnos fenómenos que ocurren en lugares inexplorados o en tiempos remotos, vemos pues que nuestra mente ha alcanzado un alto grado de consciencia fenoménica, partiendo de un material mundano carente, de cierto modo, de cualquier tipo de sustancia que pudiéramos reconocer como una mente, pero, ¿cómo se dio ese salto? Dicho sea de paso, descartaremos cualquier tipo de generación espontánea o soplo divino, siendo consecuentes con lo que hemos apoyado hasta el momento partiremos de la idea de una evolución de la mente, tal como se ha ido dando en cualquier otro rasgo de los organismos presentes.

            En este sentido, Humphrey (1995) nos sugiere que en tanto la evolución fue abriéndose camino, de “aquel ‘material mundano’ se fueron seleccionando paquetes con potencial cada vez mayor para conservar su integridad y reproducirse. Así, se fueron formando primero moléculas vivas complejas, luego células individuales, para luego dar paso a organismos multicelulares” (p. 43). Visto así, cada animal se constituye como un paquete espacialmente limitado, cuyos contenidos corresponden al mismo tiempo a un conjunto, en otras palabras, cada animal se convierte por tanto en un ‘todo auntointegrador’ y ‘autoindividualizador’, lo que implica que sus límites son autoimpuestos y mantenidos de forma activa (p.43). Por un lado, está el ‘yo’ detrás de esos límites trazados por la propia piel o membrana; del otro, el ‘no yo’, y ante esto último se pone en juego ‘mi vida’, ‘mi sustancia’, ‘mi forma’; esto hace que, los límites cobren suma importancia, dado que conservan dentro la sustancia animal, dejando fuera los objetos restantes del mundo; tales límites se consolidan como una barrera que es golpeada por esos objetos externos del mundo, dando lugar así a “intercambios de materia, energía e información” (Humphrey, 1995, p.43). El animal era bañado por la luz, los objetos impactaban en él, sustancias químicas se le adherían, entre tantos otros sucesos, de éstos, algunos representaban ‘algo bueno’ para el animal, otros, ‘algo neutral’ y otros tantos, ‘algo malo’. Aquellos animales que con mayor facilidad pudieran conseguir separar ‘lo bueno’ de ‘lo malo’, bien podría decirse que poseían una mayor ventaja biológica. Los animales cuya sensibilidad les permitiera identificar qué era ‘algo bueno’ o ‘algo malo’ para sí mismos ciertamente tenían una mayor ventaja para adaptarse y sobrevivir a su entorno. Si esto es así, lo más probable es que la selección natural privilegiara, en cierta medida, la sensibilidad.

            Un organismo sensible es aquel que logra responder de forma selectiva en el lugar donde impacta un estímulo cualquiera. Pensemos, por ejemplo, en un organismo tan primitivo como una bacteria que puede trasladarse hacia mayores cantidades de azúcar gracias a las conexiones bioquímicas entre los receptores sensibles al azúcar y los flagelos (Noë, 2010, p. 61) o  en un organismo tan complejo como el ser humano , cuyas terminales nerviosas le  permiten apartar sus extremidades de una fuente de calor antes de que ésta cause daño en los tejidos y determinar si algún objeto representa peligro; como vemos, desde organismos primarios hasta los más estructurados, fueron desarrollando cada vez más dicha sensibilidad, dando lugar así al surgimiento evolutivo de tipos más sofisticados de la misma.  En los órganos de los sentidos, la capacidad para discriminar una mayor variedad de estímulos fue incrementándose, como también se amplió la gama de respuestas posibles a los mismos. Distintos estímulos fueron provocando pautas de acción diferentes entre los organismos, a simple vista, parecería difícil considerar que, en estas circunstancias, los sucesos de su entorno no han tomado mucho significado para el animal, alguien podría más bien afirmar que éste se desenvuelve en su entorno de manera mecánica, por medio de una simple operación de estímulo-respuesta, sin embargo, el asunto es un poco más complejo.

            Si atendemos bien a la naturaleza veremos que, por ejemplo, ante un mismo estímulo ambiental, el suelo de un bosque o un pequeño charco responderían de forma muy distinta a como lo harían un reptil o una lombriz. Mientras el aumento de temperatura resecaría el suelo y evapora la charca[L1] , el reptil y la lombriz buscarán consecuentemente lugares más frescos. De este modo, se contrastan dos tipos de respuestas al medio; las primeras son respuestas ‘no adaptativas’ (el suelo y la charca), no implican ningún tipo de ‘significación’; las segundas son ‘adaptativas’ (el reptil y la lombriz), por tanto si implican una ‘significación’. Esto último puede entenderse como una proposición del tipo ‘aquí hay una situación que no es muy de mi agrado’. Siguiendo a Noë (2010), asumiremos que un organismo dado –esto incluye organismos tan simples como las bacterias– “no es sólo un proceso, es un agente, por simple que sea; tiene intereses” (p.61). La respuesta [responsivity] que dé a los distintos estímulos de su entorno vendrá en razón de su integridad y disposición a dar dicha respuesta. De ahí que prevalezcan tan diversos grados y dimensiones de gusto y rechazo en la naturaleza.

            Aquí Humphrey nos lleva a dar otro salto. Entendemos que sensibilidad y disposición a dar respuesta se encuentran vinculadas de manera estrecha; no obstante,

 

 […] dado que los animales se hicieron más sofisticados para sintonizar su conducta con la situación ambiental, el lado sensorial y el lado responsivo del proceso deben de haberse desacoplado parcialmente. Poco tiempo después surgió un sitio central donde las representaciones se mantuvieron en reserva antes de ser puestas en vigor. De ese modo, los patrones de acción[1] se convirtieron en planes de acción y las representaciones se volvieron relativamente abstractas. (Humphrey, 1995, p.45)

 

Dicha afirmación apunta a que, en cierto estadio de la evolución, algunos organismos mejor equipados consiguieron implementar una pausa a ese sistema estímulo-respuesta con la cual interactuaban de mejor manera, dando así una ‘unidad de procesamiento de la información’ proveniente del mundo. Esta información una vez almacenada, le otorga al organismo la facultad de ejecutar una acción distinta ante un mismo estímulo. La capacidad de almacenar representaciones acerca de una determinada acción, consecuencia de los efectos de la estimulación ambiental sobre sus cuerpos, es la que probablemente dio origen a las ‘mentes’ en los animales. Una vez hemos llegado aquí, es posible hablar de fenómenos significativos en relación con ciertos sucesos del mundo, algunos de los hechos que ocurrían en las fronteras del propio organismo empezaron a adquirir un significado para ellos mismos como agentes. Antes que cualquier otro tipo de fenómenos hubo ‘sensaciones crudas’ –gustos, olores, punzadas, calor–, de este modo, irrumpe en primer lugar la fenomenología de las experiencias sensoriales.

 

Como bien sabemos, la representación mental no detuvo su curso evolutivo allí. Aunque, ciertamente, poder entrar a evaluar sus propios estados genera una ventaja, sería aún más provechoso tener a su vez la capacidad de evaluar el “estado del mundo externo”. Así pues, tal como indica Humphrey (1995),

 

[…] se desarrollaron dos tipos diferentes de representación mental que implicaban estilos de procesamientos de la información muy diferentes. Mientras un camino llevaba a los qualia de las sensaciones subjetivas y de un conocimiento del yo en primera persona, el otro llevaba a los objetos intencionales de la cognición y al conocimiento objetivo del mundo físico externo. (p.48)

 

Dicha hipótesis conduce a considerar la consciencia como un rasgo bastante complejo que estaría compuesto, principalmente, aunque no en forma exclusiva, de estos dos elementos constitutivos. Esto no implica que, en ausencia de una de estas partes no podamos hablar de una consciencia o de una mente en un sentido importante. Lo que tratamos de vislumbrar es que ‘la consciencia fenoménica’ como proceso mental podría verse como una conjugación de estos dos procesos, a los que se ha denominado como sensación y percepción; la ausencia o limitación de alguna de estas partes sólo sugeriría el grado de consciencia fenoménica empleado por un organismo en particular.

II

 

Al iniciar esta indagación habíamos dejado de manifiesto que los estímulos provenientes del medio no llegan en su totalidad a la consciencia, poseemos una especie de filtro que limita aquellos estímulos que han de llegar ahí. Sobre esto Ernst H. Gombrich (2000), reconocido historiador de arte, quien ha hecho, entre otras cosas, brillantes aportes a la psicología de la  percepción, afirma que

 

[…] el número de estímulos que inciden sobre nosotros en un momento dado –si es que pudieran contarse– sería astronómico. Para ver tenemos que aislar y seleccionar. A mi juicio el verdadero milagro es que podamos almacenar suficientes impresiones para que quede garantizado el reconocimiento de lo familiar. (p.16)

 

Con respecto a lo anterior, debemos hacer precisión sobre tres hechos: (1) que ese aislar y seleccionar es inmediato y, en buena parte, determinado por los intereses del sujeto; (2) ese milagro (almacenamiento de impresiones) nos es dado por la consciencia; y (3) el reconocimiento de lo familiar es precisamente el reporte de lo que está frente a nosotros, la información objetiva del fenómeno dado. Es en este sentido que cuando nos encontramos frente a una pantalla iluminada por una ‘luz roja’ podemos decir que es ‘roja’, y no amarilla, verde o azul. Aunque, evidentemente, Gombrich alude aquí a la experiencia visual, tal afirmación es válida para cualquier otra experiencia sensible: el olor de una rosa, la sensación de frío, el escuchar un murmullo, etc.

Está claro que tenemos por un lado sensaciones que dan cuenta de mi estado subjetivo, de los fenómenos que ocurren en ; y por otro, la percepción, que reporta lo que ocurre fuera de [L1] en el mundo exterior, a los fenómenos que se presentan frente a . En otras palabras, tenemos lo que podríamos llamar “hechos subjetivos” y “hechos objetivos” (Humphrey, 2008, p.12). Ahora, entender este asunto tal como lo exponemos aquí podría no generar mayor perplejidad, en efecto, una cosa es lo que ‘yo’ como agente siento y la otra es el reporte o conocimiento del objeto que suscita la sensación, la dificultad aparece cuando intentamos identificar en qué momento ocurre en nuestra consciencia una y en qué momento la otra. Se puede objetar, como el propio Humphrey lo advierte, que esta dualidad tan sólo representa “una manera de plantear las cosas”, sin embargo, dicha manera de plantear las cosas tiene cierta tradición de autores que lo sostienen. No ahondaremos aquí en los planteamientos de estos distinguidos pensadores, entre los que encontramos a Tomas Reid (sensaciones y percepciones), Sigmund Freud (representaciones autocéntricas y alocéntricas), y E. D. Starbuck (sensaciones subjetivas y fenómenos físicos); baste con decir que

 

[…] lo que se postula es que las dos categorías de la experiencia constituyen modos alternativos y esencialmente no superpuestos de interpretar el significado de un estímulo ambiental que llega al cuerpo. De modo que, cuando huelo una rosa, la sensación provee la respuesta a la pregunta ‘¿Qué me está ocurriendo?’, y la percepción, la respuesta a la pregunta ‘¿Qué está pasando allí afuera?’ (Humphrey, 1995, p.51)

 

A pesar de todo, discernir entre ambas puede resultar un tanto difícil para el uso del lenguaje común, especialmente en lo que se refiere a experiencias visuales. Si tomamos la sensación en sí misma, tendremos que ella no presume la presencia de un objeto ni la creencia en él; lo único que implica es un sujeto afectado por algún tipo de sensación, en cambio, la percepción requiere que haya una creencia u opinión acerca de un objeto externo, distinción que en la mayoría de los casos no es fácil establecer y a menudo se confunden entre sí. Por ejemplo, para referirnos a la sensación que nos produce el olor de una rosa decimos que es ‘dulce’; lo mismo que cuando hablamos de ella como el objeto de donde mana el aroma, diremos que es ‘dulce’. Igualmente, si es para referirse a la sensación de ‘rojo’ que causa en nuestras retinas o nuestra percepción de que es el objeto ‘rojo’ el que nos produce tal sensación.

En su libro Seeing red[1] (2008) Humphrey, al referirse a una experiencia sensorial de la visión en particular hace mención de un componente fenoménico, que vendría dado por la sensación; y un componente proposicional, que corresponde al aspecto de la percepción del sujeto. Con el componente fenoménico el sujeto “crea una sensación visual, con una notable cualidad para sentirlo”, lo que se denomina en filosofía de la mente como un ‘qualia visual’. El componente proposicional permite al sujeto representar cómo son las cosas. “El sujeto adquiere ideas –creencias, opiniones, sentimientos– acerca de lo que es la causa. Algunas de esas ideas corresponden a hechos impersonales fuera de [el lugar donde el sujeto está], [L2] y otras corresponden al mundo aquí, al proceso de ver la cosa misma” (p.13). Estas ideas reciben el nombre de ‘actitudes proposicionales’.

Tenemos, pues, un sujeto que ‘crea’ la sensación de ‘ver rojo’, algo que no se encontraba antes de que él observara lo que está en frente y que desaparecerá cuando cierre sus ojos. En otras palabras, el contenido fenoménico es aportado por el sujeto, una ‘acción’ o ‘expresión corporal’, lo que podríamos denominar como ‘la rojez’ [redding]. Esta sensación llega al sujeto incluso antes de que él pueda pensar en ella. En otro nivel, el componente proposicional de su experiencia lo golpea [kicking] en forma de ideas acerca de lo que es su causa “Aquí es el sujeto de esas ideas. Pero su papel ahora es más el de un reportero que el de un autor. Y porque las ideas son, de hecho, acerca de algo, él podrá describírnoslo relativamente más fácil” (Humphrey, 2008, p.17).

Así, el sujeto se encuentra frente a dos hechos que, aunque en apariencia, son simultáneos, podemos apreciar uno separado del otro. Mientras el primero es originado en el sujeto mismo, y por lo tanto más difícil de nombrar; el segundo, viene de afuera, los datos que nos llegan podemos registrarlos y enunciarlos en razón de que son compartidos por otros sujetos. Gombrich, señala que nos resulta más fácil atender a esto último y en esa medida reportarlo, gracias a la creación del símbolo[2]. Con esta herramienta es posible elaborar estructuras más accesibles a nuestra percepción, puesto que una serie de datos pueden contenerse en una sola palabra o imagen. Si, por ejemplo, estamos frente a un pastel cuyos contornos tienen una coloración ‘verde’, eso es suficiente para decir que está ‘descompuesto’, que posiblemente ‘nos hará daño’; podemos prescindir de sentir su olor o sabor sólo con el registro visual.

En el contexto en el que nos encontramos –una realidad impregnada de símbolos, como diría Gombrich– son primordiales ambas capacidades (sensación y percepción) dado que con ellas estructuramos el mundo y responden en gran medida a nuestras necesidades como organismos. Por supuesto, no hemos dicho la última palabra sobre lo que origina o constituye la consciencia, pero algo sí es seguro, “todos los animales comparten un entorno externo común […] Pero a cada forma de vida animal distinta le corresponde un entorno o hábitat ecológico específico. Todos los animales viven en mundo estructurado” (Noë, 2010, p.65). Y no podemos negar que la consciencia provee, si no todos, sí una gran parte de los cimientos que estructuran el mundo, tanto para los animales como para el hombre.

Notas

[1] Las cursivas son mías.

[2] La traducción de los apartados aquí presentes de esta obra es mía.

[3] De acuerdo con Gombrich, el símbolo contribuye a solventar las deficiencias que bien posee la memoria; dado que es posible aprenderse y recordarse símbolos de forma mucho más eficaz que cualquier otro elemento de la realidad. Mediante un símbolo es posible contener diversos aspectos de la realidad, siendo de esta manera mucho más fácil acceder a tales aspectos mediante un único elemento.


Referencias

Borges, J L. (2002) Ficciones. Madrid: Alianza Editorial.

 

Gombrich, E H. (2000) La Imagen y el ojo: Nuevos estudios sobre la psicología de la representación pictórica. Madrid: Editorial Debate.

 

Humphrey, N. (1995) Una historia de la mente. Barcelona: Gedisa Editorial.

(2008) Seeing red: A study in consciousness. Cambridge: Harvard College.

 

Noë, A. (2010) Fuera de la cabeza: Por qué no somos el cerebro, y otras lecciones de biología de la consciencia. Barcelona: Editorial Kairós.